A propósito del profesor Paolo Carile y su Écritures de l’ailleurs. Négociants,
émigrés, missionnaires et galériens (Préface de Marc Cheymol, Editions L’Harmattan, Paris 2019; Tab
edizioni, Roma 2109, 2ª ed. ampliada 2021) (1)
Por Trino F. García Rodríguez
1. Noticia de un intelectual europeo
Al redactor de estas líneas le sorprende
que de la profusa y notable obra del profesor Paolo Carile, tanto de sus textos
críticos, entre los que se cuenta el que merece este comentario, como de
aquellos que ha dedicado a la creación literaria, tan solo pueda contarse a la
fecha con una única muestra en nuestra lengua, el poemario Aproximaciones verbales: entre Bolonia
y París. Fragmentos de memoria
—edición trilingüe en italiano, francés
y español. Archives
& Musées, Bruselas
2011, prólogo de Marie France Renard;
epílogos de Vincenzo Consolo y
de Miguel Ángel Cuevas—. Precisamente,
en relación con nuestro país, hay que recordar su temprano interés
por la literatura española y su admiración por la obra de Federico
García Lorca.
Es en Valencia donde
hace una veintena
de años, en 2006, participa en el congreso celebrado
para homenajear al escritor italiano
Vincenzo Consolo, una de las cumbres de la narrativa
europea contemporánea. Allí conoce y estrecha amistad con el italianista
español Miguel Ángel Cuevas, poeta, catedrático de la Universidad de Sevilla, nexo hoy de la mayor relevancia en el ámbito
académico, mediante su continua
labor de traducción, en el conocimiento mutuo de la creación literaria italiana
en España y viceversa. Cuevas es el reciente editor y traductor al español del
acontecimiento editorial que supuso a finales de 2025 la publicación de Petróleo,
la novela inacabada y culmen de la obra de Pier Paolo Pasolini.
Es
este un vacío (la escasa presencia de Paolo Carile en el debate cultural
hispano) que dificulta al lector culto en español, y a la comunidad académica
en una de las lenguas de mayor empleo en el mundo, el acceso a la obra y al
pensamiento de quien paradójicamente ha ocupado la mayor parte de su producción intelectual en el estudio de los
fenómenos de transmisión cultural.
En particular, sobre el efecto en la
civilización europea, en su imaginario colectivo y en los códigos de conducta,
del proceso de expansión territorial y el hallazgo de nuevas realidades y
gentes durante el extenso periodo de la era de los Descubrimientos. De la
aportación del profesor Carile al saber respecto de dichos procesos no es
posible prescindir sin merma del conocimiento de estos.

Paolo Carile
Paolo
Carile, catedrático emérito de Literatura Francesa de la Universidad de
Ferrara, ha desarrollado una importante y prolongada labor intelectual, tanto
en el campo de la docencia como en el de la investigación. Se ha ocupado,
con fundamentales estudios,
de temas como la novela francesa del periodo entre ambas
guerras mundiales, la didáctica de la lengua francesa y, en relación
con la obra que comentamos, en el estudio,
en la recuperación y comentario crítico de un conjunto de textos,
pertenecientes a géneros diversos, en los que se refiere la peripecia de una
colección de viajeros europeos — italianos, franceses, portugueses y españoles
—, cuyas vidas transcurren entre los siglos XIV y XVIII, era que denominamos
Edad Moderna o, precisamente, de los Descubrimientos, y que abarca en su
definición cultural “el otoño de la Edad Media”, el Renacimiento, el periodo de
la Contrarreforma y el Barroco y, finalmente, el Siglo de las Luces. Los reúne
el autor, bajo el criterio de un denominador común: dedicados por su oficio a
otros menesteres, la escritura representa en todos ellos una actividad
secundaria y, sin embargo, una vía
sustantiva de aproximación a la historia europea.
Por Europa hemos de entender
aquí no solo el continente al cual el nombre señala,
sino el espacio amplio de culturización
que alcanza el término en esta etapa
de la Historia bajo el impulso de la acción
militar, política y “civilizatoria” de las potencias continentales en su
expansión por el mundo y que la nomenclatura histórica acredita —Nueva Francia,
Nueva Inglaterra, Nueva España, etc.
En el estudio de los textos de
viaje, que integran Écritures de l’ailleurs y otras de sus obras, Carile profundiza, entre otros aspectos, en
la motivación de la génesis de dichos textos, en el contraste entre los
hallazgos con la mentalidad del viajero, en
la proyección ideológica de dicha
mentalidad al mirar a lo “otro” lejano y a los “otros” que lo habitan. Y
viceversa, en el efecto de la recepción en la metrópoli de las nuevas sobre las tierras
y gentes hasta ese momento
desconocidas. Y, en fin, en los obstáculos para realizar una correcta
traslación ideológica entre lenguas, civilizaciones y culturas.
En
una obra anterior, que tiene edición en italiano y posteriormente ampliada en
francés (Lo sguardo impedito y Le regard entravé respectivamente), el
profesor Carile, tomando como referencia la obra de los viajeros
a Nueva Francia —Canadá y la
Luisiana Francesa— durante los siglos XVI y XVII, muestra cómo en el esfuerzo
por lograr la acertada referencia a las tierras
y a las gentes encontradas se interponen tanto el cristal de la ambición
del viajero como la comprensión objetiva de aquello
que se mira por primera vez. La mirada queda por este efecto “empañada”
por el telo de aquello que se espera ver antes de verlo y que, en cierto grado,
perdura ante la vista.
