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jueves, 23 de julio de 2026

La belleza convertida en línea última de defensa. Comentario del poemario "Memoria de lo infinito" de Juan Carlos Lozano Felices (Ars poetica, 2020). Por Fulgencio Martínez. Ágora-Papeles de Arte Gramático N. 41. Verano 2026. Número doble, 40-41. Parte II

 


 

La belleza convertida en línea última de defensa. Comentario del poemario Memoria de lo infinito de Juan Carlos Lozano Felices 

 

Juan Carlos Lozano Felices, el escritor y poeta alicantino, ha publicado últimamente un libro de ensayo: Proyecto Mosaicum, en la colección La dignidad de la palabra de la editorial ilicitana Frutos del Tiempo. Proyecto Mosaicum mereció, ex aequo, el premio Ágora al mejor libro en prosa no de ficción publicado en 2025. La misma obra ha obtenido, después, el Premio la Crítica Literaria Valenciana 2026 en la modalidad de ensayo. La prosa cuidada, el contenido interesante, ameno, la variedad y la amplitud sapiencial del autor, que nos lleva en vuelo sobre muchos asuntos (música, arte, literatura, cine, etc.) hacen muy recomendable su lectura.

    Pero, en este comentario quiero volver a un libro de poemas publicado en julio de 2020, hace por tanto, seis años. Memoria de lo infinito (de Juan Lozano Felices, col. Ad versum, Oviedo, Ed. Ars poetica). Recuérdome a menudo la ingeniosa frase del sobrino de Baroja, el antropólogo Julio Caro Baroja, quien en un artículo en ABC decía que La Odisea de Homero es una obra nueva y reciente para quien no lo haya leído. He tenido la suerte de leer por primera vez, a primeros de este mes en curso, Memoria de lo infinito. Así que mi comentario se acercará a una obra para mí (y espero que para muchos de los lectores) actual.

 

    Es de agradecer, como suele ser norma en la casa editorial Ars poetica, la edición cuidada, la belleza táctil y visual de la obra. Memoria de lo infinito se nos presenta, además, con un lúcido prólogo del poeta y prosista oriolano José Luis Zerón Huguet. Ocurre que, a veces, los prólogos desmayan, y hacen de aperitivo indigesto; lo que no es este el caso, sino lo contrario. Suelo tener buen olfato, perdonen la inmodestia, para entender cuándo el autor o autora de un prólogo está a la altura del contenido del libro introducido. Zerón nos da el historial poético del autor y, aún mejor, claves muy interesantes para continuar o iniciar su lectura. Por eso, recomiendo, en esta ocasión, volver al comienzo del hilo, al prólogo, tras la lectura de los poemas de Lozano.

    No repetiré aquí todas las referencias señaladas en el prólogo. Este valora la condición de poeta autoexigente de Juan Lozano Felices, con treinta años de escritura que se compendian en unos pocos libros publicados entre 1987 y y 2020 (Tempo di valse, 1987; Soliloquio del auriga, 2013; El nadador del crepúsculo, 2015; Naturalmente, amarte (2019, y el que nos ocupa: Memorial de lo infinito, 2020). Observamos, por la fechas, que la mayoría de los libros se publican en unas fechas relativamente cercanas a la actual, coincidiendo con la madurez del autor, madurez tanto biográfica como poética. 

    Zerón Huguet, de nuevo nos referimos a su excelente prólogo, esclarece la estructura del poemario, revisando uno a uno los cuatro apartados del libro y dándonos unas pistas de interpretación, sobre las que volveremos en diálogo. Y, sobre todo, el prologuista nos revela un temática y un tono fundamentales en la obra, con estas palabras en que se cifra su análisis:

        La nostalgia es un motivo muy presente en la poética de Juan Lozano. Pero aquí no resulta un sentimiento petrificante sino un principio activo que armoniza su mundo interior frente a la confusión y el extravío de la realidad exterior, permitiéndole revivir el pasado a través de la evocación y la invocación. La nostalgia del autor es, pues, una forma elegante de resistir la devastación del tiempo. (p. 15. Prólogo. Memorial de lo infinito)

     Recomendamos, también, para cerrar por ahora la referencia al prólogo, el análisis sensible y detallado que realiza el prologuista de poemas cimeros del libros, y también representativos del desarrollo de la obra a través de los cuatro movimientos o apartados de la misma.

