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lunes, 15 de marzo de 2021

Ortega y Galdós: Las razones de un silencio. Por Esteban Ruiz Serrano. Dossier Galdós, detrás de su centenario. Un espejo con memoria/ Ágora 9 Primavera2021 / Marzo 2021

 


 

 

 

ORTEGA Y GALDÓS:

LAS RAZONES DE UN SILENCIO

 

 

ESTEBAN RUIZ SERRANO

 

 

 

 

Introducción

 


En lo que se refiere al interés por Galdós, José Ortega y Gasset representa un curioso caso de ruptura en la continuidad familiar. Su padre, José Ortega Munilla, fue amigo personal del gran escritor canario. Su hija, Soledad Ortega, editó en los años sesenta del siglo pasado un volumen de cartas a Galdós[1]. El autor de Meditaciones del Quijote o Ideas sobre la novela no mostró, sin embargo, especial interés por el de Fortunata y Jacinta. En 1966, el gran especialista en Ortega Ciriaco Morón escribió un brillante artículo titulado “Galdós y Ortega y Gasset: Historia de un silencio”[2]. Este ensayo se propone indagar en las razones de ese silencio y articularlas en torno a tres ejes: el reconocimiento cívico, el silencio filosófico y el silencio estético.

 

1. El reconocimiento cívico

 

El único escrito que Ortega dedica específicamente a Galdós es una nota necrológica titulada “La muerte de Galdós”, que publica en enero de 1920 en el diario El Sol. Hay varios aspectos formales que llaman la atención en el artículo. En primer lugar, su corta extensión, apenas una página que en la edición de las Obras Completas llegan a ser dos porque el texto se inicia en la mitad de la primera página y concluye con tres líneas de la segunda. Es además un artículo sin firma, un síntoma de la distancia de su autor, aunque también del compromiso cívico del periódico que lo publica, en el que Ortega era la máxima referencia intelectual. Por último, se trata de un artículo dedicado estrictamente al acto del entierro, en el que no se hace el balance de la obra del fallecido tan habitual en esos casos.

La clave del artículo se encuentra en la crítica de la política de la época y aparece reflejada con nitidez en su inicio: “La España oficial (…) ha estado ausente en la unánime demostración de pena provocada por la muerte de Galdós” (1920, I, 301)[3]. El gobierno y las instituciones han faltado a un acto donde “palpita el dolor de todo un pueblo” (1920, I, 301). La España oficial sólo se ha acordado de Galdós en “la hora de los falsos homenajes” (1920, I, 301). El anónimo redactor de El Sol recuperaba así, como lenguaje propio, la distinción que Ortega había establecido en su conferencia de 1914, Vieja y nueva política, entre la “España oficial” y la “España vital” (que no “España real” como muchas veces se cita con inexactitud).

La conferencia Vieja y nueva política, pronunciada por Ortega en 1914, fue el acto de presentación de la Liga de Educación Política, impulsada por Ortega el año anterior y vinculada al Partido Reformista de Melquíades Álvarez. Formaban parte de la Liga representantes de la llamada “intelectualidad”, como el propio Ortega o Manuel Azaña. La intelectualidad estaba formada por jóvenes de lo que se llamaría luego “generación de 1914”. A diferencia de los representantes de la llamada “generación del 98”, escritores más bien autodidactas, los miembros de la “intelectualidad” tenían una formación académica sólida y prestigio profesional (Ortega era catedrático de Universidad y Azaña alto funcionario). En Vieja y nueva política, Ortega caracterizó el sistema de la Restauración como “España oficial” decadente, que sería necesario superar desde la “España vital” que empezaba a existir en ese momento y debería ser “educada políticamente” por las élites de la intelectualidad presentes en la Liga de Ortega.

En la necrológica sobre Galdós, Ortega ponía de manifiesto los principales defectos de la “España oficial” de la Restauración que venía criticando desde 1913. Por una parte, se trataba de un régimen caracterizado por una crisis de representación. Eso explicaba el contraste entre la fría actitud de la España oficial y el pálpito de dolor del “pueblo” ante la muerte del escritor. Por otra parte, la “España oficial” de la Restauración era un régimen fundado en convenciones falsas, un “panorama de fantasmas”, en el que Cánovas fue “el gran empresario de la fantasmagoría” (1914, I, 720). Por eso lo único que podía ofrecer a una figura como la de Galdós eran “falsos homenajes”.

