El autor del ensayo, José Luis Martínez Valero, analiza el poema Los
cisnes de Rubén Darío, una de las primeras respuestas de la cultura y el legado
español y latino en América frente al desprecio bárbaro de algunos presidentes
de EE.UU. El orgullo por la lengua y la cultura españolas, sin menoscabo de
ningunas otras tradiciones culturales, es patrimonio de nuestros más grandes
poetas y escritores (Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, Pablo
Neruda, por ejemplo). Especialmente lo celebramos este año 2026 en que se
cumple el primer centenario del libro Orígenes del español, de Ramón
Menéndez Pidal, pionero en los estudios históricos de la lengua española,
inicialmente castellano, pero tras la emigración, colonización de América y la
mezcla cultural y racial, devenida lengua española principalmente por la
aportación americana y de todos los pueblos de España.
RUBÉN DARÍO A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. “LOS CISNES”
(CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA. 1905)
José Luis Martínez Valero
a Juan Ramón Jiménez
¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?
Yo te saludo ahora como en versos latinos
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos,
y en diferentes lenguas es la misma canción.
A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez...
Soy un hijo de América, soy un nieto de España...
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez...
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
den a las frentes pálidas sus caricias más puras
y alejen vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.
Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.
Nos predican la guerra con águilas feroces,
gerifaltes de antaño revienen a los puños,
mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,
ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.
Faltos del alimento que dan las grandes cosas,
¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?
A falta de laureles son muy dulces las rosas,
y a falta de victorias busquemos los halagos.
La América española como la España entera
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león...
...Y un cisne negro dijo: «La noche anuncia el día».
Y uno blanco: «¡La aurora es inmortal! ¡La aurora
es inmortal!» ¡Oh tierras de sol y de armonía,
aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!
Rubén Darío, “Los cisnes”, I.
TRAS EL 98
Si
consideramos que la palabra es memoria y olvido, la letra, un referente que nos
remite a la palabra, probablemente, lleguemos a pensar que un poema propio de ese
tablero, también es resultado de conexiones con realidades que quizá den lugar
a interpretaciones que, algunos, pensarán improcedentes, como si el texto, con
el tiempo, hubiese cristalizado, y, por tanto, perdido la posibilidad de
multiplicar sus significados. La palabra decía Antonio Machado que era
comparable a un pez, pero un pez vivo, cambia la luz, el contexto, el tiempo
modifica, transforma el objeto que pretendemos describir.
Situémonos en el comienzo del siglo
XX. Tras la guerra con los Estados Unidos, 1898, hemos perdido Cuba, Filipinas,
Puerto Rico.
El poeta Edgar Lee Masters
(1868-1950), autor de Antología de Spoon River, un libro que debe ser
leído, cuenta en sus Memorias que, encontrándose en Lewistown, visitando
a sus padres, 25 de abril de 1898, paseando por el cementerio, junto a la tumba
de un revolucionario de la Independencia, “comenzó a sonar la campana
presbiteriana, luego la de la metodista, y por fin las de todas las demás
iglesias; a las que se unió la campana de los bomberos en el ayuntamiento. El
toque de esta no era como de alarma de incendio. Pero era la señal de una
calamidad nacional. Fuimos corriendo hasta la plaza donde nos enteramos de que
se había declarado la guerra a España…Un presagio siniestro se había apoderado
de mi corazón en el cementerio…” Las proclamas patrióticas, doctrina Monroe,
América para los americanos, le angustiaron. Con la odiosa aventura de
Filipinas, “el imperialismo levantó su cabeza en suelo norteamericano”.
En Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío, 1905, aparece la oda dedicada a Roosevelt, que, con toda claridad,
denuncia la política expansionista de esos años.
Recordemos
la segunda estrofa del poema:
Eres los Estados Unidos,
Eres el futuro invasor
De la América ingenua que tiene
sangre indígena
Que aún reza a Jesucristo y aún habla
español…
El
poema se cierra con este verso definitivo:
Y, pues contáis con todo, falta una
cosa: ¡Dios!
Al
comentarla dice Juan Ramón Jiménez en “Mi Rubén Darío”:
Esta “oda” es uno de los poemas más
hermosos, más “perdurablemente modernistas” de Rubén Darío. Es de lo que
no pasará de él. Y tampoco pasará nunca lo que la oda dice.