    Coincido este comentarista en la elección de los poemas y en las "señales" que detecta en los mismos y que dan el temple de la obra analizada. Me llama especialmente la atención las señales referidas a los "lugares", marcas en la escritura poemática que conservan en sí y activan de forma inmediata la "afectividad" que recorre el libro. La nostalgia, en efecto, no es un peso muerto, sino un senda que se recorre en dos direcciones, desde el presente al pasado, y desde el pasado a un presente abierto del autor. Así la evocación se transforma, por sí misma, como naturalmente, en invocación. Lo que el prologuista ha intuido tan bien: la realidad está en el poemario, no en tumulto y confusión, sino ceñida a la revivificación del pasado y en definitiva, de la aclaración de una vida; y por otro lado, esa fluidez le permite a la voz poética en el libro "revivir el pasado a través de la evocación y la invocación" 

    Revivificar algo es no sólo conservar y reproducir, sino insuflar nueva energía a algo. En el fondo, al vivir interior del poeta, y por otro lado, del ser humano biográfico que le corresponde. En aclaración de un vida, o de un tramo de la vida, se convierte la escritura cuando el autor ha llegado a sentir un cierto pulso con el tiempo y a enfrentar una vuelta ya trascurrida. Desde este punto de mira, la nostalgia se presenta como una respuesta natural a la intención del libro, revivificar lo pasado, aclarar, en la medida en que la escritura lo intenta y lo logra, el tramo del laberinto que es el vivir transcurrida una "vuelta del camino".

    Memoria de lo infinito sólo se ha podido escribir desde el sentimiento de la madurez, con todo lo que ello conlleva, no solo en positivo, en aumento de sabiduría o pericia artística, sino también de peso, de culpa, de necesidad de liberación y explicación de lo vivido.

    Siempre que leo un libro de poemas, me pregunto, antes o después de su lectura, casi siempre antes, por su título. Confieso que me inquietaba de principio el título de este poemario de Juan Lozano. "Memoria", casi es obvio: si el lector ha seguido hasta aquí, con ayuda del prologuista y de mis escasos medios interpretativos. Pero, ¿por qué "de lo infinito"? 

    Ello nos da pie para entrar en un poema del libro, el segundo, de la primera sección. Tanto esa primera sección como el poema se titulan, como el título general del poemario: Memoria de lo infinito. Ello indica la importancia que el autor le concede al texto siguiente:

     

    MEMORIA DE LO INFINITO

 

    Nunca debimos regresar

    aunque bien sabes

    que nunca se regresa del todo.

    Que nada se parece del todo

    a lo que pacientemente cumplimos,

    cuando la belleza era un rostro del abismo. 

    El resto son convenciones

    con las que hemos aprendido a convivir.

    Cuida bien de cerrar las puertas

    para evitar las corrientes de aire.

    Atraviesa furtivamente las salas vacías

    donde hace tanto tiempo residieron

    las soleadas muchachas a las que el verano hirió,

    aquellas que entregaron su secreto al mar.

    No olvides improvisar unos pasos de baile

    frente al espejo, como una confesión,

    como si burlases las fórmulas

    por atender al mandato de los afectos.

 

    Y busca entonces palabras que sirvan

    para fundir el hielo con su calor hermoso.

    Pero cuida bien de no romper la cadena

    de los recuerdos, ese cristal raro

    llamado nostalgia.

                                        (p. 28. Memoria de lo infinito

 

    Este poema (maravilloso) está lleno de sugerencias, me quedo con varias: la alusión a la nostalgia (ese cristal raro) y al reiterado mandato de "cuidado" (cuida bien de cerrar las puertas, no olvides improvisar unos pasos de baile, cuida bien de no romper la cadena) y, al fondo, en el reverso de ese cuidado preventivo, el mandado de los afectos. Parece que en esa positividad, continuidad y apertura afectiva residiría el lugar (o no lugar) de "lo infinito". De ese lugar la poesía de Lozano Felices ofrece una "memoria" provisional, prospectiva y retrospectiva, sinónimos para esta poética. Nos "advierte" también de que nunca hay que esperar que se repita idéntico el pasado, ni el momento de dicha; bastaría (nada menos y nada más) con dejar abierta la posibilidad y el reto de mantener accesible el cristal de la nostalgia para redimir el pasado. No se trata de lo negado, de lo borrado, sino más bien de revivir el conjunto en la "cadena" que nos da la imagen vera de lo que somos-hemos sido.

