Hermana
de la Caridad
RELATO DE ALMA PAGÈS
En mis
tribulaciones soy causa de mi ruina,
como la
mariposa que ama el fuego y se quema.
Ben Sahl
de Sevilla
¡Mea culpa! ¡Mea culpa!
¡Mea maxima culpa! Sin despertarse del todo, la hermana María de la Soledad
detiene los golpes de pecho. La voz de su confesor le atruena el cerebro:
Hermana, ¡Dios la ha perdonado! Si no lo acepta, ¡pecará de soberbia!
¡Dios me ha perdonado! Repiten sus
labios. ¡Dios me ha perdonado! Siente como se le relaja el cuerpo y la
respiración se sosiega. La sombra de una sonrisa le ilumina el rostro. Y en ese
duermevela regresa al jardín. Aún es la niña Reyes. Insomne en su lecho
infantil, deja que el aroma a azahar le impregne la piel. La brisa nocturna
juega con la inquietud que la sacude. Al fin, el sueño la atrapa.
Le cuesta despertarse. Debe de ser
tarde. El temor a que su madre la encuentre en la cama la hace levantarse y
arreglarse a toda prisa.
Baja a la cocina. Justa está batiendo
la yema de un huevo con azúcar, la añade al café con leche y le planta el tazón
delante con un: ¡Enterito te lo tomas, niña! Reyes toma un mojicón que moja,
desganada. Está bueno, piensa y sin pensarlo, se come dos más. Justa la observa
con cariño. Cuando Reyes termina, le levanta la barbilla y le canturrea: ¡Ay mi
niña! ¡Mi niña, que mocita va a ser!
¿Mocita? ¡Real hembra será! La voz
aguardentosa del hombre hace que Reyes se encoja. Desde pequeña le tiene miedo.
El hombre continúa: Ha estáo buena la cosa. La señora quería dar limosnas y en
la catedral no había ni un pobre. Va y me pregunta, Satur, ¿dónde están los
pobres? Y yo le digo, señora, arrecogíos en el corral, papando moscas. Se pasa
el pulgar por la garganta, en gesto rápido, macabro y estalla en una carcajada
siniestra. Guerra a sexo y fuego, remacha, soez.
Reyes escapa. En la salita de arriba
se escuchan las voces de su madre, de su hermana, de la modista. Discuten, como
siempre. Una boda es algo muy complicado y la de Merchita va a ser sonada. La voz de su madre resuena en el patio:
¡María de los Reyes! ¡Sube a probarte!. Obedece. La modista trastea la tela,
escudriña el cuerpo ya no tan infantil. Doña Eugenia, la niña está creciendo,
deja caer con respeto. ¡Tonterías!, sentencia la madre. Y luego a su otra hija:
María de las Mercedes, date prisa que vamos a llegar tarde.
A Reyes se le hace raro
que su hermano venga de la guerra, herido –aunque no grave,
¡gracias a Dios!–, en el hospital de campaña donde se
estrenaba como oficial médico. Recuerda, confusamente que, hace un tiempo, su
madre decidió que ni ella ni sus hijas saldrían de casa. Justa y Satur traían
víveres y noticias que a ella no le dejaban oír. Su hermano desapareció y todos
los días el rosario se rezaba para que Dios lo protegiera. Todo cambió cuando
se produjo el glorioso alzamiento y empezó la guerra. Tras unos días extraños,
la ciudad floreció, curas y militares tomaron las calles, en la catedral se saludaba
brazo en alto. Ellas volvieron a salir. Su hermana se prometió, se casará en la
catedral. Y ahora regresa Alfonso María.
Su madre vuelve a sonreír, orgullosa.
En la estación, la gente se arremolina
esperando la llegada del tren. Cuando su hermano aparece, alto, delgado, una
manga de la guerrera aún abultada por el vendaje, el sol se recrea en el color
oro viejo de su pelo, en la luz traviesa de sus ojos azules. Baja al andén
entre aplausos y gritos de ¡Arriba España! Su madre se esponja, discretamente,
en su luto de viuda. Recibe a su hijo con lágrimas en los ojos. Merchita y ella
esperan impacientes para fundirse en un abrazo con el héroe.
Reyes se refugia en el estudio. Faltan
dos días para la boda, la casa está patas arriba y a ella solo le apetece
esconderse en un rincón tranquilo. Se siente rara, como si su cuerpo esperara
algo y eso la desazona.
La entrada de la novia del brazo de su
hermano, seguida por Reyes llevando las arras, quedará en la memoria de la
ciudad. Tan jóvenes, tan bellos, tan rubios. ¡Ángeles del cielo!, grita una
señora, emocionada. Estalla una ovación.
Cuando Fonsi la saca a bailar, Reyes
se ruboriza. Estás preciosa, hermanita. Toda una mujer. Y sus ojos azules
brillan con una luz desconocida que la sacude e intimida.