Su lectura se cierra con estas
palabras que justifican la afirmación anterior, en las que expresa, con toda
claridad, su permanente actualidad política. Quizá convenga, aunque extenso,
recordar:
Cuando Rubén Darío decía: “…falta
una cosa: ¡Dios!”, le recordaba a Teodoro Roosevelt que en su “técnica” de
Cazador faltaba el amor, que a él le faltaba el amor, le faltaba “esta calidad
poética” que yo busco y exalto en los Estados Unidos. El “Dios no será burlado”,
que dice Henry A. Wallace a los nazis, esos nazis quieren adueñarse del
mundo por la fuerza bestial, una idea muy parecida a la de Teodoro Roosevelt, y
que hoy coloca a los Estados Unidos a la defensiva, como la de Roosevelt colocó
a Hispanoamérica, se corresponde bien con el “…falta una cosa: ¡Dios!” de Rubén
Darío. Yo estoy seguro de que Rubén Darío no le habría dirigido esta
conmovedora, patética, decisiva, actual siempre, oda a Henry A. Wallace, si él
hubiera sido entonces Presidente de los Estados Unidos; porque Mr. Wallace es
hombre de espíritu y de amor, es hombre de Dios y que está con Dios.
LOS CISNES
En
este mismo libro, hay una sección, compuesta por cuatro poemas, dedicada a Juan
Ramón Jiménez, titulada “Los cisnes”. Voy a leer el primer poema, estos
son sus primeros versos, comienzan con una pregunta:
¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu
encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes
soñadores?
El cisne simboliza la belleza que
acaba, la sensualidad, el amor, representa la encarnación de otra realidad
superior, naturaleza lejos de lo útil, resto o testimonio de un mundo siempre a
punto de desaparecer. Su curso evoca un tiempo clásico que preside la
serenidad, su presencia siempre está acompañada por la superficie del lago, el
curso del agua. Solo o en compañía nos aproxima a una presencia aristocrática,
en la superficie del lago destaca su figura blanca sobre la que se desliza.
Esta estampa, que evoca serenidad,
sosiego, paz, se expone bajo el recelo de la pregunta, surge cierta inquietud,
esconde algo. La imagen clásica contrasta con el descubrimiento de ese tono
interrogativo, que parece ponerlo en duda. En la despreocupación que se muestra
hay oculto un secreto. El poeta Rubén Darío habla al poeta Juan Ramón Jiménez y
advierte que, tras el engaño de los ojos, permanece oculta la verdad, cuestiona
lo que vemos. Se habla de poesía, pero, ¿podemos vivir ajenos a la realidad
histórica?
DONALD TRUMP O LA
DESTRUCCIÓN (O ¿UN NUEVO ORDEN?)
En
La deshumanización del arte, libro de 1925, José Ortega y Gasset viene
a decir que ante lo que plantean las vanguardias, existe la posibilidad de
dejarlo por imposible o tratar de entenderlo. Resulta difícil considerar al hoy
en día presidente de EE.UU. Donald Trump como vanguardista, aunque tenga
esa cohorte de ruptura con todo orden conocido, sobre todo su discordia con
todo formalismo, aquello que durante años titulamos como lo “políticamente
correcto”, también la certeza de que el poder reside en él, sostiene ese hacer
y deshacer que constituye su política, basada en el mejor postor, a veces se
trata sólo del regateo propio del mercado, que viene a coincidir con su
personal manera de estar en el mundo.
Lo cierto es que ha irrumpido en la
política como un hombre primitivo, como si solo conociese el lenguaje del
vencedor, el autócrata y, como consecuencia, todo aquello que se le oponga
puede ser atropellado: países y fronteras, presididos por gobernantes afines o
distantes, se convierten en muñecos de un guiñol en este esperpento de
actuaciones al que, si llamásemos política, pese a toda la hipocresía que
comparte, sería mera confusión.
De repente el niño dios que permanecía
dormido, se ha levantado como Segismundo y, en su pesadilla, destroza todo
aquello que se opone a sus múltiples apariciones, cada una de las cuales
anuncia acciones desconcertantes. ¿Lo son? Tienen, sin embargo, un resultado,
se gana petróleo, nuevas rutas, futuro, tierras raras. El mundo es considerado
como una trama de empresas que pueden ser adquiridas, ¿de qué modo? Utilizando
el poder, por tanto, si se puede, por qué no hacerlo.
La superficie sobre la que se desliza
el cisne, limpia, tranquila, sólo es apariencia, ya que, bajo ella, se ocultan
tempestades, terror, cárceles, expulsiones, misiles, desapariciones. Luego, ese
signo del encorvado cuello, que parecía expuesto como una pregunta, ahora se
convierte en respuesta, comprendemos por qué en el segundo verso dice: “al paso
de los tristes y errantes soñadores”. Estos poetas son portadores de una
verdad, han advertido lo que hay bajo la aparente serenidad del lago.