El
nuevo mundo, la relación de sus tierras y gentes, regresa en el tornaviaje como
factura conceptual del recién llegado, bajo el tamiz de su mentalidad y, con
frecuencia, desde una perspectiva de superioridad moral
y cultural. No obstante, aun involuntariamente mixtificado, el aluvión de nuevas realidades abocará en la metrópoli
cultural para ensanchar el irreversible caudal hacia una nueva era. Veremos,
con Paolo Carile, que también en esta actitud hay excepciones, como acredita el
testimonio desde el Indostán portugués de finales del XVI del epistolario de
los mercaderes florentinos Sassetti y Carletti, abiertos en sus propias
sensaciones al impacto y apreciación de lo hallado. La identificación y
descripción de este fenómeno social y cultural
que el profesor Carile denomina
“la mirada obstruida”, el entendimiento de su
importancia en la relación entre grupos de población diferentes, aunque
definidos sobre un tiempo determinado de la historia, nos parece de absoluta
vigencia hoy en un mundo integrado por gentes en movimiento por los más
diversos motivos.
Grupos
humanos desplazados desde su origen conforman en las sociedades receptoras un
escenario acelerado de convivencia multicultural y dan lugar a un abierto
debate sobre esta cuestión. Es esta una coyuntura histórica en la cual la
superación de obstáculos para el entendimiento mutuo y para la pervivencia de
los criterios de civilización desafía la estabilidad misma de dichas sociedades
y convoca imperiosamente el pronunciamiento de la comunidad intelectual.
De
la convicción y de la capacidad para el emprendimiento cultural de Paolo Carile procede
una de las iniciativas de mayor relevancia institucional al respecto. En 1996 promueve la creación de la fundación Italiques. El vigor
y efectividad de esta iniciativa, cuya existencia permanentemente productiva
cumple treinta años de servicio a la sociedad europea
este 2026, están
cimentados en la concurrencia, junto a nuestro autor, de un elenco de
intelectuales, gestores culturales y expertos en relaciones internacionales de primer orden —entre los mismos, la hispanista Michèle Gendraux-Massaloux, quien fuera canciller de las
universidades de París y portavoz
de la presidencia de la República Francesa—, concertados en el propósito de
hacer del espacio europeo un ámbito de difusión cultural compartido. Con el
interés de partida centrado en el intercambio entre italianistas en lengua
francesa y viceversa, la empresa, paulatinamente ampliada, abarca hoy también la producción de autores
españoles y portugueses. Italiques es un órgano cultural europeo consolidado y
al tiempo en continuo hacerse, en el que encuentran acogida
para la difusión de su obra
el intelectual y el artista, en el horizonte compartido del conocimiento mutuo,
el reconocimiento de nuestros logros como civilización y la contribución al
proyecto común de vida, considerado en el deber permanente de hacerse y de
concitar la participación ciudadana.
En
el contexto de esta amplitud de pensamiento de su autor, Ecritures de l’ailleurs es, sí, un compendio de escritura de
viajes, pero se nos antoja una simplificación impropia referirnos con este
marbete al conjunto de su esfuerzo intelectual. Como estela de los viajes
por él recuperados del sueño de los archivos, la obra de Paolo Carile supone una
aportación de primer orden al estudio de la Europa Moderna, de la mentalidad en evolución del periodo. Y una reflexión, particularmente vigente, sobre los fenómenos de culturización,
los factores que obstaculizan la comunicación entre diferentes y la clase de
recursos e instancias en los que es necesario poner énfasis en el camino de una
civilización levantada en común. Es también
un compendio metodológico de los recursos
actuales para abordar
el análisis tanto de los
fenómenos históricos como de los filológicos.
El profesor Carile ha contribuido al desarrollo de una
metodología multidisciplinar en la que convergen tanto la investigación filológica como los criterios
provenientes de la semiótica, la historia, la antropología, la geografía, el
arte, etc., para tratar el objeto de estudio desde la amplitud perspectiva que
es propia del método comparatista, del que nuestro autor es exponente en el
análisis de los fenómenos culturales.
2. Ecritures de l’ailleurs en su contexto epistémico
A partir del final del primer tercio del siglo XX, la
denominada Escuela de los Annales francesa —Lucien
Febvre, Marc Bloch,
Fernand Braudel, Jacques Le Goff, etc.— se abre paso en la historiografía en su interés
por la comprensión global de las sociedades, empleando para ello un enfoque poliédrico que desborda el punto de vista y el objeto de
la historiografía metódica
que la precede desde mediados
del siglo XIX. La nueva corriente historiográfica, a la que
se alude como Historia de la Cultura o de las Mentalidades, se irá
transformando, a lo largo del tiempo y hasta el presente, de acuerdo con la
amplitud de sus miras y de los aspectos en los que enfoca su propósito, en
Historia de las Sensibilidades, Historia de las Representaciones, Historia de
la Alteridad, Neohistoricismo, etc. Es también inevitable tener presente el
interés de la historiografía contemporánea italiana, de la que es parte la obra de nuestro
autor, por aproximarse a los
acontecimientos históricos a través de la perspectiva de sus individualidades, Écritures de l’ailleurs es expresión de
esa vía de penetración en el pasado que se conoce como “microhistoria” —de
resonancia unamuniana, “intrahistoria”, para el lector español—, que tiene como
referente fundacional a la figura insigne del historiador Carlo Ginzburg,
recientemente fallecido en este junio pasado.