Merchita regresó eufórica de su viaje
de boda, encantada de Roma, de la audiencia que les había concedido Pío XI. La
casa es un bullir de visitas; se reza el santo rosario, se dan meriendas, se
comentan noticias de la guerra que continua su marcha lejos de la ciudad, casi
como si no pasara en España.
Reyes se hizo mujer poco antes de
cumplir los catorce años. Justa le recitó la lista de prohibiciones para “esos
días”: no lavarse la cabeza, no lavarse los pies, no tocar las flores, no
hacer mahonesa y las generales para el resto de su vida: vestir decentemente,
no provocar, hablar solo si te preguntan, sonreír siempre. Y cuidado, mucho
cuidado, los hombres sólo buscan una cosa y eso ¡nunca! Hasta el día de la
boda. Reyes añora la niñez. Ser una señorita se le antoja algo asfixiante.
Luego, por sorpresa, la muerte de su
madre. El dolor, el desconcierto, el luto. Sólo sale de casa, acompañada de
Justa, para ir a misa. Luego, juega en el jardín, con sus muñecas, salta a la
comba, lee los libros que le escoge su hermano. Por las tardes borda o dibuja
hasta la hora del rosario. Por fin, llega Fonsi. Durante la cena, su hermano le
cuenta chascarrillos y sucedidos del hospital, con sus ojos de un azul casi
transparente clavados en los de ella, felinos. Ella se deja caer en esa mirada,
hechizada, rendida, confusa. ¡Es su héroe! El tiempo, entonces, pasa volando.
El olor del azahar reina en la noche,
le impregna la piel, el cabello, sumiéndola en una ensoñación inquietante que
la atrae tanto como la asusta.
Por eso, cuando la voz apasionada de
su hermano le susurra al oído palabras que no logra entender, cuando sus manos
ardientes parecen rasgarle la piel y su cuerpo felino se posesiona de ella,
Reyes se niega a despertar. Es un mal sueño, se dice, es un mal sueño.
Pasan los días. Pasan las noches.
Justa se preocupa: Señorito Alfonso, la niña está rara, casi no come, está como
alelá. La réplica es tajante: No te preocupes, Justa. Es cosa de la
edad. Satur, que escucha desde el jardín, lía calmoso un poco de picadura, se
relame con gesto obsceno y murmura: ¡pero qué jodío!
El mal sueño parecía no tener fin.
Hasta que su hermano se presenta a media tarde en la salita donde ella esta
leyendo. Taladrándola con sus ojos azules, heladores, más que decir aúlla: Me
ha dicho Justa que vomitas por las mañanas. Reyes asiente. Vamos a tu
habitación, brama. Después de reconocerla, Fonsi la mira, tan furioso que ella
se encoge aterrada. Con voz metálica, inhumana, le espeta: Estás embarazada. Y
con ojos sombríos añade: Tiene solución. Si haces lo que te digo sin preguntas
estúpidas, tiene solución.
Llegaron al hospital de noche. Una
peritonitis. Yo me encargo, grita su hermano a la monja que, asustada, sale del
quirófano. Hace que Reyes se desnude y se tumbe en la camilla. Será rápido, le
susurra casi amenazador. Le aplica cloroformo. Reyes va cayendo en un agujero
negro. Al abrir los ojos la angustia la envuelve como un sudario. Y esa
sensación de vacío en el vientre.
Ha llorado mucho. Ha rezado mucho. Se
ha confesado sin asincerarse. Sabe que Jesús la comprende, que Él sabe y la
perdona.
Su hermano recibe su decisión de
entrar en religión con gran frialdad. Le clava una mirada furiosa y asustada.
Su voz atruena, tajante: Sí, es lo más conveniente. Has de expiar tu culpa.
La hermana María de la Soledad se
levanta, se arrodilla sobre la frialdad de las baldosas, los brazos en
cruz. ¡Jesús, Señor mío, Tú eres amor! Y
yo le amaba. ¡Mea culpa! ¡Mea culpa! ¡Mea maxima culpa!
Alma Pagès es poeta y narradora, gestora y destacó como ateneísta brillante en el
Ateneo de Madrid. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense
de Madrid, ha publicado, en poesía, los libros Un cuento oscuro (2017,
Poetas de Cabra), Cuaderno de Aro/Trobar clus (2007) y Laetana
/ Poemas que olvidé escribir de joven (2011). Es autora de la novela A
la manera de James (2012) y ha sido incluida en diversas antologías
poéticas, como Donde no habite el olvido (Edición de José María Herranz. Legados, 2011) y La
escritura plural. 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura
(Ars Poetica, Oviedo, 2019, edición y selección de Fulgencio Martínez, con prólogo de Luis
Alberto de Cuenca). En 2020, publicó un nuevo poemario: Signo de agua
(Los Libros del Mississippi).
Alma
Pagés ha publicado poemas y relatos en varias revistas literarias de España (Contrapartida,
Alambique, Ágora...) y de México (Contrapunto y La
palabra y el hombre). Ha colaborado en el libro colectivo Madrid a
Miguel Hernández (desde el Café Gijón).