Amadis de Gaula portada de la edición e sevilla 1526.. Fuente Biblioteca Cervantes Virtual Univ. Alicante
Cuando Amadís no entró por la Aduana
Por
Gastón Segura
—No anda errado vuestra merced
al venir hasta aquí, pues de aquí era natural el desventurado, y no menos
habéis acertado al llamar a mi humilde puerta, pues yo también tomé parte en
aquella trapisonda, ¡y más de lo que hubiera querido!... Sabed, caballero, que
fui yo, y no otro, quien se vio en la obligación de echarle el sello al
disparate de mi compadre Quejana, ¡qué buena retahíla de sobresaltos y
sinsabores trajo a su sobrina y a todos sus deudos y conocidos! No me holgo de
ello ni presumo, porque no hay mérito alguno en tender una celada a quien anda
buscándola, ni tampoco encuentro ningún regocijo en truncar los desvaríos de un
viejo ocioso que, sobre ser buen varón y mejor cristiano antes de su delirio, y
aún en él, daño, lo que se dice daño, no causó a nadie; más bien lo recibió, y
con adunia. Pero sepa vuestra merced que sus desventuradas andanzas se
corrieron de boca en boca, sembrando el escándalo por los contornos y la
vergüenza entre los vecinos de este lugar, y en llegando a este punto, cumplióme
tomar cartas en la partida antes de que el desatino fuera caer en manos de
corregidores o del Santo Oficio y se zanjara, lo que no era más que descarrío
senil, con grilletes y laceraciones de tragedia.
El
cura, tras aquellas palabras que ribeteaban el arrepentimiento, suspiró,
deshizo el ceño y descansó su espalda contra el frailero; luego, escurrió su
mano sobre la escribanía y detuvo su mirada en la ventana; afuera llovía.
Sí,
aquel atardecido de otoño llovía un caldibache feo y sucio que atería las
carnes e invitaba a caldear la lengua al memorioso amor del badil. No era día
para salir de caza, ni tampoco época de andar en labranzas ni cualquier otro
aliño campesino, porque estaba al caer la temporada de las castañas y de la
matanza, cuando el cuerpo del gañán pide abrigo, sopa caliente y amena charla,
mientras los campos duermen el quieto invierno. Por eso, cuando entraste en el
lugar demandando razón sobre el suceso, no diste con nadie por la rúa, salvo un
zagal que amaestraba un zarcerillo berrendo en rubio bajo el techo de una
cuadra hosca y desvencijada como la boca mellada de un mendigo.
—Yo,
caballero, en poco os he de servir, porque poco conozco del suceso, pero sé
quién os dará cumplidas noticias —contestó a tu requerimiento el muchacho con
una donosura tan discreta y cortesana, que se te hizo extraña en aquel
pergenio, más propio de un niño de doctrina que de un paje imperial—. Seguidme
si es vuestro gusto —te invitó.
Y
los cuatro, tú y tu rocina, el zangolotino y su gozquecillo, llegasteis, bajo
el amparo de los voladizos, hasta la casa rectoral. Y aunque te arrimaste
cuanto pudiste a las taperas, de poco te sirvió; porque con aquella lluvia no
hubo cornisa o voladizo que valiese y te calaste hasta la camisa. Y al sentir
el frío rosigar tu pellejo, y la amenaza de unas esquinadas calenturas asomando
las orejas, pensaste que aquel antojo tuyo de allegarte a esta perdida aldea en
medio de la llanada de Montiel, demandando noticias sobre un suceso que tenía
bien cumplidos los dos lustros, semejaba antes correría de orate que
pesquisición de hombre cabal; y se te vinieron a las mientes los ruegos de tu
mujer cuando la habías abandonado cuatro horas antes, con tu hija, a dos leguas
de allí, alrededor de la lumbre, en la venta de Puerto Lápice.
—Miguel,
¿adonde vas con este tiempo? ¿No ves que vas a caer enfermo? ¡Y sólo nos
faltaba eso, Miguel, que te agarrasen unas fiebres! ¡Miguel, por Dios, asesa y
detente!... Miguel, ¿es que te parecen pocos los quebrantos ya habidos?...
Miguel, ¡Miguel!...
Los
quebrantos ya habidos. ¡Ay, pobre Catalina, cuánto ha sufrido con tu
encarcelamiento en Sevilla! Y ahora, con vuestro ajuar, tan parco y menguado
como el fardel de una bojiganga de retablillo, os veis camino de Valladolid, a
casa de tus hermanas. ¡Y menudo mote tienen tus hermanas de mujeres del
partido! Dime, Miguel, ¿cómo quieres que no ande desquiciada Catalina, si sólo
con pensar en ellas, se le espanta el juicio? ¡Pobre Catalina!... En cambio,
tú, tienes más hecho el temperamento a la desventura, y te resulta tan familiar
que pocas cosas recuerdas de tu vida en las que no se halle presente la
desdicha. Mas, cuando bien te contemplas, también te compadeces: manco,
excautivo moro y cristiano, comediógrafo vacante, y poeta condenado a las
puertas del Parnaso, sin licencia ni visos de tenerla para traspasar su umbral
de fama y regalías.
Sí,
en ese aguardar desesperado e irremediable ante el vano de la celebridad, te
semejas a los menesterosos que tantas veces has visto rondando por las Gradas
de Sevilla, con la mirada codiciosa en las joyantes prendas que allí se
subastan; ésos mismos que luego, arrebujados contra la Puerta de la Aduana, se
quedan absortos, amargos y soñadores en el trajín de las galeras y de los
bergantines, que en la vieja Atarazana alfonsina, receban su bastimento,
mientras descargan sus tesoros coloridos y prodigiosos de esas tierras que
dicen promisorias de Jaujas y Dorados en abundancia, y donde, por más que
quieran, estos miserables embelesados no pisarán jamás.
Esa
mirada inflamada de envidia rancia y carente del vigor fiero de la pasión que
ponen los pedigüeños, los tullidos y los baldados en la dársena del
Guadalquivir, esa mirada desconsolada y sabedora de que sus carnes, por más que
sus almas los espoleen a embarcar, no aguantarían ni la travesía hasta las
islas Afortunadas, también se te pone a ti, Miguel; bien lo sabes. Esa mirada
asoma de tus ojos las noches que te desvela el reconcomio y vagas por los
contornos del lecho, mientras Catalina, ¡la pobre Catalina!, ya ni se mueve,
porque se ha cansado de rogarte que vuelvas a la cama y dejes de atormentarte
con tu malaventura. Y cuando el alba enturbia la ventana y se te eriza el
espinazo, cuando te has sangrado de rabia los labios, entonces te consuelas con
la esperanza de que algún día mudará tu suerte; pero, ¿cuándo?
¿Intentarlo?,
¡vive Dios, que lo has intentado todo! ¿Quién te lo puede reprochar?: ¿acaso no
te alistaste al tercio de Moneada para ganar fama y fortuna? Y perdiste una
mano. ¿Y acaso no fuiste distinguido como capitán por don Juan y por el Duque
de Sessa? Y te costó el recelo musulmán y su estrecha vigilancia. ¿Y acaso, a
tu regreso de Argel, no has servido a nuestro señor don Felipe, que Dios haya
en su gloria, arriesgando el pescuezo como espía en Orán? Y ni siquiera te
compensaron con una encomienda en las Indias cuando la solicitaste. ¿Y luego,
cuando te viste con una familia que alimentar, no has probado hacerte rico lo
mismo que tantos otros que, a cubierto de los blasones reales, amañan los
despachos y trampean las albalás, amasando una fortuna que les permite fundar
casa y dote? Sí, ya lo sé, y tus huesos dos veces dieron contra las losas del
calabozo...
