miércoles, 18 de febrero de 2015

Reedición de Comentario a "Elegía a las Musas" de Leandro Fernández Moratín. Por Andrés Acedo/ Nuestros maestros

           Moratín pintado por Goya, con quien compartió exilio en Burdeos

      LA ELEGÍA A LAS MUSAS, 

 DE LEANDRO FERNÁNDEZ

DE MORATÍN

                                    Andrés Acedo

Leandro Fernández Moratín escribió dos poemas cuyo tema es la despedida.

Uno de ellos tiene ese motivo en su título, se trata del soneto que dice:



Nací de honesta madre: dióme el Cielo
fácil ingenio en gracias, afluente:
dirigir supo el ánimo inocente
a la virtud, el paternal desvelo.


Con sabio estudio, infatigable anhelo, 
pude adquirir coronas a mi frente: 
la corva escena resonó en frecuente 
aplauso, alzando de mi nombre el vuelo.

Dócil, veraz, de muchos ofendido,
de ninguno ofensor, las Musas bellas 
mi pasión fueron, el honor mi guía.

Pero si así las leyes atropellas, 
si para ti los méritos han sido 
culpas; adiós, ingrata patria mía.

                    (“La despedida”) 

Sin embargo, en otro poema de Moratín, la “Elegía a las Musas”, el motivo de la despedida entrega una resonancia que transciende al sujeto poético - un yo héroe literario incomprendido en su patria, de cuyo retrato se ocupa el primer poema, el soneto, que termina, en unos versos elegíacos, despidiéndose con amargura de la ingratitud de su patria-público.(Un final imprecatorio, de teatro, nada feliz, bastante atípico, por cierto, en una elegía clásica. A esa rebeldía del poeta Moratín frente a la univocidad de los géneros nos asomamos ya en ese soneto, obra mucho menos conseguida y menos compleja que la "Elegía"). 

La lectura de la “Elegía a las Musas” nos deja una inquietud y desazón más honda –que el sentimiento reactivo de dolor por el desdén o la ingratitud del mundo. El retrato ocupaba un plano central en el soneto (retrato allí exterior, por las obras-hazañas, lugar común del "recuerdo" de la imagen que causa el planto, y valor de contraste con el tema de la ingratitud). En la "Elegía" es esquivado por medio de una cálida presencia, en confesión, que se dibuja al fondo de todo el poema; y que acompaña el narrar de otra galería; se consigue, así, un retrato más existencial, más creíble poéticamente, se nos da el testigo de un tiempo histórico y del propio vivir del poeta. No quiere ello decir que la "Elegía" no cumpla con la condición de presentarnos un retrato (¿cómo, si no, funcionaría la empatía con un ser concreto, propia del género elegía?). Al contrario, se presenta una etopeya más cercana al lector. 

Estaríamos equivocados si, como se suele leer, se le leyera como un poema biográfico, de exilio. Tampoco como una palinodia, ni como una fe de fracaso existencial. Hay, sí, en la "Elegía" un fondo de desesperación, pero, como un color que se apunta al final de su lectura, deja asomar un aura de satisfacción, de orgullo, de vida cumplida. De forma un tanto inexpresable, el poema revive un “carmen”, un canto, casi de victoria, epinicio o encomio, al sujeto que vivió, sufrió, tomó partido, fracasó y se alzó sobre cualquier fortuna y partidismo. El papel de interlocutor cambia en la “Elegía” respecto al soneto –todo poema es comunicación, o ensayo de ella, en primer grado, con un interlocutor interno, y en segundo o tercero, con el propio autor y con un lector-; el primer interlocutor del soneto era la patria, en la “Elegía” parece ser el destino –el destino de un hombre. Ese trueque comunicacional del poema afecta a la función en él de la “patria”, que aparece ahora como una especie de Dios –de un Dios para un ilustrado no creyente, como era Moratín, quien midió su vida por el afán de servir a esa Divinidad de su Nación. Ese Dios podría ordenar por encima del fatum humano, de desgracias personales y políticas, y no lo hace, ni es justo en reconocer méritos. Pero ya no tiene ningún sentido quejarse ante Él. Más bien, el silencio de ese Dios aplaza solo la última palabra de la Historia, que vencerá al destino –leído el poema desde aquel color de serena satisfacción, y de cierto orgullo, que resuena tras su lectura.