In memoriam. Carlo Ginzburg, nacido en Turín en 1939, fallecido en Bolonia, en junio de 2026. Historiador, creador del concepto de microhistoria, "de resonancia unamuniana" (Trino García Rodríguez).
Similar proceso
en la superación del punto
de vista positivista, y prácticamente
coincidente en su origen y evolución temporal, observamos en el campo de los
estudios filológicos a partir de la obra de Roland Barthes, expandiendo el
interés del estudioso de la producción lingüística y literaria hacia aspectos
en los que estas confluyen con las humanísticas e históricas, tales como la
configuración ideológica, su representación lingüística e icónica, así como en la atención
a la correspondencia semiótica y expresiva en el vuelco de
conocimiento entre las diferentes culturas y mediante sus respectivas lenguas.
En el contexto de este nuevo humanismo hallamos,
ocupando un lugar propio,
el trabajo intelectual del profesor
Paolo Carile. Écritures de l’ailleurs será por ello, sin duda, objeto del interés
del filólogo o del especialista en el estudio
de la Historia, pero
también del lector culto de intereses amplios. Un lector potencial atraído
hacia el conocimiento antropológico, el discurrir de los acontecimientos y su
significación en la civilización y en la cultura, los conflictos espirituales y las guerras
de religión durante el periodo, los nuevos mundos
progresivamente descubiertos durante la era y el contraste de lo hallado en sus tierras
y en sus gentes con el paradigma heredado de la Edad Media en el largo viaje que desde la misma aboca en los puertos del Siglo de las Luces y en la conformación del pensamiento moderno.
Y al mismo tiempo, seguirá la lectura, intrigado y
deleitado, en pos del avatar personal de quienes son protagonistas de su
aventura. Carile repara a este respecto en el debate sobre la consideración
misma del concepto de literatura en relación con los textos objeto de su interés
y en su vertiente mediadora respecto del acceso
al conocimiento. Han sido habitualmente considerados en cuanto
a su autoría y género como paraliterarios o marginales —informes, compendios,
relaciones, cartas privadas, etc.— y recuperados por nuestro autor se
transforman, entre otras razones por su carácter directo en cuanto a la
significación y reducido interés en la expresividad retórica, en herramienta privilegiada de aproximación a la mentalidad y la sensibilidad del hombre común en
su tiempo. En estos autores accidentales halla, además, no solo una vía para
entender la construcción de este fenómeno social y la divulgación de un
conocimiento hasta ese momento ignoto,
sino modos textuales y estilísticos cuya incorporación al acervo de la
literatura hacen de los mismos una secuencia considerable de la historia
cultural del periodo.
El criterio generalmente aceptado hoy por la
historiografía señala entre las causas de la evolución cultural que desde la
Edad Media da paso a la Moderna la fundamental importancia, junto a la
implosión provocada en su seno por la paulatina “recuperación” del conocimiento
de la Antigüedad clásica y de las transformaciones sociales y económicas de
evolución intrínseca, las causadas por el impacto exterior de la recepción del
saber procedente de los mundos nuevos, de su difusión y de la consecuente
remoción de conceptos que propicia el retorno de los viajeros desde esos
horizontes distantes.
El tratamiento aplicado al estudio de estos textos de
viaje es exponente, y aportación significativa a los mismos, de esta
actualización de los criterios metodológicos tanto en el campo de la historia
como en el de la filología. y un muestrario selecto
e ilustrativo del proceso de mudas culturales que abocan en la
civilización del Renacimiento: exilados, predicadores, buscadores de una tierra
de promisión, exploradores, galeotos que han cumplido pena, entre otros,
conforman el variopinto conjunto de autores, encarados a una realidad que
desafía el alcance de sus conocimientos y de sus creencias y, consecuentemente,
de la capacidad de percepción de su mirada, Écritures
de l’ailleurs —arriesgando en su traducción, Escritura desde los confines— se abre con un prólogo —Préface— para el que nuestro autor ha contado
con la erudición y el saber hacer
del profesor Marc Cheymol
—de nuevo, un prestigioso hispanista francés, vinculado también a la empresa
cultural de Italiques— quien despliega
para el lector en un texto sustancial las claves y códigos
culturales aplicables a la comprensión de la obra.
Marc
Cheymol ha repartido su atención intelectual entre el hispanismo, la francofonía y la diplomacia cultural en representación de la República Francesa. Ha sido profesor
de la Universidad de El Salvador, del Instituto Pedagógico de Gazi en Ankara, de la
Universidad Nacional de Otoño y de la Universidad Nacional Autónoma, ambas en
México. En esta última promueve e imparte la conferencia inaugural de la
cátedra Roland Barthes. Ha desarrollado una fructífera actividad en el campo de
la diplomacia cultural en Canadá y
Latinoamérica y luego, regresado
a Francia, desde las instancias del Ministerio de Cultura, en París.
Se ha ocupado en sus estudios de la literatura del Barroco y es reconocido como uno de los
principales especialistas en la obra del nobel Miguel Ángel Asturias, a cuyo
estudio dedicó su tesis doctoral
leída en la Sorbona, en 1982. Es desde esta solvencia
intelectual y desde la afectuosa amistad con su autor de donde procede la invitación a dialogar con la obra. En
el breve y sustancial texto liminar se aborda la cuestión terminológica, el porqué de la elusión
del término “literatura” sobre el que se prefiere otro genérico, “escrituras”; el
género de los libros de viajes, de su significación en la historia de las letras,
de la singularidad en la estructuración del relato en los mismos, de la variedad léxica para
abarcarlos a lo largo de la tradición literaria —libros de viático, de viajes, literatura odepórica, “travelogue”, etc.—; muestra, en definitiva, de la permanente vitalidad de un género
unido al origen mismo de la literatura.
