LA EDUCACIÓN: PRIMER DEBER DE TODO GOBIERNO
por Anna Rossell
Vivimos en un país cuyos gobernantes han hecho toda
una cultura de la mala actuación o de la no actuación —cuando hay que actuar—.
Estamos acostumbrados a ver que el poder legislativo decide la derogación de
leyes o establece leyes nuevas, pero también estamos acostumbrados (y esto no
es nada bueno) a que a menudo sus decisiones, de hecho, no se ejecutan. Para
poner sólo un ejemplo concreto que todos conocemos: todavía estamos esperando
hace más de diez años que la llamada ley
mordaza (Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana) deje
de aplicarse. Y es que la protección de la seguridad ciudadana para la cual había
de servir esta ley, en la práctica suponía una desprotección: la ciudadanía
quedaba desprotegida de su derecho a la libertad pacífica de expresión. Por
esta razón se decidió su derogación en 2015; aun así, se mantiene en la
actualidad prácticamente operativa. Y, ¡cuántas leyes de todo tipo que han sido
aprobadas, sancionadas y promulgadas podemos decir que se cumplen y se controle
el cumplimiento por parte del poder público que las aprobó!
En Internet leemos
que España es el tercer país del mundo mejor dotado en cuanto a kilómetros de
trenes de alta velocidad (1)
después de China y Japón. Cuando los legisladores decidieron
impulsar los TAV (Trenes de Alta Velocidad) en el país ¿pensaron también en su
mantenimiento? ¿Hubieran pasado los recientes accidentes mortales por problemas
en las vías en Andalucía y en Cataluña? Y es que aprobar una ley debe comportar
siempre —siempre— poner los medios necesarios para su aplicación.
Y
uno de los ámbitos sobre los que se promulgan leyes para las que casi nunca se
ponen los medios es precisamente el de la educación. Basta con dar un vistazo a
las diversas leyes educativas que hemos ido teniendo para ver que su
cumplimiento es, como mínimo, más que discutible (2)).
Ésta es la razón por la cual los
enseñantes de todos los niveles educativos estos últimos días llenan las calles
y exigen que los responsables políticos se sienten a negociar.
La educación es el fundamento más
importante para la buena construcción de cualquier cosa. Sin embargo, en este
caso «cualquier cosa» no es una cosa cualquiera: estamos hablando de personas:
bebés, niños y jóvenes que se están formando como seres humanos y de los/las
educadores/as que se ocupan de su formación. Estos bebés, niños y jóvenes están
forjando su carácter, sus valores, su proyección en la sociedad y sus
conocimientos en las diversas áreas del saber. Serán ellos y ellas los/las que irán interviniendo progresivamente en la sociedad y en la política. Son ellos y
ellas quienes irán conformando un país u otro muy diferente en función de la
educación que reciban. Los políticos y las políticas de un país deben entender
que la educación es la base fundamental sobre la cual se sostiene todo el
resto. Y cuando digo que deben entender
quiero decir que deben creerlo, deben creer en ello mucho y de verdad, y actuar
en consecuencia. Todas las leyes educativas hablan de «igualdad de
oportunidades», leemos a menudo que la «atención a los educandos debe ser más
personalizada»: ¿hay suficientes medios para que la igualdad de oportunidades
sea real? ¿Los hay para que la atención sea más personalizada? ¿Qué ratios maestro/profesor-número de
alumnos hay por clase? ¿Hay en todos los centros los suficientes educadores
especiales? ¿Todos tienen psicólogo? Sabemos que no es así. No es extraño que
las cifras de baja médica por depresión y/o agotamiento entre el colectivo
educador sea elevada. ¿Tienen las personas que se encargan de formar los
suficientes medios para seguirse formando ellos/as mismos/as sin tener que
hipotecar las vacaciones o la vida familiar? Es un aspecto importante a tener
en cuenta, sobre todo considerando el ritmo al que avanzan la metodología de la
enseñanza y las tecnologías actuales.
