Vasile Baghiu
Con este
dossier reiniciamos la navegación de Ágora y del blog, donde se avanzarán,
como es costumbre, las colaboraciones que se recogerán periódicamente (con
tendencia bimestral) en los números de la revista durante el curso 2026-2027.
Presentamos
en Ágora dos textos de Vasile Baghiu: un breve ensayo sobre el
quimerismo poético, acompañado de un poema, El extranjero, que dialoga
de manera directa con las ideas desarrolladas en la prosa bio-metapoética.
“He elegido este ensayo
y este poema (informa su autor) pensando que a los lectores españoles podría interesarles conocer
cómo la experiencia vital de un poeta del Este de Europa, en los últimos años
del comunismo, pudo estimular la creación de un territorio poético que no es
solamente literario, sino también existencial.
He incluido al comienzo
unas breves líneas de presentación pensadas como introducción editorial.”
EL QUIMERISMO POÉTICO Y EL EXTRANJERO: DOS TEXTOS DE VASILE
BAGHIU. DOSSIER DEDICADO AL ESCRITOR Y POETA RUMANO VASILE BAGHIU
1
EL
QUIMERISMO O LA POESÍA COMO IDENTIDAD ALTERNATIVA
Historia de una idea poética,
contada por su autor
El poeta y narrador rumano Vasile Baghiu, cuyos poemas
ya han sido publicados en las páginas de la revista Ágora,
formuló a finales de los años noventa el concepto de quimerismo poético,
a partir de una experiencia literaria y biográfica iniciada una década antes,
durante los últimos años del régimen comunista en Rumanía.
Siendo un joven
enfermero en un sanatorio para enfermos pulmonares y viviendo en un país donde
la libertad de movimiento estaba severamente limitada, Baghiu comenzó a imaginar en sus poemas una identidad
alternativa, Himerus Alter, capaz de viajar libremente por espacios
geográficos y épocas inaccesibles para el autor en la vida real. De esta
experiencia nació poco a poco una poética en la que la literatura ya no es solo
expresión de la vida vivida, sino también una posibilidad de ampliarla. El
viaje imaginario, la alteridad, la enfermedad, el aislamiento y la relación
entre la biografía real y la posible se convirtieron en elementos de la
concepción que el autor acabaría llamando quimerismo.
Vista hoy, esta idea nacida en un espacio cerrado de Europa
del Este adquiere una resonancia inesperadamente actual. La identidad móvil,
las existencias paralelas y el cruce de fronteras geográficas y culturales,
imaginados entonces como formas de libertad individual, entran en un diálogo
natural con la experiencia del mundo globalizado de nuestros días.
En el ensayo que publicamos a continuación, acompañado de un
poema ilustrativo, Vasile Baghiu reconstruye la historia de esta idea poética,
desde la necesidad de libertad y la aparición de Himerus Alter hasta el momento
en que los viajes imaginados en la poesía comenzaron a encontrarse, tras la
caída del comunismo, con la experiencia de la vida real.
El quimerismo o la poesía como identidad alternativa
La
necesidad de libertad
Me he preguntado a menudo por
qué la poesía llegó a ocupar un lugar tan importante en mi vida. Tampoco hoy
creo tener una respuesta definitiva. Pero puedo contar algunas experiencias
que, vistas en conjunto y desde la distancia de los años, me ayudan a comprender
por qué la escritura se convirtió para mí en algo más que una preocupación
literaria y cómo nació lo que, más tarde, acabaría llamando quimerismo
poético.
No empecé a escribir para
crear una teoría, ni imaginé que llegaría a formular un manifiesto. La teoría
vino mucho después. Al principio hubo una necesidad muy sencilla y, al mismo
tiempo, muy poderosa: la necesidad de libertad.
Era joven en un tiempo en que
la libertad misma estaba gravemente herida. En la Rumanía de los años ochenta,
la última década de la dictadura comunista, la posibilidad de viajar fuera del
país era casi inexistente para la mayoría de la gente. El mundo occidental que
descubría en los libros, en las revistas que llegaban con dificultad hasta
nosotros o escuchando emisoras de radio extranjeras parecía muy lejano. No era
solo una distancia geográfica. Era la sensación de que entre uno mismo y el mundo
existía una frontera que no se podía cruzar.