El motivo de la despedida casi siempre lo modulan los poetas en torno elegíaco, y se aboca, pues, pero no necesariamente, al género de la elegía; (¡puede haber otro tono subdominante en un poema elegíaco, un matiz gozoso y de serena expresión de orgullo!). Ese motivo puede ser tratado, en el poema, en tiempo actual o en pretérito, y en cada uno de estos tiempos puede estar el tono en pasado o en un presente actual desde el sentimiento. Las célebres Coplas de Jorge Manrique lloran una pérdida reciente, actual en el ánimo, la del padre; aunque el tiempo de la voz narrativa en el poema sea el pasado, ya que finó el interlocutor al que se dirige el poeta: ese interlocutor es ya un muerto, una ausencia física, aunque esté presente en la emoción.

Pero, por esta parte de la "Elegía" de don Leandro las cosas no se apañan a ese esquema. La despedida es de un viviente, quien sin embargo se ve a sí mismo como ya pasado. Si es una elegía del tipo heroico, trata de un héroe incompleto, pues le falta la épica, además de cierto lustre en la opinión de su patria y de sus contemporáneos.

El tiempo del poema es un presente, "in fieri", biográfico, pues el poeta se despide, se va, en la realidad del poema y en su vida. Y, sin embargo, extrañamente, la voz habla como si todo instante vital hubiera pasado; la inspiración, el numen con que le favorecieron las Musas -submotivo de la gratitud a las Musas, en contraste con la ingratitud hacia el héroe; ese motivo de gratitud a la poesía vence todo resentimiento, y compensa y supera la espina del soneto "La despedida"-. Y el "horror" de la historia también ha pasado; ha encontrado -dice en el poema ese pájaro o sujeto poético-, ha encontrado "descanso y vida" el "oprimido ánimo" en "región extraña" (no es esta solo un lugar físico, una ciudad extranjera donde continuar la vida del destierro; ese tema del exilio también está superado)...¡"Descanso y vida"!, sugiere esa "y" una continuación, a modo de versión del tema de la vida perdurable... ¿en el mismo vivir? (la vida continúa, como dice con verdad el pueblo; la vida siempre se ha de continuar haciéndose); o, quizá, ¿vida en una estación del ánimo, que solo la sugiere el poema; acaso en una convicción moral, o en la vuelta al seno de aquel Dios patrio desde la misión cumplida y el autoexamen con final absolutorio, y la autoaprobación?

Si es una elegía del tipo patriótico -lectura alegórica que puede hacerse del poema, tomando la vida de Moratín como modelo del infortunio de España- esa modalidad elegíaca está aun trascendida. El treno por la "patria infeliz" no es tampoco el resplandor final que nos deja la lectura del poema.
Ni elegía funeral (a sí mismo), ni elegía política, patriótica; ni elegía heroica, que conlleva siempre una justificación o reivindicación. (Y todo eso, también) ¿Qué nos deja, finalmente, este poema, tan rico en intertextualidad genérica, y un más de vacío, de inclasificable?
Lo específico poético escapa, pues, al intento de remontarnos en la comprensión de un poema a sus fuentes literarias, al uso de géneros codificados, etc. La “desautomatización” que para el formalismo es el signo de un texto literario anida más allá de la forma literaria, y de los cauces o cruces de cauces genéricos en que se vierte el poema. Ese “don del estilo”, que diría Fray Luis de León, ese saber decir, intuimos que procede de un anterior “saber pensar y saber sentir” íntimo al poeta. Los tres planos  (sentir, entender lo que se siente y saber decirlo) se dan, a veces, felizmente conjuntos y logrados: en los grandes poemas.