En la oposición a lo que Ortega llamaba “España oficial” habían coincidido, desde posiciones muy distintas, Ortega y Galdós. En 1909, tras la Semana Trágica, se forma la Conjunción Republicano-Socialista, una coalición compuesta básicamente por los republicanos de Alejandro Lerroux y Melquíades Álvarez y por el PSOE de Pablo Iglesias. Los socialistas entraron en el pacto tras muchos años de reticencias a coaligarse con partidos “burgueses”. Galdós fue nombrado presidente de la Conjunción. Un joven Ortega, partidario de un socialismo de inspiración neokantiana en aquellos años, saludó la elección de Pablo Iglesias como “diputado de la cultura” (1910, I, 349 ss.). En 1912, sin embrago, la unidad se rompe al fundar Álvarez su propio partido, el Partido Reformista. Álvarez deja de proponer un cambio de régimen (de monarquía a república) y se inclina por una reforma de la monarquía de la Restauración para hacerla más democrática y menos oligárquica. Ortega apoya el proyecto de Álvarez y escribe en 1913 una de sus frases lapidarias: “Hay que hacer la experiencia monárquica” (1913, I, 600). Galdós también apoya la formación del Partido Reformista, pero su idea de que con el nuevo partido aún sería posible la convergencia entre liberales de izquierda y socialistas era del todo ingenua. La prueba más clara de ello fue la hostilidad con la que la prensa socialista recibió la conferencia Vieja y nueva política[4], en la que Ortega también había propuesto la colaboración de los socialistas. En cualquier caso, y a pesar de las declaraciones de Álvarez de fidelidad al legado de 1868, el referente fundamental del nuevo partido era la “intelectualidad” y no el venerable, pero al fin y al cabo “viejo”, liberal Galdós.

Planteada la situación en este contexto, estaba claro que a Ortega le interesaba la figura de Galdós como un representante histórico del liberalismo español, que podía ser una referencia sobre todo simbólica del nuevo liberalismo. Las alusiones a dos de los Episodios Nacionales en los escritos de Ortega de estos años son reveladoras. Con motivo del centenario de las Cortes de Cádiz considera a Galdós como “uno de los hombres a quienes más debe el progreso liberal en España”, pero recuerda que compuso el episodio nacional Cádiz en tono de sorna (1912, I, 578). Un egregio liberal ilustraría el fracaso del liberalismo español del siglo XIX. Por otra parte, en el episodio Cánovas, Galdós habría reflejado adecuadamente la Restauración como “ámbito de todas las frivolidades”, un espacio para hombres “ajenos a todo heroísmo” (1913, I, 610), un diagnóstico coincidente con el del propio Ortega en Vieja y nueva política.

Hay, por lo tanto, una cierta recuperación, desde luego tímida y no muy prolija, de la figura de Galdós en los escritos orteguianos de esos años. Ahora bien, una recuperación no es una “salvación”, en el sentido que Ortega da al término en su primer libro Meditaciones del Quijote (1914). El objetivo de una “salvación”, término que Ortega toma de los humanistas del siglo XVII, es “dado un hecho -un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor- llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado” (1914, I, 747). Ortega llama a las salvaciones también “ensayos de amor intelectual” (1914, I, 747), pero resulta obvio que en el trasfondo del concepto no están Spinoza ni los humanistas del siglo XVII sino la fenomenología como teoría del significado. Ortega tenía proyectadas varias “meditaciones” o “salvaciones”, como las propias Meditaciones del Quijote, de las que sólo publicó la primera de las tres previstas. También dedicó “salvaciones” a Baroja y Azorín, que aparecerían posteriormente en los primeros números de El Espectador (1916 y 1917). No había en cambio ninguna meditación prevista, ni mucho menos escrita, para Galdós. Y esa ausencia ilustra como el reconocimiento cívico es acompañado por los silencios filosófico y estético.