Para mí, esta situación tenía
un significado especial, porque desde la infancia la lectura había sido una
forma de viajar. Los libros me habían mostrado muy pronto que el mundo era
mucho más grande que el lugar en el que vivía. Me atraían las ciudades lejanas,
las personas de otros países, su manera de hablar y de organizar sus vidas, los
paisajes que nunca había visto. Cuando cerraba un libro, a veces tenía la
sensación de que regresaba de algún lugar. Aquel mundo no desaparecía con la
última página. Permanecía en mí y modificaba, casi imperceptiblemente, el mundo
inmediato.
Probablemente aquí se
encuentre una de las raíces lejanas del quimerismo. La lectura me había
proporcionado la experiencia de una primera identidad móvil. Podía permanecer
en el mismo lugar y, sin embargo, habitar durante unas horas otro mundo. Mi
propia vida parecía prolongarse en las vidas de las que leía.
Más tarde, esta disposición
iba a encontrarse con la realidad de un país cerrado. Y fue precisamente
entonces cuando la imaginación empezó a significar para mí algo más que
ensoñación o refugio.
Dos
círculos de aislamiento
Después de terminar el
instituto tomé una decisión que iba a influir decisivamente en mi poesía:
influido por lecturas centradas en la enfermedad, elegí trabajar como enfermero
en un sanatorio para enfermos pulmonares.
Mirando ahora hacia atrás, me
doy cuenta de que vivía dentro de dos círculos concéntricos de aislamiento. El
primero era el país. El segundo, dentro de él, era el sanatorio.
Allí, el aislamiento ya no
era solo político o geográfico. Era concreto, físico, existencial. Cuidaba a
enfermos de tuberculosis, algunos de ellos en estado grave, y entraba
diariamente en contacto con la fragilidad del cuerpo, con el sufrimiento y con
la muerte. El sanatorio tenía su propio ritmo, diferente del ritmo del mundo
exterior. A veces el tiempo parecía transcurrir más despacio.
Mis lecturas de aquella
época, sobre todo La montaña mágica, de Thomas Mann, intensificaban la
sensación de encontrarme en un espacio situado en la frontera entre dos mundos.
Solo que mi sanatorio no era el de Davos, y la Rumanía de los años ochenta no
era la Europa libre por la que podían circular los personajes de Thomas Mann.
Escribía un diario y poesía.
Intentaba utilizar la experiencia de la enfermedad y del sanatorio como una
forma de conocimiento. Pero sentía que no era suficiente. La poesía corría el
riesgo de quedar también encerrada en el mismo espacio en el que yo estaba
encerrado.
No me interesaba solamente
describir mejor lo que vivía. Quería, aunque todavía no sabía formularlo de
este modo, que la poesía me ofreciera lo que la vida no podía ofrecerme.
Y entonces se produjo un
cambio.
21 de
agosto de 1988
Puedo fechar el momento con
precisión. Era el 21 de agosto de 1988. Escuchaba una emisora de radio
italiana. No hubo ninguna revelación espectacular ni iluminación alguna en
sentido romántico. Recuerdo más bien una decisión tranquila, casi técnica. Me
dije que nada me impedía escribir desde la perspectiva de otro hombre. Un
hombre con una identidad diferente de la mía, que no viviera en un país
cerrado, que no necesitara la aprobación de nadie para cruzar una frontera y
que pudiera viajar adonde quisiera.
Era una idea asombrosamente
sencilla. Si yo no podía ir a Palermo, Roma, París, Madrid, Alejandría o Río de
Janeiro, ¿por qué no podía ir quien hablaba en mis poemas?
Empecé a escribir como si ya
estuviera allí. Este fue el momento cero del quimerismo poético, aunque el
nombre y la teoría llegarían más tarde.
Al contemplar hoy aquel
episodio, comprendo que no había descubierto solamente un procedimiento
literario. Había encontrado una forma individual de libertad en un tiempo sin
libertad. La poesía no podía abrir las fronteras de Rumanía ni cambiar el
régimen político. Pero podía suspender, en el espacio de la imaginación, el
poder que aquellas fronteras ejercían sobre mí.