Ya con referencia específica a la obra, destaca la paradójica condición común —si así
podemos decirlo— de su diversidad. Diversidad en cuanto
a la condición heterogénea
de sus autores, respecto de las circunstancias del viaje y del periodo
histórico en el que se realizan,
en relación con el propósito
de los mismos y respecto
de la variedad de géneros a los que recurren. En cuanto al alcance de
la expresión “l’ailleurs”, sin
término preciso correspondiente, nos arriesgamos aquí a darle traslado en
lengua española como “los confines” —“lo desconocido lejano”, “los mundos
nuevos”—.
3. Centralidad y alteridad en el relato del viaje
En
la Introducción —Avant-propos—, del propio autor del libro, se llama la
atención del lector hacia el concepto de “centralidad” en la construcción de la
civilización europea. Desde su origen en el mito cosmogónico encontramos en
este logos la última ratio en la que fundamentar la diferencia entre nosotros y
el extraño. Bárbaro es quien desde la periferia de la polis habla una lengua
diferente, “barbarea” —el término es en su origen expresión onomatopéyica—, y lejos del centro de gravedad
de la koiné es visto como “otro”.
En
el recorrido histórico, y en el proceso de ampliación inclusiva de los pueblos
a los que consideramos parte de tal civilización, hallaremos en permanente
debate este concepto de alteridad, frente al cual el paradigma europeo
incardina, superando las correspondientes controversias en el tiempo, los
valores de la antigüedad clásica grecolatina con los que proceden de la
civilización cristiana. El axioma es, sin embargo, puesto en cuestión durante
el Renacimiento por quienes desde la ciencia atisban el inicio de una nueva era
—y pagan por ello un alto precio en su vicisitud vital—; los viajes, al cabo, representan
a este respecto una prueba definitiva y constituirán la principal evidencia
empírica, el factor determinante del quebranto del paradigma y del paso en la controversia desde la cosmogonía mítica a la
racionalidad cosmológica.
El
cuerpo temático del libro se articula diferenciado en dos apartados que abarcan
los dieciséis capítulos en los que se despliega, para cada una de las
peripecias singulares, el relato, la experiencia que les da carácter y su
significación respecto de las mutaciones ideológicas durante el periodo:
“Décrire et aprivoiser l’ailleurs” y “Écrire pour exister et résister”.
“Describir y domesticar los confines”—aprivoiser,
domesticar; matizado: someter, amoldar— y “Escribir para existir y
caracterizar, para resistir”, decimos aquí, respectivamente.
La primera parte se inicia con un texto en el que el
autor se apresura a determinar los rasgos que integran el concepto de
alteridad. Para el viajero europeo del periodo, observa Carile, el hallado es
de nuevo el “otro”, el nuevo bárbaro. Aparece con los rasgos de un primitivismo
de los que puede derivarse y justificarse una
apreciación relativa, difusa,
interesada, de su condición humana —fue necesario para establecer esta la promulgación por el pontífice
Paulo III de la bula Sublimis Deus,
en 1537— que requiere y justifica la tutela moral sobre el indígena. Entre las
marcas con que el viajero lo distingue, el “otro”, es, in primis,
nómada. En la comunidad civilizada de partida este aspecto caracteriza a quienes no están plenamente integrados en la
misma y se mueven en los márgenes de la estructura social. Nomadismo es pues
una condición anterior a la que identifica al hombre político. El natural
es, además, hallado
desnudo y practica
la libertad sexual, de costumbres y el canibalismo.
Estas características darán pie, en ocasiones, a considerar infernal y “patria
del diablo” su habitat y, consecuentemente, a la necesidad de aplicar sobre su
modo de vida formas purgativas de prohibición y de castigo; paradójicamente, en
otras, a tomar la libertad del salvaje, y con ello la meta del viaje, como un
regreso al edén adánico, a la tierra de promisión sobre la que sembrar la
palabra que redime. Será esta apreciación la que, en el devenir de los
acontecimientos históricos, se abrirá paso hacia la Luces.
4. El placer de contar y el comercio de ideas

San Isidoro de Sevilla con mitra. Obra de Murillo.
El
viaje del texto continúa realizando estación en las islas. Recuerda Carile cómo los islarios representan un apartado propio
en la literatura de viajes
—y no olvida mencionar la importancia al respecto del hispano Isidoro
de Sevilla—. La isla es el lugar donde se cruzan los caminos del hombre y donde arraigan
sus relatos. Entre las
mismas, Sicilia es el ejemplo paradigmático del suelo vuelto palimpsesto para
la historia contada del Mediterráneo. El lector español hallará en la corte
normanda de los Hauteville al ceutí El Idrissi, a mediados del siglo XII,
afanado en la compilación monumental de cartografía que es el Libro de Roger
—Roger II—, expresión por excelencia de la razón de ser de esta tierra en el
mar como cruce de caminos. En todos estos escritos
“transitivos”, esto es, prácticos, Paolo Carile encuentra
a retazos —no contrariando,
sino ampliando el alcance de lo establecido por R. Barthes— el hálito de la
inspiración “intransitiva”, la connivencia en el placer del texto, y el uso
incipiente de estilemas que desde los mismos
incorpora el acervo literario. Los textos
pragmáticos —relaciones, inventarios, cartas comerciales— aparecen entreverados
o acompañados de digresiones sobre la naturaleza, las costumbres, el
comportamiento de los hallados o de quienes serán sus dueños en relación con
los mismos; evocaciones sobre la peripecia vivida o invocaciones y expresiones
de gratitud a la intervención de la Providencia.
