jueves, 1 de septiembre de 2016

Historias del cole. Dos breves relatos de Fulgencio Martínez, del libro "El taxidermista y otros del estilo". Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático





                                   
                                                Historias del cole


                       
    Una lección de Historia

No se os ve poner interés. Cuando don José se enfadaba cogía su regla y golpeaba a troche y moche. Escalera de color. Nadie escapaba a la quema, ni aun ocultando la espalda contra el que se sentaba en el extremo del banco. No os entra la historia, caballeros; ya veréis cómo os la saco yo… de las costillas.
Dábamos, esos días, la historia de los romanos. Sobre todo con los mayores, el bueno de don José se esmeraba para que supiéramos algo de mitología, sin ella no podréis entender a los autores clásicos (de la historia de Prometeo, cuyo hígado era cada noche devorado por un buitre y crecía a la mañana para otro suplicio, sentíamos curiosidad por conocer el final) como sin haber saludado la historia sagrada no os acerquéis al arte, pues muchos cuadros tratan de Holofernes, David, Herodías, y os asustarán como monstruos imponentes, si no sabéis que sus figuras tuvieron vidas como las de Prometeo, Dafne y Apolo, por ejemplo.

Se empeñaba en enseñarnos rudimentos de latín a los mayores que luego en el instituto vais a encontraros sin saber el abc. La lengua latina es como nuestra madre, de ella venimos; si ustedes observan el hipérbaton, está ahí el secreto de la intención que ponemos al hablar, y al escribir.

Al principio de la frase la palabra que el romano quiere destacar, porque la lengua se hizo para el hombre, no el hombre para la lengua. Vera malorum amicitia non est. Verdadera amistad no existe entre gente malvada. Verdadera, ojo, verdadera amistad. Eso es su lengua. ¡Qué no su moral!
Y contaba el maestro la vida de Séneca, que le habíamos oído ya otros años, nuestro Séneca, que llevó una vida ejemplar y murió noblemente, como Catón de Útica.

Aquel buen profesor creía lo que decía con una sobriedad en sus frases extraordinaria.

Comenzaba la historia de Catón recitándonos un poema:

            Aquí hemos venido
            a llevar una vida honrada y difícil
            - dijo Catón de Útica -
            A dar un paso al frente,
            cuando ninguno quiera darlo,
            ante el pelotón enemigo.
            Los augurios no nos conciernen.
            Fortuna no dirige nuestras almas.
            Iguales a nosotros son los dioses
            que la Naturaleza sueña crear.

No tenía mala intuición histórica (en tiempos de la Revolución francesa, también los héroes modernos gustaban ser pintados como Horacios y Catones), pero el poema teníamos que aprenderlo de memoria y declamarlo después, a la vera de un crucifijo y bajo el retrato de un Caudillo que nos daba más miedo que cien pelotones de valerosos enemigos.



    La gramática del colegio

Para entrar al colegio donde estudiábamos Licio y yo había que pasar sobre un tablón de madera con objeto de superar la barrizada que desde el invierno nos esperaba a la puerta.
Aquel colegio, provisional hasta que se construyeran las nuevas escuelas, estaba en lo que había sido una serrería y carpintería. Separaban sus dos únicas aulas unos paneles de madera: en una de ellas estaba la clase de don José, el profesor de los mayores, que éramos los que pasábamos de los diez y aún no habíamos aprobado para ir al instituto.
El colegio tenía pocos alumnos y, a diferencia del instituto de Juanjo, las clases eran mixtas, comunes para niños y niñas. Teníamos clases mañana y tarde y aun los sábados hasta mediodía, pero los jueves hacíamos tarde libre.
Licio y yo faltábamos siempre a la clase del miércoles, que era el día del mercado mayor en la capital de la comarca; y algún que otro sábado y cualquier otro día de la semana en que acompañábamos a nuestros oficiales a los puestos. Así que estábamos como de gira muchos días al año.

Hoy jueves por la mañana (mientras nos cuchicheamos en clase nuestros planes para la tarde libre) don José explica gramática.

- Decidme los participios irregulares.
- De romper, roto.
- De escribir, escrito.
- De disfuncionar, difunto.
- De escupir, esputo.
- Bien, bien.
- De llover, lloro.
- De freír…
- …rayo de mar. Por qué no; se me ha ocurrido, decía yo.
- De decir, lo dicho. Sois una pandilla de sabios a los que tengo que ponerles orejas de burro. Decía don José, que era un buen versificador y que gustaba leernos poemas que sólo él sabía que no venían en el libro.

            Qué voz para mi castigo
            levantas por el mercado.
            Qué clavel enajenado
            en los montones de trigo.
            Qué lejos estoy contigo,
            qué cerca cuando te vas…
(Pausa para recordar)
            Qué alfiler de cactus breve
            asesina tu cristal.

- Eso es de un poeta que se llama Federico García Lorca.
No habíamos ni “gipao” el poema, pero aquel recital no encantaba, y más la voz que ponía don José al decir los versos últimos, una voz susurrada, como para comunicarnos un secreto.

Hablaba el maestro de los de antes de la guerra en presente. Nosotros nos imaginábamos a Federico García Lorca en el mercado y yo le ponía el rostro de Juan José al ver de lejos a su María Eugenia.

- Vamos a ver cómo vais de geografía. Repaso.
En coro.
- ¿En qué continente, de los cinco, se encuentran los Estados Unidos?
- En América.
- ¿En qué otros continentes no se encuentran los Estados Unidos?
- En Europa, Asia, África y Oceanía.
- Muy bien.
- ¿Qué nos separa de Francia?
- Los montes Pirineos.
- ¿Qué otros sistemas montañosos no nos separan de Francia?
- La cordillera ibérica, la bética, la penibética…
- Vale, es la hora. No se olviden ustedes para mañana de estudiar la lección de historia.


                Fulgencio Martínez  
                 (Del libro El taxidermista y otros del estilo)

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