Podía ser otro. Podía vivir
en otro lugar. Podía viajar. Podía construir una biografía que las
circunstancias históricas no me permitían.
El quimerismo nació, por
tanto, antes que cualquier teoría literaria, como una experiencia personal de
libertad en un tiempo en que la libertad estaba herida.
¿Quién
viajaba en mi lugar?
Los primeros poemas escritos
de este modo produjeron en mí una sensación que nunca antes había
experimentado. El espacio se dilataba.
La vida vivida entre las
paredes del sanatorio ya no estaba completamente encerrada. La poesía no solo
describía un estado, sino que producía un movimiento. Con ese movimiento
aparecía también un tiempo paralelo, en el que lo que no era posible en la existencia
concreta se hacía posible en la imaginación.
Al principio no me hice
demasiadas preguntas sobre la identidad de quien hablaba en aquellos poemas. No
tenía la sensación de estar inventando un personaje. Más bien tenía la
impresión de estar descubriendo otra posibilidad de ser. El hombre que viajaba por
los poemas no era diferente de mí. Seguía siendo yo, pero liberado de los
límites que mi vida de entonces me imponía. Poco a poco, esta identidad recibió
también un nombre: Himerus Alter.
Himerus Alter no era un
personaje en el sentido clásico ni tampoco un seudónimo. No debía ocultar la
identidad del autor ni ofrecerle una simple máscara literaria. Era una
identidad funcional, un instrumento para ampliar la biografía. Hoy formularía
la diferencia de manera muy sencilla: Himerus Alter no tenía que escribir en
mi lugar. Tenía que vivir en mi lugar.
Él podía ir adonde yo no
podía ir, podía vivir en ciudades que yo nunca había visto, podía atravesar
épocas, podía recibir y enviar cartas desde el extranjero, podía tener
recuerdos que mi biografía real no contenía.
Muy pronto, esta libertad
imaginaria dejó de ser únicamente geográfica. Himerus Alter podía viajar no
solo de un país a otro, sino también de una época a otra. La historia se
convertía también en un territorio accesible. En algunos poemas podía ser testigo
de acontecimientos ocurridos siglos antes, podía caminar junto a exploradores,
contemplar ciudades desaparecidas o tener recuerdos imposibles. No me
preocupaba la verosimilitud biográfica en el sentido habitual. Al contrario,
era precisamente esa imposibilidad lo que me interesaba: la posibilidad de que
la poesía ampliara una sola vida no solo más allá de las fronteras geográficas,
sino también más allá de los límites del tiempo que le había sido dado.
No inventaba solamente
lugares y situaciones. Intentaba inventar, a través de la poesía, una biografía
posible.
Vista desde la tradición
ibérica, esta experiencia puede recordar inevitablemente a Fernando Pessoa y su
extraordinaria construcción heteronímica. Pienso también en Antonio Machado, en
sus voces y personajes apócrifos y en su reflexión sobre el otro. Y, naturalmente,
desde otro espacio literario, en la fórmula de Rimbaud: Je est un autre.
No menciono estos nombres
para establecer una filiación. Himerus Alter nació de unas circunstancias
biográficas muy concretas y de una necesidad propia. Pero todas estas
experiencias poéticas se encuentran en un punto importante: la desconfianza
ante la suficiencia de un yo único.
Hay, sin embargo, una
diferencia que hoy me parece esencial. En mi caso, la alteridad no tenía como
función principal producir otra voz literaria. Lo que estaba en juego era la
biografía. El otro debía ampliar el territorio de la vida.
No quería solamente escribir
como otro. Quería, por medio de la poesía, poder ser también otro.
La
vida paralela
Durante un tiempo viví
intensamente este desdoblamiento. No lo percibía como un problema psicológico
ni buscaba justificaciones teóricas. Me interesaba saber si funcionaba. Y
funcionaba. Con cada poema, la vida imaginaria se hacía más rica y más coherente.