Los
barcos derrotan entre los puertos de origen y destino repletos tanto de
mercancías como de esperanzados ideales. La carga de sedas y especias se
acompaña del criterio del mercader
humanista en un proceso que hará del mundo un mercado único. Pero junto al saber para
marear y tratar viaja también la mirada del burgués humanista para observar y
juzgar, bajo el criterio que le proporcionan los Studia humanitatis bajo el estímulo del encuentro de los que llegan
a las nuevas naciones con quienes son allí hallados. Y también la enfebrecida
misión de quienes, perseguidos por la práctica del protestantismo o inflamados
por su fe católica, anhelantes de la tierra prometida
o de la conversión del infiel confían
en que la utopía pueda poner
con ellos pie en tierra. Los barcos se
impulsan del motor de los vientos sobre el velamen, pero también, con
gran fuerza, por el despertar de los viejos mitos inveterados. Las Indias de Oriente
y de Occidente se vuelven El Paraíso, la Nueva Jerusalén, El Dorado para la
ensoñación esperanzada. Y, cuando llegue el primer desengaño y el choque del imaginario contra la misma
naturaleza moral del hombre, este aún buscará fondear sobre el Índico
idealizando la confianza en una tercera oportunidad para la utopía, un tercer
mundo tanto para quienes han quedado desplazados del primer reparto como para
quienes esperan encontrar en la Tierra Austral o en la imaginaria Lemuria —ya
en el siglo XIX— la tierra de promisión y de redención, Paolo Carile llama
nuestra atención hacia la figura de ese viajero culto, mercader o banquero, que
en el margen de las páginas de sus balances y conteos asienta con su criterio
la impronta de su individualidad y recupera para nosotros
de la sombra de la historia
un aspecto inédito en la extensión del concepto de Renacimiento.
Lo ilustran
el testimonio ante la Señoría
de Venecia del armador Pietro
Querini, náufrago en las heladas Lofoten en la costa noruega, en el
invierno de 1432. La reformulación por La Popelinière a finales del siglo XVI de la creencia en un continente austral y, contemporánea, la
peripecia real en el Pacífico de los navegantes ibéricos Álvaro de Mendaña y Pedro F. de
Quirós, convencidos de haber encontrado en buena ventura las
minas de oro de Salomón y la Austrialia —juego de composición léxica con la
dinastía reinante de los Austrias—; la travesía a bordo de los barcos
portugueses hacia la India por el nuevo paso de Buena
Esperanza de los banqueros florentinos Sassetti, Carletti y de otros varios
con ellos, dando continuidad a una tradición temática que, remontada a Marco
Polo, todavía pervive en el ámbito de la literatura italiana.
Marco Polo
El lector
no podrá evitar
recrearse compartiendo la voluptuosidad del relato de este
último al describir
la mesa de los placeres
en Goa, siempre
bien hallada por quien
la arriba y, en particular, por la visión de sus mujeres y la descripción del
ideal femenino. Hay en todo libro un episodio en el que el lector siente que el
autor se vuelve para hablarle. Carile
se detiene en la necesaria explicación del paradigma de la femineidad
renacentista que define surgida del cruce entre la tradición clásica y la
cristiana. De la primera resalta
la idealización de la blancura
en la estatuaria femenina y
evoca en ello el tropo de la aurora. El lector no puede sustraerse a
su memoria. El lector es ahora un niño que en la alborada del domingo despierta
a un tiempo no tiempo y oye cantar este dechado por las voces de los labradores
cofrades de esa misma Aurora, trasunto
para ellos de quien es sola entre las mujeres
para su devoción encendida: “Es María tan blanca
y tan pura, / no le quita pinta
ni la Concepción, / que por blanca que sea la luna / parece a sus
plantas un negro tizón”. Ese momento repetido por siglos ayuda al lector a
evocar con mayor fuerza la impronta, el afán del mercader florentino en la
India ibérica, contemporáneo en el tiempo
de los frailes predicadores dominicanos
de esa Aurora, por convencer a sus corresponsales lejanos
para que el arquetipo se abra a contrario sensu, a la razón de la mujer
bruna.
El primer puñado
temático finaliza con un capítulo
que da lugar, por una parte, a la celebración del fenómeno de la extensión
de la práctica de escritura durante el período analizado hasta calar en el medio burgués al que en la Edad Media le es ajeno, y
de su capacidad en sí misma, como medio
y como fin, para dar cuenta, al convertirse en costumbre y recurso
del viajero, de la progresiva amplitud de la civilización humanista. De algún
modo, representa la condensación del propósito del libro. Por otra, da suelta a
la mirada afectuosa con la que el autor sobrevuela la diáspora de los creyentes
a quienes la persecución católica puede privar de la tierra, pero no quebrar en
su fe. Los ojos de Jean de Léry, de Stadler, de Schmidl, calvinistas alemanes o
franceses extienden sobre los nuevos
desterrados la mirada misericordiosa de una nueva piedad cristiana sin renunciar a la convicción de su deber de redención para con ellos.
