CREPUSCULARIO, DE PABLO NERUDA. AQUÍ ESTOY CON MI POBRE CUERPO.
(Breves pinceladas sobre grandes poemas)
En un puesto de libros callejero, en Madrid, encontré siendo estudiante el libro de poemas de Pablo Neruda La rosa separada. Una breve colección de poemas que describen el asombroso viaje del poeta a la isla de Pascua. He tenido esa lectura siempre entre mis favoritas, y cuando pensaba en la obra del chileno me traía la memoria a menudo sus versos, las imágenes y el asombro hecho poesía y música extremada, un oleaje apenas ruidoso se me presentaba en ellos: metonimia de un viaje que no era tanto por mar y al encuentro de los vestigios de una remota cultura, sino por el texto, al corazón de un poeta.
Quizá en cada uno de sus libros (y a fortiori debiera ser en los más logrados, o celebrados) el poeta emerge en la vena del asombro, convoca la niñez de su alma y logra mostrarnos un corazón al vivo. Es otro el mundo de la recepción. Un libro tiene tantas vidas como lectores -o ninguna.
La experiencia con La rosa separada no se ha vuelto a repetir, pero este lector ha tenido el pasado verano dos felices sucesos, con sendos libros de Neruda, para él nuevos: Plenos poderes y Crepusculario. Ninguno de ellos es (tampoco) el título más acreditado del poeta de Isla Negra, y sin embargo, el placer que me produjeron, la lección de belleza y verdad que extraje de ellos valen por mil castillos.
Hubo un poeta castellanoleonés (al que estimo, por otra parte, mucho, me refiero a Leopoldo Panero), que opuso su Canto personal al Canto general del chileno. (Recomiendo leer el texto de Francisco Javier Maldonado Araque: "Panero y Neruda: Canto personal vs. Canto general ( Una lucha poética y política en tiempos de posguerra)". * Como las circunstancias cambian, hoy uno puede, con todo derecho, reconocer mejor a Neruda en el canto personal, en libros de menor renombre (quizá también de menos vuelo retórico), como son los tres poemarios que me han enamorado en dos tiempos muy distintos: La rosa separada, Plenos poderes y Crepusculario.
No quiero olvidarme de otros libros: Residencia en la tierra, Tercera residencia, Odas elementales, Cien sonetos de amor, etc. Y, sobre todo, de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Precisamente, Crepusculario, que he leído por primera vez este verano, como os decía, me ha revivido la lectura de aquel genial libro de poemas, que escribió un zagal tan precozmente sabio en el alfabeto del amor como en el del idioma de la poesía.
MI ALMA
Mi alma es un carrousel vacío en el crepúsculo...
AQUÍ ESTOY CON MI POBRE CUERPO
Aquí estoy con mi pobre cuerpo frente al crepúsculo
que entinta de oros rojos el cielo de la tarde:
mientras entre la niebla los árboles oscuros
se libertan y salen a danzar por las calles.
Yo no sé por qué estoy aquí, ni cuándo vine,
ni por qué la luz roja del sol lo llena todo;
me basta con sentir frente a mi cuerpo triste
la inmensidad de un cielo de luz teñido de oro,
la inmensa rojedad de un sol que ya no existe,
el inmenso cadáver de una tierra ya muerta,
y frente a las astrales luminarias que tiñen el cielo,
la inmensidad de mi alma bajo la tarde inmensa.
Crepusculario es un libro adolescente, anterior, incluso, a Veinte poemas de amor... En este poema, el crepúsculo propicia en el poeta la percepción de sí mismo; el color rojo, la oscuridad que avanza son notas cromáticas, su conjunción instantánea y fugaz producen una insólita claridad, al irse la luz externa se inicia el espectáculo de la autoconciencia, el yo que mira se observa, incluso asistimos a una imagen en cierto modo surrealista: los árboles oscuros / se libertan y salan a danzar por las calles.
La dicotomía platónica entre alma y el cuerpo se evidencia en un grado agudo, que expone al desconcierto ("Yo no sé por qué estoy aquí..."), sensación de evanescencia, de liquidez y fuga, de pequeñez y miseria (tristeza), en la que se ahonda, se toca fondo ("me basta con sentir frente a mi cuerpo triste") hasta que, de ahí abajo, o de ahí dentro, surge el sentimiento oceánico. El poema describe, con orden progresivo, los efectos de ese sentimiento, del que han escrito tanto los psicólogos de la conciencia como los místicos, comparándolo en cierto modo a una "liberación", a una "muerte", pero dándole sin embargo el efecto de una carga real, con la doble consecuencia de un súbito despertar y de una consciente responsabilidad sobre sí -que adelanta ya el título, en el deíctico "aquí-: primero, "la inmensidad de un cielo..." y, en cadena, en la tercera y última estrofa, "la inmensa rojedad de un sol que ya no existe", "el inmenso cadáver de una tierra ya muerta,", y finalmente, al salir las estrellas ("frente a las astrales luminarias...") "la inmensidad de mi alma bajo la tarde inmensa".
La reiteración (cinco veces, entre adjetivo y nombre) de la noción de inmensidad, a través de esa escala (cielo-sol-tierra-estrellas-alma) convierte al poema en un fármacos, en una mímesis que trata de suscitar (en cada uno de nosotros) la anamnesis.
Fulgencio Martínez
4 de Octubre, 2026
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* Disponible en internet. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. cf.