¿Y
escribir, Miguel? ¿Por qué no vuelves a coger la pluma? Tu maestro, don Juan
López de Hoyos, la ponderaba en mucho, y el cardenal Acquaviva no la consideró
en menos.
¡Vuelve
a la pluma y al papel, Miguel! Allí eres rey porque nada te acucia, cuando tu
ingenio, palabra tras palabra, va alzando gracias y lisonjas, enredos y
añascos, amores y aventuras de tablado; entonces, el mundo, esa fiera que
tantos zarpazos se ha complacido en enviarte, deviene un rumorcico lejano y
vagaroso, incluso, plácido y ajeno como la siesta ronroneadora de un mastín
junto al lar...
Ya lo
sé, Miguel, tu Galatea, que tan feliz y tan atinada se te antojó al
componerla según el gusto más refinado, no te ha ofrecido los frutos que de
ella esperaste; e incluso, ahora, te parece torcida, porque propone demasiado y
en nada de molla concluye. A veces, te prometes redactar una segunda parte para
enmendar el entuerto, pero, a penas tomas la peñola, te flaquea el seso al
verte tan calamitoso; entonces, apesadumbrado y falto de voluntad, temes no
arreglar nada, sino empeorar el desaguisado y cejas en tu empeño.
Pero es
que lo tuyo no son ni los itálicos sonetos, ni los pastores amantísimos,
Miguel; lo tuyo son las comedias. Hazme caso: vuelve a coger la pluma para los
teatros; gustan más y te cuestan menos trabajos...
Ya sé:
tus comedias, tampoco te aposentaron junto al gran Virués o al famoso Navarro,
y menos, junto a tu admirado Lope de Rueda; además, te duele tanto que tan
pocos apreciaran tu hallazgo de meter los pensamientos en escena para que los
personajes cobrasen vera encarnadura. Pero, ¡ay, Miguel!, la mosquetería no
está por las sutilezas, se place tan sólo con la risa; y ahí es donde estás
desacordado con los tiempos. A ti no te bastaba con las bagasas, la soldadesca,
los mercaderes y los demás ministriles que llenaban los patios; tú querías que
tus escritos te granjearan el favor de los poderosos, y con esa intención,
venga de meter hazañas y proezas en la escena: que si Numancia, que si Lepanto,
que si los caballeros españoles penados en los baños argelinos; ¿qué más te
quedó, Miguel?, porque ellos, los poderosos, ni caso...
Aun así,
Miguel, las comedias te reportaron escudos para comer caliente y mudar de
camisa las fiestas de precepto; cierto que eran pocos, cicateros de cobro y
trabajosos de pluma, pero, ¡qué bien te sabían, Miguel! ¿Por qué no vuelves a
las comedias, ahora que ni para pagar hospedaje tienes?
No me lo
repitas, ¡que bien fresco lo tengo! Ya sé que no cuentas treinta años, sino
unos fatigosos cincuenta, y que no andas libre y desenvuelto como entonces,
sino que acarreas una familia; y una cosa y otra, tu edad y tu condición, son
las cormas que te impiden volver a la birlonga de vivir entre comediantes,
cazando autores prietos de escarcela... Pero escribir, Miguel, se te da de
molde y te sobra ingenio, ¿o ya no crees que te sobre ingenio para conquistar
los tablados?
Bajo
estas tristes cavilaciones cabalgaba embozado en su pobretón herreruelo este
fallido poeta bajo un aguacero sucio, gris y frío. Su jumento cabeceaba y su
mirada se perdía por los eriazos y los barbechos pardos y enfangados; la
lluvia, una pesadumbre; el horizonte, un páramo deshabitado; su destino, un
lugarejo desconocido.
Y hoy,
¿qué locura te ha entrado, Miguel? ¿O acaso no lo es, ir a demandar razones a
una aldea que ni conoces, ni sabes si es de allí hijo, aquel espantajo que,
viajando a Sevilla, ha una gruesa de años, te sorprendió con sus desatinos y
sus legislaciones caballerescas, en esa misma venta de Puerto Lápice donde
acabas de dejar a Catalina? Sí lo es, y sin un adarme de duda. ¿Y qué esperas sacar de allí? Tampoco lo sabes. ¿Resolver esa novela que has empezado por lo menos
diez veces? ¿No ves, Miguel, que esa novela siempre te pone al borde del
delito? ¿No ves que ese escrito te ha hecho abominar de tu afición a las
letras?
Sí,
ya lo sé: desde que estuviste en la trena, esa novela se ha ido acomodando en
tus meninges y desbaratando cualquier otra empresa; nada te obsesiona más que
ella, y a ella sólo fías tu suerte. ¡En mala hora fue parida por su majestad
Monipodio! ¿No adviertes, Miguel, que nada bueno puede salir de ahí?... Una
idea de Monipodio, ese emperador del garbeo, ese príncipe de los bajones, ese
mariscal de los palanquines, ese canciller de los avispones, ese chambelán de
los floreos, ese síndico general y gran auditor de todo hurto, galima y suceso
avieso que, a intramuros y a so capa, alterase la vida sevillana… No, veo que
no lo adviertes. Todo lo contrario; ¡bien vivo y respetado lo tienes en el
magín!
Todavía
lo recuerdas allí, en tu celda, tumbado sobre el fardo de bálago, displicente y
refregándose ora el bandujo y ora las vergüenzas, hasta dejarse bien saciadas
las picazones de ambos vientres; mientras tú, pegado al ventanuco, tratabas de
aliviar aquella postración, atisbando un retal del trasiego de la calle
Sierpes; pero era un retal tan chico que no daba más que para conscipar los
alcorques y las espuelas, las alpargatas y los chapines, los escupitajos y las
boñigas; aunque, de vez en cuando, surgía el milagro: el gracioso pregón de un
mielero o de un lañador; y te sabía tan de dulce que, por un momento, te
figurabas estar también en la calle, libre, viéndolos anunciar sus géneros.
Y fue tras uno de aquellos alivios,
cuando don Monipodio dejó de hurgarse las asaduras y te preguntó:
—¿Así
que voaced os disteis a la poesía antes que a las cecas y los setes que, de un
revés, os han traído hasta este aposento tan regalado?
—Sí, en
tal oficio anduve por Madrid, hace ya algunos años...
—¿No se
os debió dar muy de perlas eso de peñolear versos en la corte, si os mudasteis
aquí, a Sevilla, y tomasteis un menester tan lejano a los rimados, como es ese
de andar entre escribanos y almojarifes? —e interesado como estaba en la
plática, el patrón de la fullería se incorporó del jergón.
—Sabed,
maese Monipodio, que yo siento tanta afición por ese arte, que aún me considero
poeta. Pero la poesía, siendo oficio de grande sustancia para el alma, es de
poco sustento para el cuerpo, y en tomando esposa, me pareció más prudente
buscar una ocupación que procurase antes el alboroto de la cocina, que el
sosiego del espíritu. Y, en cuanto a la lejanía entre uno y otro oficio,
considerad que tan distantes no son, porque ambos gastan las mismas
herramientas: pluma y papel, y su labor se fija del mismo modo: la pulida
caligrafía.