El atrevimiento del lector
roza aquí la impertinencia y se atreve a sentar
que este cierre lo es también
para dejar constancia íntima, en el elogio al valor de estos viajeros
hugonotes, de la admirada devoción, del homenaje del hijo a la vida intensa en
su fe y en su compromiso humano de otro Carile, su propio padre, pastor
metodista, ensayista, poeta, sometido a la vigilancia durante el fascismo en
Italia y detenido por los nazis, contra la amenaza de otra barbarie —véase, de
Sergio Carile, en edición de su propio hijo Paolo, Diario di guerra:
fiducioso nel nulla. Tra
Lunigiana e Garfagnana, attraverso la linea gotica, Aracne, Roma 2016—.
5. Los confines, utopía para la misión y para el
proscrito
“Écrire
pour exister et résister” es el título común para denominar el conjunto de los
ocho últimos capítulos del libro, en los que se aborda una casuística sobre la
experiencia de la escritura, relevante tanto desde el punto de vista filológico
como histórico, para aquilatar este aspecto fundamental de la cultura
humanística del periodo que es la extensión de la escritura: como fenómeno
social; como emulación y modo de devoción al texto bíblico; como expresión del
genio individual, del criterio propio y de la libertad
de credo, que emergen, desde la confusión
de la masa, en este periodo histórico; como herramienta
para la circulación de ideas. La Contrarreforma católica adquiere sentido en su oposición a esta práctica de la Iglesia
reformada que encierra en sí la manifestación del libre albedrío. Estos textos
poco frecuentados permiten a Carile
proyectar luz sobre la mentalidad de las gentes, el conocimiento de los
hechos, los comportamientos, las controversias y los conflictos que los
provocan y el peso de estos —fundamentalmente el causado por las guerras de
religión—, en la evolución y fragmentación de la cultura renacentista.
Dos
son los grandes obstáculos presentados por la historia ante estos escritores ocasionales, en su mayor parte hugonotes perseguidos por razón de su fe
en la Francia de los siglos XVI y XVII:
la condena a galeras y el exilio forzoso. Hacen uso de la escritura por motivos
diversos. Al hacerlo nos muestran una realidad y una perspectiva sobre la misma que la
historiografía habitualmente descuida y que para Carile suponen una vía de
acceso de particular interés al conocimiento del periodo histórico y un cuerpo
documental que permite
una aproximación a la expansión
social de la escritura, de los géneros de los que se hace uso y del
intercambio de registros y estilemas empleados con los propios de los textos
literarios que les son contemporáneos. Resistencia, en primer lugar, del
condenado a la pena de galeras, la de aquel para quien “amarrado al duro banco”
escribir es su último baluarte. La descripción de la miseria del galeoto la
toma Carile del romancero español. Entre otros testimonios, el de Matheo Briceño, poeta popular celebre, ciego de cordel, en la España de entresiglos XVI y XVII.
No es
el testimonio del condenado
que jamás fue, sino el reflejo, en la enumeración de desgracias que conforman
el castigo, del espanto de la
población ante la sola mención del mismo en la plaza pública.
De
la peripecia de vivir en galeras da también cuenta, en este caso propia, el
músico y poeta Aurelio Scetti. Cercano él mismo al entorno del Duque de
Florencia, ve conmutada su pena de muerte,
por el homicidio de su mujer,
por la de galeras por vida. Una cojera causada
en su huida le convierte en escribano de a bordo. Este hombre culto
practica desde este medio insólito
la escritura, en prosa
y verso, para implorar de la indulgencia de su amo, el gran duque, el remedio a
las miserias a las que se ve reducido, que describe, y la consideración del
valor de sus méritos en tal postración como participante en la ocasión de
Lepanto. Aun contando con la casualidad de valedores, no hay constancia de que
la obtuviera jamás. Sí del refugio para su desgracia hallado
en la escritura y, para nosotros, del vigor y extensión
en el espacio y en el tiempo de su empleo. Se cuenta en italiano con diversos
testimonios anónimos de las penas
que la vida en galeras
conlleva. Curioso también, por diferente, el del noble Luigi
Tansillo, poeta petrarquista, cercano al virrey Toledo en Nápoles, quien a
principio del XVI deja constancia de cómo la miseria a bordo, salvando las fundamentales circunstancias que le otorgan
la disposición de su libertad y de su estamento, alcanza
también el puente de mando.
Las
demás experiencias en relación con este castigo conforman en conjunto una summa
de las ofensas y de la crueldad o del anhelo de libertad soñado por quienes a
lo largo del periodo histórico que nos ocupa
sufren persecución por causa de la práctica
de su fe reformista en el marco de las guerras de religión y bajo el efecto
cambiante de los edictos de Nantes y Fontainebleau. Carile
hace notar para nosotros
la coincidencia frecuente entre la autoría
de estos textos y la condición de creyentes calvinistas de sus autores viajeros. La atribuye, en
primer lugar, a la importancia que se otorga a la escritura por parte de la
iglesia reformada. Luego, a la capacidad de recursos para relacionarse en la convivencia con el diferente al que están
habituados los protestantes en el seno de sus sociedades de origen. En
fin, a la empatía del transterrado forzoso, compatible con su misión
evangelizadora, para reconocer en otros la propia experiencia de quien padece
la tiranía.
