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sábado, 29 de noviembre de 2025

LA CONCIENCIA Y EL TIEMPO EN "SOLEDADES" DE ANTONIO MACHADO. Por Fulgencio Martínez. Estudios de poesía española / Ágora 36. Nueva Col. N. doble 35-36 Invierno 2025

 


LA CONCIENCIA Y EL TIEMPO EN SOLEDADES DE ANTONIO MACHADO

 

                                                                          Por Fulgencio Martínez

 

La poesía de Antonio Machado está esencialmente vinculada a la conciencia, se produce en muchas ocasiones desde el monólogo o el diálogo con un yo profundo del autor. Desde el primer libro, Soledades, el poema es escenario de un doble o triple desdoblamiento, lugar de la escucha de voces no siempre concordantes.

            Resaltamos “escucha” porque el poema finalmente deviene en la presentación de un yo que escucha entre las voces disonantes, de modo que la escritura se convierte también en un acta de una conversación.

 

 

LA CONCIENCIA, PRIMER RASGO QUE DEFINE LA POESÍA DE

ANTONIO MACHADO

 

          “Que los humanos nos discernimos mediante nuestra propia vida –y que hay en este sentido un “juicio” que encausa nuestras actitudes y realizaciones –es una idea difícilmente separable de cualquier moral, incluso de las que no impliquen trascendencia”.

                 (José Gómez Caffarena, “El cristianismo y la filosofía moral cristiana”, en Historia de la Ética, edición de Victoria Camps, p. 296).

 

Cuando nos referimos a un juicio existencial decimos que éste forma parte de la estructura moral del hombre, de la conquista de su lucidez. No hablamos de juicio previo, tocante a moral de contenido[1]: en palabras de José Gómez Caffarena, no implica “motivar primariamente las acciones por la atención a sus deseables o temibles resultados; menos aún equivale a definir el bien y el mal desde esos resultados” (ibídem); es decir, ese juicio existencial ni nos prefigura hacia adelante ni nos ex–plica hacia atrás. Sin embargo, aunque suele ser “un juicio sobre las propias acciones pasadas (prevalentemente negativo: remordimiento)”, también puede tener “un papel anticipador y constitutivo de la bondad o malicia de la acción futura sobre la que el agente moral delibera” (ib. p. 305). En la fuente ética cristiana, es la conciencia (syndeisis, para san Pablo) el sentido de un juicio sobre nuestras vidas, tanto en la dimensión del pasado (lo hecho y la intención, y, sobre todo, lo omitido, pues lo pecaminoso en sí es la omisión: las faltas, principalmente, de amor) como en proyectiva a futuro.

          También para una conciencia socrática (la otra fuente de una ética universal), el juicio de sí, forma parte esencial de la lucidez, y es base de la actitud que fundamenta el ethos. La filosofía era, para Sócrates, un constante autoexamen de conciencia. La escucha y puesta en claro de la voz de un “daimon” interior que contradice y niega al sujeto: la conciencia es, no solo esa voz negativa y casi siempre crítica, sino el “doble” resultante del diálogo entre la razón y la voz interior. Sea en un sentido cristiano o laico, se estrechan los lazos entre conciencia y juicio existencial.




La poesía de Antonio Machado está esencialmente vinculada a la conciencia, se produce en muchas ocasiones desde el monólogo o el diálogo con un yo profundo del autor. Desde el primer libro, Soledades, el poema es escenario de un doble o triple desdoblamiento, lugar de la escucha de voces no siempre concordantes.

          Resaltamos “escucha” porque el poema finalmente deviene en la presentación de un yo que escucha entre las voces disonantes, de modo que la escritura se convierte también en un acta de una conversación. Con hábil y sencilla maestría elaborado, el poema típico de Soledades se presenta como una íntima confesión de la conciencia, como un juicio verdadero emitido y captado por diferentes testigos que acompañan el inquieto mundo del yo poético. A veces, en situación de niebla, o entre sueños, es cuando se dan las “mejores condiciones” para esa escucha veraz, leal. Escucha consciente (lejos Machado de la escritura automática surrealista). Escucha y escritura del consciente, de la propia conciencia que se juzga, en su galería profunda, y que en esas aludidas condiciones (niebla, sueño, alucinación, noche, silencio, y angustia, inquietud) emerge y se desprende del equipaje sobrante de la conciencia práctica, del consciente o preconsciente distraído en las necesarias tareas del vivir.

