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miércoles, 4 de noviembre de 2026

DESDE LA PIEL AL INTERIOR DEL ALMA. COMENTARIO DE "BUENOS DÍAS, MEDIANOCHE", DE SUSANA BENET. Por Fulgencio Martínez. Ágora-Papeles de Arte Gramático N. 43. Nueva Colección Invierno 2026 / Bibliotheca Grammatica / poesía

 

 

DESDE LA PIEL AL INTERIOR DEL ALMA. COMENTARIO DE BUENOS DÍAS, MEDIANOCHE, DE SUSANA BENET

 

 

La escritora Susana Benet protagoniza el ciclo 'Veladas poéticas' - UIMP 

        Susana Benet

 

La poesía de Susana Benet (Valencia, 1950) pinta una travesía desde la piel al interior del alma. No he encontrado en ningún poeta, de ningún sexo, como en ella una voz que se construya de manera tan fiel y renovada en cada libro de poemas. Y en todos, con los mínimos elementos discursivos, ausencia de retórica inútil (entiéndase bien; con la retórica precisa, necesaria a cada poema). Y en todos también la sensación de un yo que desde la pureza del misterio planea en vuelo bajo, recorriendo su mundo y recogiendo la mano del lector para acompañarlo en un viaje nada exótico, como por un jardín de casa donde uno pudiera imaginar las jornadas más vivas y prometedoras de belleza y curiosidad, las aventuras del alma más secretas.

El reciente libro de la poeta valenciana lo ha editado Pre-Textos, en su colección La cruz del Sur, se imprimió en abril de 2026. Buenos días, medianoche se inspira en un verso de la poeta estadounidense Emily Dickinson, citados en el frontis del poemario de Susana Benet. (“Buenos días, medianoche. / Vengo a casa. / El día se cansó de mí). Las otros dos autores cuyas citas presiden la obra son el valenciano José Luis Parra, poeta querido y por desgracia prematuramente arrancado por la muerte, y el poeta y artista chino Su Shi, llamado también Zizhan.

    Algunas de las constantes del discurso poético del libro que comentamos se encuentran ya en esas tres citas: el día, la medianoche, el despertar, la tristeza y el anhelo de eternizar lo fugaz. También, por otra parte, se presenta por medio de ellas la sensibilidad de la poeta, que es una magnífica acuarelista; su vocación artística y su sensibilidad que abarca y logra reunir en su propio ser lo oriental y lo occidental, lo masculino y lo femenino.

    El libro contiene unas pocas joyas a las que ya nos tiene acostumbrados Susana Benet en otros títulos anteriores: unos pocos haikus -o haikai-. No puede este lector sino deleitarse de nuevo en su relectura:

Recogimiento.

En el jardín un pájaro

canta en voz baja.

   

            (p. 21)

 

 

Tras los cristales,

rota por el relámpago,

tiembla la noche.

 

          (p. 31)

 

O este haiku que abre el libro:

 

También las hojas

que hace sonar el viento,

cuentan su historia.

 

            (p. 9)

 

    Cada lector tendrá sus preferencias. Muy difícil es elegir entre tanta escritura bellísima y prometedora de hondo diálogo con la sensibilidad receptora. Hay otro tipo de composición, de cinco versos, parecido al tanka, que es capaz de transmitir la unión de contrarios (blanco/ negro; noche/ día), que es el leitmotiv de todo el poemario, con una extrema brevedad:

 

                    BLANDO SILBIDO

 

                    Es negro el pájaro,

                    pero blanco el silbido

                    que lanza lejos

                    del árbol, hacia el claro

                    espejo de la luna.

                             

                              (p. 35).

 

    Buenos días, medianoche es un libro que hay que leer despacio, y releer. Descubriremos matices, tonos existenciales y aun desgarrados en su estremecedora belleza y sensibilidad. Así, por ejemplo, el poema "Extinción". Su fraseo natural, ausente de retórica innecesaria; el estilo de  la poeta que sencillamente nos dice cosas fuertes con palabras exactas y en tono conversacional, nos recuerda a los grandes poetas humanistas clásicos (Francisco de Aldana, o Fray Luis de León, con quien comparte Susana Benet una sensibilidad especial, un miedo a la clausura y un afán por la luz y la modestia personal). Pero leamos:

 

   EXTINCIÓN

 

   Aquello que era sólido y seguro

   se extinguió de repente y ya no queda

   ni un mínimo relámpago que alumbre

   la niebla de los días venideros.

 

   Todo parece frágil, se suceden

   las horas como gotas que, veloces,

   se evaporan y ya nada interrumpe

   ni logra detener esta deriva.

 

   Debo quedarme inmóvil, como cuando

   jugaba al escondite. Así, tal vez

   pase de largo el tiempo y no me arrastre

   con su implacable mano hacia el vacío.

          

                    (p. 45) 

 

(Cuántas veces nos ha atormentado, como autores, la sospecha de no acabar bien un poema. Ese don de saber cerrar el poema de forma magistral, como en “Extinción”, lo tiene Susana Benet y nos recuerda también a otro maestro de los finales de los poemas: su paisano Francisco Brines).

