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martes, 23 de septiembre de 2025

Girasol entre tinieblas. (Poema en homenaje a Jorge Guillén). Por María Luisa Ortega Hernández. Diario de la creación / Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático N. 34. Otoño 2025. Nueva Colección

                                                                  Luisa Ortega

 

 

 GIRASOL ENTRE TINIEBLAS. POEMA EN HOMENAJE A JORGE GUILLÉN

 

 

 

GIRASOL ENTRE TINIEBLAS[1]

  

A Florence L. Yudin, que me enseñó a respirar

   el AIRE NUESTRO de Jorge Guillén.

 

 

En una cueva

donde el aire ya no era

un hombre de Betania

se hace uno con la tierra.                   

 

El cristal de sus ojos

la luz de la higuera,                                                         

penumbra de vida                                                                      

mudándose piedra.                             

 

El llanto de los suyos

—pesar en la aridez que penetra—,                                 

mies ardiente

un corro de voces presente,      

cuerpos de sol en las eras, latidos                                    

heridos por el corte del hilo que ayer los uniera.                       

 

—Silencio dentro de la cueva—.

Momento sinfín de inconsciencia,

el tránsito misterioso de la ausencia, que queda.   

Ya fuera de sí, ya dentro de Él, ya fuera.

 

“Cara a cara”[2] ante la muerte,

del cuerpo vendado el ser se aleja de veras

—exilio forzado—

cambiando su “tiempo de historia”, su estar en la Tierra.

         

Un vacío acampa entre los vivos;                                    

la ceguera de un abismo los asedia,

recuerdos que se agolpan de los días,                    

          de abrazos, de risas,

          del diario compartir de tres hermanos,

          aparceros del camino;

         

          primicia que sería él, ignoto el destino,                           

          a instancia del clamor del Maestro y amigo.          

 

Con voz muda se clava esa ruptura;             

pare angustia, duelo; socava,

temporal que desgarra                                           

confundiéndolo todo en imagen de la nada.                              

 

Es el espectro de la duda,                                                

fauno cruel que se asoma desde el fondo,

túnel hondo que con la fe su sendero comparte

y, pisoteando, salvaje, salta, la suave fragancia quebranta,                  

el verde ungüento derrama, y es entonces toda niebla la grama.

 

A la distancia, el Maestro escucha en silencio:      

Entre húmedos paños las hermanas cubriendo,

el cuerpo amortajando del amigo muerto;                                 

consternada Betania, plañendo;

sabiendo por ellas de la enfermedad cuando había aún tiempo.

 

A los suyos reúne;

levantan, dispuestos, el campamento   

tras dos días más del fallecimiento.                                           

Hacia Judea caminan las palabras del encuentro             

que despertarían al mundo —Rabino, amigo—  plenilunio eterno.

 

No habiendo llegado al pueblo,

Marta lo busca y le dice: Maestro,                                             

de haber estado aquí

mi hermano no habría muerto.

 

Lo mismo María, saliendo de casa, corriendo,

por su hermana la llegada de Cristo entendiendo,

a sus pies solloza de nuevo el agua bendita del desaliento

en perfume de nardos el amor convirtiendo,

bálsamo alado, trance, momento abierto en el tiempo;

 

el Hombre que llora, que sabe que pronto llega su hora,

que siente el dolor, la angustia de la historia toda,

levanta al Cielo los ojos y al Padre convoca,

y es Espíritu divino el grito que sale de su boca    

palabra operativa que crea, que transforma todo lo que toca

 

                           —¡Quitad la roca!                                 

 

El elíxir derramado se había evaporado.

Hacia lo alto, alzábase, húmedo, en nuevo estado;          

hálito etéreo tras el umbral de la Gloria,

de su esencia, otra memoria,

del amigo al encuentro

afirmándose el viento, con él descendiendo,          

los tejidos, la sangre reviviendo

tendones, músculos, huesos,

reloj sin tiempo, los nervios;                        

 

el cuerpo de piedra

Su aliento de agua,

el cuerpo de lodo,

en la arcilla el taller de Su voz rehaciéndolo todo

el cuerpo sumergido en el

ayer que es hoy y siempre,

manantial sacro, pulso del creyente             

                       —un  la ti do  que vuelve.

