José María Herranz, en un momento de su presentación del libro Sendas del invierno. A su dcha., el autor, Fulgencio Martínez (centro), y Javier Lostalé, quien intervino a continuación.
UN TALLER SOBRE LA
SUSTANCIA DEL TIEMPO Y LA RENOVACIÓN
(presentación
en el Ateneo de Madrid de Sendas de invierno, de Fulgencio
Martínez,
jueves 5 de marzo de 2026)
por José María Herranz

Buenas
tardes a todos ustedes. Ante todo, quiero agradecer al Ateneo de Madrid y a Joaquín
Pérez Azaústre, presidente de la sección de literatura, la cesión del
espacio para la presentación de este nuevo poemario de Fulgencio Martínez.
Antes de comenzar, para aquellas personas que no conocen la trayectoria de
Fulgencio Martínez López, diré que es el autor de Sendas de invierno,
tercer poemario de la serie Exposición temporal (nombre con el que ha
recogido su obra en poesía de los años 2021 a 2024), publicado en la editorial
“Ars poética”. Además de profesor, ensayista y poeta, Fulgencio Martínez es
conocido en el ámbito nacional por ser el director y editor de la prestigiosa
revista literaria de creación y ensayo Ágora-Papeles de arte gramático.
También es autor de un ensayo sobre la filosofía y poesía de Antonio Machado,
publicado en Brasil. Antólogo, promotor y activista cultural, de hondo
compromiso humanista, e intelectual comprometido, mucho más allá del arte como
artificio.
Una de las definiciones de “taller” es
el conjunto de colaboradores de un maestro, en la práctica de un oficio o
artesanía. Que el poeta es un actor más, un agente, de la propia poesía, es
algo que los que practicamos el oficio de la lírica tarde o temprano
descubrimos. Por ello todos los poetas necesitamos maestros y maestras, su
paideia, y yo añadiría que esto es necesario también en el arte de vivir, pues
el pupilaje siempre será necesario, debemos aprender las enseñanzas de otros
superiores a nosotros en algún aspecto para poder mejorarnos. En suma, la
práctica de la humildad y el espíritu humanístico son consecuencias de esa
aceptación de la paideia, de esa disciplina educativa que se está perdiendo -o
se ha perdido por completo, quizá- en los tiempos actuales, en un proceso
iniciado hace muchos años ya, el de la destrucción del pensamiento y el
espíritu crítico, junto a la ruina del orden mítico del pasado, la implantación
del neoliberalismo como forma de vida triunfante en la actualidad, y la
sustitución de todos los cultos por la religión del dinero y la devoción por el
nuevo sacerdocio de la plutocracia.
Pues exactamente eso -un taller- es lo
que ha hecho el poeta Fulgencio Martínez con esta tercera entrega de su
“exposición temporal”, según su propia definición, un taller supervisado y
corregido por la poeta maestra y amiga Dionisia García, importante
autora de la denominada “generación del medio siglo”, cuyos poemas destilan
sencillez y conocimiento de las grandes cuestiones humanas, del modo correcto
de vivir. El taller, pues, ennoblece la obra poética, enriqueciéndola, ya que
en realidad la poesía se construye desde la voz, y la voz poética no pertenece
a la persona concreta, al poeta autor, sino que es tomada por él para escribir
la poesía, por lo que podría considerarse que toda obra poética, aun viniendo
firmada por un autor o autora particulares, es escrita en realidad por la Voz
Poética, por la voz del misterio, de la gran dama, y requiere de anonimato,
para que finalmente pertenezca al conjunto de los lectores, sus destinatarios.
El oficio de la poesía tiene algo de religioso, ya que el poeta oficia con la
Voz un rito que da a luz los poemas, para ofrecerlos al público en una comunión
de misterio, conocimiento y belleza. De ahí el sentido de “taller”, ya que,
aunque la dirección de un taller sea de uno o varios maestros, el trabajo es
colectivo puesto que la sustancia con la que trabaja, la palabra, es universal.