—Cierto,
sor Miguel... —el jayán se rascó la barba meditabundo y dio dos o tres vueltas
a la ergástula, y cuando tuvo los raciocinios bien acomodados, volvió sobre el
asunto— ... ¿Y las comedias? ¿No probasteis suerte en este género? Porque yo
tengo sentido que sus poetas se ganan bien el yantar; sus autores, para qué
contarle a voaced; y en
cuanto a mi gremio, nunca he escuchado queja de las córralas; todo lo
contrario, son lugares generosos y pródigos como pocos.
—Muy
distintas, maese Monipodio, resultan las comedias a nuestros pareceres y
ocupaciones: mientras que, para
vos, son un montón de bolsas bien dispuestas a acabar en vuestra capilla; para
mí, suponen la persecución ingrata del autor, quien, tras mucho ruego y mucha
queja y no pocos días de ayuno, tiene a bien aflojar las correas de su
faltriquera.
—¡Válame
Cristo, sor Miguel! En estando nosotros en el siglo, no debíais haber penado
tanto; basta con una pequeña limosna para nuestra cofradía, y el autor prieto,
generoso se torna.
—Conozco
vuestras artes de persuasión, y no son de mi acomodo, maese Monipodio...
—¡Guardaos
esos remilgos, sor Miguel, que se cuentan en muchas las gentes que me están muy
agradecidas, y a las que zurcido muchos sietes, cuando ni guros ni justicias se
dignaba siquiera a escucharlas!
—No lo
dudo, maese Monipodio, que, en este mundo, la justicia es bien escaso y tan
raro que, a menudo, se obra por manos muy extrañas a ella como son las
vuestras.
—¡Ah,
sor Miguel, las ayudas sean bien recibidas, vengan de donde vengan! —sentenció
contento el hampón.
—Dependen
de su precio.
—¡Contra,
sor Miguel, siempre sobra en vuestras palabras la cautela!
—¿La
cautela decís? ¡Ay, amigo, la que sobra en mis palabras, se echa en falta en
mis actos, porque ya veis dónde y cómo me hallo!
Entonces,
te viste tan horro de fuerzas que te sentaste en rincón; tenías las lágrimas al
borde mismo.
—¿Me
permitís una conseja?
—La
venia tenéis —suspiraste.
—Se me
antoja que voaced debiera haber alumbrado un romance de esos llamados de
caballerías que tanto gustan a los nobles y a los ministriles por imitación d’éstos.
Seguramente, si el seso y el metro no os flojean como decís, os hubiese llovido
fama y prebendas desde las alturas, y a estas horas, ¿quién sabe?
—Sí,
maese Monipodio, de haberlo pensado sin pasión y por amor sólo de los numos,
debiera haber tentado este género tan vetusto y reconocido pero, ahora, todo mi
menester literario es agua pasada que no ha de mover ni un tantico así mi
presente tártago...
—¡No os
acongojéis, sor Miguel, que es cosa contagiosa en esta coyuntura, y mal
saldremos de ella si todos enflaquecemos el ánimo!
¡Cuánta
razón llevaba don Monipodio!, ¿verdad, Miguel? Si hubieses compuesto un relato
a semejanza del Tirante de Martorell o del Orlando de Ariosto,
que con tanto provecho leíste en tu juventud, quizás ahora los laureles
coronarían tus sienes en vez de calvo bonetillo, y, cuanto menos, lucirías
relumbrante venera en el pecho y no este de herreruelo tiñoso que malcubre tu
espalda, y bolsa cubierta y lustrosa colgaría de tu pretina, en lugar de esos
cuarenta reales que te suenan tan huérfanos como huidizos. Pero no; no se te
ocurrió porque esas novelas, los Amadises y su parentela de Esplandianes,
Belianises, Palmerines, Olivantes, Florismartes, Galaores, Lancelotes y
Galvanes y todas sus cortes de Artuses y Carlomagnos juntas, te parecieron a tu
vuelta a España tan enrevesadas y falsarias, como embaucadoras de imberbes
jovenzuelos que, como tú, corren a alistarse a la primera asonada de tambor,
figurándose que volverán del combate de acontiados duques de la Arcadia, muy
peripuestos para pedir la mano de una princesa.
¡Ay,
Miguel, qué gran desengaño! En tus carnes puedes ver las glorias del botín de
la caballería: de tomar mano blanca de princesa, te tomaron la siniestra con un
arcabuzazo negro y berberisco, y de volver duque cristianísimo y espejo de
heroicidades, a esclavo de un baño turco y a palestra de corbacho, te viste
arrojado...
Ya lo
sé, no refunfuñes: nada hay en ti más digno de respeto que tu zurdo muñón,
sostén de tu hidalguía en los peores y más feroces momentos con que la vida te
ha envestido. Aunque viéndote, como en aquella ocasión sevillana, reo de
mazmorra, pensaste que de qué te vale servir a Dios y al rey hasta caer herido
y exhausto, si acabas con las carnes tronchadas y desamparado, como tantos
otros vueltos de Flandes que enseñan sus lisiaduras de claustro en claustro, de
torno en torno, de atrio en atrio como única y malhadada forma de acallar los
rugidos de sus tripas, sin merecer cobijo de la corte y ni del rey, al que
defendieron estragando su propio cuerpo.
Y no creas que me contradigo al
darle ahora la razón al barbián de Monipodio, no. Monipodio llevaba razón al
demandarte un libro de caballerías, porque él la concebía tal como se conocen,
y no ese extraño barrunto tuyo que, por más que empiezas, no sabes continuar
sin presentir cerrarse a tu alrededor la siniestra sombra de la cárcel. Pero,
¡ay!, Monipodio dejó escurrir una idea malévola, y tú, odiando como odias esas
novelucas, y desengañado como estás de la pompa y sus vanidades, la cazaste al
vuelo; ¿te acuerdas, Miguel?
—Sabed,
sor Miguel —prosiguió Monipodio por ver de levantar tu ánimo—, que a mí se me
antoja que un Lanzarote de ésos tan relamido como los que muestran los libros
de caballerías no le dura a mis Doce Pares ni el decir de un credo: en menos
que se piensa lo dejamos sin caballería, orden y armas; y si a mucho llega su
descuido, le almonedamos la ínsula y el castillo en las Gradas.
—Veo que
estáis versado en dicha literatura.
—¡Y
tanto, sor Miguel, y tanto! Antes de priostar el gremio murcio, fui criado de
casa muy principal, donde buenas horas tuve que escuchar en voz de los jóvenes
Guzmanes, Enríquez y Cobos, por no entrar con familias de menor prosapia, que
pretendían a las hijas de mi señor, toda esa ristra de disparates y sandeces de
la caballería, porque aquellos galanes tenían por costumbre leerles estos
novelorios en el estrado para deleitarlas. Y observe voaced una cosa, que aún
hoy, me tiene asombrado: a ellas, toda esa reata de mentiras y pamplinas, en
vez de aburrirlas o antojárseles ridículas, les ponían los ojos igual de
transidos que a mis protegidas, la Cariharta o la Escalanta, se los pone la
turbación rijosa.
—¡Válame
Dios, qué cosas decís, maese Monipodio!
—¡Por
Cristo que no miento, sor Miguel, que aquello era muy digno de verse! Aunque a
veces, grandes trabajos me costara aguantar la risa, al escuchar el coro de
desazonados suspiros con que acompañaban mis damitas cada declaración de amor
de este Palmerín o de aquel Galván...