El lector
quedará absorto en la aventura
forzosa que es la vida de estos,
en su mayoría, viajeros
obligados y perseguidos y recorrerá el mapamundi que dibuja sobre el trazo de los caminos recorridos
el fenómeno social de la escritura, aplicada por ellos al desarrollo de
formulas textuales y estilemas para nombrar estos nuevos contenidos y que desde
su contexto pragmático pasan al repertorio común de recursos literarios. Nos hallamos traídos
por el autor ante el catálogo de agravios que es durante los trece años de su
condena la vida de Jean Marteilhe, hugonote, quien en el trance mismo de cruzar
la frontera hacia la libertad es apresado en aplicación de las leyes de Luis
XIV. Libre al cabo en los Países Bajos y persuadido por sus correligionarios del interés de su testimonio toma la pluma
para describir las terribles
condiciones de su condena y la perseverancia en la que no ha cejado en su credo.
El
rastro de la escritura mueve ahora la aguja de marear, cuando están a punto de
finalizar las guerras de religión, a finales del siglo XVII, hacia las costas
de la Nueva Francia —hoy Canadá—, renovado en la metrópoli el interés en su
ocupación efectiva, libre la sociedad francesa al fin del lastre secular del
conflicto bélico.
Desde
aquel “desierto”, así por él denominado, escribe
el jesuita Pierre Biard, ajeno en su escritura a la atención
de cuanto no sea su propósito de misión en el que “el otro” es sólo en su consideración
el potencial acristianado. También el recoleto laico Sagard que se extasía,
“como un niño fascinado”, dice de él Carile, en la descripción de la maravilla
de la creación divina. Los exploradores Lescarbot y Champlain, en sendos
viajes. El primero, a la busca de un paso en el norte para el comercio con
China y que encuentra tiempo y espacio en el papel para describir con empatía el carácter del nativo y censurar el abuso sobre
el mismo.
Champlain,
centrado en la descripción, desnuda de ornamentos literarios, de las
características físicas y las potenciales condiciones de fertilidad de la
tierra en aras de su rendimiento productivo. Todas estas miradas que la
escritura recoge y el empleo mismo de ella son expresión de la formación
humanística que se expande progresivamente en el cuerpo social y de la propia
conciencia de individualidad y singularidad con que se percibe el hombre del
siglo. Comparten, empero, nos dice Carile, estas manifestaciones un denominador común:
son proyección de una mentalidad externa, expresión de un punto de vista plasmado en diversos modos de escritura
etnográfica.

Plano de la isla de Utopía. 1518. Sobre el grabado de Ambrosius Holbein.
No
será hasta avanzado el siglo XVIII y ya en el periodo prerromántico cuando la
descripción realista o idealizada de América adquirirá entidad propia. Como
expresión paradigmática de esta concepción reformista de la sociedad, se
suceden en este tiempo y en este ámbito cultural, un siglo después
de la obra de Tomás Moro,
una sucesión de “utopías”. A lo largo
del texto, Carile
nos ha ido mostrando la vitalidad
que adquieren durante el Renacimiento antiguos tópicos míticos o bíblicos
reunidos bajo el concepto común de “tierra de promisión”, “El Edén”, “La tierra
afortunada”, “El paraíso perdido”, “La nueva Jerusalén”, etc. La idea de un
reino de Dios en la tierra, en el que la convivencia se rige por las leyes divinas y la vida discurre apacible adquiere con el descubrimiento de nuevos confines
visos de verdad
desde la leyenda. Particularmente para aquellos
que, como ocurre con los hugonotes franceses, viven un extraordinario fervor
religioso bajo la férula de la persecución.
La
experiencia negativa de la colonización atlántica irá desplazando
a lo largo de la segunda mitad del XVI y en adelante la meta de la esperanza
hacia el Pacífico y el Índico a la busca del continente Austral. Las islas,
separadas de todo —de cuya relevancia emblemática el autor ha dado ya cuenta anteriormente—, representan por su
configuración física y simbólica el destino idóneo —no el único— para estas
comunidades errantes. Atribuida al editor reformado Thomas Portau, aparece en
1616, en Saumur, la Historia del gran y admirable reino de Antangil, en
el cual la monarquía es electa y revocable, el senado igualmente elegido, la
sociedad próspera en su conjunto, aun aceptando el principio jerárquico, y la tarea de gobernar ocupada en el bienestar de la
población. Se ubica en Java. Con los pies en Francia su autor la escribe
desde los confines
imaginarios del sueño donde la supone posible.
El
cartógrafo hugonote Guilaume Le Testu, por su parte, dibuja en 1556 su Cosmografía Universal iluminada y diez años después su Planisferio. En ellos
acoge el mito del continente Antártico, cuya idealización paradisíaca incluye
un clima tropical. El tópico se ha vuelto común, expandido por el relato oral
de los marinos portugueses.
El
Sr. de Laujardière es un joven de catorce años perteneciente a la pequeña
nobleza al que, como tantos de sus correligionarios, la publicación del edicto
de Fontainebleau empuja a la huida de Francia
para salvar su vida. Su viaje por la costa africana le lleva al país de los
hotentotes. Es preservado por estos, como único superviviente de la muerte de
la tripulación con la que ha viajado. Vivirá entre ellos durante más de un año
y dejará de esta estancia el testimonio de una aproximación etnográfica, avant
la lettre, a la comunidad tribal de la que ofrece
una visión amable y
respetuosa alejada del tópico generalizado entre los europeos
que reduce al “cafre”
a una condición inhumana.
