sábado, 28 de septiembre de 2013

La "Atenas" de Juan Vicente Piqueras. Crítica de Fulgencio Martínez. El cazadero de los libros, T2/2. Ágora digital






Atenas
Juan Vicente Piqueras
Colección Visor de Poesía
Ed. Visor, Madrid, 2013




LA ATENAS, DE JUAN VICENTE PIQUERAS


Juan Vicente Piqueras
La lectura sigue sus propias órdenes. Hace un rato leía en un blog un texto de José Ángel Cilleruelo sobre Dublín.  Los mercadillos callejeros, donde se siguen voceando las frutas igual que en el Ulises (…). Recorro Temple Bar y solo entro en un café vacío que se traspasa”. La ironía soporta a sus espaldas todo, parece como si hubiera de antemano decretado que todo viaje sea el de Ulises y, también, que, a pesar de deshacer mil veces ella, la ironía, el rostro de Odiseo, este vuelva a dibujarse ante nosotros, cuando baja la marea, en la arena. Así es: la ironía lo deja todo igual y diferente (“se siguen voceando las frutas igual que en el Ulises…), se siguen sucediendo los pasos de Ulises en la vida de cada hombre. Al cabo, por más que los poetas desmonten a Ulises (Joyce lo hizo con genialidad y ácido menudeo), la metáfora vive. Como si, apoderándose del brazo de la ironía, señalase a un lugar exacto, justo debajo de nuestros pies: mira ahí donde pisas, ahí no hay firme nada, eres tú el que cambias y no llegas nunca a nada. Una ironía más profunda decreta, de antemano, que el recurso a la ironía no consiga desmitificar al héroe, sino hacer que nos sepamos más vulnerables que él. Como si la identificación con Ulises tuviera, al fin, que pagar esa tasa: una modesta, aunque desmesurada para nuestro yo, contribución a la municipalidad.

Estas reflexiones rápidas me llevan a entender ahora mejor el libro Atenas, del poeta valenciano Juan Vicente Piqueras. Mi anterior lectura (en el pasado mes de junio) de este libro de poemas, me pilló desorientado. Perdido bajo el tono elegíaco de algunos versos y la anécdota personal del autor que abandona el lugar donde ha vivido cinco años, solo acerté a ver en Atenas la desolación. El poeta - como otro insigne maestro del 27 en el exilio republicano, Luis Cernuda-  asimila su sentimiento de desolación con el del lugar que deja; se trata de un recurso de gran arte. Pero, en mi primera lectura, algo fallaba, veía demasiado a las claras el truco o me parecía que no había ahí, en Atenas, un tronco fuerte, una sustancia que no fuese verde subjetividad, hoja y hojaldre de buen poeta con oficio; al contrario de lo que encontraba en Desolación de la Quimera, con el discurso moral del poeta sevillano sobre la edad humana y el desengaño sabiamente vinculados con la historia de un hombre contemporáneo, español porque no podía dejar de serlo. El abuso de la anáfora y la morosidad que otorga al poema la repetición de versos brillantes, casi sentencias, al inicio de varias estrofas; como si fuera una llamada de atención que, a base de repetirse en primeras estrofas y en últimas, y durante varios poemas, deja de ser atendida por el lector; la música medida del alejandrino con cesura perfecta y bien calados compartimentos o hemistiquios, combinado a veces con heptasílabos; y el endecasílabo, en otros poemas, circulando a buen trote métrico (“Tiene el cansancio su felicidad /  como la enfermedad tiene su extraña / manera de decirnos que no hay nada,”), interrumpido por la concatenación repetitiva (“no hay nada en este mundo / que valga más que la mediocridad (…)”.
 
Casi siempre el orden de las lecturas tiene razón, y he necesitado volver a reunirme con Joyce, Ulises, Yanni Ritsos y su poema “Grecidad”, para ponerme en oración ante este libro de poemas de Juan Vicente Piqueras, y encontrarle, en una nueva lectura, su fondo. Deslumbrante. Con aliento de gran poesía.

Me llega ahora nítida la comunicación con el libro: abierto a dos vías, que se cubren con sendas y diferentes metáforas, para reanudarse, finalmente, en una. Por un lado, algunos poemas se internan en la meditación sobre la experiencia humana, el desarraigo y la ausencia de identidad, metaforizados en el viajero y rey de Ítaca –observemos este detalle: nunca olvida Odiseo, en su trajinado viaje, su posición, su origen, su pequeño reino-. La meditación tejida sobre esa metáfora sufre una adaptación contemporánea, y como ya enseñara el Ulises de Joyce, el libro Atenas la vierte en la vida de un hombre cualquiera, vale el propio hombre que escribe los versos de ese libro donde se despide de la ciudad de Atenas y se siente unido en desolación a esa ciudad y a Grecia cuando mira en el laberinto de su vida. También, aquí en este libro de Piqueras funciona la ironía y la desmitificación del héroe homérico, pues solo con ese distanciamiento y veladura aparente puede transformarse el rey de Ítaca en uno de nosotros. Quizá ya el genio de Homero dio pie a esto, al hacerle decir a Ulises su verdadero nombre: Nadie.

