SENDAS DE INVIERNO, DE FULGENCIO MARTÍNEZ: EL LUGAR DE LO ADIVINADO
Por
Javier Puig
Vaya por delante que Sendas de invierno (Ars
poética, 2025), de Fulgencio Martínez, me parece un excelente poemario,
pleno de verdad, de versos contenidos y a la vez intensos, que denotan un
impulso que nace a través de una autenticidad insobornable. Pero, de momento, permítanme
−sobre todo tú, autor− que me detenga a reflexionar sobre una particularidad de
este libro, y es la de que en sus páginas se incluye la información de algunas
de las correcciones que sugirió la poeta albaceteña Dionisia García; aquellas
que el autor aceptó, porque, de entre las numerosas indicaciones señaladas en
la devolución del manuscrito que le enviara, solo consta una escasa docena de
asunciones.
En primer lugar, me rindo ante la nobleza de este gesto,
ante la honestidad aplicada a una decisión que podría haber sido secretamente
descartada. En un prefacio titulado “Justificación y agradecimientos”, el autor
expresa su agradecimiento a Dionisia, pero, a la vez, dice sentirse agobiado:
“Pero acepté el revolcón, la autodisciplina crítica, en verdad a veces
“insufrible”, pues Dionisia García no dejaba títere en escena casi en ninguno
de mis poemas. No había verso, a veces, que quedara sano; incluso aquellos
escudados en el ritmo del poema y que creía yo intocables”.
De un revolcón así se puede derivar una rebelión de ese
“ego quimérico” que, como dice el autor “hay que dejar de lado”. Quizá
fuera esa su primera reacción, que yo comprendería perfectamente porque la he
sentido crecer en mí algunas veces, pero la segunda fue la de analizar cada
anotación, y dilucidar la conveniencia de su aceptación o rechazo, averiguando
“dónde y por qué discrepaba yo de ella, aun reconociéndole la sentencia o el
paso mejorado por su estilo”.
Cada una de las pocas correcciones que se han consolidado −entre
otras, una muy importante, la del título del libro− está explicada con una nota
a pie de página. Es curioso como ahí Fulgencio Martínez se refiere a sí mismo
en tercera persona, y se nombra como “el autor” o “el primer autor”. Pero, en una de ellas nos dice, ya de
forma más directa: “Es decir, se metió en mi mente y sacó exactamente los
versos que quería decir”. O sea, que Dionisia actuó como un ángel mejorador del
trabajo de Fulgencio, o como una maestra que no discute el sentimiento o la
reflexión de su alumno, pero amplía la exactitud y el alcance de su expresión,
la eleva en ese proceso de arduo perfeccionamiento que es la buena poesía, la
que sabe expresar cada sutileza con las palabras más precisas y bellamente alcanzadas.
De todos modos, en uno de los poemas el autor confiesa: “Mantuve,
empecinadamente, algunos errores míos”. Y es que, a veces, también se puede
dudar. Se puede creer que la perfección −siempre, en mayor o menor medida,
supuesta− pudiera desvirtuar lo auténtico, aquello que se manifiesta en una
espontaneidad necesitada de una cuidadosa actuación, como si se fuera a
restaurar una idea previa que se adivina en la iluminación de las palabras que
con más fuerza han brotado de la médula.
Cuando he leído una edición de la poesía completa de un
autor, en la que se recogían las variantes ya definitivas −o tal vez aún no−
sobre la publicación original, siempre me han sorprendido algunas decisiones, a
veces por la irrelevancia de la que me parecía caprichosa o neurótica corrección
y otras porque la nueva palabra asignada al verso podía incluso variar
radicalmente el sentido. Y entonces, me he preguntado: ¿quién domina a quién?
¿El poeta al lenguaje o viceversa?
Hace bien Fulgencio Martínez al rechazar la mayor parte de
las sugerencias de la insigne poeta, y no por desautorizarla en sus sabios
consejos, sino por comprender que la obra poética ha de ser personal y su mejor
resultado es el genuino, el alcanzado con un esfuerzo perfeccionador nacido del
mismo impulso original, con las limitaciones que son inherentes a cualquier personalidad
creativa y que son parte de su individual y valiosa salsa. Las variantes
aceptables serían, en definitiva, aquellas que se anticipan a las que
hubiéramos alcanzado en una prolongación de nuestro trabajo, en un estado de
mayor apertura y lucidez. Las otras pueden ser hermosas y plausibles
traducciones, pero no la crecida permanencia del arranque primigenio. Pero lo
que nos importa es la expresión personal, esa prueba de la unicidad del ser
humano inmersa en un universo en el que poder reconocernos a través de la
pulsación de lo común.