Y respecto al subtítulo, “Exposición
temporal 3”, el autor manifiesta que este libro abarca temporalmente la
producción poética del autor entre los años 2022 y 23. El título es el
invierno, sus “sendas”, pero en realidad el texto señala dos temas que
vertebran esta obra: por un lado, el paso y la fugacidad del tiempo, que todo
lo desdibuja y deshace, y por otro la eterna renovación de la vida y la fuerza
que impulsa lo existente hacia la belleza y el asombro de una nueva primavera,
el símbolo de la renovación. La saga de esta “exposición temporal” la componen cuatro
libros diferentes: Tiempo reunido, que abarca los poemas anteriores a
2022, Carta partida, que reúne los poemas de 2022, Sendas de invierno,
con los poemas del 22 al 23, y el último libro, Espacio para una urna,
con los poemas del 23 al 24. Este orden que el poeta ha dado a estos libros con
su exposición temporal de su interior no es el orden de su publicación, ya que
previamente al libro que hoy presentamos fue publicada Carta partida, la
segunda entrega. El subtítulo que el poeta da a estos cuatro libros refiere una
indagación sobre el paso del tiempo, la memoria y los significados.
El título original de este poemario,
según manifiesta el autor, fue “Sendas de invierno hacia la primavera”,
reducido finalmente a “Sendas de invierno” por consejo de Dionisia García. En
este libro, el paisaje y la atmósfera emocional son los del invierno,
tentativamente dudando entre la muerte, el abandono existencial y la espera
letárgica de un mejor tiempo que la primavera traerá. Fulgencio Martínez, “el
que fulge, el resplandeciente”, además de poeta es un gran humanista, y presumo
que también es deudor del barroco, pues su escritura debe mucho a los grandes
maestros del siglo de oro, manifestando cierto pesimismo ante la profunda
estupidez humana, su desgobernanza, y la vanidad y el empeño que todos
mostramos en nuestra loca huida de la muerte intentando conjurar el paso del
tiempo. En este libro, un buen puñado de poemas oscilan entre el invierno, la
melancolía y la tristeza que inundan el corazón del poeta, y la esperanza
anunciada prematuramente en una próxima primavera renacida. Es el mismo
invierno el que a través de algunos de sus elementos simbólicos (el cierzo, los
dedos del Moncayo), se expresa en la voz, con desnudez y crudeza, y que a pesar
de ello encuentra pequeños signos de la cercana renovación primaveral (una flor
que emerge, inesperada), sosegando así con el bálsamo de la vida su alma y la
del lector. Es la gratuidad, ese abandono a los elementos naturales
precisamente, la que brinda la fuerza para asombrarse y seguir viviendo. El
asombro inesperado ante la belleza que emerge son claves en la poesía.
Ciertamente la madurez, la vejez a medida que cumplimos años, consista en algo
similar, conjurar al pesimismo y la muerte transformando nuestro corazón de
nuevo en una gema soñada desde el amor, la esperanza y la ingenuidad que
perdimos con la niñez y la juventud, pues la vida siempre nos devolverá un
hálito de fuerza y regeneración si nos acercamos a las cosas con humildad y
abandono, dispuestos a abrazar la belleza cuando nos sea mostrada, acaso
fugazmente, acaso por la palabra que es poesía y espíritu. Precisamente, creo,
esta es una de las enseñanzas asimiladas por Fulgencio en su “Sendas de
invierno” de su maestra Dionisia García. A propósito del nombre “Fulgencio”
diré que es un hermoso nombre para un poeta, ya que un escritor sólo podrá
fulgir en las gemas y diamantes de su creación poética si acepta humildemente
la autoridad de otros maestros y maestras -el taller de nuevo, la paideia-, ya
que esas son las únicas vías por las que la Gran dama le prestará su Voz.
El juego del arte, o el arte como
juego, es otro de los temas abordados en el texto, arte necesario para dotar de
sentido a la existencia humana y tender lazos y puentes entre los que nos
precedieron y nos seguirán, constituyendo la gran familia humana, la historia
de nuestra especie que intenta en la belleza su perfeccionamiento, quizá su
redención. Un poema central del libro trata este tema, “Haciendo castillos en
la arena y otras formas de juego”. Sin duda el arte es un juego gozoso, en el
que el demiurgo juega a crear otras existencias, otras realidades, que acaso
conecten con otro plano intuido, y que nos acercan a la plenitud de la belleza.
De ahí el asombro infantil con que todos nos sorprendemos en estos juegos, y
que nunca nos abandonan, esa es una de las funciones misteriosas del arte.
El libro se estructura en tres partes,
constituyendo la tercera un único poema, “Terrain vague”.