Y como por arte de magia, la faz de
aquel gran garduño se endulzó con la evocación de sus años mozos. Sus pasos
juanetudos llevados de ésta y otras vivencias de cuando aún no administraba
gremios y cofradías, le hicieron medir la celda dos o tres veces hasta que, con
una sonrisa tan bonancible como rara en su rostro ferino, añadió:
—¿Se
imagina, sor Miguel, a un paladín de ésos de la altisonante caballería,
entrando por la Puerta de la Aduana con el muy esforzado propósito de encauzar
esta dislocada Sevilla hacia el recto gobierno?
—No,
maese Monipodio, pero de suceder, sería cosa admirable, que pondría al
descubierto y en fuga a muchos fariseos...
—¡Ca,
sor Miguel, qué fugas ni qué fariseos! Si el famoso Amadís entrase en esta
ciudad, por más de Gaula o Maula que sea, no llegaría vivo ni al toque de
oración, y de llegar, ¡vive Cristo!, que sería más por obra de milagro que por
industria de armas y arrojos de su valor. ¿No adivina voaced que si el Santo
Oficio no lo metía antes por majadero en alivios de verdugo, en menos que se
piensa, lo dejaban mis Doce Pares tan baldado y desposeído, que ni en la orden
de los capigorrones encontraría asiento?... ¡Ah, sor Miguel, seréis muy docto
en componer piezas de tablado, pero aún andáis doctrino en la comedia de la
vida!
—Al
escucharos, tal me parece, pero decidme: ¿quiénes son vuestros Doce Pares a los
que tan infalible fortaleza atribuís, maese Monipodio?
—Son la
flor de mis trámeles, ¡qué digo trámeles!, son mis hijos más amados, y aun más,
mis oídos, mis ojos, mis manos y mis pies, que en todas las esquinas, tabernas
y ferias velan, para que nada del negocio escape a mi tutela; en ellos descansa
mi vida y fortuna, y tanta estima les tengo, que no pasa día que no diga una
oración a Nuestra Señora para que los libre de caer en estas setenas en que
voaced y yo nos vemos.
—¡Veo
que mucho les debéis y no con poco les pagáis!
—¡¿Qué
decís, sor Miguel?! ¡Que por ahí me herís! —exclamó mientras su rostro demudaba
en espanto.
—¿En algo os he faltado, maese
Monipodio?
—¡Sí, y
gravemente! Pues debe sabed voaced que en cuestiones de pagos, es donde mis
Pares y yo siempre estamos desacordados.
—Os pido
mil perdones, maese Monipodio, por mis sandias palabras.
—Bien
recibidos son, y no mencione voaced más las sumas y restas que en mi cofradía
son asunto enojoso y mi actual tormento, porque estando aquí celado y mi rebaño
sin pastor, el mal de la coima lo acecha como lobo carnicero... ¡Ay, sor
Miguel!, solamente porfío en que aguarden a mi llegada para ajustar
ganancias... Por las noches, cuando dormís, velo penando que si, acuciados por
alguna apretura, saldan cuentas sin mi ecuánime presencia, no sería raro que
brotase entre ellos la cizaña, y de resultas, la cofradía se deshiciese, ¡Dios
no lo quiera! —y alzando los ojos al techo, se quejó— ¡La obra de toda mi vida,
el sustento de mi vejez, convertida en cenizas volanderas!...
—Sosegaos,
maese Monipodio, que pronto, si ese escribano al que abrigáis con tanto cuidado
el riñón no os falla, en la calle estaréis.
—-¡Dios
escuche vuestras santas palabras, sor Miguel! —y sacó un pañizuelo bisunto y
tieso como un muerto, con el que secó sus lagrimones y donde descargó con
abastanza las napias.
Y cuando viste retornar la serenidad
a su cara, si tal estado podía hospedarse en aquel rostro barbinegro, cejijunto
y de mirada escondida, que sólo asomaba para refulgencias terribles,
preguntaste otra insensatez:
—Maese
Monipodio, ¿cómo no se os ocurrió dejar un rabadán al cargo de la majada para
evitaros estas tribulaciones?
—¡¿Rabadán
decís?! ¿No sería mejor llamarlo cuatrero? ¿O acaso no se os ha ocurrido que al
verse cualquiera poseedor de mi cayado, no dudaría en apoderarse del pesebre?
—No,
cómo les dispensáis tanta confianza...
—A todos
juntos y en concilio, sí; pero no a uno en solitario, por más que de albacea se
presente... Sabed que así se vigilan unos a otros, y los reales van todos a la
tinaja común hasta que yo llegue, para proceder a las particiones; ¡qué no es
operación fácil! Hay que escuchar a las partes y sopesar los trabajos empleados
en su ganancia, luego pedir conformidad a los presentes y sofocar las querellas
que salten, y una vez todo el mundo bien desembarazado de pleitos, proceder con
la soldada.
—Me
sorprendéis, maese Monipodio: si el gobierno es tan justo y administrado como
lo pintáis, ¿por qué habría de truncarse?
—¡Porque
son muchos, el tiempo pasa y la tajada es gustosa!
—¡Razón
os sobra, maese Monipodio! En habiendo tiempo, hay mudanza de pareceres!
—¡Y
sequía de caudales, sor Miguel!
Entonces,
aquel gran sacre se apoyó contra el muro y sus ojos buscaron el pedazo de calle
que se colaba por el ventanuco; suspiró aligerando en algo el pesar de sus
cuitas y se quedó corrido, meditabundo y tácito. Al verlo así, flojeándole la
barbacana, pensaste que era el momento propicio para tirarle de la lengua,
porque su alma y tu curiosidad te lo agradecerían.
—Me
placería, maese Monipodio, conocer los nombres de vuestros Doce Pares y algo de
sus aventuras, porque estoy persuadido que han de resultar muy sabrosas para
argumento de comedia, y, ¿quién sabe si no ha de ser uno de vuestros hábiles
ahijados, quien atraiga a Fortuna junto a mi vera, con la representación de las
mismas artes que utiliza para poner a la casquivana diosa a vuestro servicio?
—Debéis
de saber, sor Miguel, que me está prohibido revelar estos pormenores por
juramento de cofradía, porque a nadie escapa que lo que dice la lengua paga la
gorja; pero tratándose de voaced, cuya discreción me ha quedado más que probada
durante toda esta gemonía, me permitiré alguna licencia perjura. No mucha, es
cierto; pero la suficiente para que os resulte inspiradora en vuestro menester,
que si sois ducho en las letras y no os falta ingenio, ya sabréis apañaros con
mi limosna. Os daré los remoquetes y las especialidades de mis doce paladines,
que doce son y maestros en su oficio; aunque, sor Miguel, respetad que no entre
en trabajos particulares por si las paredes tienen oídos, y, en cuanto a sus
veros nombres y linajes, no se toman en el libro de la hermandad, ni resultan
provechosos para los cofrades hacer uso de ellos; por tanto, los desconozco.
—En
mucho considero vuestra merced, sabiéndola quebranto de vuestra sagrada
ordenanza, y en deuda os quedo de por vida.
—Descuidad
que en su momento os la demandaré.
—Y
gustosamente será saldada.
—¡Ea, no
nos enredemos más en cortesías y vaya ahí el catálogo de mis hijos muy amados!
Comenzaré por Tagarete, centinela de mi casa, búho de mis sueños y mi sombra a
todas horas del día; seguiré con Manifierro, que tal nombre tiene por gastar de
este metal la zurda desde que se le quedó a cercén puesta en picota, para
ejemplo de vecinos y caminantes; es hábil con los pistoletes y certero en la
esgrima y, a oscuras, luce estocada mortal que todavía no conoce burlador.