Conocen que el hombre, las naciones,
el equilibrio del mundo puede ser alterado, lo anuncia, sin ser conscientes del
todo, la crisis permanente del siglo XX. Las dos grandes guerras, la guerra
fría, el telón de acero… ¿Y, luego qué? Ahora, hemos alcanzado el primer cuarto
del siglo XXI, ¿estamos al borde de otro crack del 29?
La bolsa, esa entelequia metapoética,
donde los números, en su expresión más abstracta, miden el pulso de la economía
del mundo, ¿qué pasará? Hemos empezado otro orden, tal como se dice, o
simplemente hemos alcanzado un grado desde el que contemplamos la superficie
del lago, y, ahora, los cisnes en tierra, como viejos luchadores, fuera del
medio, que confirma su belleza, añoran cuando su estampa se reflejaba sobre la
superficie.
LOS CISNES
(CONTINUACIÓN DEL ANÁLISIS)
Hay
dos versos que cierran la estrofa primera:
¿Por
qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?
El cisne es pleno en su silencio, la
sinestesia silencio-blanco, podría significar que nada está escrito
definitivamente, el texto siempre tiende a la heterodoxia. Lo que se dice nunca
es la última palabra. Blancura y belleza aparecen unidas. Todo se borra,
también la belleza como constituyente dilatoria, engañadora. Si es tiránico a
las aguas, parece referirse a que ofrece la calma absoluta, la serenidad,
también que no se deja tentar por lo perecedero, las flores. El cisne en sí
mismo resulta de una reunión de contrarios: la sociedad y la historia, quizá
sería más preciso, su temporalidad.
La segunda estrofa alude a la
composición de los versos con resonancias de clásicos, para afirmar que la
naturaleza es la misma y sus diferentes lenguas entonan la misma canción.
La tercera refiere que la lengua en
que se expresa debe ser algo conocido, pues ellos vieron a Garcilaso cuando
introdujo los metros italianos, herederos a su vez de los clásicos latinos. Se
declara hijo de América, nieto de España, y alude a Quevedo, que fue irónico,
crítico, conceptista, profundo en todo.
En la cuarta, el primer verso recupera
a los cisnes, ahora sus alas frescas acarician las frentes pálidas. Pensamiento
y frescura, componentes que renovarán la triste realidad, las ideas oscuras. Es
necesario encontrar, inventar, volver al principio, comenzar de nuevo, es en el
camino donde debemos recuperar la frescura.
La literatura, la poesía, se ha visto
influida por las brumas septentrionales. La influencia romántica aún pervive,
es preciso recuperar la luz, la claridad. Oscurecer el poema es un tópico, hay que
abrir puertas, airear la casa, volver a andar, reemprender el camino.
Paralelamente continúa el compromiso con el momento histórico: América del
Norte, Los Estados Unidos, tras la Guerra de Secesión van a recuperar la idea
imperial, el cesarismo:
Nos predican la guerra con águilas
feroces,
gerifaltes de antaño revienen a los
puños
mas no brillan las glorias de las antiguas
hoces,
ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni
Nuños.
Para entrar en esa evolución que lleva
al estado, a cuya independencia contribuimos, quizá convenga recordar a Miguel
Espinosa y su ensayo titulado, de acuerdo con la retórica de la época: “Las Grandes Etapas de la Historia Americana”, subtitulado: “Bosquejo de una morfología de la Historia
política Norteamericana”. Texto de 147 páginas, prólogo del profesor Tierno
Galván, 1957, Revista de Occidente, Madrid, que, en su segunda edición, ya
póstuma, recibió el título, que Miguel hubiese deseado: Reflexiones sobre Norteamérica. Contiene lo que considera el
experimento americano. Comprende desde su fundación, independencia,
hasta el presidente Eisenhower. Desarrolla minuciosamente el periodo de
Guerra de Secesión, la doctrina Monroe, y la aparición de una visión
expansionista, capitalista, imperialista que hoy, en manos de Trump, parece más
propia de otros países dictatoriales.
El poeta en esta estrofa y siguientes
se aleja de esa fuerza interior, causada por la asociación política, que le
lleva a guerras, decisiones que ponen en peligro su vida, patrimonio, ser
social. Ya que estas causas: religiosas, sociales, industriales, han
desaparecido como estimulantes, el texto que sigue se presenta como una
interrogación retórica, los poetas, no tienen otro objetivo que buscar tus
lagos. Recordad que hemos hablado de la superficie, donde figura la
interrogación y la profundidad, donde reside el misterio, lo oculto y lo trágico.