 

En un poema, la escucha de “unas pocas palabras verdaderas” produce una cierta relajación de la angustia. Se intuye cierta certeza “en sueños”, pero certeza al fin, de Dios, insinuado a través de la “lira” pitagórica y la armonía del mundo.

 

Tal vez la mano, en sueños,

del sembrador de estrellas,

hizo sonar la música olvidada

como una nota de la lira inmensa,

y la ola humilde a nuestros labios vino

de unas pocas palabras verdaderas.

 

En otro poema, la escucha de los propios pasos perdidos profundiza la angustia, aunque la inquieta búsqueda de Dios entre la niebla da un sentido al dolor y deja abierta cierta luz en el sentimiento del fracaso de la existencia arrojada y destinada a la nada. Este poema de Soledades, emocionante -del cual citaremos ahora un fragmento- es, quizá, la más clara vislumbre o anticipación, mejor dicho, del existencialismo heideggeriano (pero más cerca, concretamente, de Karl Jaspers y Gabriel Marcel, existencialistas no ateos).

 

Como perro olvidado que no tiene

huella ni olfato y yerra

por los caminos, sin camino, como

el niño que en la noche de una fiesta

 

se pierde entre el gentío

y el aire polvoriento y las candelas

chispeantes, atónito, y asombra

su corazón de música y de pena,

 

así voy yo, borracho melancólico,

guitarrista lunático, poeta,

y pobre hombre en sueños,

siempre buscando a Dios entre la niebla.

 

 

EL TIEMPO EN LA PALABRA, EL TIEMPO COMO ESQUEMA DE

LA CONCIENCIA

 

El tiempo es, en cierto modo, una creación de la conciencia, una de sus categorías kantianas. Machado lo asume así. De modo que el tiempo o bien es la propia piel de la conciencia, la que se va, como una serpiente, despintándose y pintándose con nuevos signos tatuados en ella, o bien es una ensoñación que pone a prueba a la propia conciencia y exige de esta una fuerza de lucidez y de afirmación en su auténtica realidad, en la representación (memoria, discurso interior) de sus palabras, o imágenes, verdaderas. El tiempo complica, ciertamente, la conciencia, y complica el poema; pero sin el tiempo no habría un drama, un sentido que buscar en el yo y que expresar por la palabra.

          Si la poesía, como afirma el propio Machado, es palabra en el tiempo, se puede hablar también del “tiempo en la palabra” de Machado, porque creemos que en su poesía lo temporal la atraviesa íntimamente, originariamente.

          Pero ¿de qué modo está el tiempo en el origen de la palabra poética de Machado? O lo que es lo mismo, ¿cómo el tiempo condiciona la conciencia que la escribe como juicio de sí?

          Las palabras de Gómez Caffarena citadas al comienzo del anterior capítulo tienen la virtud de advertirnos sobre una aparente contradicción, que será muy útil para progresar en nuestra búsqueda. Retenemos de esas consideraciones: que el juicio, por una parte, no mira a los resultados ni juzga a la vista de ellos y, por otra, sí valora lo pasado (hasta el punto de poder afear una acción u omisión y de provocar remordimiento de ella) y sí tiene un papel fundante y anticipador de los valores que queremos nos orienten en lo futuro.

          Esta aparente contradicción que señalan las filosofías de la moral (no sólo la ética cristiana sino también las de raíz socrático-racional), toca a los temas machadianos de la conciencia y el tiempo. El juicio parece desplegar en nosotros (conciencias) una doble dimensión temporal: una, que es transcurso, conciencia del tiempo vivido (duración), y otra cuasi metatemporal, donde radica propiamente el juicio existencial, y que atañe a la moral como estructura.

          Aparentemente, el juicio iluminaría dos tipos de conciencia, dos conciencias, cada una de las cuales enfocadas a una dimensión temporal específica.

          Ateniéndonos a la poesía de Machado, en cuanto que en ella hay una intuición y una representación del juicio existencial, diremos que: 1) en esta poesía hay es una misma conciencia desdoblada por su relación con el tiempo; 2) que la conciencia es la fuente y causa del tiempo, y, en conclusión, 3) que la conciencia en repliegue sobre sí, produce el tiempo del juicio, la dimensión metatemporal; y distendida, la duración, que llamaremos tiempo Uno, para distinguirlo, así, del tiempo Cero metatemporal.