Detrás del siniestro de hierro, tengo en rango al gran Chiquiznaque, secutor de
cuchilladas silenciosas y raudas como flama de tea, y os juro que en toda
Andalucía no se encuentra quien comparársele pueda en el arte del chirlo. En
sus encargos gusta acompañarse de Desmochado, cuyos golpes con clava son dignos
de Hércules, y muchos son los lisiados de esta ciudad que os darán testimonio
del cumplimiento de sus trabajos. Tras estos bravos, mi estima recae en
Repolido, vigilante de las casas llanas, llamado por mis izas el Marinero de
Tarpeya o el Tigre de Ocaña por su cólera desatada, cuando son pilladas
escamoteando un maravedí a la caja de la hermandad. Repasados ya mis bizarros,
toca el turno a mis avispones, a cuya cabeza se aúpa Narigueta, mote que le
viene de su apéndice, que no es romo porque ni existe: gástalo de cuero, pues
perdiólo de novicio cuando fue sorprendido con un retén en la manga, y recibió
como triunfo un tajo que sacóselo de la cara. Narigueta de coro conoce las
esquinas y los cornijales de la ciudad, para tender encuentro o salir de naja
sin ser sentido y ni tan siquiera visto, y además, tiene tal memoria que no hay
casa grande ni palacio que resista su nocturno inventario. Síguenle en poderes
y sabidurías, Centopiés y Renegado, cuya labor se fabrica en las hospederías y
postas, y cuyo arte es el embeleco de los tunos que van para las Indias o de
los peruleros que vuelven de ellas, y tal es su olfato y vista que rara es la
ceca que, de paso por Sevilla, no tienten y caten, tomando como alcabala lo que
sea menester para las arcas de la cofradía. En estos mismos terrenos y aun
hasta las marismas, labora Lobillo con su naipe cargado de artimañas, que,
viendo mercader desavisado, tráemelo con falsas ganancias hasta la misma puerta
de mi obrador, donde rinde el santo portazgo por su pecadora codicia y sale
penitenciado y en paz con Dios. No piense voaced que son los mercados terrenos
de pecheros para nuestra orden; desde la Carnicería a San Salvador, pasando por
las Gradas, los jueves por la Feria y los viernes por la Pescadería y la Costanilla,
tiene presencia nuestra hermandad con Ganchuelo y sus esguízaros, cuyos
estipendios se cobran por lo menudo con el arte bajamanero. En cuanto a la
dársena y la Torre del Oro, son distritos compartidos por Rinconete y
Cortadillo el Bueno; el primero es clavel del floreo, lince para el humillo,
lobezno en boca de lobo y jabalí para el colmillo, que compone un tercio de
chanza tan del gusto del de Córdoba, que hasta hoy no se le conoce muro sin
astillar. Otro canto gasta Cortadillo, pues usa del atentado mete dos y saca
cinco, disimulado con plañideras bernardinas, tan ingeniosas y de tanto efecto,
que a las damas y a los navegantes dejan partido el corazón y la escarcela
boquiabierta; también gasta oídos de lechuza y marca los géneros en la bodega
sin haber tomado tierra. Y hasta aquí llega, sor Miguel, la relación de mis
Doce Pares que por contrato apuntado y sin grandes costas, os remediarán todo
lo que tenga remedio, y aun más, porque también la cofradía cuenta con hermanas
torneras y hermanos legos duchos en alcahueterías del virgo, santidades
numismáticas y alquimias judaicas.
Quedaste
tan admirado de su reino, que todavía sus palabras te brincan por la sesera, y
le tomaste tal confianza y afecto después de su sabroso catálogo, que los dos
días más que compartió contigo calabozo, se te pasaron raudos y divertidos en
sus recuerdos del gremio y sus enseñanzas del naipe burlador. Con una baraja
zarrapastrosa y maltrecha, le viste hacer miles de trampas, preparaciones y
conchabeos, que tú repetías con tus torpes, nuevas y fervorosas manos de
aprendiz, y que si no has usado en los momentos de mayor apretura, ha sido
porque Dios no te adornado con la presteza de pulso que tal oficio, como el del
músico, requiere.
Pero,
¡ay!, la segunda mañana, sin aviso, se presentaron los corchetes y se lo
llevaron. Aunque antes, mientras le ponían los cepos, te dijo:
—Sor
Miguel, hágame caso: componga un Palmerín o un Florismarte que tanto gustan al
vulgo y a la nobleza, y verá como tal caballero le saca a lanzazo limpio de la
necesidad. Sólo le ruego que si voaced sigue mi conseja, métame en la novela
vestido de rey Artús o de mago Merlino, para que no se borre mi nombre con el
polvo de los cementerios.
—¡Vamos,
que el verdugo con afán te aguarda! —le empujó un guro.
—¡Quedad
con Dios! —sopló mientras te daba la espalda.
—¡Él os
guarde! —le respondiste afligido.
Y su corpachón, entorpecido por las
cormas, se perdió por el vano tenebroso seguido de los esbirros; tras ellos, el
portazo y el chirrido de los cerrojos. Entonces no lo sabías, pero nunca más lo
volverías a ver.
Días
después, liberado de la cárcel real, buscaste a Ganchuelo por los mercados. No
pocas averiguaciones te costó dar con él: todos los placeros fingían no
conocerlo; sin embargo, siempre lo tuviste delante, y tropezaste con él no
menos de tres veces, mientras preguntabas en este puesto o en aquel bochinche.
Tal precaución, primero te incomodó, luego, te inquietó; pues bien a las claras
se veía que, uno tras otro, los dueños de los puestos te mentían y lo ocultaban
con temor. Así que cuando el mismo Ganchuelo se te presentó bien resuelto, te
sobrecogió y diste un respingo.
No era
más que un mozo, pero no un mozo cualquiera, su mirada, ¿verdad, Miguel?, era
tan impasible, aguda y rápida como la de los berberiscos más sanguinarios que
conocieras en Argel, y su gesto displicente, perezoso, gatuno y al momento,
tenso como un arco de combate, te atemorizó durante todo aquel breve encuentro.
Al
principio, Ganchuelo se requebró en melindres y divagó sobre esto y aquello;
luego, emprendió una curiosa plática, que embozaba un minucioso interrogatorio
sobre cuáles eran tus intenciones; y, finalmente, seguro de que tu pesquisa
concernía sólo al paradero de tu antiguo compañero de celda, te hizo saber la
noticia: Monipodio no soportó el primer desconcierto, y en el potro se quedó
más tieso que un leño.
—¡Quién
se lo podía imaginar! —pensaste echándote para atrás— ¡Aquel gigante
tremebundo!, ¡aquella fortaleza se derrumbó como las murallas de Jericó, sin
presentar resistencia!... ¿Y si estuviera corroído por un mal que guardaba para
sí? Seguramente, y de ahí su renuncia constante a nombrar los tormentos...
Entonces,
el postrero mentar monipodiesco del cementerio te supo a premonición, y el
corazón te dio un vuelco y la piel erizósete toda.
A partir
de aquella tenida con Ganchuelo, el consejo que te diera Monipodio de escribir
un romance de caballerías, te fue creciendo y creciendo, y persiguiendo cada
vez que tomaste la pluma; incluso te entorpeció el soneto para el túmulo de
nuestro señor don Felipe que tanta consideración te ha traído:
—¡Una
novela de caballerías! ¡Escriba voaced una novela de caballerías, sor Miguel!
