viernes, 1 de mayo de 2015

La música de Galileo. Diario político y literario de FM... T3/43

Artículo publicado en LA CRÓNICA DEL PAJARITO: http://www.lacronicadelpajarito.es/autoria/fulgencio-martinez
 



LA MÚSICA DE GALILEO


Frans Hals - Portret van René Descartes.jpg
En 1629, Descartes se encontraba en Holanda redactando el Tratado del Mundo, esa bella novela, como ha sido llamada esta obra pionera de la física moderna.  El filósofo nos propone en ella una “fábula” sobre los principios constitutivos del mundo bajo los supuestos copernicanos. Aun no era Descartes el célebre autor del Discurso del Método, de 1637, ni de las Meditaciones metafísicas de 1641. Pero era fama su sapiencia en toda Europa: ¡a los 17 años había escrito ya un trabajo sobre esgrima!, y aún de jovencito había realizado estudios sobre geometría, dióptrica, física, etc. La obra era la justificación de su vida, el motivo de su retiro a la tranquilidad de Holanda, desertando de las compañías y distracciones de París. Le había prometido a su antiguo condiscípulo Mersenne terminar en tres años dicho tratado, donde daría cuenta de todos los fenómenos de la naturaleza: tanto la inanimada como la animada, incluyendo al hombre. Vendría a ser una nueva enciclopedia que sustituiría a la aristotélica.

El trabajo de redacción lo iba postergando sine die. ”En la actualidad –escribe Descartes a su corresponsal el 15 de abril de 1630- estudio química y anatomía, y cada día aprendo algo que no encuentro en los libros. Paso tan dulcemente el tiempo instruyéndome, que no me pongo nunca a escribir en mi Tratado más que por obligación”. Todavía promete terminarlo para la Pascua de 1632. Pasa ese año, y le escribe de nuevo a Mersenne comprometiéndose a enviárselo para fin del año 1633.

Algo importante sucede antes de fin de ese año 33. En noviembre Descartes se entera de la condena a Galileo por defender el movimiento de la tierra, y decide no publicar la obra, alegando “obediencia a la Iglesia”.  “La condena a Galileo me ha sorprendido de tal modo que estoy resuelto a quemar todos mis papeles, o al menos a no dejarlos ver a nadie. Pues confieso que si es falso el movimiento de la Tierra todos los fundamentos de mi filosofía lo son también”.  Escribe en febrero de 1634, justificando el motivo de su decisión: “no busco sino reposo y tranquilidad, bienes que no pueden ser poseídos por aquellos a los que posee la animosidad o la ambición”. El genio cartesiano, sin embargo, no puede sino añadir este mordaz juicio, a propósito de Galileo y de la obra condenada, Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano: “lo mejor de Galileo es lo que tiene de música...”

La censura sobre la ciencia ha sido una constante en la historia. Pero también sobre otras libertades. Modestamente, el ministro del PP, señor Catalá, nos lo ha recordado hace poco, al plantear la posibilidad de multar a los medios de comunicación díscolos. Pero no se trata solo, para esta mentalidad precopernicana del reflexivo Ministro, de que la verdad no se escriba ni difunda: no se trata solo de negar la letra; sino de erradicar la música. Que no nos guste la verdad, el derecho de libre investigación y de transparencia. Se trataría de que no se investigue ni quede, por tanto, registro histórico de la investigación.  Negar el ante y el post (disuadir del espíritu de verdad y que no haya constancia de la verdad). Más allá de la censura y de la autocensura de la letra publicada, la advertencia implícita de los inquisidores se dirige contra el espíritu de libre investigación y contra la verdad histórica. 


Afortunadamente, Descartes (a pesar de su estratégica decisión) siguió investigando: publicó otra obra, Principios de filosofía, donde explica la física haciendo honor a Copérnico. Y del libro de 1633, Tratado del Mundo, se publicó una primera copia en 1664, muerto ya su autor. El genio de Descartes concedió la autocensura de su obra, por motivos de tranquilidad personal, pero afirmó el espíritu de Galileo. Quod erat demostrandum, señor Ministro, que no sirve censurar la letra sin matar la música.
 

Fulgencio Martínez

REVISTA ÁGORA DIGITAL 1 DE MAYO 2015

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