 

2. El silencio filosófico

 

Lo que separa a Ortega de Galdós es que el filósofo aceptó el corte histórico que supuso el modernismo en relación con el siglo XIX. Antes de su primer viaje a Alemania en 1905, Ortega colaboró en revistas modernistas como Vida Nueva o Helios. Compartió con los miembros de la generación del 98 el contexto en el que, según la certera expresión de Antonio Elorza, “Krause es sustituido por Nietzsche”[5].  Como ha escrito un reciente biógrafo de Galdós, “Con la influencia de Schopenhauer y Nietzsche, el canon literario se alejó del racionalismo y del naturalismo”[6]. El giro está bien descrito. El racionalismo de Galdós, como el del Krause sustituido por Nietzsche, resultaba lejano a la generación de Baroja, Maeztu, Azorín y Unamuno y también a un Ortega más joven aún que ellos.

Es cierto que muy pronto, desde 1905, Ortega se distancia de modernistas y noventayochistas. Considera que su discurso literario tiene que ser sustituido por otro más sólido y filosófico y critica su actitud sumamente negativa y destructiva -nihilista- ante la cultura. Ahora bien, la crítica de Ortega al discurso contracultural del 98 no implica, como han afirmado erróneamente Cacho Viú[7] o Juliá[8], una reconciliación con la tradición liberal española del siglo XIX. Desde un punto de vista filosófico no se trata para Ortega de volver a la razón del siglo XIX, que él consideraba idealista y positivista. Su proyecto es el de formular un nuevo concepto de razón que tendrá en cuenta la crítica de Nietzsche a la cultura occidental como cultura desvitalizada. Desde ese punto de vista, el momento destructivo, nihilista, de los “Hércules bárbaros” de la generación del 98 es un momento necesario aunque no definitivo. La nueva razón se tendrá que elaborar a partir de esos diagnósticos críticos. Por eso la influencia de Nietzsche persiste en toda la obra de Ortega y por eso Ortega dedica sendos ensayos de “salvación” a Baroja y Azorín.

En la lista de futuras “Meditaciones” que aparece en la contraportada de Meditaciones del Quijote, sólo hay una, titulada “El pensador de Illescas”, dedicada a un intelectual del siglo XIX. Muchos años después, Ortega aclara que en ella pensaba ocuparse de Sanz del Río, “un señor que (…) algunas veces se embozaba en su capa y se ponía a pensar” (1932, V, 111). Se sugiere así que la manera de pensar de Sanz del Río no era la adecuada y que tal vez el célebre viaje a Alemania del fundador del krausismo no fue el viaje que trajo a España la filosofía sino los del propio Ortega. Los krausistas serían así “excelentes personas y malos músicos” (1934, IX, 131) según otra lapidaria sentencia del filósofo madrileño. En una palabra: pensadores con los que se podía coincidir en las iniciativas cívicas pero no en la fundamentación filosófica.

Algo similar ocurría con Galdós. Las escasas alusiones a su figura contenidas en la correspondencia de Ortega durante sus primeros viajes a Alemania tienden a mostrarlo como representante de un pasado que se pretende superar. En una carta a su padre se refiere al “sinsontismo intelectual de los que en España se dedican a vivir de la cabeza desde Pérez Galdós a Azorín” (28-V-1905; CJE, 136)[9]. A su entonces novia le dice que su vida será la de un sabio, nada que ver con los escritores aficionados que dominan la cultura española: “nada de eso que allí se toma en serio y se llaman escritores, de Pérez Galdós abajo, todos son iguales, todos son pinches, criados, mayordomos a lo sumo (como Menéndez Pelayo) pero ninguno es el señor del palacio” (26-IV-1905; CJE, 353). A Francisco Navarro Ledesma, amigo personal muy apreciado y próximo también a Galdós, le escribe: “los libros nuevos (…) no pueden ser representadores de un pasado considerable (por eso -acuérdese- lo pasará muy mal, a pesar de su mastodontismo, Galdós)” (16-V-1905; CJE, 604).