 

    El tono reflexivo y la fina ironía se conjugan en el libro con la evocación-invocación interna de los "lugares" de la memoria: como, ejemplo, este sincero, hondo poema, titulado precisamente "Hay lugares" (p. 43):

 

        Hay lugares donde siempre

        se está a punto de volver.

        Donde la nieve es el argumento

        y la belleza la postergación.

        En realidad, hay pocas cosas

        que necesites para seguir de pie.

        No hace falta un proyecto vital

        ni una cortada que nos proteja

        hasta llegar a la siguiente estación.

        Aunque partir leña ayuda,

        es un acto otoñal

        que nos previene de las pesadillas.

         

        Con eso debería bastar.

 

    En el libro hay, asimismo, la presencia del soneto blanco, forma que en manos del poeta ilicitano-alicantino se amolda perfectamente tanto a la evocación-invocación como a la temática amorosa. En un poema como "Paseando por el Chiado" (bello homenaje a Lisboa y a Pessoa, p. 76)) y en este otro (ambos de la última sección del libro, p. 83):

   

        NATURALMENTE AMARTE

 

                            Para Paqui 

 

    Naturalmente amarte, con el destello

    de la escarcha, Con el ruido del alba,

    cuando se rompen todos los puentes

    y las distancias se quedan al otro lado.

 

    Audazmente amarte y seguir el peso 

    de los sueños que colman tus esquivos

    días de semana. Con la ventaja que da

    la radiante insatisfacción con el mundo

 

    y tener los ojos colmados de herencias.

    Acaso dividir una eternidad en equilibrio

    hasta que solo mi codicia a tu plenitud

 

    alcance, con la voluntad de los esclavos

    que vuelve las heladas en perfecto verano

    y la belleza en línea última de defensa.

 

    Magnifico final de este poema in crescendo, como ha de ser todo gran soneto, movido por una tensión interna que descubre su forma en cada verso y en cada estrofa de la estructura. 

    En su último verso creemos que se cifra la autenticidad y el logro expresivo mejor del libro de Juan Carlos Lozano Felices.

 

 

 Fulgencio Martínez

Murcia, 23 de julio 2026 

 

 

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Recomendamos la lectura de la página de este blog: Poemas de Juan Carlos Lozano Felices:

 https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/07/poemas-de-juan-carlos-lozano-felices-se.html

domingo, 19 de julio de 2026

CONVERSACIÓN CON ALFREDO RODRÍGUEZ. PARTE 2. EL AUTOR ANTE SU OBRA (En torno al libro de Alfredo Rodríguez "Alquimia ha de ser", ed. Renacimiento). Ágora-Papeles de Arte Gramático, n. 41. Nueva Col. Número especial doble (40-41) de verano 2026. Parte II / Conversaciones con... Por Fulgencio Martínez

 

 

                                                              Alfredo Rodríguez. Fuente: Renacimiento

 

Segunda parte de la conversación con el poeta Alfredo Rodríguez. Para leer la primera entrega cf: https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/07/dialogo-con-el-poeta-alfredo-rodriguez.html

 

 

 

CONVERSACIÓN CON ALFREDO RODRÍGUEZ.

EL AUTOR ANTE SU OBRA

 

 


El segundo libro en el que quisiera reparar es Alquimia ha de ser. Publicado en Renacimiento, en el año 2014, dos años más tarde de la publicación del poemario De oro y de fuego. Creo que representa una voz que recoge algunos temas de libros anteriores pero que apunta a una dirección que será ya identificativa de tu poética. El avance en la poesía como alquimia está anunciado ya en el título del poemario, y en las citas de Rimbaud y del poeta leonés Antonio Colinas. Además, ambos nombres de poetas representan tu decantada vocación por la poesía simbolista, europea y en especial francesa e italiana.