Varios poemas en Atenas remarcan el tratamiento irónico sobre Ulises, pero, sobre todo, el que lleva por título “Testimonio del gaviero” (pp 36 y 37). Una impresión posterior a su lectura nos sugiere que es un poema antiuliseico; ya no solo irónico y desmitificador como el texto de Joyce, donde siempre hay ternura de fondo hacia el personaje (Ulises-Bloom), sobre la acidez y la caricatura. Además, en Atenas,  el tratamiento distanciador, casi diríamos que demasiado belicoso, hasta el punto de poderse considerar profiláctico, se extiende sobre los otros protagonistas de la Odisea (las sirenas, los marineros de Ulises envidiosos, la misma fiel Penélope, etc), en una línea acorde con el tratamiento desolado que Juan Vicente Piqueras otorga a los “lugares” sagrados de la geografía y la historia griegas; lugares previamente identificados como “dioses”, de los que solo quedan la “cenizas”, un lugar de ruta turística que hace más evidente la desolación.
 
El poema “Súplica” (p. 56), donde Ulises pide a Penélope “sigue tejiendo, amor, y destejiendo”, termina con estos dos versos: “Y cuando llegue a ti ya no sabrás quién soy./ Cuando te abrace abrazarás el aire”.


Una reflexión sobre la cultura presenta, ya en los primeros poemas del libro, la segunda vía. “Museo de la Acrópolis”, uno de los mejores poemas que hemos leído últimamente, desvela el sentimiento –desolado también- de pérdida de identidad cultural del hombre de nuestra cultura occidental, en estas décadas primeras del siglo XXI:

                         
Admiramos lo desaparecido.
Tal vez nuestra cultura nace de estas ausencias, 
de lo vacío, de lo que no hay.
 
También nosotros somos lo que queda 
de nosotros, 
lo que nos falta,                                                                                                                                                                     el hueco que nos cuida.
               
                                              ("Museo de la Acrópolis". p. 17)
 
Lo que queda de nosotros, lo que nos falta, el hueco que nos cuida: estos trazos soberanos nos llevan a pensar y repensar en el significado de Ulises, y, sobre todo, en el otro icono: Penélope. ¿Qué son para cada uno de nosotros?

En esa última estrofa de “Museo de la Acrópolis” está resuelto el acertijo de la gran poesía que emana Atenas, está el tronco que une las dos orillas (la personal y la cultural) y cada orilla con su árbol, de presente y pasado. La Atenas actual, con su realidad desolada, y la histórica Atenas de los monumentos que evocan el margen de la Desolación, desde su indiferencia y su irónico aceptar la compañía de sus visitantes. La Atenas del tiempo vital del poeta (“Ya me he muerto en Atenas, ya he desaparecido / de sus calles”. “Adiós Atenas”, p. 66) que vuelve sobre el tiempo lineal biográfico, hecho de despedidas y nuevos encuentros (¿Quién sabe adónde va cuando se va? (…) / Soy lo que se va en mí.”  “Travesía nocturna”. p. 13). 

“Lágrimas distintas” se vierten por un lugar (un dios) diferente y el mismo; por el que pudimos ya ser y por el que vamos siendo “entre el polvo y las pavesas”, dice el poeta Juan Vicente Piqueras en un espléndido  poema inspirado en Heráclito (pp. 46 y 47). Un poema que nos recuerda que la ironía suprema consiste, quizá, en que la ironía deja todo igual y diferente. Así, desde Ulises vamos con el camión de mudanzas:


                               “Sobre los hombros de todos los hombres  
                                cae el polvo y las pavesas que despiden  
                                la lucha y el incendio de otros hombres (…)

                                El mundo es fénix, sabe renacer  
                                de sus cenizas, breve e infinito, 
                                feliz de ser fugaz”.


                                                                                  ("Lágrimas distintas")



El poeta viajó de Atenas a Argel, en el sur de Atenas. Como dice la “Nota del autor”, que abre el libro que comentamos:  “Atenas no es el tema de este libro. Es la ciudad donde llegó hasta mí una bandada de pavesas fénix que se fueron posando, una a una, en la palmera con sombra de ciprés que soy cuando escribo”. Yannis Ritsos, en su poema “Grecidad”, canta a un árbol y a un paisaje duro y silencioso, a un hombre sufrido que lucha por la libertad de Grecia, y, curiosamente, como Juan Vicente Piqueras, evoca Ritsos el paisaje griego en la figura del “ciprés”. “Sus ojos están rojos por el desvelo, / una profunda línea encajada entre las cejas/ como un ciprés entre dos montañas al anochecer”. “Su lengua es acre como la nuez del ciprés”.


Como lector de poesía agradezco este libro a su autor:  el que éste haya dejado posarse en su palmera la “sombra de ciprés que soy cuando escribo”, y que nos haya permitido compartir su Atenas: su memoria vital y reflexiva de la Hélade. No es, finalmente, un libro de derrotado sino de luchador, que logra transmitirnos, en sus versos, pasión y nostalgia de Grecia con la lección de un poeta grande, de hoy y de mañana.

                                                              FULGENCIO MARTÍNEZ

EL CAZADERO DE LOS LIBROS. BIBLIOTHECA GRAMMATICA. REVISTA ÁGORA DIGITAL SEPTIEMBRE 2013


 

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