Las alusiones anteriores ponen de manifiesto curiosamente que Galdós comparte con los modernistas un defecto: son el uno y los otros “literatos”; no han alcanzado el nivel intelectual de la filosofía, en el que pretende instalarse Ortega tras sus viajes a Alemania. Algunos años más tarde, en la “Fiesta de Aranjuez en honor de Azorín” de 1913, la distancia se expresa de manera más sutil: “Es usted, después de Galdós, quien ha dirigido una mirada más afectuosa a esos años del siglo XIX” (1913, I, 640). Tanto Azorín como Galdós eran referencias del siglo XIX, una época que era necesario dejar atrás, pues, pocos años después, Ortega se considerará a sí mismo “Nada moderno y muy siglo XX” (1916, II, 165 ss.). La crítica de la modernidad, una época histórica unilateralmente “racionalista”, será un programa en la filosofía de madurez de Ortega. Implicará una distancia vehemente con el siglo XIX de Galdós. También, la aceptación del momento crítico-vitalista de los modernistas, inspirado por Nietzsche y que en cualquier caso será integrado en la elaboración de un nuevo modelo de razón.

 

3. El silencio estético

 

El silencio estético de Ortega sobre Galdós está en conexión con el filosófico, aunque presenta peculiaridades propias. El punto de contacto entre ambas temáticas vuelve a ser el diagnóstico de la modernidad. En Meditaciones del Quijote (1914), Ortega considera que lo propio de la novela moderna, fundada por Cervantes, es que en ella “La realidad de la aventura queda reducida a lo psicológico” (1914, I, 811). La aventura, el elemento propio de la épica fantástica y los libros de caballería, ha de ser reducida a “la voluntad de aventura” (1914, I, 810). La voluntad de aventura caracteriza al héroe, pues, según Ortega, héroe es “quien quiere ser él mismo” (1914, I, 818). Esa voluntad de autoafirmación propia del héroe encuentra una resistencia en la realidad física. En la modernidad, la realidad está sujeta a las leyes de la naturaleza y el héroe no puede doblegarla a su antojo. Por eso, la voluntad del héroe es trágica: intenta afirmarse incluso ante una instancia que lo supera. No obstante, además de la tragedia, en la novela también hay un ingrediente de comedia. Al fracasar, el héroe incurre en el ridículo, como Don Quijote. El género novelesco es cómico en la medida en que aprovecha “la caída violenta del cuerpo trágico” (1914, I, 822). El problema de la novela en el siglo XIX es que en ese siglo positivista y darwiniano el sujeto ya no afirma su voluntad; se adapta al medio. El sujeto burgués ya no puede ser un héroe: “Darwin barre los héroes de la faz de la tierra” (1914, I, 825). Y por ello, la obra de Flaubert, representa el final de la novela tal como la entendió Cervantes: “Una noche en el Père Lachaise, Bouvard y Pécuchet entierran la poesía -en honor a la verosimilitud y al determinismo” (1914, I, 825). La clave de la disolución del sujeto moderno y de la disolución de la propia novela es, pues, la pérdida de altura en la caída del cuerpo trágico.

Sólo en 1981 es publicaría La voluntad del Barroco, un texto redactado probablemente en 1912, que era la continuación manuscrita de las últimas páginas de Meditaciones del Quijote y mostraba que la aniquilación positivista de la novela y del héroe no cerraba el diagnóstico orteguiano. En La voluntad del Barroco, Ortega percibe un giro en la sensibilidad europea en relación con los valores propios del siglo XIX. La nota decisiva de la nueva actitud es “la superación del determinismo”. Era precisamente el determinismo positivista del siglo XIX el que había conducido a una “existencia quietista”, pues el determinismo “Vacía la sociedad de heroísmo” (1912, VII, 309). Y a la luz de este abandono del determinismo decimonónico interpreta Ortega el cambio de gusto de su época, que prefiere los libros de Stendhal y Dostoyewski a la novela realista francesa. Ortega completaba así un ciclo en el que Nietzsche volvía a estar en el trasfondo. Al igual que otras manifestaciones de la cultura moderna, la novela tiene un origen subjetivo -relacionado con la voluntad de poder del individuo, entendida por Ortega como voluntad de aventura-, una crisis nihilista -que llega a su máxima expresión en la segunda mitad del siglo XIX- y una posible salida vitalista de esa crisis, que empieza a adivinarse justamente en la época en que escribe Ortega.