 

       No quiero acabar este sucinto comento sin citar dos composiciones íntimas que me han especialmente gustado en el libro. El poema dedicado al padre (“La siesta”, p. 39) y a los hijos (“Atrévete”, p. 12). Este último un extraordinario texto, de afirmación del amor y la libertad.

          Nos dejamos en el tintero otros muchos temas y su comentario: las estaciones, el testimonio de la amistad (manifiesto en las dedicatorias de muchos poemas) y el duelo por las pérdidas de los amigos, y ese mundo propio de comunicación de la autora con la naturaleza, con el jardín, en concreto, símbolo central en el libro; un jardín nada exótico, como dijimos; doméstico, lleno o ausente de pájaros y de rosas, con luz o con oscuridad, con lluvia o sediento, según el día, según las estaciones del año; como la vida misma, o como el estado de ánimo de quien lo contempla). Os dejo, por último, este regalo, el poema que quizá más me ha gustado del libro, por su materialidad y cotidianidad, transcendidas; por la sutilidad, no sé, al evocar el misterio, también por un no sé qué pálpito romántico:

 

          RASTROS

 

                                  a Pilar Pardo

 

          Llovió de madrugada.

         

          Me asomé y recogí de prisa

          la ropa con apenas

          un rastro de las gotas.

                                               Tu camisa

          parecía temblar entre mis manos.

 

          La dejé sobre el sofá

          con las mangas extendidas.

          Me pareció una gaviota en pleno vuelo.

 

          Y percibí el olor

          a salitre del mar sobre el tejido

          junto a la huella leve,

          familiar de tu piel.

 

 

Qué decir. Extraordinario. Nos hace desear escribir poemas y leer poemas así.

 

 Fulgencio Martínez

Huesca, miércoles 4 de noviembre 2026 

 

__

 

Más información editorial sobre Buenos días, medianoche, en Editorial Pre-Textos:

 https://pre-textos.com/producto/buenos-dias-medianoche/

 

Blog de Susana Benet:

 https://susanabenet.blogspot.com/

 

Visitas. Poema de Maximiliano Hernández Marcos. Textos magistrales / Ágora-Papeles de Arte Gramático N. 43. Nueva Col. Invierno 2026

 

                                                           Maximiliano Hernández Marcos. Fuente: Editorial Rilke

 

 

VISITAS

 

 

De la infancia recuerdo las visitas

de vecinos o extraños como un rayo de luz

que aireaba el espacio cerrado de la vida:

se abrían otros cuerpos, otras voces hilaban

un mundo compartido de batallas distintas,

y las casas, de puertas entornadas

y cuidados sinceros, acogían

la calle en el hogar, la intemperie aplacaban.

Era fácil llegar sin una cita

hasta el fondo del alma y calentarse al fuego

apurando las ascuas de mil historias vivas.

 

Ahora ya nadie llama al portal de otra casa

a molestar en hora intempestiva

–salvo el buen comercial o el vendedor en off,

que a nada en balde nos invitan–;

nadie fuerza el pestillo de la paz laboral.

Las historias tampoco duran ya más de un día,

colgadas al vacío, sin un destinatario.

Ahora son las visitas

las consultas en red que registra un perfil,

una cifra estadística.

Ahora corre la suerte del mendigo,

esperando su turno en el bar de la esquina,

quien anhela una copa o una charla entre amigos.

Nada ocurre de nuevo sin rendir pleitesía

al gran dios Protocolo, señor de las distancias.

 

Es ahora mi perro quien visita

a la manera antigua de los hombres,

con digno don de gentes y alegría.

A quien le da cariño,

cariño le devuelve y compañía; 

a quien no lo recibe o lo desprecia,

atónito le ladra con ganas ferocísimas,

movido por su olfato natural.

Su sentido común es su justicia,

el tacto del encuentro su verdad.

 

Nunca ser accesibles nos hizo tan lejanos.

 

 


Maximiliano Hernández Marcos

 Co-lección Ágora

 

Maximiliano Hernández Marcos es autor de La lengua de los dioses (Editorial Rilke, 2024). Nació en Salamanca, en 1963, estudió Filosofía en la Universidad salmantina, y actualmente en profesor titular de Filosofía en dicha Universidad.

Desde 1983 integra el grupo de la revista Papeles del Martes. En 1993 publicó su primer libro de poesía: Cadencia de lo urbano, Premio “Florentino Pérez-Embid” de la Academia de las Buenas Letras de Sevilla, 1992 (Madrid: Rialp, colección Adonais); y en 2008 La sobriedad y el tiempo, que mereció en 2007 el III Premio Internacional de poesía Andrés Salom (Murcia, Taller de Arte Gramático-Revista Ágora: coeditado con Nausicaä, colección La Rosa Profunda). En 2018 publicó La mirada mirífica (Villaviciosa: Ediciones Camelot).

Está incluido en la antología de poesía salmantina Las palabras de paso (Salamanca: Amarú, 2001), y en la antología actual de poesía española La escritura plural (Oviedo: Ars poética, 2019, coordinación de Fulgencio Martínez, prólogo de Luis Alberto de Cuenca).

 


 

 Para conocer más sobre el libro La lengua de los dioses, ver información en editorial Rilke:

 https://nuestrosescritores.com/maximilianohernandez/la-lengua-de-los-dioses/