          Podrías comentar lo que representa para ti Alquimia ha de ser, al día hoy…

 

Alfredo Rodríguez: En este libro que inicia mi llamada “trilogía de la alquimia” ‒bueno, quizá en toda mi obra en general‒ trataba de hallar una forma de explicar el misterio que se celebra en el acto de la creación poética. Eso es lo que me arrastra siempre. Porque la poesía es eso: un misterio y también una verdad, la que recibimos en su lectura o escritura. Y lo que se transmuta, o debe transmutarse, con la poesía en ese proceso alquímico, es la realidad misma que nos rodea, lo cotidiano, lo visible, lo tangible. En poesía ha de darse siempre una transubstanciación de la palabra. Como dice el maestro Antonio Colinas, la palabra poética ha de aspirar a convertirse en una palabra de transmutación y de transubstanciación. Y el poeta, como otro alquimista que es, ha de buscar una superior integración de la vida, una transformación de lo cotidiano. Eso es el llamado ‘arte del bien decir’, de embellecer la expresión y de dar al lenguaje eficacia bastante para deleitar, conmover o emocionar. Por ello habría de darse siempre en poesía una elección cuidadosa de vocablos brillantes y expresivos, insólitos y musicales.

 

El libro está dedicado a dos personas que forman parte esencial en tu biografía. Eso me da pie para preguntarte y para que los lectores conozcan aquello que quieras contestar sobre su biografía, y aun para pedirte una pequeña reflexión, en tu caso, sobre la relación entre tu obra poética, diarística y ensayística y tu devenir personal. Tú has nacido en Pamplona, Navarra, hasta qué punto eso marca…

 

A. Rodríguez: Sí, esas dos personas de que hablas son Mamen y Óliver, mi mujer y mi hijo. Bueno, lo son todo para mí y por eso el libro está dedicado a ellos. En cuanto a mi vida, pues es muy sencilla. En ella se ha ido produciendo siempre a lo largo de los años como un desdoblamiento personal: por un lado está el Alfredo Rodríguez-persona normal, que acude cada día a su trabajo en una multinacional del motor y lleva una vida familiar muy tranquila, y luego está el Alfredo Rodríguez-poeta, que no tiene nada que ver con el anterior, que es un hombre absolutamente apasionado (el poeta Vicente Gallego me definió una vez durante una presentación en Valencia como el hombre más apasionado que él había conocido en su vida) y entregado a una actividad poética que guarda una energía salvadora ‒que otros quizá han perdido‒, enfocada a su mundo espiritual y creativo.

          En cuanto a mi condición navarra, Pamplona es mi ciudad, he nacido y he vivido toda mi vida en ella y eso configura un destino y en ese destino está la poesía. Me veo y me siento cada vez más seguro como poeta, porque siento que lo que me integra, el centro, la piedra angular de mi existencia, está siendo cada vez más claramente mi obra poética. Pero hay que tener en cuenta que soy un navarro con sangre extremeña por los cuatro costados, y además nunca he renegado de mis orígenes. Así que ahí hay una mezcla explosiva entre la sensualidad estética del Sur y la energía interior del Norte, ambas necesarias para convertir ese vendaval creativo en medida y en belleza.

          En cuanto a lo otro que me preguntas, solo tengo un diario y es un diario sobre la vida de poeta o sobre temas poéticos. Y ensayos propiamente dichos no tengo, salvo que cuentes como ensayos los muchos prólogos que he escrito. Pero sí tengo publicados, y en abundancia, lo que yo llamo “trabajos de lector”: libros de conversaciones con poetas y antologías en verso y prosa también de poetas. Así que puede decirse que en mi obra hay un dominio numinoso de la poesía. La poesía es la esposa legítima, aunque incurra en el devaneo de mis trabajos de ediciones antológicas de mis maestros y libros de conversaciones.

 

¿Cómo se inició tu vocación literaria y en concreto poética? ¿Dónde publicaste tus primeros escritos o versos? ¿Qué recuerdas de las personas, poetas, profesores, escritores, periodistas, de esos años formativos?