“La noche a mi puerta” es el título de
la primera parte, en ella los poemas son más tristes, con la atmósfera
pesimista que el invierno trae, el anuncio de la muerte y el sueño, pues el
tiempo es la sustancia vaga y huidiza que barre la memoria, los recuerdos,
desdibujándolos, haciéndonos dudar de si realmente lo vivido fue real en su
gozo y su belleza, en todo caso. Incluso la desesperación llama a la puerta del
poeta, como en el poema “la noche insiste”, intentando conjurar éste el final
de la oscuridad, para poder vivir de nuevo en el amor. El paisaje es muy
importante en esta parte primera, como personaje poético, ya que es un elemento
más que lleva al lector a sentir y reflexionar sobre la fugacidad del tiempo,
la proximidad de la muerte, la memoria sobre nuestra herencia y los ancestros,
y la irrealidad de la propia vida aludiendo al sueño, en palabras de Calderón
de la Barca. También utiliza el poeta el recurso del viaje con frecuencia
para señalar la continua mutación de nuestras experiencias, sentimientos y
recuerdos, así como para recalcar el paso del tiempo y sus consecuencias en
nosotros mismos. La serenidad es un corolario, un hallazgo poético que también
utiliza la voz, para aportar algo de paz ante este invierno de la propia vida
que la naturaleza impone.
En la segunda parte, cuyo título es
“Poemas para despedir Europa”, aun continuando el mismo hilo temático, aflora
claramente la esperanza de un nuevo y próximo renacer de la vida en la
anunciada primavera, en elementos muy simples y sencillos -una espiga verde,
una flor- que emergen entre la nieve o los campos yermos. Es aquí donde se
sitúa el poema que da título al libro, “Sendas de invierno”, y en el que se
expone poéticamente esta tesis. El poema “Mayo” homenajea también la música y
los versos de los juglares pasados, en ese canto de esperanza. y el largo poema
“Haciendo castillos en la arena y otras formas de juego” expresa el arte como
juego o el juego del arte, y la herencia de nuestra especie humana, como ya he
indicado anteriormente.
Finaliza el libro con la última parte,
que es también un único poema, “Terrain vague”, cuyo concepto alude al espacio
urbano, baldío, quizá destruido por la guerra u otros avatares, bien por la
actividad humana, comúnmente sin sentido o sin objetivos claros, y que deja a
Europa como concepto social y político, como polis de nuestro humanismo perdido
o fuertemente amenazado en nuestra época actual, en un lugar baldío y
expectante donde quizá la belleza, el amor, la solidaridad y la justicia,
puedan volver a emerger gracias al arte y la poesía, quizá si fuéramos capaces
de construir nuestra alma individual y el alma colectiva de Europa, en la rueda
búdica de la vida y la muerte, como el propio poeta nos dice. Así sea.
Muchas
gracias.
Texto de José María Herranz Contreras
Tras terminar el acto, José María Herranz, y a su derecha, Eugen Barz, Javier Lostalé y Fulgencio Martínez
José María Herranz Contreras
es autor de numerosos libros de poesía y relato. Poeta social,
interesado también por lo sagrado y órfico de la palabra. Miembro de la
editorial “Los libros del Mississippi”.
Crítico literario en las revistas Entreletras y Proverso.
Organizador y ponente de las jornadas de homenaje a Miguel Labordeta y los
escritores de la O.P.I. celebradas en el Ateneo de Madrid en octubre de
2008. Fue director del programa de radio
mensual “Slam poética”, en “El rincón de las letras”, de Libertad FM. Ha
realizado libros de artista conjuntamente con los pintores Rufino de Mingo y
Pedro Monserrat Montoya.
Entre sus
publicaciones destacan: Los mitos incendiados, 2025; hombre,
2025; Alquimia, 2023; Personajes, 2021; Arte de la danza,
2019; Las razones del lobo y Sofismas, 2009 (2ª ed. 2016, con prólogo de
Luis Antonio de Villena y Aureliano Cañadas); Amargo despertar,
2012 (CD); Donde no habite el olvido, 2011 (antología poética de 41
voces españolas seleccionadas por José María Herranz); Oráculo de la amistad,
2004; Hijos de la miseria, 1980. Obtuvo el Premio Círculo de Bellas
Artes en 2012.