Publicamos
la primera entrega del dossier dedicado a las tres
últimas publicaciones de Alberto Chessa (Murcia, 1976), aparecidas entre 2025 y
2026: El libro de aforismos Elefantes de nube. Bordones (La nube
de piedra ediciones, 2025) y dos poemarios: Parábola
del barro (Huerga y Fierro editores, 2026) y Sonetontos con ton y
son (Arch-letras libros, 2026).
Javier Puig, Francisco
Javier Díez de Revenga y Fulgencio Martínez escriben en estas entregas que se
reunirán en el próximo número de Ágora.
Sobre Parábola del barro, de Alberto Chessa: un
poemario asequible y profundo
Por Javier Puig
El nuevo poemario de Alberto Chessa,
Parábola del barro (Huerga y Fierro, 2026) insiste en unos presupuestos
poéticos que han venido definiéndose con toda claridad en sus últimas entregas.
Los poemas de este libro presentan un tono pausado, coloquial, reflexivo,
siempre bien aderezado con hallazgos poéticos de primera magnitud, con logros
expresivos que se fundan en una intención claramente indagatoria de la vida y
de aquella palabra que puede acercarse a describirla.
El poemario se abre con “El llanto en
el banco”, un poema que, como tantos otros, se centra en el valor de una
anécdota, en la significación que queda trazada en el encuentro entre la
realidad exterior y la conciencia propia. Encontramos aquí esos versos que
buscan la expresión llamativa, y también diáfana, a partir de un juego con el
lenguaje que no lo es en vano: “El gimoteo de alguien −una mujer sin duda− /
que decidió llorar de par en par, / llorar, sí, llorar a balcón abierto”. Es la
imagen rotunda de un hecho cuya mirada prosigue su camino revolviéndose sobre
sí misma. Lo narrativo, una concreta interpelación de la realidad, son el
arranque de un tono que alberga un sentir que se recorre a través del
pensamiento.
El inicio del poema siguiente, “El
placer de los demás”, enlaza con el anterior, como si ambos hubieran de
presentarse siempre juntos. Y es que están, desde luego, muy emparentados.
Tanto en uno como en otro el poeta asiste a una revelación de la intimidad en el
silencio de la noche. En un caso, el dolor; en el otro, el placer; dos
manifestaciones irreprimibles, como si fueran las dos caras de una misma moneda,
dos signos opuestos de la condición humana esencial. En ambos poemas ya
encontramos ese ritmo casi suspendido que será consustancial a todo el libro, y
que se forma con la médula de unas atónitas miradas, de unas vivencias captadas
en el rastro de un hondo detenimiento.
En esta segunda pieza, hallamos esa
indagación de lo explicativo a través de unas palabras que juegan a subvertir
los significados consabidos: “Y mejor que aplaudir, lo que en verdad apetecía /
era desentrañar la esencia del placer, / descifrar para siempre las sílabas del
roce, / la grafía en el aire de besos y caricias, / el jeroglífico de la
penetración”. Es decir, el intento −siempre parcialmente fallido− de conversión
en palabras exploratorias que definan una expresión humana primordial, el
manojo de señales que la realidad nos presenta y que puede atenderse u obviarse.
En “¿Qué sé yo?” el poeta insiste en
esa actitud interrogativa, en la asunción de una ignorancia que habría que
remontar, si fuera posible: “Trato de comprenderte ahora, / como se comprende
la noche, / igual que comprendemos el verano, / o la lluvia, / o una canción”.
El verbo comprender está aquí exprimido en un intento de utilizar la
lengua para penetrar, a través de sendas insólitas, en aquello que nos niega su
definitiva claridad. Aunque, de vez en cuando, esa incertidumbre parezca
aliviarse con alguna pequeña certeza que al menos pueda orientarnos hacia la
luz: “… Amar es en esencia / descubrir lo que amamos”. Es un paso atrevido en
el camino del conocimiento.
Tras los cinco primeros poemas,
entramos en la sección titulada “Intermedio primero. Contrahuella”. Aquí
continúan las preguntas, esos interrogantes afilados que sirven para precisar
el propio nivel de desconocimiento, como las de “Cuestión”: “¿He sabido vivir?
¿Sabré vivirme / cuanto quede?”. O esa otra meditación existencial que es
“Declaración”: “Yo no sé si a vivir también se aprende / o, al contrario, la
vida es poco menos / que una suma de olvidos. Yo no sé / si cuando amamos a
alguien, ese tal / existe por sí mismo o es apenas / el otro que completa los
nosotros”. Como se ve, vivir y amar parecen dos condiciones inextricables.
