La guarida iluminada
Max Blecher
Disponible en Amazon
Traducción de Joaquín Garrigós
https://www.amazon.es/guarida-iluminada-Diario-sanatorio-ebook/dp/B09D4217SN
LA VIDA ES SUEÑO
por Alicia Rodríguez
Sánchez
En
la novela La guarida iluminada (Diario de sanatorio) del autor rumano
Max Blecher podemos observar que la realidad y la ficción se conciben como dos
mundos que intentan unirse cual el fresco pintado en la Capilla Sixtina,
titulado La creación de Adán, donde Dios crea a imagen y semejanza al
hombre a través del pensamiento, sin ni siquiera llegar a tocarlo. En este sentido, Blecher sería el omnipotente
que crea con su propia imaginación todo un universo paralelo en su novela e
insufla de vida al protagonista principal.
Asimismo,
el lector queda prendado de una obra de gran calado y belleza en la que semeja
una parálisis del sueño, donde no podemos despertarnos de dicho trance, pero
somos conscientes de lo que el narrador nos está trasladando a través de sus
escritos.
La
incógnita acerca de si se trata de un sueño o la pura realidad nos asalta a lo
largo de prácticamente todas las páginas del libro, ya que nos implica como
lectores intentar reconocer dicha dicotomía: Quizá tendría que dudar de la
realidad de esos hechos y considerarlos producto de un sueño, quizá tendría que
dudar de su certeza porque su desarrollo me parece sumamente lógico (página
37). Incluso nos provoca la duda con una frase lapidaria: Todo lo que ocurre
es lógico desde el momento en que sucede y es visible, aunque ocurra en los
sueños, como todo lo que es inédito y nuevo es ilógico por más que suceda en la
realidad (página 38).
Dicha
duda existencial nos acerca a la cuestión de si lo vivido es un sueño o si el
sueño es la realidad misma y nos trae a la memoria la obra de uno de los
máximos exponentes del Barroco del Siglo de Oro español, Pedro Calderón de la
Barca, en el soliloquio final de Segismundo en La vida es sueño
que toda la vida es
sueño
y los sueños, sueños son.
Al
igual que Calderón Blecher confunde al lector con expresiones del tipo: Me
ha pasado a menudo ver, ver con los ojos abiertos de par en par, cosas extrañas
que solo pueden suceder en los sueños (página 30) o Creo que vivir un
suceso o soñarlo es lo mismo, y que la vida real, la de todos los días es tan
alucinante y extraña como la de un sueño. Tales expresiones llevan
aparejadas la idea de que las ilusiones, las preocupaciones del ser humano son
fugaces y que la persona que alberga anhelos es un ingenio llamado al
desengaño, que no es más que la vida.
Continuamos
con la idea a lo largo de toda la novela de que soñar y vivir son la misma
cosa (página 59), dos realidades paralelas que en pocas ocasiones logramos
desgranar como dos entidades independientes.
Los
propios hechos externos confunden a menudo los temas y las luces que es
menester encender para iluminar el escenario, al igual que yerran a la hora de
distribuir los papeles de los personajes (página 60) lleva
a mi memoria otro de los tópicos literarios, empleado también por Calderón en
su auto sacramental El gran teatro del mundo, como es el theatrum
mundi en el cual concebimos la vida como un teatro cuyos protagonistas son
los seres humanos en donde su papel está predestinado; pero a diferencia del gran dramaturgo del
teatro áureo Blecher concibe que en muchas ocasiones la vida nos concede un
papel equivocado que no podemos representar de manera adecuada.
El ser humano se
concibe como insignificante cada momento de mi vida, cada movimiento que
hago […] solo es un átomo perdido en el inmenso océano de sucesos del mundo
entero (página 71) como si el mundo en el que vivimos fuese ese mar y
nosotros una única gota del mismo en cuya inmensidad nos llegamos a perder.
Aparece
cierta reminiscencia de la obra Rebelión en la granja de George Orwell
donde al igual que en la novela del escritor inglés se constituye una revuelta
pero con perros policía: Desde hace unos años, nuestra ciudad cuenta con una
dotación de perros policía […] un día estalló la revuelta […] antes de caer la
tarde, los canes fueron dueños y señores de la policía (páginas 32-36). A
diferencia de la obra de Orwell, los canes introducen a los policías en las
celdas para adueñarse de la comisaría, situación que es diferente en Rebelión
en la granja donde al señor Jones lo expulsan del lugar, pero en ningún
momento lo toman preso. El autor cuenta dicha historia y realiza una alusión a
la publicación en un periódico con una noticia, que todos conocían como la
“rebelión de los perros”.