 

A través del sudario

el aire sopla                                        

y el ánima entra

en una copla,

amor que recorre el cuerpo

en un espasmo de alegría

que baila la melodía de su propia compañía,

el reencuentro de la más íntima poesía,

escuchando dentro de sí,

 

mar adentro,

la voz del temblor que sacude el alumbramiento

entre el pesar que en la aridez penetra

la mies ardiente que de las eras allá queda

aún cerrados los ojos al espacio tras la cueva

                   

                                     —¡Lázaro, sal fuera!    

 

¿Y la memoria del camino?

¿te acompaña ahora? ¿viaja contigo?

¿o la has dejado atrás, olvidada en las entretelas del delirio?

  

—Respiro.

Abro los ojos, que “no ven”, que

“Saben”.[3]                                 

En mi interior habita lo intraducible,

el enigma de lo que era imposible;

 

y estoy de pie en este “Más Acá”[4]                                           

ante un corro de voces, de cuerpos vivos

ayer heridos,

testigos.

 

—Amanece.                             

El presente que despierta en mí me mira;

en el cristal es uno el fulgor que alumbra la Vida;           

mi propia imagen, de tantos ojos vertida,

no puede negar el lugar de partida

que ahora me atrae a sí en familiar acogida.                    

 

—Ando,

y mi cuerpo abraza otra vez al Maestro

en nuevo y glorioso desconcierto;

retomando el hilo de la vida,

entre sus manos envuelto,                                                          

—un corro de niños, de niñas

sus risas rompiendo el silencio—,                                                       

con mis hermanas vuelvo,

 

y el aire que me anima día a día, ayer sólo mío,

hoy recóndito recuerdo,

—“alegría entrañada”[5] 

que me susurra al oído,

al compás de otro tiempo—,                                            

ese aire, Cántico, fe de vida, ese aire, es ya nuestro.

 

 



            NOTAS DE LA AUTORA:

 [1] El poema se inspira en el poema de Jorge Guillén “Lugar de Lázaro” [Juan 11: 1-44]. Segunda serie. Clamor, tiempo de historia. AIRE NUESTRO: CÁNTICO, CLAMOR, HOMENAJE. Milán: All’Insegna del Pesce d’Oro, 1968, 734-51.

-Está dedicado a Florence L. Yudin (1937-2006), profesora universitaria y mentora de la autora. Nota del Editor-.

[2] Del poema titulado “Cara a cara”, Primera serie. Cántico, fe de vida. AIRE NUESTRO, 524-31.

[3] Beato sillón”, Cántico, AIRE NUESTRO, 245: 6-7

[4] “Lugar de Lázaro”, Clamor, AIRE NUESTRO, 737: 9.

[5] “Mientras el aire es nuestro”, Cántico, AIRE NUESTRO, 13: 4.

 


 

María Luisa Ortega Hernández. Criolla e hispanounidense. Docente, poeta y traductora. Doctora en Literatura del Siglo de Oro y Colonial por la Universidad de Pensilvania. Profesora contratada doctora, Universidad DePaúl, Chicago. Comité editorial, Creating Knowledge, Universidad DePaúl. Colabora en el Certamen de Traducción de Poesía La Crátera de Ártemis, Universidad de Leeds, Inglaterra. Autora del poemario bilingüe Housed Under Glass / Tras paredes de cristal (2006). Arraigada en una belleza mística y en los derechos humanos, su voz ilumina espacios cerrados a la razón: «Entre nuestras preocupaciones, un canto a la vida» (2020), «Refranes que matan: hacia la concienciación social desde el aula» (2022), «Romería flamenca entre temblores, treguas y tiempos de guerra: cincuenta años del Ballet Español Lelia González en Nicaragua» (2023). Editora adjunta, traductora y coautora de la antología Chicago Mosaic (2023). Selección de poesía: Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, vol. XI, n.º 21-22 (2023), pp. 317-18. Página web de la autora: www.conmarialuisa.com

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