Es revelador comparar el planteamiento de Ortega con el que Galdós expone en el artículo “Observaciones sobre la novela contemporánea en España”, publicado en 1870 en Revista de España. Es cierto que se trata de un escrito de juventud, pero representa una adecuada poética para la ingente obra narrativa que su autor publica en las dos décadas siguientes. Según Galdós, los españoles son fantasiosos y poco observadores. Eso explica que no sean capaces de producir “la novela de verdad y caracteres, espejo fiel de la sociedad en que vivimos” y por eso escriben “como si no estuviéramos en el siglo XIX”[10]. La observación fue, sin embargo, la gran cualidad de Cervantes y Velázquez. El mérito de Cervantes, como el de Dickens, es el observar la realidad tal como es y no tanto el de plasmar los dilemas de la voluntad del héroe moderno. Galdós se acerca de esta manera más al paradigma que Ortega identifica con Flaubert: el del retrato de una sociedad en la que ya no son posibles los héroes ni las subjetividades poderosas. En realidad, desde la perspectiva del Ortega de 1914, Galdós no parece apercibirse de la tensión entre la voluntad del sujeto y la realidad que caracterizaría al fundador de la modernidad, Cervantes. Mantiene la confrontación entre novela “fantasiosa” y novela “realista”, cuando la aportación del Cervantes leído por Ortega sería la de unir esos dos polos en el conflicto que les es inherente.

Tras la necrológica de 1920, en las Obras Completas de Ortega sólo se menciona a Galdós en dos ocasiones, aunque en escritos significativos. En La deshumanización del arte, el ensayo en que Ortega expone su estética, tan influyente en las vanguardias españolas de los años veinte, puede leerse: “… el entusiasta de Zurbarán, no sabiendo qué decir, dice que sus cuadros tienen “carácter”, como tienen carácter y no estilo, Lucas o Sorolla, Dickens o Galdós” (1925, III, 860). En el contexto de la cita el rasgo del carácter no señala una cualidad sino un defecto estético: la falta de estilo. Lo hace en una obra que sostiene la “autonomía” del arte y la exigencia de su “deshumanización”; una obra que expone una estética que hace consistir el arte fundamentalmente en estilo. La segunda alusión aparece en el comentario que Ortega dedica en 1927 a El obispo leproso de Gabriel Miró: “Es una lástima que nuestros escritores se queden siempre sin definir. No sabemos nada de Galdós -a pesar de tener tantos “amigos”- ni de Valera. No sabemos de Valle Inclán, ni de Baroja, ni de Azorín. Desconocemos la ecuación del arte admirable que ejercitaron o ejercitan aún” (1927, IV, 150). La observación no deja de contener un elemento engañoso. Ortega dedicó importantes ensayos a Baroja y Azorín, como ya se ha indicado. No consideró oportuno, sin embargo, “revelar la ecuación del arte” de Galdós. La alusión a los “amigos” del escritor canario incidía además en el reproche a una generación que no había sabido apropiarse intelectualmente de sus propios coetáneos. En cualquier caso, Ortega optó por un silencio en el que había, sin duda, distancia y probablemente también respeto.

 

Conclusiones

 

Galdós y Ortega representaban dos modelos de entender la modernidad. Desde un punto de vista político, Galdós era un hombre del “sexenio revolucionario”, un radical-demócrata decimonónico. Desde un punto de vista estético, era un realista, inadecuado para recuperar la figura del héroe, el sujeto que afirma su voluntad de aventura y no claudica sin más ante el medio.