—oías su voz en los silencios de tu casa, en los despachos, en todas partes
donde tu pluma se hundía en la tinta.
¿Pero
cómo vencer tu repulsión a ese género tan embaucador y falsario? ¿Y cómo
convertir a Monipodio y sus Doce Pares en los paladines de la Mesa Redonda?...
Pasaste
semanas con el seso azuzado por esa obsesión, pero al fin, creíste dar con la
respuesta. Tomaste de tu biblioteca un libro que en mucho consideras, a pesar
de lo peligroso de su lectura, y que te venía de molde para añudar un mundo con
el otro: la caballería con el garbeo. Era la meritoria Tragicomedia de
Calisto y Melibea, donde los amores cortesanos y las artes truhanescas
entran y salen como Pedro por su casa, en tan buena armonía y tan acertada
combinación, que no hallarías mejor guía para tu propósito. Y así, conducido
por la Tragicomedia, decidiste componer una novela donde Monipodio sería
tal cual, y Amadís como quedó escrito, y la liza entrambos mundos no cedería ni
un adarme del ensueño de Monipodio: Amadís entraría en Sevilla con el fin de
enmendar todo entuerto que hallase en la ciudad, pero se encontraría con la
cofradía de la galima, y tal sería su desventura, que tras pasar por la oficina
del verdugo, acabarían sus quebrados huesos en un hospital de pobres.
No se te
escapó nunca que algo parejo al fracaso de tu propia vida encerraba la
peripecia del caballero, aunque la compondrías tan fabulada, jacarandosa y
alborotada que cualquier lector sacase una enseñanza, fuera cual fuera su
condición y su saber. ¡Ah!, ¿y el endecasílabo? Por primera vez, decidiste
expulsarlo de tu pluma, y con él, a los pastores y a las selvas melodiosas: la
aventura del Amadís en Sevilla sonarían tal como la tragicomedia está escrita;
en la lengua que se escucha por las calles, las tabernas, los azoguejos, los
estrados y las cortes, sin florituras ni recursos, sencilla y ajustada a la
alcurnia del personaje que hablara. Y para cumplir tal empeño, por costanillas
enrevesadas, por callejones tenebrinos, por corsarios bulliciosos y por
ramerías salaces, sitios todos tan caros todos a la madre Celestina y donde
ella fue maestra admirable, pusiste a trajinar y a escuchar a tu imaginación y
a tu oído.
Pero he
aquí que metido en la redacción de la novela bufa, aunque con una lengua menos
escarnecedora que la usada por su modelo, la Tragicomedia, te diste con
la iglesia y con el rey. Sí, a poco que tu pluma y tu ingenio galopaban a sus
anchas por rincones oscuros y tapias azarosas, casi como corceles por la
dehesa, el pudor los frenaba y engallaba, porque cada pasaje de tu novela te
conducía desbocado hacia lecciones tan amargas y descreídas, que podían
llevarte ante el Santo Tribunal por hereje y vituperador del rey, y verte de
nuevo entre rejas, pero esta vez con la loba cerrada del sambenito.
Entonces
vi como, una y otra vez, arrojabas las hojas al fuego enrabiado porque si la
belleza del discurso no era alta y admirable, sí lo era su enjundia, y osadas,
a fuer de justas, sus consecuencias. Durante aquellas cóleras tuyas, yo te
susurraba, una y otra vez, lo mismo que hoy: Miguel vuelve a los tablados, que
allí simularás mejor lo que aquí tan claro expones. En las comedias, mediante
líos y burlas de amantes torticeros, maridos cornudos y justicias sobornados,
todo discurrirá más ligero sin perder un ápice de las muchas y sabrosas
lecciones que pretendes dar. Pero tú, no; tú volvías con renovados bríos sobre
tu novela para nada, para decir siempre que en el combate entre lo justo y lo
injusto, sale malparada y lisiada la bondad, y premiada y reconocida la
trapacería; y que nadie en el reino escapa a este malévolo juego. Y, entonces,
vuelta a arrojar los papeles al fuego.
Y así, preso del argumento
monipodiesco, y devanándote los sesos sin encontrar cauce sutil y discreto para
sus consecuencias, has pasado dos docenas de meses sin escribir nada y dándote,
de nuevo, por poeta difunto, hasta hoy; cuando te ha asaltado, junto al hogar
de la venta, el recuerdo de aquel hombre seco, avellanado, antojadizo y lleno
de pensamientos disparatados, que os salió al paso a tu familia y a ti, aquí
mismo, en Puerto Lápice, viajando, hace doce años por el camino contrario hacia
Sevilla, para tomar posesión de tu cargo de proveedor real de la Armada. Y su
figura enjuta y contristada se ha apoderado de todo.
¿Acaso
crees que sea la solución a tus cuitas?... Quizás, me contestas, y con esa
respuesta tan vaga, te das por conforme, y sigues cabalgando hacia ese lugar
donde no es seguro que ya nadie lo recuerde.
Pero tú
sí lo recuerdas, Miguel: aquel tagarote que se te antojó un Godofredo de
Bouillon o un san Bernardo de Claraval, aposentado en el corazón de la Mancha.
Estaba aquí, en el mismo patio de la venta, donde acabas de dejar a Catalina
llena de súplicas para que contuvieras tus intenciones; estaba aquí sentado
sobre un escabel, rodeado de arrieros que le seguían la chanza regocijados. A
su lado se apilaban sus armas en buen orden: adarga, almete, lanza y coselete,
mientras la espada le pendía de la charpa casi llegando al suelo; delante tenía
el bufetillo con el recado necesario para levantar una leva, que era, ni más ni
menos, lo que estaba haciendo.
—Es el
hidalgo Quejana, vecino de una aldea de los contornos —te respondió el
ventero—, que le ha dado por fundar una orden de caballería, como la de
Calatrava, para defender estas tierras de la invasión de los herejes, que,
según él, en breve veremos aparecer por el horizonte.
—¿Y son
los arrieros a quienes inscribe en su orden como si fuesen hijosdalgos, condes
y duques?
—¡Y a
quién si no va encontrar por estos parajes! —te respondió de nuevo el ventero
cachazudo.
—En
verdad que son los únicos, salvo los porqueros, que por aquí se atisban.
—Y sepa
vuesa merced —prosiguió el ventero espoleado por tu cara de curiosidad—, que el
retablo no queda en pluma y papel de alistamientos; de amanecida, les toma
juramento y los nombra caballeros en medio de grandes y devotos rezos.
¡Quédese, vuesa merced, a pasar la noche y verá que no miento sobre la chanza!
—¡Válame
Dios, qué disparate!... ¿Y los arrieros, cómo se lo toman?
—Como
los tengo advertidos, porque la ocurrencia dura semanas, pues a burla; pero no
crea vuesa merced, que al principio del descarrío, aparecieron unos mercaderes
murcianos que traían prisas y no estaban para pantomimas, y ante la insistencia
altiva y desafiante del orate, se armó una zaragata de palos para dar y sobrar,
y que dejaron al hidalgo Quejana dispuesto para los óleos.
—Y después de tal tunda, ¿ha
seguido pertinaz en su empeño?
—Allí lo
tiene vuesa merced, y eso que lo llevamos hasta su casa y les prevenimos que lo
tuvieran vigilado, pero a la semana apareció de nuevo con el mismo disfraz de
cuando la toma de Granada, afirmando a voces que está era su Jerusalén y
fortaleza, donde fundará la más heroica, y no sé cuántas cosas más, orden de
caballerías que han visto los siglos desde el Temple.