El
marqués du Quesne que se ve apremiado a alejarse de la corte del rey Sol o a
convertirse al catolicismo representa en el terreno de la ideación utópica un
estadio de concreción práctica que se inspira remotamente en las experiencias
de Thevet y Léry, ya mencionadas. Du Quesne fija su mirada en La Reunión y, sin haber puesto jamás un pie en la isla, su Recopilación de algunas memorias que sirven
de instrucción para el establecimiento de la isla del Edén,
dado a conocer
en 1686, reviste la forma de una constitución en
la que se esfuerza por prever, desde el enfoque fraterno que caracteriza la fe de los reformados, los detalles que harán la organización
y la convivencia de los allí acogidos bajo la única condición, excluyente, de su fe. Se trata, al cabo, de recrear
El Edén, la Jerusalén en la tierra,
para acoger de nuevo a los
desterrados hijos de Eva. El proyecto no llegará a término.
Sin
embargo, será retomado por François Leguat, quien en 1690 junto a diez
correligionarios lo intenta primero en La Reunión. La isla es, sin embargo, un
paso hacia la navegación del Índico que Francia guarda con celo y donde ya hay
establecida una comunidad de agricultores católicos, por lo que el intento
se traslada a la isla
desierta de Rodrigues donde se agotará al cabo de poco tiempo. Leguat recurre a la erudición
de Maximilien Misson
para la redacción compartida de este Viaje de aventuras de F. Leguat y de sus
compañeros en dos islas desiertas de las Indias Orientales, de cuyo éxito
entre los lectores de su tiempo dan cuenta las cuatro ediciones realizadas. La
escritura compartida con sus correligionarios se vuelve ella misma patria para
el perseguido. Expulsado, como tantos de sus correligionarios de su Lyon natal,
este Maximilien Misson mencionado acompaña como tutor al hijo del conde de
Arran en el entonces casi trámite para
los jóvenes del estamento nobiliario
de realizar el Grand Tour
en Italia. La ocasión le permite la redacción de su Nuevo Viaje a Italia, muy leído en Europa, al igual que el de Leguat.
Italia aparece ante los
ojos del erudito reformista como un confín alejado del resto de Europa por la
Inquisición y su secuela de fanatismo y de superstición.
La Contrarreforma ha determinado una frontera ideológica remota sobre países contiguos, sin merma del patrimonio cultural
compartido. Avanzado el siglo XVIII,
otro hugonote, Charles De Brosses, en la estela trazada por Misson,
adoptará un similar punto de vista en sus Cartas
familiares.
La
escritura ocasional de estos viajeros a los nuevos confines, en una importante proporción cristianos reformados, nos deja
un último legado:
su inclusión en el cuerpo de la producción intelectual que en Europa preparan
desde la disidencia el Siglo de las Luces y su desempeño
como referentes para quienes, contemporáneos suyos, dentro de la esfera
del catolicismo se reconocen como “novatores” frente al rigor y la
superstición.
6. Corolario
El
lector español se congraciará con las frecuentes referencias a su tradición
cultural de las que son sólo una muestra las citas que en el encabezamiento de
diferentes capítulos se hace de autores españoles
para aludir a la cuestión
tratada — Machado, Cervantes, Manrique, Díaz del Castillo, Gracián —,
evidencia, una más, de la familiaridad de Paolo Carile
con la literatura hispana. El lector de cualquier origen se deleitará con la intriga que
despierta el seguimiento de estos
viajeros arriesgados en las penurias de lo intrépido. Su satisfacción será
mayor al recrearse en las numerosas reproducciones de pinturas y grabados de
época que ilustran el texto. El especialista podrá prolongar los caminos para
él abiertos por la obra en el cotejo de una rica bibliografía y de un aparato
crítico pleno de referencias y citas.
Muestrario
de una vía de expansión poco frecuentada del fenómeno de la escritura durante
el Renacimiento; reflejo de la ampliación incesante del alcance de los puntos
cardinales y de la percepción de las nuevas
gentes que el mundo contiene; testigo de las convulsiones de
un periodo de la historia y del alumbramiento de una sociedad urgida por una
nueva forma de entenderse a sí misma en la que el genio individual y la
libertad de criterio asoman con fuerza y se niegan a la abjuración de sus creencias, a costa de todo género de tribulaciones, físicas y morales;
Écritures de l’ailleurs es, sí, un libro de viajes; pero es mucho más
que eso. Su interés y el de la obra en su conjunto de Paolo Carile
merecen estar al alcance del lector en español y, con ello, la urgente subsanación de la
anomalía intelectual que supone su falta de disponibilidad para el mismo.
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Nota 1. Écritures de
l’ailleurs. Négociants, émigrés, missionnaires et galériens
[Escritos de otros lugares. Comerciantes, emigrantes, misioneros y galeotes], libro
de Paolo Carile (con prólogo de Marc Cheymol). Abarca desde la mitad del siglo
XIV a la mitad del XVIII, con testimonios y escritos de portugueses, españoles,
italianos y franceses. (Nota del Ed.).
Trinitario F. García Rodríguez. Nacido el 31
de mayo de 1955, en Catral (Alicante). Licenciado en Filología Hispánica por la
Universidad de Barcelona (1978). Ha sido profesor de Lengua y Literatura
Españolas en el IES "Azud de Alfeitamí" de Almoradí y en el Instituto
Español de Tánger (Marruecos). Miembro del consejo de redacción de Don
Guido. Cuadernos de literatura (Alicante, 1978-1981). Autor de los
poemarios El arca circunda Jericó (Bérgamo, 2017) y Salmaya (Roma,
en prensa), ambos en edición bilingüe español-italiano, a cuidado del
poeta-profesor y traductor Miguel Ángel Cuevas.
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Más
información editorial sobre el libro de Paolo Carile Écritures de l’ailleurs:
https://www.tabedizioni.it/shop/product/ecritures-de-l-ailleurs-20