 

A. Rodríguez: Bueno, empecé a escribir poesía, como casi todo el mundo, en la adolescencia: poemas de amor olvidables o prescindibles, como diría el ínclito García Martín. Se los solía llevar a un profesor de literatura en bachillerato, cuyo nombre ni recuerdo. Que me perdone… Sí recuerdo que a mi pobre madre no le gustaba que perdiera el tiempo ahí. Publiqué, lo primero, varios relatos poéticos, o largos poemas en prosa (no sabría bien cómo definirlos), en un periódico universitario de Pamplona que se repartía gratuitamente por todos los bares (cuando no existía internet ni los móviles, y la gente aún leía publicaciones en papel) y se llamaba “El planeta de la nueva generación”. Te hablo de los años 90. Por aquel tiempo también cantaba en un grupo de rock y hacía las letras. Eso duró años, entre el 92 y el 97, y en casa gustaba aún menos. A la vez escribía poemas, pero en privado, sin darlos a conocer públicamente.

          Todo eso cambió radicalmente al conocer en persona y quedar fascinado con el poeta José María Álvarez, a finales de 2003, en su casa de Cartagena, después de un tiempo de cartearme con él y de muchos años de lectura de su obra.  Luego, en abril de 2004, me invitó al festival poético Ardentísima que él dirigía. Y fue en el viaje de vuelta en tren, solo, desde Murcia a Pamplona, cuando decidí hacer pública mi vida de poeta (“o todo o nada”, me dije a mí mismo), y ya empecé a publicar en revistas de poesía, como la navarra “Río Arga” y otras, participaba asiduamente en tertulias poéticas semanales, y di el salto a la autopublicación con Salvar la vida con Álvarez, mi primer libro, que había resultado finalista del premio Adonáis, y era una especie de antología de todos los poemarios que tenía por ahí pergeñados. Tenía casi 35 años, así que puede decirse que empecé a publicar tardíamente.

 

Las figuras familiares han influido e influyen en las vidas de cada uno de nosotros; a partir de una cierta edad madura, las empezamos a ver a la luz de como las seguimos viendo y queriendo pero también, creo, como no las supimos ver, aunque sí amar, a su debido tiempo, en nuestro primer decurso joven… Esa doble luz a veces nos cambia no solo la imagen de esas figuras sino la de nosotros, quiero decir, nos vuelve más comprensivos, ¿o qué? ¿Qué piensas?

 

A. Rodríguez: Bueno, mis padres casi siempre han permanecido al margen de mi intensa vida poética. Ya sabes, el desdoblamiento personal del que te hablaba antes. Ellos sólo querían que estudiara. Era muy buen estudiante y me licencié en Derecho, una carrera que fue sin duda el gran error de mi vida. Una auténtica estafa a todos los niveles. Pero eso es otra historia. En cuanto a mis cuatro hermanos, tampoco han manifestado nunca un gran amor por mi poesía. Suelen guardar silencio, no sé si por falta de interés o por incomprensión. De todos modos, uno escribe para hacerse libre, y no para depender de la aprobación, el aplauso o el rechazo de nadie. No podemos obligar a nadie a leernos, ni podemos pretender gustarle a todo el mundo.

 

Además de las figuras de la historia más familiar e íntima, también amigos, poetas, personas te habrán enseñado y, sobre todo, tendido una confirmación de que ibas por un camino que tú habías decidido recorrer. Esa especie de maestros, y en lo humano y personal, de buenos compañeros de viaje, ¿cuáles han sido para ti? ¿Qué te han aportado, o de qué te han evitado?

 