          Habría, pues, en virtud del desdoblamiento y repliegue de la conciencia, dos dimensiones del Tiempo (tiempo Uno y Tiempo cero o metatemporal), pero, en el fondo, una sola conciencia y un solo tiempo (el metatemporal, el del juicio) del cual el tiempo vivido es solo un epifenómeno: una representación.

          Entendemos, así, la natural vinculación de la figura del retrato (y análogas) con la representación de un juicio –y a fortiori, con la presentación a juicio (del hombre) que implica desnudamiento de la verdad– en la poesía de Machado.

 

Radicalmente, el Machado de Soledades sitúa lo vivido, el tiempo, en el campo de la conciencia: traducido al lenguaje de la filosofía del autor de El mundo como voluntad y representación, en las ilusiones. (En lo que Machado ya no estaría de acuerdo con Schopenhauer sería en la fenomenalidad de la propia conciencia, que lleva al extremo la filosofía trascendental kantiana. De ahí, su consiguiente interés por la filosofía de Bergson, que aporta una base intuitiva real, a costa de escindir y forzar la distancia entre tiempo vivido y tiempo mecánico, y entre la conciencia inmediata y la conciencia lógica; y de ahí, posteriormente, la larga brega de sus apócrifos con esa prole filosófica de Kant y el impaciente reniego de Inmanuel Kant, que anticipa en algunos versos).

 

          En la poesía de Antonio Machado, los motivos o subfiguras temporales de las ilusiones –con sus símbolos: colmena, primavera, agua, sueño, etc, que miran hacia el futuro, o con aquellos otros que se orientan hacia el pasado (fuente, parque, tarde, etc); símbolos que a menudo pueden intercambiarse entre los de la misma orientación y que aun son susceptibles de trasvasarse a otra perspectiva temporal–; esos motivos y símbolos, las ilusiones, en fin, que tejen el tiempo del vivir, tienen un sentido más originario si los enfocamos también en el tiempo del juicio humano existencial, ese tiempo que es un corte radical en vida.

 

El juicio es el Juicio definitivo, final (en cada momento de ese Tiempo Cero, o metatiempo psicológico); si lo queremos decir con énfasis. A pesar de ser final en cada momento (y no importa la edad biográfica del sujeto) puede enfocarse, en el tiempo durativo, hacia el pasado (retrospectivamente) o hacia el futuro (proyectivamente, como anticipación y guía de la bondad).

          Sorprende que Antonio Machado ya se (nos) presenta en su primer libro en un juicio final sobre sí mismo. Es claro que no hay una edad fija para que cada persona haga juicio final de sí mismo, aunque este suele darse al fin de la trayectoria vital.

 


 

EL JUICIO INCONDICIONADO Y LA ESENCIAL LIBERTAD

DE LA POESÍA DE MACHADO

 

Importa detenerse en dos consideraciones más, que afectan a esa llamada contradicción del juicio, y a sus relaciones con el tiempo y la conciencia que venimos intentando abordar, para luego enfocar la poesía machadiana desde la estructura o fuente de los valores éticos: la conciencia, la apertura al otro y la seriedad del testimonio de la verdad, valores que fundan tanto a la persona ética como a la poesía.

 

A) “Velo de la ignorancia”

El filósofo John Rawls y, tras él, otros autores de la “ética del diálogo” usan la expresión “velo de la ignorancia” para indicar las precondiciones de la justicia, que ha de actuar como si ignorara la condición concreta de los afectados, en pro de un punto de vista “puro” e imparcial. Así pues, el juicio final no puede condicionarnos para actuar en función de él (de otro modo, “motivamos primariamente las acciones por la atención a sus deseables o temibles resultados”; y “menos aún equivale a definir el bien y el mal desde esos resultados”). Creemos que es así porque el juicio es un acto de libertad suprema, que respeta la condición básica de la libertad. Por su esencial libertad es, también, necesario: es decir, es el asunto necesario de la conciencia humana (nos jugamos, en él, no solo el sentido y uso de la conciencia sino nuestro propio ser como humanos y conciencias).

          Sin embargo, también, al afirmar que el juicio no juzga en el tiempo Uno, durativo, casi estamos diciendo que es un juicio que no juzga, que no hay justificación a posteriori en la conciencia, ni, tampoco, a futuro, sirve el juicio de guía o proyecto que ilumina.