—¡El Señor nos coja confesados!
—Eso me
digo yo, porque con los locos nunca se sabe, y un día se le tuerce el genio y
la emprende a mandoblazos con la concurrencia como con los murcianos, y de ésa
dejamos todo este valle de lágrimas sin tiempo siquiera para persignarnos.
—Y a fe
que parece pacífico y entretenido en peñolear.
—Porque
vuesa merced no lo ha visto dando voces y cabalgando por la llanada, ¡que da
tales lanzazos al aire, os lo juro, que espantarían al mismísimo Duque de Alba!
Aunque estos arrebatos le cogen muy de vez en vez, sobre todo, cuando sopla el
viento y se levanta la polvareda; entonces dice que la tolvanera es el ejército
de Miramamolín y del gran Solimán que viene ya, y que no sé qué pacto mantienen
con la gran meretriz de Inglaterra para arruinar a nuestro señor don Felipe y a
la Cristiandad entera, meternos a todos cautivos y después tornar Roma en
Sodoma.
—¡Jesús,
qué blasfemias!
Pero
como en la venta no había aposentos para hacer noche, seguiste tu camino hacia
Sierra Morena; no sin antes intercambiar, bien fuera por curiosidad, bien por
cerciorarte que el ventero no mentía, unas palabras con aquel raro y
descarriado cruzado; ¡y vive Dios que no mentía ni un tantico así el hospedero!
Simulaste
ante el loco ser el canciller de su majestad cristianísima don Felipe. Al oír
tal título, se alzó de su escritorio de reclutamiento y te saludó con una
reverenciosa zalema; tras la que te dijo:
—Agora
sabed y comunicar a nuestro rey, señor chanciller, que gracias a mi nueva orden
de caballeros, ni hombre ni ejército pisará estas tierras de ninguna manera
hasta que rinda pleitesía y juramento a Nuestro Señor y a su majestad, porque
mis caballeros muy custodiados tienen todos los pasos, puertos y caminos de la
Mancha: desde la polar al mediodía y desde el orto al ocaso, a su ojos, oídos y
armas, nada escapa; y en cuanto a su valor, nadie puede torcerlo porque tienen
ofrendado juramento a Dios Nuestro Señor, que antes han de morir en el empeño
que abandonar su vigilancia.
—¿Y en
tan grande peligro estamos para tomar tan celosas precauciones?
—¡En
mucho y muy grave! Sepa vuestra ilustrísima que yo he conocido, ha meses y por
una casualidad, el desastre que nos tiene preparado el Gran Turco.
—¿Cómo
fue saber tan grande revelación? —preguntaste al orate.
—Reposaba
yo en la taberna de mi aldea con un cuartillo de vino delante —comenzó su
relato el hidalgo muy confianzudo pero no falto de cierta solemnidad en su
acento—, cuando sentí un conciliábulo de dos espiones en la mesa de al lado;
ambos debían ser réprobos elches, porque en nada se advertía su condición
morisca. Y escuchando atentado lo que el uno al otro confesaba, colegí la
tropelía que ha urdido el gran Solimán. Lo diré de un modo breve para no
fatigar a vuestra ilustrísima: estando avisado el Gran Turco que nuestra armada
zarpará pronto contra Inglaterra y nuestros mejores tercios se hallan de
campaña en Flandes y en Italia, desembarcará por Levante pillando desprevenido
al reino de Murcia o Valencia, que decidido aún no lo tenía, y luego avanzará
por la desarmada Castilla con un gran ejército hasta la corte, donde dará
muerte a nuestro señor don Felipe, y, aprovechando el desconcierto, quedará
dueño de España.
—¡Oh,
qué gran bellaquería! —exclamaste satisfaciendo sobremanera al loco Quejana.
—¡Vive
Dios que lo es! Espero que prevengáis al rey y al gran almirante de Castilla de
lo que se prepara, para que fortifiquen los puertos y las plazas de Levante, no
zarpe la armada y regresen los tercios.
—¡Descuidad
que presto envío correos dando alarma!
—Mientras,
yo seguiré aquí reclutando caballeros cruzados, porque ya habréis adivinado que
por aquí, por la Mancha, han de pasar obligadamente y, aquí, en tanto nos reste
una gota de sangre y un soplo de aliento, les hemos de contener hasta la
llegada de nuestros ejércitos, que eso hemos jurado poniendo a Dios por testigo
y nuestra salvación eterna como prenda de nuestra empresa.
—¡Tan
alto es vuestro servicio que no encuentro cómo podrá corresponderos España, el
rey y la Cristiandad! —le elogiaste abrazándolo y haciéndole una grandísima
reverencia.
Y como respuesta a tu agasajo, cayó
de hinojos y con los brazos en cruz exclamó:
—¡Nada
para mi quiero, sino para mi recién fundada orden de caballerías! ¡Os ruego
pidáis la merced a su majestad y al Papa de que la reconozcan, para que todos
mis caballeros, que como andantes están por su voto ya dado, pasen a profesar
de regular a la vista de los hombres, que a los ojos de Dios ya lo hacen! —y de
dentro de su ropilla extrajo un manojo de papeles donde estaba redactada la Muy
Cristiana Regla de los Caballeros de Montiel.
Tras
ojearla, no sin jocunda curiosidad, le tendiste la mano alzándolo del suelo y,
tras abrazarlo, le contestaste:
—La
aprobación de esta justa regla y un maestrazgo para vos he de solicitar en la
corte, y sabed que en esta tarea tan principal comprometo mi honor de caballero,
¡antes moriré que no recompensaros cumpliendo lo que he prometido! ¡Empeño ante
vos mi palabra, don Alonso!
Y viste como una lágrima regateaba
por su pómulo seco y afilado; el corazón se te estremeció y te avergonzaste
hondamente por llevar la farsa hasta aquel extremo.
Sin duda
fue por esa mala conciencia con que quedó grabada esta comedieta en tu mollera,
por la que tentaste borrarla de tu memoria, o cuanto menos, no mencionarla
nunca más; porque, sobre su locura, reconociste en aquel hombre la virtud que
tanto escasea en nuestro mundo.
Y ya ves, Miguel, hoy al pasar por
aquí de nuevo, camino de Valladolid, te ha asaltado su recuerdo y el de tu
palabra empeñada en aquella quimérica promesa. Y en ambas cosas, en tu mentira
y en su bondad, has presentido la solución a tus cuitas novelescas; y sin
mediar palabra ni explicación, has ensillado el jumento y has cruzado los
campos de Montiel bajo un aguacero inclemente y traidor. Sí, hoy has reconocido
en aquel hidalgo al Palmerín, al Florismarte, al Amadís de nuestro tiempo que
será zaherido por Monipodio y sus Doce Pares. ¿O mejor sería decir trece?
Porque tú, Miguel, sumas el decimotercero, ¿Acaso no te aprestaste como
bellaco a la chanza hace una docena de años? ¿Acaso no empeñaste falsamente tu
palabra en la aprobación de su regla? ¿No pretenderás ahora que esa novela, que
no empiezas porque no sabes cómo continuar, sea también el modo de cumplir tu
palabra?
