martes, 12 de mayo de 2015

Jean-Paul Sartre. Diario político y literario de FM...T3/44



JEAN-PAUL SARTRE

Un pequeño tirón de orejas a mis queridos redactores de la sección “la cita del día” de LA OPINIÓN. El lunes 11 del corriente leo, en dicha página, un pensamiento firmado por “Jean-Paul Sartre, filósofo inglés” (sic). Como yo mismo padezco de este mal de la errata por mano propia, comprendo bastante bien el dislate, que en este caso la cita comete: nacionaliza como súbdito de su graciosa Majestad británica nada menos que a uno de los símbolos de la “grandeur” francesa. Sartre fue el filósofo del existencialismo, de la náusea,  de la resistencia antinazi;  y sucesivamente,  de la “gauche” divina, de los cafés de París de posguerra… Aún llegaría, con los estudiantes del Mayo del 68, a salir a la calle para arengar contra el capitalismo y contra el estalinismo comunista, del que se había desmarcado tras su viaje a la URSS. 

Sartre y su compañera Simone de Beauvoir representaron símbolos patrióticos de Francia; tan emblemáticos de ese país como el mismísimo general De Gaulle, héroe de la resistencia y presidente de la República. Este,  al ser preguntado por la policía si debía detener a ese filósofo callejero, bajito y miope, que animaba a  los jóvenes a arrancar los adoquines de las calles para desenterrar el mar de la utopía, respondió: Sartre es “la France”, que es casi como decir, allí: “Sartre es la Hostia”, un imprescindible, un clásico, un animal mitológico, un intocable o intangible de la patria francesa. (Aquí, unos pocos años antes, la dictadura de Franco echaría de la Universidad a Enrique Tierno Galván, Agustín García Calvo y José Luis López Aranguren).

La cita en sí, en el periódico, no solo es correcta sino que viene muy al pelo en nuestros días. No es lo importante (viene a decir el filósofo) hacer lo que uno quiera, sino querer lo que uno hace. Parece un juego de palabras; pero, no. La libertad es la condición básica del hombre, hasta el punto de que es célebre aquella otra frase también de Sartre que nos condenaba a ser libres. Paradoja extrema, oxímoron tenso entre la condena y la libertad, asociadas en un mismo sintagma. ¿Lo primero, la condena, es inherente a la libertad; o, al revés, la libertad es inherente a la condena? ¿Pero qué tipo de condena? ¿La de aquella maldición bíblica, que se deriva del “pecado” original del conocimiento? Lo mismo que nos hace humanos nos condenaría, pues, a tener que elegir,  a fabricarnos una “esencia” propia, no definida de antemano por la naturaleza; y a nivel de cada uno de nosotros, nos forzaría a tomar decisiones libres, resolviendo dilemas, haciéndonos proyectivamente. Parafraseando al poeta Machado: nos hacemos camino al andar. Bendita condena, entonces, que nos daría libertad (aunque también angustia al tener que responsabilizarnos).


Pero, si vemos la hoja por el otro lado, si planteamos si va implícita en la libertad la condena, es decir: si siempre colea en la libertad su origen “maldito”, las cosas se ven de otro modo. Al modo del filósofo Baruch Spinoza, quien precisamente define la libertad como la aceptación intelectual de la necesidad. El darnos cuenta, conscientemente, de cómo son las cosas por su propia ley y peso, independientes de mi voluntad. Algo así nos dice Sartre cuando afirma que es más importante querer lo que uno hace, que hacer lo que uno quiere: esto último es una libertad ilusoria, sin cadenas. Fijaros que ni Spinoza ni Sartre nos dicen que tengamos que acatar voluntariamente, de grado, las cosas, sino solo quererlas con cierto amor intelectual, porque son así, y porque ese querer y comprender me hacen libre, un poco por encima del mero gusano que se mueve según los mecanismos de la naturaleza.

Fulgencio Martínez

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