          Algo parecido ocurriría en la Historia. “La Historia Universal es el Juicio Final”, dijo Hegel. Aunque Hegel veía un despliegue del Espíritu en la otra dimensión metahistórica; la Historia universal, en el tiempo durativo Uno, transcurre ciega, con velo de ignorancia de los fines del Geist. Por otro lado, bastaría con intercambiar el orden del sujeto y el atributo (“El Juicio Final es la Historia Universal”) para situarnos en nuestra perspectiva.

 

B) El problema de la justificación. La necesidad de ajuste en lo esencial

 

Y, sin embargo, hemos de retomar, en un sentido nuevo, más originario, los términos que ahora quedan anulados por ese tipo de juicio-rayo que se efectúa en un tiempo psíquico metabiográfico (y en cierto modo, también metahistórico).

          Tocamos el problema de la justificación; más adelante, abordaremos el problema del ajuste de la conciencia, en su relación consigo como conciencia vigilante y en su relación con lo otro (el mundo, la vida, la naturaleza) que atañe al tema machadiano de lo viejo y lo nuevo, lo actual y lo pasado.

 

          Desde el juicio, habría que entender las ideas de justificación, proyecto, guía, valores, etc, de una forma no usual, que no se relaciona con los términos de conformidad, paz de la conciencia, ni con logros ni resultados, etc. (Yo vivo en paz con los hombres / y en guerra con mis entrañas,[2] dirá el Machado, más maduro, de Campos de Castilla; juzgándose retrospectivamente). Nos hemos de esforzar por situarnos cada vez más en el radio y clave de este hombre que, desde niño se vivió en juicio final (basta recordar la anécdota de la caña dulce y de su abuela sevillana, recuerdo infantil que cuenta en dos diferentes pasajes de su obra; en uno de ello, protagonizado por su madre, en vez de por su abuela).

 

Anticipamos que, a nuestro parecer, en la poesía de Machado no hay tal problema de la justificación, entendido al modo usual; sino una dirección (retro-proactiva, diríamos) de búsqueda de un ajustamiento en lo esencial.

          Lo vivido, y el mismo mundo, es viejo, una imagen vieja para la conciencia, ¿de qué valdría justificarlo? El ajuste en lo esencial, que persigue la conciencia, no se dirige al pasado inerte y clauso. Tampoco a los “datos inmediatos de la conciencia” –sean éstos enfocados hacia un mundo objetivo o hacia el alma o mundo interior, aunque el “intimismo” de Soledades [3] a veces se detenga en la iluminación y ajuste de esas “galerías del alma”. Pero, ¿el ajuste se dirigirá al futuro?

          Profundizando en la relación entre futuro-pasado, leemos entre líneas en el poema LVIII, donde glosa Machado el conocido pasaje de las Coplas manriqueñas: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir” (el segundo de estos versos es citado por Machado con variación mnemónica pero muy significativa: “que van a dar a la mar”). “El placer de llegar” (a la muerte, y punto final) está ensombrecido por “el horror de volver / ¡Gran pesar!”. No hay certeza en nada definitivo, ni acaso en la disolución en muerte.

          Lo que vamos a dar a la mar es nuestro fantasma de futuro como prolongación de un pasado, nuestra posibilidad de futuro concluida. Pero no sabemos nada de otros pasados y futuros posibles: de la necesidad de volver, solo percibimos la posibilidad y el “horror” de esa condena, fatídica, a la existencia temporal.

          Entre líneas, Machado parece evocarnos estos otros versos de Manrique:

 

si juzgamos sabiamente,

daremos lo no venido

por pasado.

No se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera,

más que duró lo que vio

porque todo ha de pasar

por tal manera.

 

 

El ajuste no se realiza, por tanto, en un “pasar”, que supone un “volver”; no en un futuro que es pasado, cuando se profundiza en su ilusoria substancia.

          (Machado expresará, definitivamente, la dimensión del ajuste en su expresión “Hoy es siempre todavía”).

          El ajuste no se dirige a esos puntos temporales: pasado, presente, futuro, pero sí pasa por ellos, los traspasa –diríamos– en búsqueda de lo esencial, del “hoy es siempre todavía”, en el que el “hoy”, inmediato, y el pasado y el futuro contenidos en el adverbio “todavía” (“ya no” y “aún no”, respectivamente) reposan en el parmenídeo “ser”, en el verbo (“es”) por mediación del adverbio “siempre”. Y ser es igual a pensar.