A continuación, en el texto, parece
que el yo hubiese sido anulado, nadie detenta esa identidad que lo pudiera
convertir en héroe. Estamos ante un ser social que acepta las nuevas
condiciones del mundo que habita. Lo hace con escepticismo. El ciudadano se ha
convertido en un ser irónico, descreído, heterodoxo, quizá agnóstico. Ya no es
aquel pirata romántico que desafía a un mundo en el que en el que goza de la
supresión de fronteras que es el mar. Hoy para las armas enemigas no existen
las distancias.
Sigamos con estos versos:
La
América Española como la España entera
Fija
está en el Oriente de su fatal destino…
La
América Española, ajena, ensimismada, tiene su mirada puesta en su fatal
destino. Tal como si lo que sucede, lo que le pasa no tuviese otra alternativa,
condenada a sufrir, empobrecida, sometida, a ese fatum al que se
entrega, sin que exista otra opción. De tal manera que, pertenecer a esta parte
del continente, lo que se ha llamado “Patio trasero”, significa estar condenado
a eludir, de un modo o de otro, la voluntad de los ciudadanos, la sociedad ha
sido anulada. Creencias, años de incuria, pobreza contra la que no se puede
luchar incapacita la posibilidad de cambio.
El
poeta interroga a la esfinge, trata de ver si entre la posibilidad de romper
esa incapacidad ancestral, el cisne, es el único que, por su cuello divino,
quizá pueda tener éxito. Su plácida imagen de serenidad, felicidad, esa blanca
esperanza para el poeta dispuesto a romper con el tópico clásico, con el
escapismo que su curso sobre el agua supone. Se planta ante esta presencia
engañosa, e interroga, descubre que en su silencio se encierra la pregunta.
Veamos, ahora cuál es el contenido:
¿Seremos entregados a los bárbaros
fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos
inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos, ni bravos
caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
Aquí queda expuesta con toda claridad
la pregunta. No se trata de una interrogación retórica, es precisa la respuesta.
Los bárbaros, es decir, los que tienen otra lengua, ¿serán los propietarios? Si
se pregunta, no es sólo para descubrir un camino, el destino de los habitantes,
sino para dar por hecho que se puede perder la identidad.
La lengua, signo de identidad,
depositaria de la sintaxis desde la que contemplamos el mundo, lo afrontamos, ¿podría
desaparecer?, cosa que supondría el fin de una cultura, sin duda mestiza, de
una religiosidad quizá confusa, de una manera de contarnos el pasado y el
futuro. Si esto desapareciese, nuestra patria se convertiría en un campo de
ruinas, restos arqueológicos definitivamente perdidos como estímulo vital, como
misterio. La estrofa resume este estado en el verso final, lo reduce a silencio
y llanto. El futuro parece que ya está presente.
¿Por qué dirige su “grito” a los
cisnes? Sin duda, porque advierte en
ellos la fidelidad en la desilusión. ¿Qué significa? Son conscientes de que
anuncian su desaparición, representa el fin de una época. Advierte su presencia
que todo está dicho, la belleza, no representa nada, su valor en bolsa ha
caído, simboliza lo perdido.
El poema se cierra con las palabras de
los cisnes. El negro dice: “la noche anuncia el día.” No todo está perdido. El
tiempo descubre caminos que la noche mantiene cerrados. La llegada de la luz
contiene alegres noticias. Y sigue:
Y uno blanco: “¡La aurora es
inmortal, la aurora
es inmortal!”
Subraya la buena nueva: la aurora con
su inmortalidad, convoca otra vida. Cierra el poema con este epifonema:
¡Oh tierras de sol y de armonía, /
aun guarda la Esperanza la caja de Pandora.
Pese a todo lo que se ha dicho, la
Esperanza, aún permanece en la caja de Pandora.
José Luis
Martínez Valero ha publicado a finales de 2025 Aquel jardín (Ed. La fea burguesía, Murcia) que se presenta el lunes 26 de enero en la Universidad de Murcia (Facultad de Letras, Hemiciclo, 19 h.).
José Luis Martínez Valero nació en Águilas, Murcia, en 1941. Es
catedrático emérito de Literatura. Poeta, narrador, ensayista, pintor y
dibujante. Ha publicado últimamente el ensayo Antología del 27 en Murcia
(Ed. La fea burguesía), y es autor también, entre otros libros, de Poemas (1982),
La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres
actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007), Plaza de
Belluga (2009), La isla (2013), El escritor y su paisaje
(2009), Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en
Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019) y Otoño
en Babel (2022, ed. La fea burguesía, Murcia). Ha sido guionista en
los documentales Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.