Y
compungido por estas cavilaciones y azotado por el agua y por el frío, entró el
escritor en el lugar. Atravesó la primera calle; estaba desierta y con candados
echados; más en la segunda, dio con un muchacho que amaestraba un gozquezuelo
ceniciento y rubio al abrigo de un muladar. Y ambos, tras un breve coloquio, se
encaminaron a la casa del bachiller Pero Pérez, cura de la aldehuela y compadre
del hidalgo Quejana, aquél que quisiera fundar, hacía doce años, una orden de
caballerías para defender Castilla de la invasión del Gran Turco.
Y
ya estaban allí, en el zaguán de la casa rectoral. El zagal miró al escritor
con su rara sonrisa helgada. Se le notaba satisfecho por el servicio prestado;
apenas estaba mojado. Muy al contrario, el escritor chorreaba por todo su jubón
y sus calzas; le había dado su flaco herreruelo de buriel al ama del cura para
que se lo pusiese junto a la lumbre por ver de secarlo, y ésta, le había traído
una manta para que remediase, en lo que pudiese, las calenturas que le amenazaban.
El cura
tardaba, lo habían pillado en la siesta.
—Muchacho,
¿cómo te llamas? —preguntó el escritor por acortar la espera.
—Andrés
me dicen.
—¿Y
tienes oficio?
—Sí,
caballero; antes era hatero de la majada, pero este año me ha puesto rebaño mi
señor don Juan Halduno, que es el varón más rico de la aldea.
—¿Y
estás contento con ese oficio?
—Sí,
porque don Juan, aunque es hombre picajoso y sufre de malos humores, paga bien
y en su tiempo. Aunque yo quisiera partir a las Indias para hacer fortuna.
Dicen, señor caballero, que allí, sobre hacerse uno rico aína, se ven prodigios
fantásticos y se viven aventuras bonísimas y provechosas.
—Sí; eso
dicen —suspiró con lástima el escritor, recordando una frustrada intentona
suya.
—¡Ya
está aquí el señor cura! —exclamó el muchacho.
Asomó
por el zaguán el licenciado Pérez aún abotargado y preocupado por las urgencias
que le había metido el ama en su despabilar. Estas razones, más o menos, venían
a decir que un caballero forastero y de buenas maneras preguntaba por don
Alonso de Quejana, a quién conoció en la venta de Puerto Lápice, cuando le
entró la locura aquélla de la venida de los sarracenos. El cura, al escuchar a
su ama parlotear sobre un caso tan antiguo, se figuró lo peor: una cuenta vieja
que debían de saldar los deudos del orate, y bajó la escalera entre el sueño,
la prisa y la precaución, por ver de atemperar las pretensiones del imaginario
acreedor, que para allegarse a la aldea, en un día tan desabrido como aquél,
debían de ser urgentes y contumaces.
El cura
se quedó pasmado al contemplar como el forastero, chupado por la jupitaina,
barbirrucio, mellado y reseco de ayunos, lo miraba desde su nariz aguileña con
un gesto más cercano a la demanda de caridad que a la exigencia altanera. Al
principio se le antojó un morisco, o peor, un judío, porque el escritor
componía una figura moruna, todo tapado y sentado, asomando sólo su rostro por
un hueco de la frazada. Tras las presentaciones, el cura rogó al caballero, o
lo que fuese, que lo acompañase hasta su retrete. Allí se aposentaron, mientras
don Pero ordenó a la menegilda que les sirviese un vino dulce, seguramente, por
aquello de que lisonjeando el paladar, se aplaca el ánimo, y también que diese
un zatico de pan y un pellizco de abadejo a Andresillo en pago por sus
cumplidos servicios.
El
licenciado Pérez fingía peor que Ganchuelo, y en su cara reinó un hosco recelo
hasta que no vio al forastero tomar un sorbo del licor y desprenderse de la
manta, enseñando ropas en todo cristianas. Y ya no guardó ningún pelo en la
gatera, cuando el escritor expuso que todas las obligaciones contraídas por el
difunto hidalgo, se reducían a haber avivado su curiosidad de ocioso hombre de
letras, y que ninguna carta de crédito guardaba entre sus bolsillos. Entonces,
el rostro de Pero Pérez perdió su adustez; poco a poco, y con las cortesías y
miramientos debidos a un desconocido, entró en la relatoria de la vida y
milagros del finado loco tal como le solicitaba el escritor.
Sí, don
Alonso había muerto hacía ya siete años, encerrado y huraño en su casa, mas no
cuerdo del todo, pues, de vez en cuando, demandaba a su ama noticias sobre los
puestos de vigilancia de sus caballeros. Pero era tan de tarde en tarde, y de
una forma tan lastimera, que incitaba antes a la compasión que a la reprimenda.
Y es que su sobrina, cuando el cura con la ayuda de varios aldeanos le
tendieron una trampa y lo trajeron enjaulado como una fiera africana, mandó
llamar a un cirujano de Toledo para poner remedio a sus fantasías. El galeno le
recetó unas bizmas y unas triacas, que administradas todos los días, le
retiraron los furores, y lo dejaron manso como un buey viejo y amodorrado.
Estado que el cura y la sobrina aprovecharon para hacer un escrutinio de su
casa; en sus aposentos hallaron, dentro de una cancelada alacena, más de
treinta florestas de caballerías.
—¿Novelas
de esas tan fantasiosas? —brincó el escritor de su asiento.
Sí,
Miguel, acabas de encontrar la solución a tus cuitas sobre el Amadís sevillano:
¡un loco por leer libros de caballerías!
—Alguna
había, don Miguel —le contestó el cura—, pero no eran éstas el género más
abundante. Mi compadre Quejana, al parecer, gustaba más de los doctrinales como
El árbol de honor del caballero Turell, el Tratado de caballería
del rey don Pedro III, o el Doctrinal de los Caballeros del docto
Cartagena y, por supuesto, del Libro de la orden de caballería del sabio
Lulio, padre de todos éstos, y de los otros muchos que allí se hallaban sobre
heráldica, batallas y justas, que de los Amadises y el resto de paladines.
Estos que le he nombrado, los tengo frescos porque me los regaló la sobrina y
los guardo aquí, en ese estante, a espaldas de vuesa merced. Los otros
tratados, las novelas y unos pocos libros de poesías, que allí había, queríamos
quemarlos por culpables de la locura del bueno de Quejana; pero intervino el
barbero del lugar, maese Nicolás, quien tras apalabrar un trato con la sobrina
del desdichado, los echó en sus alforjas y se los llevó a lomo de borrico hasta
Alcalá, para venderlos en la puerta de la universidad a sabios y bachilleres, a
los que con el seso más curtido en latines y teologías, tanta indigestión de
blasones no nublaría el juicio. Y así fue, y parece que con buen provecho para
todos, según me dijeron...
Pero tú
Miguel ya no le atendías; se te había hecho la luz en el seso y sólo tenías un
pensamiento: ¡un loco por leer libros de caballerías! No un paladín encarnado,
sino alguien que se figura un Amadís o un Lanzarote, y tan fingido y ridículo
resultará como, a la postre, lo son esas novelas embaucadoras y dañinas. La
llamarás novela ejemplar por mostrar como el exceso de virtud conduce a la
ceguera; porque la virtud incontenida es locura, y, a veces, falta tan grave
como su carencia; pues nada aligera más el triunfo del vicio y de la mentira
que la locura virtuosa; ¿y qué son, si no eso, las novelas de caballerías?
¡Ojalá,
esta vez, Fortuna se ponga de tu lado!
Gastón
Segura Valero (Villena, 1961). Es editor, periodista, ensayista y escritor de relatos y
novelas. Su más reciente, Saga nostra, publicada por Drácena.