Sin darme cuenta, empezaba a vivir en dos mundos: la existencia cotidiana, con
el sanatorio, los pacientes, la ciudad y el país cerrado, y la existencia móvil
construida a través de la poesía.
Hoy podría decir que era una
especie de second life avant la lettre. A finales de los años ochenta,
esta expresión no existía en el sentido que adquiriría más tarde con internet.
No existían las redes sociales, los avatares, las comunidades virtuales ni las
identidades digitales. Para mí, la página era el medio en el que podía
construirse una vida paralela semejante.
Visto retrospectivamente,
este me parece uno de los aspectos más curiosos del quimerismo. Una idea nacida
en un espacio aislado de Europa del Este, de la imposibilidad de viajar y de la
necesidad de una libertad personal, acabaría encontrándose, décadas después,
con un mundo en el que la movilidad, las identidades múltiples, la comunicación
instantánea y la posibilidad de habitar simultáneamente varios espacios se han
convertido en experiencias casi cotidianas.
No quiero decir que el
quimerismo «predijera» internet o la globalización. Sería una afirmación
exagerada e innecesaria. Pero hay una ironía de la historia que no puedo dejar
de observar. Lo que en la Rumanía de 1988 podía parecer una fantasía compensatoria
—estar aquí y, en cierto sentido, en otro lugar; construirse una identidad
capaz de atravesar fronteras; habitar una biografía paralela— se ha convertido,
en el mundo actual, en una experiencia reconocible para millones de personas.
Himerus Alter era un
ciudadano del mundo en una época en la que yo no podía serlo.
Hoy, la idea de ser ciudadano
del mundo ya no contiene la misma dosis de imposibilidad.
De la
imaginación a la realidad
Hay otro aspecto del
quimerismo que solo comprendí más tarde.
En aquellos primeros años, el
mecanismo parecía bastante sencillo: la vida real alimentaba la poesía, y la
poesía construía una vida alternativa. La dirección parecía ir de la realidad
hacia la imaginación.
Pero, con el tiempo, observé
que el movimiento podía producirse también en sentido inverso.
La identidad imaginaria
empezaba a influir en la identidad real.
Si durante años escribes como
alguien que viaja, que entra en contacto con otros espacios y otras culturas,
que contempla el mundo con curiosidad y cierta disponibilidad para lo
desconocido, esta perspectiva acaba influyendo en tu manera de vivir.
No se trataba de convertirme
en Himerus Alter. Se trataba de permitir que algo de la libertad de aquella
identidad imaginaria pasara a mi propia vida.
Tras 1989, cuando las
fronteras se abrieron y viajar se hizo posible, ocurrió algo que todavía hoy me
parece significativo. Empecé a hacer en la realidad algunas de las cosas que
durante años había hecho en la imaginación.
Viajé. Viví durante períodos
más largos en otros países. Conocí a escritores de otros espacios culturales. Participé
en residencias literarias. La geografía imaginaria empezó a encontrarse con la
geografía real. No se superponían perfectamente. Tampoco habría tenido sentido
que lo hicieran. Pero entre ambas existía una continuidad.
La poesía había preparado una
disponibilidad para el mundo. Y el mundo empezaba a responder.
La
poesía que empieza a producir vida
Estamos acostumbrados a
pensar la literatura siguiendo un determinado orden: primero vivimos y después
escribimos sobre lo que hemos vivido. La experiencia del quimerismo me llevó a
descubrir que el camino también puede recorrerse en sentido inverso.
A veces la escritura precede
a la experiencia.
A veces la imaginación no
solo reelabora lo que nos ha ocurrido, sino que prepara lo que podríamos llegar
a ser.
Después de la caída del
régimen comunista, empecé a viajar. Al principio tímidamente, después cada vez
más. Más tarde, los encuentros literarios y las residencias de escritores me
llevaron por distintos países de Europa. El mundo que durante mucho tiempo
había existido sobre todo en los libros y en mis poemas adquirió consistencia
material. A veces tuve la extraña sensación de llegar a lugares en los que, en
cierto sentido, ya había estado. No porque los poemas los hubieran descrito
correctamente. Muchas veces no los habían descrito correctamente en absoluto.