Ortega sabía, sin embargo, que el corte histórico introducido por los modernistas era irreversible. Al caracterizar a los modernistas (Unamuno, Baroja, Azorín, Maeztu) como “Hércules bárbaros” (1912, VII, 286) no utilizaba el término en un sentido peyorativo como ha sugerido algún intérprete apresurado. Bárbaros son los que “balbucen” y por lo tanto crean un nuevo lenguaje (1912, VII, 281 s.) indica Ortega retomando la filosofía de la mitología de Schelling. Por eso su distancia ante los modernistas implica el reconocimiento de su dimensión crítica. Ortega considera que la novelística de Baroja presenta importantes deficiencias en la construcción de los personajes y la acción y que desde un punto de vista filosófico es “un metafísico sin metafísica” (1912, VII, 276). Pero reconoce en él al “precursor “ que el propio Baroja había identificado en Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la ciencia. Precursor es etimológicamente “el que no llega al lugar hacia donde corre” (1912, VII, 283), pero el camino por el que corre ya ha sido iniciado. Ortega sabía que la nueva razón que se proponía elaborar tenía que ser una razón “post-nihilista” y “post-modernista” (que no posmoderna). Se trataba de una razón muy distinta a la razón decimonónica, “positivista” y realista de Galdós.

 

La sombra de Nietzsche también se proyectaba en el plano político. Por eso la revisión del liberalismo de Ortega no implicaba recuperar el liberalismo democrático del siglo XIX y del “sexenio”. Se trataba, más bien, de elaborar un liberalismo aristocratizante, en el que sería central el interés por articular la relación entre las masas y las élites en las sociedades contemporáneas, como mostró ya en sus escritos de 1914 y seguiría mostrando en su obra política de madurez. Y en este sentido también tenía razones para guardar silencio sobre Galdós.

 

 

 

 

 

Esteban Ruiz Serrano (Vega de Pas, Cantabria, 1962). Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria. Licenciado en Filosofía por la Universidad de Salamanca, Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense, con una tesis doctoral titulada De Nietzsche a Ortega. Idea de la Vida y crisis de la modernidad (Madrid: Universidad Complutense, 2017). Ha publicado “Nietzsche y el pensamiento político español (1898-1931)”, en Res Publica, nº 7 (2001) y ha colaborado en los libros de texto Lecturas fundamentales de Historia de la Filosofía (Santander: Universidad de Cantabria, 2009) y Filosofía. 1º de Bachillerato, Santander: Tantín, 2015.



[1] Cartas a Galdós, Presentadas por Soledad Ortega, Madrid: Revista de Occidente, 1964.

[2] MORÓN ARROYO, Ciriaco: “Galdós y Ortega y Gasset: Historia de un silencio”, en Anales Galdosianos, I, 1966, pp. 143-150.

[3] Las citas de las obras de Ortega se corresponden con la edición ORTEGA Y GASSET, José: Obras Completas, Edición Fundación José Ortega y Gasset, Centros de Estudios Orteguianos. Madrid: Taurus/Fundación Ortega y Gasset, 2004-2010 (se cita año del escrito de Ortega, volumen en romanos y página en arábigo).

[4] Véase ZAMORA BONILLA, Javier: Ortega y Gasset, Barcelona: Plaza y Janés, 2002, pp. 142 ss.

[5] ELORZA, Antonio.: La razón y la sombra. Una lectura política de Ortega y Gasset, Barcelona: Anagrama, 1984, p. 24.

[6] CÁNOVAS SÁNCHEZ, Francisco. Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso, Madrid: Alianza, 2019, p. 284.

[7] Cf. CACHO VIÚ, Vicente: “Ortega y el espíritu del 98”, en Repensar el noventa y ocho, Madrid: Biblioteca Nueva, 1997, pp. 117-171.

[8] Cf. JULIÁ, Santos: “Dos jóvenes cuando el desastre critican a sus mayores”, en RUIZ MANJÓN, O. y LANGA, A. (eds.): Los significados del 98. La sociedad española en la génesis del siglo XX, Madrid: Universidad Complutense/Biblioteca Nueva, 1999, pp. 485-497.

[9] CJE = ORTEGA Y GASSET, José: Cartas de un joven español (1891-1908), Edición y notas de Soledad Ortega, Prólogo de Vicente Cacho Viú, Madrid: El Arquero, 1991.

[10] PÉREZ GALDÓS, Benito: “Observaciones sobre la novela contemporánea en España”, en Ensayos de crítica literaria, Barcelona: Península, 1972, p. 116.

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