La “Elegía a las Musas” es la obra maestra de Moratín, su legado para nuestra historia de la poesía. Hemos de aprender su valores –literarios, humanos-. Además de inclasificable (desde la teoría literaria; lo cual no sería un mérito en sí del poema) la elegía es y no es misteriosa. Cela un secreto. Nos aproximamos a él -solo nos aproximamos- al reparar en la estrofa última: hay un doble "rito funeral": un enterramiento ("tumba", "Mármoles"), que se hace o dispone para el cuerpo; y una incineración ("ocultad entre flores mis cenizas"), ruego que tiene por objeto el alma, o en concreto, la poesía, ya identificada con la vida humana. Desde ahí cobra total sentido la dedicatoria "A las Musas", que huyeron con la senectud. A ellas se dirige la petición final del poema. Comenzamos por leer este, antes de seguir comentando. Lo que he querido compartir contigo, lector, quizá lo encuentres tú, de otra manera, a tu manera. Perdóname este comentario. No se puede empezar la casa por el tejado de la crítica, que no te puede ayudar a saber sentir.





ELEGÍA.
  A LAS MUSAS




Esta corona, adorno de mi frente,
esta sonante lira y flautas de oro
y máscaras alegres, que algún día
me disteis, sacras Musas, de mis manos
trémulas recibid, y el canto acabe,
que fuera osado intento repetirle.
He visto ya cómo la edad ligera,
apresurando a no volver las horas,
robó con ellas su vigor al numen.
Sé que negáis vuestro favor divino
a la cansada senectud, y en vano
fuera implorarle; pero en tanto, bellas
ninfas, del verde Pindo habitadoras,
no me neguéis que os agradezca humilde
los bienes que os debí. Si pude un día,
no indigno sucesor de nombre ilustre,
dilatarle famoso; a vos fue dado
llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
pudo bastar vuestro amoroso anhelo
a prestarme constancia en los afanes
que turbaron mi paz, cuando insolente,
vano saber, enconos y venganzas,
codicia y ambición la patria mía
abandonaron a civil discordia.

Yo vi del polvo levantarse audaces
a dominar y perecer tiranos,
atropellarse efímeras las leyes,
y llamarse virtudes los delitos.
Vi las fraternas armas nuestros muros
bañar en sangre nuestra, combatirse,
vencido y vencedor, hijos de España,
y el trono desplomándose al vendido
ímpetu popular. De las arenas
que el mar sacude en la fenicia Gades,
a las que el Tajo lusitano envuelve
en oro y conchas, uno y otro imperio,
iras, desorden esparciendo y luto,
comunicarse el funeral estrago.
Así cuando en Sicilia el Etna ronco
revienta incendios, su bifronte cima
cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
turba el Averno sus calladas ondas;
y allá del Tibre en la ribera etrusca
se estremece la cúpula soberbia,
que da sepulcro al sucesor de Cristo.*

¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
¿Quién dar al verso acordes armonías,
oyendo resonar grito de muerte?
Tronó la tempestad: bramó iracundo
el huracán, y arrebató a los campos
sus frutos, su matiz; la rica pompa
destrozó de los árboles sombríos;
todas huyeron tímidas las aves
del blando nido, en el espanto mudas:
no más trinos de amor. Así agitaron
los tardos años mi existencia, y pudo
solo en región extraña el oprimido
ánimo hallar dulce descanso y vida.

Breve será, que ya la tumba aguarda
y sus mármoles abre a recibirme;
ya los voy a ocupar... Si no es eterno
el rigor de los hados, y reservan
a mi patria infeliz mayor ventura,
dénsela presto, y mi postrer suspiro
será por ella... Prevenid en tanto
flébiles tonos, enlazad coronas
de ciprés funeral, Musas celestes;
y donde a las del mar sus aguas mezcla
el Garona opulento, en silencioso
bosque de lauros y menudos mirtos,
ocultad entre flores mis cenizas.


                            

                       Leandro Fernández de Moratín


                                        Comentario de Andrés Acedo

Bibliografía



Recomendable la página:


Y el artículo:


El primer enlace da una amplia muestra de la bibliografía de Moratín. El segundo es un ensayo de Paz Díaz-Taboada ("La despedida, moderno subgénero de la elegía") publicado por la revista SIGNA (núm 6, 1997). 


               REVISTA ÁGORA DIGITAL DICIEMBRE 2013




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