Lo importante no era la precisión geográfica, sino el hecho de que aquellos
espacios se habían convertido mucho antes en parte de mi biografía imaginaria.
Los viajes reales no anulaban
los imaginarios. Los continuaban.
Poco a poco comprendí que la
poesía no había sido solamente un refugio. Había preparado una vida que,
finalmente, se había hecho posible. No lo digo en un sentido místico. La poesía
no predijo mi futuro ni hizo que las cosas sucedieran mediante un misterioso
poder de materialización. La explicación es probablemente más sencilla y,
precisamente por eso, más interesante.
Años de viajes imaginarios
habían entrenado mi deseo de mundo. Había construido en la poesía una identidad
para la que el desplazamiento, la curiosidad por otras culturas y la salida del
espacio familiar eran algo natural. Cuando las condiciones históricas cambiaron
y la libertad real se hizo posible, ya había en mí alguien preparado para hacer
uso de ella. En este sentido, la constante simulación de viajes en los poemas
acabó poniéndome en camino.
La vida empezó a seguir, sin
reproducirlo, un itinerario que la poesía había trazado antes.
La
poesía vivida y la poesía escrita
De aquí procede una
distinción que ha seguido siendo importante para mí: la que existe entre la
poesía escrita y la poesía vivida. No las veo como dos realidades separadas,
sino como dos caras de una misma experiencia.
La poesía vivida alimenta la
poesía escrita, pero también es posible el camino inverso: la poesía escrita
puede volver sobre la vida, modificando la atención, las elecciones y la
disponibilidad ante la experiencia. Puede contribuir, en última instancia, a la
formación de un determinado tipo de persona.
En el orden de la vida, la
poesía vivida me parece incluso más importante que la poesía escrita. No lo
digo en un sentido didáctico ni tampoco en el lenguaje, tan extendido hoy, del
«desarrollo personal». La literatura no es una receta para una vida mejor. Pero
sus instrumentos —la imaginación, la capacidad de cambiar de perspectiva, la
posibilidad de construir narraciones e identidades— pueden modificar la manera
en que una vida es percibida y, a veces, vivida.
Por eso, el quimerismo me
parece hoy más interesante como experiencia que como manifiesto literario.
Un
encuentro tardío con la psicología
Mucho más tarde, al acercarme
profesional e intelectualmente a la psicología, encontré ideas que me llevaron
a contemplar retrospectivamente la experiencia del quimerismo desde un ángulo
inesperado. La psicología y la terapia narrativa conceden una importancia
especial a las historias mediante las cuales las personas organizan su
experiencia y construyen su identidad. Tuve entonces una sensación de
reconocimiento. La experiencia poética había tenido lugar mucho antes de que yo
conociera este vocabulario; la psicología solo me ofrecía otra luz bajo la cual
podía contemplar lo que había sucedido.
Comprendí entonces mejor que
Himerus Alter no había sido solamente un artificio literario. Construirlo había
significado también construir otra historia sobre mí mismo. En la biografía
real era un joven enfermero en un sanatorio, en un país comunista, con
posibilidades muy limitadas de viajar.En la biografía alternativa era un hombre
que circulaba libremente por el mundo.
Con los años, la distancia
entre las dos historias se fue reduciendo.
Esta me parece hoy una de las
ideas más fértiles del quimerismo: la identidad no es solamente aquello en lo
que nos hemos convertido por las cosas que nos han sucedido; también puede
verse influida por las historias sobre aquello en lo que podríamos convertirnos.
La literatura ofrece un
espacio privilegiado para este tipo de experiencias.
Una
idea del Este en un mundo que se ha vuelto móvil
Hay para mí cierta ironía en
el hecho de que el quimerismo naciera en uno de los espacios menos móviles de
la Europa de entonces. Surgió en la periferia, en un país del Este, en un
sanatorio, en una época en la que las fronteras eran difíciles de cruzar. Y fue
precisamente allí donde imaginé una identidad para la que las fronteras
geográficas y, a veces, incluso las temporales dejaban de existir.