A. Rodríguez: El poeta joven busca sus maestros y sus afines, con los que comienza a participar en la vida literaria; después, aunque vaya por su cuenta, mantiene sus aliados, sus relaciones estéticas y personales. Los maestros que he conocido tenían una intensidad humana única, directa. Su vida era la literatura. Eran caracteres íntegros. Ahí, sin duda, el primero y más importante fue, y sigue siendo (a pesar de que nos dejó hace un par de años), el maestro José María Álvarez. Su obra y el trato directo con él cambiaron totalmente mi vida. Su amistad amplió los límites de mi propio mundo y acabó de formar mi voz y mi oído poéticos. Educó mi sensibilidad y me transformó en quien hoy soy. Su espíritu estético y su gusto por las delicias de la vida me fascinaron. Nadie me podrá arrancar la intensidad de una amistad y un magisterio que pocas personas han tenido la ocasión de vivir con tanta plenitud como yo. Después vendrían Antonio Colinas, que me acabó de moldear en profundidad y me acercó a Oriente, Julio Martínez Mesanza, que me hizo amar como nadie la Épica en poesía, Miguel Ángel Velasco, una especie de Rilke a la española que me deslumbró, José Carlos Llop, quizá el sucesor directo de Álvarez, y Vicente Gallego, alguien capaz de llevar al arte poético el íntimo sentido de la vida, y a la vida la dignidad y la mesura del arte. Creo que los únicos lectores para los que deberíamos escribir son los lectores del pasado, o sea, aquellos que cada uno considere sus maestros. De todas formas, los maestros no han de durarle a uno demasiado tiempo, porque a un poeta –para crear‒ le espera siempre la soledad. Pero el reconocimiento de ese magisterio, del que me gustaría no desmerecer, supone mi homenaje hacia sus vidas y sus obras.

 

 

Centrándonos ahora en el libro Alquimia ha de ser y en alguno de sus temas y versos que creemos los significan. El tema del tiempo y la creación son centrales en esta obra, que tiene una vocación de representación cósmica.

 

A. Rodríguez: Claro, el poema se dirige a los sentidos, pero su movimiento no se queda ahí: pretende combatir los estragos del tiempo. De esto ya hemos hablado…

   

   A ti, esta mandala que llamas rueda del tiempo,

   a ti, alma del mundo, mediadora,

   disolución del cuerpo para borrar mi nombre,

   el rocío te lava tu negrura,

   con las bayas de muérdago

   te hace ascender del lucero del alba.

   Eres la plata líquida

   entregada a los cuidados del Mundo,

   la playa protegida donde varar mis naves.

   A ti, águila que une los contrarios

   en el latido perenne de Oriente,

   redoma sobre el fuego.

   Como la piedra hecha y acabada

   con cuya piel se cubrirá el poeta

   hasta borrar su rastro.

   En las dulces aguas de tu matriz me recibes,

   simiente de la Luz.

 

                                       p. 21. Alquimia ha de ser.

 

 

Es un poema impresionante. Creo que en él asistimos a la creación. Podrías comentarme este poema que es, creo, la escritura del fulgor que está luego esparcido en todos los otros poemas del libro Alquimia ha de ser.

 

A. Rodríguez: Bueno, es un poema que va dirigido al propio arte de la creación poética, es decir, a la poesía entendida como arte que llega e inunda tu vida. La experiencia artística, la experiencia interior, la experiencia de la palabra poética, están presentes ahí y en todo este libro. Creo que es necesaria de nuevo una sacralización del arte, de la experiencia artística, que se ha banalizado del todo en nuestra época. Por eso los poemas han de ser obras de creación artística, literatura viva. No un vano relato de hechos cotidianos, una mera fotografía de la realidad cotidiana o intimista.

 

La llamada a la luz se funde con otro tema que gravita más, en mi opinión, desde la mitad del libro: el amor.

         

Recuerdo sólo el comienzo de un poema:

 

  Dijiste que me amabas, lo veía en tus ojos,

  bajo el dominio de la noche y el de la Luna

  su reflejo invertido iluminaba.

  Rocío de los alquimistas, aire

  ígneo, estratos del alma. (…) 

 

                                                 p. 34. Alqumia ha de ser.

 

 

O este otro, que se inicia con estos versos:

 

Invítala a venir,

por tener tan alto honor de besarla,

que no te esté negado nunca el supremo don

ni que ese triunfo deba ser precario.

Y sentirte enteramente feliz,

sin experimentar sorpresa alguna, (…)

 

                                                       p. 38. Alqumia ha de ser.

 

Este y otros poemas de esa serie me parecen magistrales, por su tono y por la sencilla belleza comunicativa que alcanzas, Alfredo. Puedes comentar la importancia para ti del amor en tu obra, no solo en este libro y en estos poemas.