La trascendencia que tiene la cuestión
educativa nos obliga todavía a considerar otro extremo que la clase política debería
tener mucho en cuenta y que ignora o quiere ignorar: que la educación no consiste
en transmitir conocimientos, sino que en primer lugar se trata de transmitir
valores. De hecho, si nos obligan a elegir, estos últimos son lo más
importante. Por esta razón los planes de educación, los currículum, deberían
enseñar nuestra historia, la de nuestros ancestros, y hacer reflexionar sobre
ella, dar a conocer de dónde venimos. Por ello la desaparición o el
arrinconamiento cada vez más extremo de lo que denominamos ciencias del espíritu, de la filosofía, la historia, el latín y el
griego, por ejemplo, representan un peligro que podría equivaler a un suicidio.
En este sentido vale la pena leer los artículos que Hannah Arendt
escribió sobre la crisis y que se han reunido bajo el título Entre el pasado y el futuro («La crisis
de la educación», 1958; «La crisis de la cultura», 1960; o su a alocución
«Sobre la sociedad moderna y su carácter de crisis», 1966). La filósofa
catalana Fina Birulés, especializada en Hannah Arendt, en su libro Hannah Arendt: el mundo en juego
escribe: «[Para Arendt] la esencia de la educación es la natalidad, el hecho
que en el mundo nazcan seres humanos, cosa que indica que cada generación se
inserta en un mundo que ya existía y que la sobrevivirá; los niños llegan a un
mundo viejo y la educación es, para Arendt, la manera de introducir en nuestro
mundo a los acabados de llegar. Los educadores, escribe, representan un mundo,
cuya responsabilidad asumen, aunque ellos o ellas no sean quienes lo hicieron y
que, secreta o abiertamente, preferirían que fuera diferente. “La competencia
del profesor consiste en conocer el mundo y en poder transmitir este
conocimiento a los otros, pero su autoridad se fundamenta en su papel de
responsable del mundo”. En la educación, asumir la responsabilidad por el mundo
adopta la forma de autoridad.»
Y esto no se desliga de la innovación
o renovación que puede aportar cada nuevo individuo al mundo, todo lo
contrario. Seguimos leyendo a Birulés, que ahora condensa el pensamiento de
Arendt así: «Por lo que he dicho hasta ahora la práctica educativa debe tener
un carácter conservador, dado que se trata de transmitir un legado [...]», y
más adelante añade que hay que recordar «la capacidad humana de empezar, de acción
[...] nuestra esperanza radica siempre en lo inaudito que cada generación
comporta [...] por el bien de lo que hay de inédito y revolucionario en cada
niño, la educación debe ser conservadora; debe preservar el elemento nuevo e
introducirlo en un mundo viejo que, por muy revolucionarias que sean sus
acciones, siempre es anticuado [...] desde el punto de vista de la generación
siguiente.» (pp. 112 y ss. de la edición catalana del libro Hannah Arendt: el món en joc, ed. Arcadia, Barcelona, 2023).3
Así pues, los educadores son eslabón
entre el pasado y el futuro. ¡Pues menuda responsabilidad tienen los maestros y
las maestras de nuestras hijas e hijos!, ¡menuda responsabilidad tenemos todas
las personas que nos relacionamos con niños y jóvenes!
¡Ojalá la clase política se tomara en
serio lo que significa ser educador!
_________
Notas
1. Ver: https://www.xataka.com/movilidad/paises-kilometros-tren-alta-velocidad-expuestos-grafico-dominador-brutal-china
2. Ver:
https://www.educaweb.com/contenidos/educativos/sistema-educativo/leyes-educacion-estatales/cronologia-marco-legal-educativo/
3. Las citas son traducción al
español de la autora de este artículo a partir de la versión catalana.
Anna Rossell. Fuente: Tertulia de Anna Rossell
Anna Rossell es filóloga alemana, escritora, poeta, crítica
literaria y gestora cultural.
https://ca.wikipedia.org/wiki/Anna_Rossell_Ibern
https://www.annarossell.com/
https://www.instagram.com/rossellanna/