Varias décadas después, la
movilidad geográfica y la movilidad identitaria se han convertido en
experiencias habituales. Internet ha multiplicado la posibilidad de circular
entre espacios culturales y lingüísticos y de construir diferentes versiones de
nuestra propia presencia. Lo que para mí había sido en otro tiempo una solución
imaginaria ante la imposibilidad de viajar entra hoy en resonancia con
experiencias reconocibles para muchas personas.
Por supuesto, esta libertad
tiene sus propias ilusiones y contradicciones. Una identidad alternativa puede
liberar, pero también puede falsear. La movilidad puede ampliar el mundo, pero
no garantiza la profundidad de la experiencia. Lo exótico puede consumirse hoy
mucho más deprisa que en la época en que yo lo buscaba en las páginas de una
revista Geo.
Precisamente por eso, la
vieja lección del sanatorio sigue siendo válida para mí. Por muy lejos que
viaje la identidad, necesita un punto de contacto con lo real.
El quimerismo no significó,
en definitiva, huir de la vida. Si se hubiera limitado a eso, probablemente lo
habría abandonado. Lo que lo hizo importante para mí fue precisamente su
retorno a la vida. La imaginación abría el mundo y la realidad ponía siempre a
prueba su consistencia.
Otra
posibilidad de ser
Cuando formulé, a finales de
los años noventa, los primeros textos programáticos sobre el quimerismo, me
preocupaban, como a muchos poetas jóvenes, los manifiestos, las delimitaciones
y las fórmulas literarias. Intentaba organizar lo que había sucedido intuitivamente
y encontrarle un lugar en el panorama de la poesía rumana.
Hoy esta parte me interesa
menos. Más de tres décadas después de aquel día de agosto de 1988, el
quimerismo se me presenta más bien como una poética de la existencia.
Su idea fundamental podría
formularse de manera muy sencilla: intentar vivir la vida a través de la
poesía, y no solamente transformar la vida en poesía.
No creo que la literatura
deba ofrecernos una existencia sustitutiva en la que escondernos de la
realidad. Al contrario, la imaginación me parece fértil cuando nos devuelve a
la realidad con una percepción más amplia de sus posibilidades. La vida alternativa
no tiene por qué significar una huida. Puede significar una posibilidad.
Un joven que se encontraba en
un sanatorio de la Rumanía de 1988, en un país del que no podía salir
libremente, imaginó que era otro. Le dio a ese otro la libertad que él no
tenía. Lo envió por ciudades y países que no había visto, le inventó viajes,
equipajes, regresos y recuerdos. De este modo, la poesía no cambió el mundo en
el que yo vivía. Cambió el mundo en el que podía vivir.
Más tarde, cuando las
circunstancias históricas lo permitieron, una parte de aquel mundo posible
empezó a entrar en la vida real.
Quizá sea esto lo que más me
interesa hoy de mi antigua invención poética. No los manifiestos, ni la
etiqueta literaria, ni tampoco su eventual posición en una historia de la
poesía, sino esta capacidad de la imaginación para intervenir discretamente en una
biografía.
La poesía puede hacer algo
más que expresar lo que nos ha sucedido. Puede construir experiencias posibles.
Puede inventar perspectivas desde las que contemplar nuestra vida. Puede crear
un espacio de libertad antes de que la libertad exista en el exterior. Y puede
construir, poco a poco, una identidad que no sustituye a la real, sino que la
completa, la amplía y, a veces, llega a transformarla.
Esta fue, al menos, mi
experiencia. Si hoy tuviera que decir, sin el vocabulario de los manifiestos de
otros tiempos, qué fue para mí el quimerismo poético, diría simplemente esto: el
intento de ampliar, por medio de la poesía, la biografía que me fue dada y de
hacer sitio, dentro de una sola vida, a otra posibilidad de ser.
2
EL EXTRANJERO
Pertenezco a este mundo que me empuja hacia los márgenes,
que me protege y me agrede a la
vez,
mientras intento reprimir mi furia,
mi indignación y mi horror
ante el oscurantismo devastador.
En Canarias añadí velas cuadras a
la esbelta Niña, en Las Palmas,
y escuché a Bartolomé Tores
confesar su crimen,
de cuya condena a muerte había
escapado embarcándose.