          El ajuste, por tanto, se alumbra desde la conciencia de ser íntegro, conciencia no durativa, conseguida por el choque con el curioso adverbio temporal “siempre”, quintaesencia –lo más parecido a lo eterno- obtenida tras una vuelta de tuerca con la misma vivencia de lo temporal y fugitivo en la conciencia. Allí radica lo nuevo, síntesis de lo viejo y lo actual que, entregado a la sola duración, será mañana viejo también; igual que lo futuro, “lo no venido”, será pasado inerte si no (nos) trae la actualización de algo esencial.

          Pero, por otra parte, la justificación al uso (propia de ese “hombre al uso que sabe su doctrina”, y del que se distingue Machado explícitamente, más adelante, en su enérgico “Retrato” de Campos de Castilla) supondría aceptar sin lucha la aparente contradicción que venimos llamando, entre dos conciencias y dos tiempos, y situar el ajuste en uno solo de los planos (en el de la conciencia temporal y el tiempo Uno; o en el de la conciencia en sí y el tiempo Cero, metatemporal).

 

En nuestro enfoque, recapitulamos, se nos presentó la aparente dicotomía del tiempo, así como de la conciencia, y nos representamos dos tiempos, dos conciencias. Un tiempo como duración, durée bergsoniana, sobre el que se ha estudiado su importancia en la configuración de la poesía de Machado; y un tiempo “vertical”, cuasi-eterno, rayo, o relámpago: tiempo del conocimiento (”conocerse es el relámpago”, dirá el poeta Pedro Salinas en La voz a ti debida: “Yo no necesito tiempo / para saber cómo eres: / conocerse es el relámpago), el de la conciencia. También, dos conciencias diferentes, en principio antitéticas, pero llamadas a ser complementarias.

          Entre los dos tiempos, y las dos conciencias, se puede hacer valer los antagonismos. Así, con tiempo, unilateralmente, designamos el tiempo de la duración, el tiempo vivido, real, fugitivo; y se prioriza su importancia cuando se opone ese tiempo psíquico a lo que no es tiempo sino espacio: el tiempo divisible y mecánico, monótono y desubstanciado, que cuentan los relojes, ese espacio- tiempo abstracto que no es aún para la conciencia.

          Pero, el tiempo vivido es tal para una conciencia, y supone las más veces un “golpe de conciencia”. Por otra parte, dicho golpe a menudo surge, en la poesía de Machado, (como en la vida consciente de cualquier hombre) de los sucesos físicos (del cambio de la luz del día, del apuntar de las estaciones, del cambio en el paisaje), o de los artefactos que el hombre mismo produce, como el reloj; o de otros “inventos” más o menos “humorísticos”; asimismo, de un golpe en la madera de la guitarra, a la hora distraída y ensimismada, o bien del golpe de un ataúd en tierra; ya no digamos de los cambios y destrozos corporales: una simple cana puede aparecer tan metafísica como la corriente del río de Heráclito.

 

En suma: hay un hilo de plata que une en la conciencia todos los lados del tiempo. El tiempo esencial del ser de la conciencia; el tiempo de la conciencia vital que asume, incluso, el tiempo físico; y, en poesía, la conciencia-idea, la emoción y el símbolo. Pues símbolo es, en Machado, todo lo que es asumido en la intimidad del alma, desde la inconsciencia del sueño con su tramoya, hasta una cualidad del aire o un tono de la luz; desde un paisaje a un sonido, todo lo que adviene al alma y acaso estuvo ya en el fondo de ella.

          Las identidades unilaterales y la contradicción se borran desde el tiempo más originario, el de la conciencia enfrentada a su juicio final: esa conciencia centrípeta engloba los dos perfiles del tiempo en una misma acuñación.

          La monedita del alma” (la conciencia) que, según Machado, “se pierde si no se da”. (LVII, Soledades...).

 

 

LA CONCIENCIA HECHA POESÍA (RIESGOS Y POSIBILIDAD DE APERTURA DE LA CONCIENCIA DESDE EL ESTADO DE ABIERTO DEL JUICIO)

 

Llegamos, por fin, al meollo de lo que Machado entiende por conciencia. Ya divisamos, por la cita anterior, otra aparente contradicción: la conciencia no es pura introversión ni se realiza en su movimiento centrípeto, que funda el ser originario de la conciencia, si se empeña en ser conciencia endógena. Tiene una intrínseca vocación de “darse”; está transida de afecto al ser y a los seres. “La monedita del alma / se pierde si no se da”.