A lo largo de toda
la novela es recurrente el uso de imágenes surrealistas como ceniza sobre el
fondo de ceniza del cielo, huyendo como pájaros de humo tierra adentro
(página 48) como si el cielo fuese una chimenea de cuyo humo saliesen las aves,
que sería realmente la leña o el carbón que se va quemando cuyo humo se
difumina y se va perdiendo a lo largo del horizonte conforme avanza dicha
embarcación.
El surrealismo
provoca en el lector la risa tras la burla de ciertas imágenes que traen a la
memoria momentos cómicos: gambas rosáceas como si fuesen capullos
tiernos de rosas, bogavantes con antenas que provocan una burla del
bigote de la pescadera, algas bailarinas comparadas con bellezas
ahogadas. Si seguimos la relación
con el fondo submarino, el escaparate en el cual se fija el narrador en uno de
sus paseos se asemeja a dichas profundidades con los escaparates bañados en
aguas de luces de colores como extraños acuarios donde vivían dormidos
espléndidos y pálidos maniquíes de cera con sus suntuosos vestidos.
Asimismo, también
lo observamos en la cotidianidad me detenía en la salida del metro para
mirar a las gentes con cara cansada […] que salían o se metían bajo tierra como
los topos, con el rostro adusto y terroso, como amasado de una pasta gris (página
93) como si se tratase de la novela Momo, de Michael Ende, donde los
hombres de gris comienzan a ocupar un papel destacado en el mundo y prometen
que lo mejor que pueden hacer los habitantes es no perder el tiempo, de tal
manera que ni tan siquiera pueden jugar con sus propios hijos. Quería citar un
fragmento del libro del autor alemán que realiza una mención explícita al tipo
de “enfermedad” a la que se encuentra actualmente sometida la humanidad, que no
es otra la desidia, Un día, ya no se tienen ganas de hacer nada. Nada le
interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta
lentamente. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no
puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha
hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha
llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre
de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los
propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama
aburrimiento mortal.
Por el contrario,
también encontramos en el otro extremo el surrealismo relacionado con La Parca parecía
que hubiesen situado un catafalco allí en medio y que toda aquella gente
hubiese acudido a darle el pésame a la familia (página 91).
La vida y la
muerte quedan en todo momento unidas cual alma que imperiosamente necesita
buscar a su gemela por el resto de la eternidad: Cuando se apagaba la luz,
[…] los velos de claridad difusa […] de sarcófagos abiertos con cadáveres
embalsamados sacados de sabe Dios qué museo (página 64), imagen un tanto
tétrica donde los enfermos se asemejan a dichas momias por las sábanas que les
cubren en cuyo lugar, el cine, unido a
la oscuridad que les rodea, hacen de éste una suerte de túmulo funerario.
Las lágrimas le mojaban […] dos regueros negros […] como ese extraño tatuaje
funerario que les practican a los muertos untándoles la cara con yeso sobre el
que hacen trazos a carbón (página 64) cual día de difuntos donde la Muerte aparece
maquillada para celebrar dicha efeméride.
El dolor lo
concibe como una parte de su ser, unido a él como si fuese una prolongación más
de su cuerpo, por ej.: para eludir el dolor uno no tiene que intentar
escapar de él, sino justamente lo contrario, ocuparse de él y con la mayor
atención posible y lo más cerca posible (página 77), como si estuviese en
un trance durante la meditación cuyo objetivo es el de calmar la mente primero,
para luego realizar una atenta contemplación de la experiencia dolorosa,
transformando su percepción y significación.
Dicha unión de
dolor y enfermedad, como dos entes inseparables, es también la unión de un ser
unido a él cual melodía a una canción.
La música se entiende como un elemento más que, junto a la meditación,
puede conseguir que el enfermo evite el dolor que le produce la enfermedad: conocía
el perfil del dolor […] con los ojos cerrados, como una pieza musical y
escuchar […] durante el concierto.
No debemos obviar
tampoco la alusión de varios tópicos literarios como el ubi sunt, propio
del Renacimiento: Encontraba esa nostalgia de los sueños producida por la
tristeza al despertar (páginas 45-46) donde el autor concibe que el sueño
es el mejor momento que posee en el cual puede liberarse de las ataduras de su
cuerpo, entendido este como una cárcel que le aprisiona y no le deja escapar de
su propia enfermedad.