Vi cómo quedaba atrás el monasterio
de La Rábida,
como una señal de Dios,
con la tristeza matinal de aquella
partida
envenenada por la desconfianza.
Vi calles imposibles de cruzar,
con un flujo continuo de
automóviles pasando
bajo mi mirada resignada.
Extranjero, me hirieron los
contrastes,
y lamenté la debilidad que nos hace
quedarnos atrás,
que nos arroja al torbellino del
abandono,
tanto al pie de la Acrópolis,
entre pequeñas casas, suburbio
universal,
como en Veliko Tárnovo,
bajando junto a panaderías de las
que
el calor llegaba hasta la acera,
tanto en la vieja Europa como en el
viejo Japón,
como también en la igualmente vieja
América,
rejuvenecida desde Colón con la
vejez de la vieja Europa,
con el modernismo al que tanta
importancia se da.
Me encogí de frío bajo la túnica de
lana con capucha
y escuché el chapoteo y el oleaje,
mirando nuestros pies
descalzos, tendidos
sobre la cubierta recién lavada,
y respiré el alisio.
Ahora ya no esperamos nada de la
imagen de la ventana
que da al patio interior lleno de
cajas,
ya no esperamos el temerario avance
a través del tiempo,
tropezando en las escaleras con los
niños que lloran siempre,
eternamente abandonados, de nadie.
Intento comprender la miseria en la
que, sin reconocerlo,
dominados por un orgullo estúpido,
nos complacemos, abandonados.
También yo vi la niebla y las
gaviotas, una ballena, pelícanos,
y un palo con incrustaciones, que
nos reanimaron.
Y aquella noche de luna grité de
alegría
al oír a Juan Rodríguez: «¡Lumbre!
¡Tierra!».
Este refugio, la inquietud, la
tierna vacilación
ante las puertas de hierro,
preguntándote si conviene llamar, y
llamando sin embargo,
pulsando tres veces, esperando que
venga el criado,
que se ocupaba también de los
garajes.
De nuevo lloré, aunque sabía que un
hombre llorando
ofrece, sin embargo, una imagen
degradante.
He vivido siguiendo una línea
de la que intenté con todas mis
fuerzas
desviarme, pero mañana,
mañana estaré, espero, fuera de
toda discusión.
Me maravillé con Díaz del Castillo
ante el tamaño de las bandejas de
oro que nos mostraron los aztecas,
y ante los mosaicos de plumas.
Extranjero, me reencontré en días
fastos,
perdiéndome después durante largos
años
en una lucha absurda,
que algunos, amables, llamaban
resistencia.
He visto calles llenas de hojas
y calles que máquinas especiales
lavan con detergente,
pobres calles, como algunas
personas,
como esta multitud hambrienta,
calles en las que te pierdes y por
las que te gusta pasear,
por donde se oye siempre la sirena
de una ambulancia,
eternamente perdido, con los
pensamientos enredados por los anuncios
y por toda la agitación que no
comprendo.
Creo que también vosotros oís en el
corazón este sonido
de campana bajo el agua, la dulzura
de un recuerdo
que siempre huye,
como una ardilla que una vez comió
de tu mano,
en el sanatorio, en el parque con
la fuente.
Y después de todo esto, bastante
solo ahora,
con el recuerdo de los teocallis
humeantes.
Es tonificante la manera
ceremoniosa en que se te abre la puerta
que da a las luces del baile,
acostumbrado a mujeres
a las que solo la nostalgia
conserva distinguidas,
como a reinas aztecas.
Creo que también vosotros sentís el
anochecer en vuestros corazones,
pero no puedo resistirme al
deslizamiento,
aferrándome a raíces y matas de
hierba,
a piedras angulosas que me hieren
dolorosamente,
como en un sueño, como en un libro
cuyo autor es un cínico sin alma y
sin piedad.
Soy uno de los afortunados
supervivientes
de aquella «Noche Triste»,
vi a Cortés llorando
con la frente apoyada en un árbol,
y siento, cuando respiro más
profundamente,
una especie de desfallecimiento
que me derriba sobre la acera
mojada después de la lluvia,
donde el grupo de curiosos me
molesta,
el grupo de mujeres que me dan
bofetadas, intentando
una especie de reanimación brutal,
en una ciudad desconocida
de un país extranjero cuya lengua
no conozco.