El resultado de esa selectiva simbiosis es un poemario que logra
plasmar una armonía intensa, una incierta serenidad que se apoya en una mirada
apasionada, en el convencimiento de un fulgor que redime y a la vez alerta
sobre el poder de lo inmenso.
Fulgencio Martínez emprende el camino de sus versos sobre
las sendas del Moncayo. Se mueve por ellas a través de unos parajes que lo
encierran en una luminosidad que denota cada trazo de una naturaleza varia a la
que se unen las construcciones antiguas, aquellas que nos hablan de tiempos acabados,
en los que poder indagar una humana conexión esencial, o una imagen aún
candente. Como en “Numancia en invierno”: “Pero, a veces, los poros del tiempo
/ dejan que veamos un campo pleno de tragedia / donde los relámpagos muerden la
muralla, sepultada, / y una rosa crepuscular crece sobre el frío / paisaje, que
emociona, / hasta el delirio, a un hijo de Hispania”.
“Vencedor sobre los días” es un extraordinario poema que se
escribe a partir de un “poema profano escrito en árabe clásico, en el siglo XV,
decorando la mezquita de Tórtoles”. Nos transmite la exaltación de una época −ya
pasada− de personal felicidad: “Cuando la noche era serena, el amor puro para
mí y el corazón feliz”. Fulgencio Martínez establece una esencial fraternidad
emocionada con aquel hombre desconocido que se empeñó en dejar constancia de
“cuando era vencedor sobre los días”. “Intento encontrar en el vacío / un
rostro, para ponerlo / a un nombre que ignoro”, es el inicio del poema, cuya
segunda parte refiere una excursión a Tórtoles. ¿Para qué?: “… Solo / por beber
los vientos que tú bebiste, / solo por ver el cielo que te vio”. Pero el más
hondo afán es este: “Camino en realidad / para alejarme y encontrarme, busco /
lo mismo que tú, / lo mismo que todos”.
En “El azar me llevó al Moncayo”, nos encontramos con una mención
al lector que somos. Ahí nos sentimos mirados, aunque solo se nos pueda
adivinar. Somos ese receptor de los versos, ese ser tan desconocido, tan
imprevisto, como deseado: “Lector, / no te pongo cara, ni sexo, / ni edad; creo
que existes / porque de todo ha de haber / en los infinitos cursos / del agua”.
“De todo ha de haber” es el reconocimiento de lo diverso, de la inagotable singularidad
de cada miembro de la especie humana, a la vez que un deseo y una esperanza de
correspondencia, de complicidad, de apoyo, de alegría compartida o de consuelo:
“Donde quiera que estés, / como quiera que te llames, / sabe que, por un
momento, / compartimos tú y yo / el mismo universo / simultáneo y cíclico, / la
misma baraja de bendiciones / y de malas cartas”.
En Sendas de invierno, Fulgencio Martínez se somete
a la naturaleza y a las huellas del pasado humano, situándose en la
sobrecogedora transparencia de un enclave frágil, en la intemperie de esos
vientos que parecen traer y llevar cada hilo que contribuye a la grandeza de la
existencia, de ese tiempo y ese espacio que nos precede y nos supera: “Nada sé:
nadie sabe. Vivimos solo / en cierta página de un libro / quizá infinito”.

Javier Puig. Fuente: Entreletras
Javier Puig (Barcelona, 1958). Poeta, narrador y
crítico literario y cultural. Ejerce su magisterio literario desde Alicante, y
Orihuela en concreto. Detrás tiene una obra poética ya considerable, y un
amplio trabajo de curiosidad y comentario de la actualidad cultural que se ha
concretado en más de quinientos artículos sobre literatura pero también sobre
cine. Es colaborador del periódico digital Mundiario. Ha
publicado, en poesía, recientemente el poemario En la espesura de lo
invisible (ed. Ars poetica, Oviedo, 2026), y con anterioridad, Estancias
en la finitud (2020, Elche, Frutos del Tiempo) y En la
mirada (2023, Ars poetica). Además, publicó en 2025 un libro de
relatos (La cercanía de los extraños, 2025, Frutos del Tiempo).
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Más información sobre Sendas de invierno, en editorial Ars poetica:
https://www.arspoetica.es/libro/sendas-de-invierno_166300/