En alguna ocasión, ese tono
discursivo, de charla intimista, se instala deliberadamente en lo prosaico, desde
una seguridad en el resultado último, en que esos versos forzados derivarán en
otros de una significativa relevancia. (A esa versificación caprichosa se
opone, en un gran número de poemas, una métrica nada azarosa que felizmente
prescinde de la rima). Esta particularidad se expone en poemas como “O
esto o aquello”; o en “Sunt lacrimae rerunt”, en el que se despliega una
noticia del periódico para terminar avanzando con versos tan meditativos y
emocionales como estos: “Y de nada valdrá llorar por todo / lo que perdemos,
todo cuanto vamos dejando / de ser. / Las cosas -lo sabemos- / tienen sus
propias lágrimas”.
De “Chivatazo”, destacaría estos
versos: “Hay un tropel de mundos que no sé / y sin embargo sí me saben ellos, /
Algo de mí se hospeda en otra parte”. He aquí una intuición recurrente en
Chessa, y que también está presente en sus aforismos, ese vislumbre de lo
misterioso, de los posibles sentidos de aquello que vemos y recibimos y que,
tras sus destellos, resulta invisible, desconocido.
Este otro poema, ya desde su largo
título, “Yo no sé qué soy; tan solo sé que he sido”, insiste en ese peso, en
ese resultado incognoscible de la identidad que vamos desarrollando. Avanza, como
otros, en un tono autorreflexivo que se hace incluso más explícito con el
desvío de un verso a una nota a pie de página: “Y esta pregunta / se podría
desgajar en otras dos, son estas: / ¿Aprenderé a vivir alguna vez? / ¿Acabaré
algún día con los que ya no soy / pero tampoco hoy me dejan ser quien sea?”. Por
otro lado, “Jose” es una elegía que a mí me recuerda inmediatamente a algún
poema de Luis Rosales, por ese tono de fraterna cercanía a la
peculiaridad, a la amable extrañeza que puede albergar un ser humano. En otros
casos, los poetas que me vienen a la mente son Ángel González o Gil
de Biedma. Es lo coloquial que busca lo profundo y lo encuentra en la
discreta osadía del lenguaje.
La siguiente sección, “Segundo
intermedio. Escrivir en tiniebra”, se compone tanto de poemas en verso
como en prosa. En ellos volvemos a encontrar intentos de definir lo
mayoritariamente inaprensible: “No seremos eternos, / pero nacemos de
continuo”; “Amar es inventar al otro”; “El aire es sabio: / sabe ocultarse, /
ocultar que sabe”.
El penúltimo poema, “Ocurrencia
final”, es una suerte de poética: “Pero antes de irruir en el papel, / ¿de
dónde viene esa palabra? / ¿Quién nos la dicta? ¿Quién -incluso- de uno mismo?
/ ¿Por qué con esas letras y esa música?” Y sigue con las preguntas: “¿No será
acaso la palabra una parábola, / parábola del barro que nos hace y deshace…?”
“Parábola del barro, pues. Parábola / que cuenta y canta el miedo al dejar de
ser héroes”.
Alberto Chessa llena este poemario de
preguntas, de intuiciones, de estratagemas poéticas para desvelar los secretos de
la realidad, para crear algunas afirmaciones que puedan resultar verosímiles,
dilucidadoras: “Amar es inventar al otro”. Se busca la aproximación: “Más que
al acierto, aspiro al acertijo”. Sus versos están sostenidos por una música
homogénea, por un tono de apariencia ligera que guarda el resultado de las
incursiones más intrépidas. La originalidad de la mirada, su sosiego, nace de
una versatilidad del sentimiento, del asedio a los más esenciales pormenores de
la vida. Parábola del barro es pues, a la vez, un poemario asequible y
profundo, osado en algunas apariencias prosaicas, leal a una música interna, a
un léxico nada forzado, desde el que se puede alcanzar la hondura y la belleza
desde una actitud comunicativa.

Javier Puig (Barcelona, 1958). Poeta, narrador y
crítico literario y cultural. Ejerce su magisterio literario desde Alicante, y
Orihuela en concreto. Detrás tiene una obra poética ya considerable, y un
amplio trabajo de curiosidad y comentario de la actualidad cultural que se ha
concretado en más de quinientos artículos sobre literatura pero también sobre
cine. Es colaborador del periódico digital Mundiario. Ha
publicado, en poesía, recientemente el poemario En la espesura de lo
invisible (ed. Ars poetica, Oviedo, 2026), y con anterioridad, Estancias
en la finitud (2020, Elche, Frutos del Tiempo) y En la
mirada (2023, Ars poetica). Además, publicó en 2025 un libro de
relatos (La cercanía de lo extraño, 2025, Frutos del Tiempo).
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Más información editorial sobre el poemario Parábola del barro, de Alberto Chessa, en web de Huerga y Fierro Editores:
https://huergayfierro.com/parabola-del-barro/