Fui testigo cuando el Inca arrojó
la Biblia ofrecida
por el padre Valverde, bajo un
cielo despejado
que cualquiera, desde cualquier
siglo, ha podido contemplar.
Desde entonces parece derrumbarse
de verdad un muro
al que una vez nos arrimamos,
ateridos de frío, como a una estufa
encendida
en la sala de espera de un apeadero
solitario
rodeado de álamos plateados
que podían verse desde lejos.
Todas las cosas están revueltas y
trastocadas
como después de un registro brutal,
es también vuestra pura imaginación
la que os mantiene sonrientes
y ávidos de fiestas en las que
olvidar.
Pero siempre hay alguien que
espera,
y el tiempo es cínico, y los barcos
suntuosos parten,
dejándonos soñadores en el muelle
mojado.
He visto calles con la pintura de
las marcas borrada
por los pasos de la multitud,
multitud que a veces parece detenerse,
para escuchar alguna señal, algún
badajo
con un sonido extraño y nuevo,
como el que oyes en una ciudad a la
que llegas por primera vez,
en Peks o en Ruse, o incluso en el
frío y coqueto Lund,
adonde me lleva el pensamiento,
intentando
ir más allá de una geografía
familiar.
He recorrido este mundo nuestro
y no hay nada extraño en la
atemporalidad de mi actitud,
porque, de algún modo, todos estos
tiempos me pertenecen,
y podría jurar que estuve allí y
allí y más allá,
y podría dar testimonio del grito
de dolor
de Ferdinand de Soto, a orillas del
Mississippi,
antes de su muerte desconsolada.
Extranjero, me encontré enfermo,
con tantas deudas encima,
con el insidioso chismorreo de los
rincones tibios,
donde hierve el café de rigor.
¡Qué lujo y qué placer escribir dos
versos enclenques
bajo estrellas milenarias!
Alegría fugaz de estos enfermos
que se quedaron fumando en los
retretes donde
el fuerte olor de la orina te hace
llorar.
Clavé clavos en las tablas del
fuerte de Québec,
y pasé allí el invierno en tierra
desierta,
en la isla del río James
donde ahora bulle la ciudad de
Jamestown,
en la que vosotros leéis los
periódicos en el parque,
vigilando a los niños ruidosos.
También yo oí con horror los gritos
de los indios
que bajaban desde los Allegheny,
sus flechas me alcanzaron también a
mí, el de la frontera.
¿Qué buscaba entonces?
Ni siquiera hoy conozco mi razón de
ser en las calles de una ciudad
de provincias de Rumanía.
Pertenezco a este mundo policromo,
a la oscuridad senil,
a esta agitación que endulza
nuestra convalecencia,
por la diversidad,
por el pasado que nos lleva
con la indiferencia que nos
consuela de la muerte.
Del libro Gustul înstrăinării (El sabor del
extrañamiento), escrito entre finales
de los años ochenta y comienzos de los noventa y publicado en 1994.
Versiones españolas del ensayo y del poema realizadas y revisadas por el autor con asistencia de inteligencia artificial.
Vasile Baghiu (nacido en Borlești, Rumanía, en 1965) es poeta, narrador y ensayista. Autor de
varios libros de poesía, novelas, libros de relatos y ensayo. Parte de su obra
ha aparecido traducida en revistas y publicaciones literarias internacionales
como Acumen, Serta, Asymptote, Magma
Poetry, The AALITRA Review y Cordite
Poetry Review, así como en antologías publicadas en varios países.
Ha participado en programas y residencias literarias en Alemania, Austria,
Suiza y el Reino Unido. Es autor del concepto de quimerismo
poético, formulado a finales de los años noventa y desarrollado
posteriormente en poemas, manifiestos y ensayos. Sus poemas en versión española
han sido publicados recientemente también en la revista Ágora.
(N. 40. Verano 2026). Véase también en blog de Ágora:
https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/07/seis-poemas-de-vasile-baghiu-con.html