Asimismo, a lo
largo de esta novela no debemos dejar de lado ciertas figuras retóricas como las
metáforas, chimenea de una fábrica de la que salía humo y el edificio del
hotel…listo para zarpar (página 48) como si se tratase de un barco en una
bahía dispuesto a llevar a sus pasajeros a un lugar paradisíaco; o la
comparación con una sala de torturas: de suerte que me daba la sensación de
hallarme en un lugar de atroces torturas donde se atormentaba sistemáticamente
a los condenados, en habitaciones antisépticas (páginas 51-52) cual prisión
donde el carcelero infunde dolor al reo; pero a diferencia de lo que concebimos
como el penal, al tratarse de un sanatorio, la higiene debe primar por encima
de todo.
La frase solo
sé que no sé nada, atribuida al filósofo Sócrates, la podemos encontrar en precisamente
la lucidez de mis juicios internos es lo que se ha derrumbado en mi interior y
me ha dejado reducido a lo que soy ahora, es decir a un hombre que vive y no
entiende nada de lo que le rodea (página 74), lo que nos sugiere que
no existe la verdad absoluta, que somos conscientes de nuestra propia ignorancia.
Aparecen ciertas
reminiscencias de su novela Corazones cicatrizados, en cuanto al mito
del Ave Fénix, ese ser mitológico de fuego que presenta la capacidad de renacer
y de resurgir de sus propias cenizas, que simboliza también el poder de la
resiliencia, esa capacidad inigualable mediante la cual uno puede renovarse en
un ser más fuerte, valiente y, sin lugar a dudas, luminoso: y cuando la
enfermera […] era, ciertamente, como si yo hubiese venido por segunda vez al
mundo […] más limpio y más higiénico (página 96).
El título del
libro, La guarida iluminada (Diario de sanatorio), presenta una
explicación lógica que el mismo autor reafirma al escribir Algunas veces sí
que me vienen deseos de poner por escrito todas mis ensoñaciones y mis sueños
nocturnos para mostrar la auténtica imagen de mi guarida iluminada, sumergida
en mi oscuridad más familiar y más íntima (página 109), donde queda patente
la relación con el mito de la caverna del filósofo Platón, en el cual el mundo
que nos rodea no es más que un lugar en el que se nos muestra una única visión
pero que debemos ser nosotros quienes aportemos nuestro punto de vista crítico
y sepamos ahondar en el verdadero conocimiento, que es aquel que tenemos dentro
de nosotros mismos.
La prosa está
plagada de vocablos referentes al mundo de la ensoñación y del surrealismo
propiamente dicho, en el cual la vis cómica aparece de manera reseñable a lo
largo de toda la novela, y donde el lector se transporta al universo paralelo
creado por Blecher para intentar conocer su interior con mayor profundidad.
La fugacidad de la
vida se observa por medio de otro de los tópicos literarios, memento mori,
empleado éste como colofón final: todo lo que rodea la vida del hombre es
para los gusanos y la basura, exactamente igual que su cuerpo; el hombre acaba
en hedor con todo el cortejo de objetos delicados que lo han acompañado en vida
[…] Todo se pudrirá y luego será absorbido por la oscuridad, por siempre jamás (página
130); que unido a la narración de su propia muerte también lo habían
invadido los ratones y roían con gran contento su carnaza, roían el sanatorio
pútrido, lleno de pus y carnes podridas […] Yo estaba en el suelo, tiritando de
frío y sin saber lo que hacer (página 148) llevan al lector a una apoteosis
final en la cual todo se concibe como una destrucción del ser humano que se
refleja en el propio edificio.
Una obra en la que
el sueño y la realidad se confunden como si se tratasen de dos entidades
totalmente unidas, tales como el símil de amor-odio, debería ser lectura indiscutible,
no únicamente entre entendidos en la materia sino para todos aquellos que
quieran profundizar y dar un mayor énfasis en la obra de este autor rumano de
corta existencia.
ALICIA
RODRÍGUEZ SÁNCHEZ es
licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante. Actualmente, ejerce como profesora de carrera
en el Centro Integrado de Formación Profesional (CIPFP) Canastell de la
localidad alicantina de San Vicente del Raspeig. En este centro, imparte la materia de Lengua
castellana y literatura. Su primera incursión en el mundo de la literatura para
adultos fue con la recopilación medieval de cuentos titulada Las mil y una
noches a los que le siguieron otras obras clásicas españolas de autores
como Mariano José de Larra, Gustavo Adolfo Bécquer o Lope de Vega, entre otros
grandes de la literatura.