          El darse a otras conciencias forma parte del ser de la conciencia. La conciencia no es endógena, sino apertura a otra conciencia exógena, a lo otro y los otros que son también otras conciencias exógenas respecto a mi mundo psíquico. Incluso, mantener la actitud de escucha en la conciencia ante el “gran silencio” (poema LX) indica el valor de lo otro y la aspiración al verdadero ser de la conciencia:

 

No, mi corazón no duerme.

Está despierto, despierto.

 

          Ni duerme ni sueña, mira,

          los claros ojos abiertos,

          señas lejanas y escucha

          a orillas del gran silencio.

 

          Hasta aquí, en los versos de Soledades, se afirma la poesía como fuente de conciencia vigilante, aun en la modalidad de un soñar despierto; y también, desde la conciencia, se afirman el sentimiento hacia lo otro y la fuente de comunicación cordial, en la que asentar valores de fraternidad y convivencia humanas.

          La monedita del alma es una imagen bastante expresiva, desde su sencillez, y abarca todos los aspectos que el poeta Machado encuentra en la conciencia.

          Esa paradoja de un pequeño tesoro que se pierde si no se da. La conciencia de sí que mana mientras fluye a otro y con el otro, el alma confiada al cuidado con el otro, abierta a otro que cuida con otro. La esencial alteridad del ser, está ya presente en su poesía más sencilla y en sus poemas más complejos: hacia donde vayamos, a Soledades, a los “Proverbios y cantares”, a los poemas “metafísicos” de su apócrifo Abel Martin.

          Volviendo a Soledades, otras imágenes de la conciencia son allí el agua, la fuente, como ya hemos dicho.

          Pero merece que nos detengamos, y dediquemos un capítulo a las imágenes de la conciencia en la poesía machiana (algunas de ellas llenas de mayor complejidad que las nombradas, aunque no necesariamente de mayor rendimiento poético ni más amplitud de contenido de pensamiento poético machadiano que aquella simple metáfora: la monedita del alma, cifra de una paradoja hermana a la que expresará el poeta en aquel verso dedicado a la muerte de su maestro Francisco Giner de los Ríos, donde el poeta logra expresar un sentimiento humano eterno ante la certeza de desaparecer un día: lleva quien deja y vive el que ha vivido).

 

(Este trabajo continúa con el capítulo “Imágenes de la conciencia en la poesía de Antonio Machado, que se publicó en este mismo blog). ver:

 https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2016/04/imagenes-de-la-conciencia-en-la-poesia_29.html

Etopeya de Antonio Machado. El hombre, el poeta y el pensador” fue en su primera versión un trabajo de fin de máster dirigido por el profesor Vicente Granados Palomares (Facultad de Filología. UNED)



[1] Seguimos la distinción de Xavier Zubiri, recogida por José Luis López Aranguren en su libro Ética, entre “moral como contenido” y “moral como estructura”. La primera se refiere a normas o criterios para conformar, en el doble sentido de este término, o juzgar la conciencia y las acciones. La moral como estructura ha de verse con  la necesidad de “ajustamiento”, que va unido, casi inefablemente, con la necesidad de labrarse un proyecto y de rendir cuentas del mismo, en definitiva, con lo indeclinable del juicio para la misma condición de ser hombres.  En términos populares, “juicio” es el proceso de ajustar cuentas. Machado lo realiza, como hombre y como poeta, casi a cada verso suyo y en cada etapa de su obra. No solo está en juego su propia conciencia sino la misma poesía, cuestionada o necesitada de aquel ajustamiento.

[2] p. 573. Obras completas I, O. Macrì. (RBA, 2005), XXIII de “Proverbios y cantares”. Campos de Castilla.

 [3] Durante todo este ensayo, nos referimos siempre, por abreviar, a Soledades, como se llamó en su primera edición de 1903, el libro de Machado. Se sobreentiende que nos referimos también a la edición de 1907, ampliada, y con el título más largo: Soledades. Galerías. Otros poemas.

Aun el libro se suele editar tal como "lo dejó establecido el autor en la última reunión de "Poesías completas" efectuada en vida (Madrid, Espasa-Calpe, 1936)", así en la edición del profesor Ángel Luis Prieto de Paula, que puede consultarse en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. "Soledades" (1899-1907):

 https://www.cervantesvirtual.com/obra/soledades-1899-1907-1204004/

 

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