 

A. Rodríguez: Pues siento contrariarte, Fulgencio, pero no se trata de poemas de amor convencional, quiero decir, amor de pareja. Pero me gusta mucho que los veas así. Era exactamente lo que el simbolismo pedía: que sin ser oscuro o hermético el poema fuera ambiguo y plural (aún en el caso de la siempre más evidente poesía amorosa) y que esa ambigüedad ‒para gloria del lector‒ no fuera seca, sino rica de sonoridades, lo que vuelve a querer decir de más plurales sentidos. En el primero de los poemas a que haces referencia, aparece la Poesía personificada en la Amada a la que se dirige el sujeto poético en su canto. Y el segundo poema es una invitación a la llegada de la inspiración poética. Tal cual. En general, concibo la creación poética como algo que proviene de una especie de revelación. Creo que el trabajo de la poesía es, o debe ser, en buena parte un trabajo del inconsciente, de las fuerzas oscuras de nuestro ser: la Sombra que nos integra, como digo en uno de los versos. Un sombra que a veces es negativa, porque niega precisamente el amor. El poema como un espacio de encuentro o de reencuentro, un espacio de revelación (algo que se produce tanto en la escritura como en la lectura). De repente en la oscuridad de la conciencia acude a nuestra ayuda una palabra, nos ilumina de pronto en el poema. Y eso es lo que más me importa y me arrastra, justamente lo que desconozco: aquello que el poema mismo me revela o que permanece, al fin, como enigma. Es la esencial irracionalidad de la experiencia poética.

 

El amor tiene muchos nombres, como la poesía: te agradezco tu aclaración. Finalmente, me gustaría que comentaras qué significó Alquimia ha de ser, para tu futura obra.

 

A. Rodríguez: Este libro supuso, sin duda, un cambio en mi concepción de la poesía, que a partir de ese momento estará más cerca de la meditación y de la vida. Hay un sustrato filosófico también en sus versos, la hondura metafísica me parece que es mayor aquí, que en otros libros anteriores míos. A la manera de los viejos alquimistas medievales que trataban de convertir el plomo u otros metales innobles en oro puro a través de un complejo proceso, repleto de rituales y conjuros (la célebre transmutación de los metales impuros en oro, que constituía el fin de la alquimia), de la misma manera, digo, el poeta ha de convertir en belleza el cieno de la realidad que nos rodea cada día, el barro de la absurda realidad cotidiana. En ese sentido además hay en el libro un intento de recuperación de la palabra bella, suntuosa. Cada día estoy más convencido de ello, de que la poesía es un arte y nada más que un arte en sí mismo. Un camino de perfección, un camino que no perseguiría otra cosa que la consecución del oro espiritual.

 

Muchas gracias.

 

A. Rodríguez: A ti, Fulgencio, por tomarte tanta molestia, hombre, y por tanta amabilidad.

 

 

Continuará, queridos lectores, nuestra conversación con Alfredo Rodríguez en dos entregas más que se publicarán en el número o números de otoño-invierno 2026, y donde daremos noticia y entraremos en charla con sus libros más recientemente publicados. En nuestra “conversación” nos centramos en los hitos de su obra poética personal; sin embargo, no queremos dejar pasar inadvertida su espléndida y continuada labor de antólogo y editor literario de otros grandes poetas y prosistas, desde José María Álvarez, Antonio Colinas, Miguel Sánchez-Ostiz, hasta el más reciente, Javier Asiáin, del que la editorial Hiperión ha publicado este verano el libro de poemas La plegaria encendida (Antología esencial 2002-2026), con prólogo y selección de Alfredo Rodríguez. 

 

 

 

17 de julio 2026 

Entrevista de Fulgencio Martínez

 

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A lo largo de cuatro entregas presentamos las conversaciones con el poeta Alfredo Rodríguez, repasando algunos de sus principales poemarios. En la primera nos centramos en su libro De oro y de fuego (2012); en la segunda, en Alquimia ha de ser (2014). La tercera estará dedicada a Dragón custodiando el misterio (2024) y la cuarta a un poemario de próxima publicación, del que anticipamos en Ágora una selección de textos realizada por el propio autor.

Véase: https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/04/tres-poemas-ineditos-de-alfredo.html

 

Recuperamos, de este modo, una de las secciones más antiguas y queridas de la revista: Conversaciones con…, de la que recordamos, por ejemplo, las que publicamos entre Cristina Morano y Concha García o entre Fulgencio Martínez y Guillermo Carnero o Luis Alberto de Cuenca.