Unamuno en su casa de Salamanca, calle Bordadores
LA
POESÍA ÚLTIMA DE MIGUEL DE UNAMUNO
Francisco Javier Díez de Revenga
Universidad de Murcia
Hay que entender el Cancionero de Unamuno como el Diario
poético (1928-1936) de su autor y así figura en el tercer volumen de
la edición que manejamos de Poesía completa, editada por Ana Suárez
Miramón (Madrid, Alianza, 1988). Y hay que tener en cuenta,
como rasgo exclusivo y singular de esta obra, que se escribió en una gran parte
en los últimos años de la vida del autor, en las etapas de la posmadurez y la
senectud. Unamuno había nacido el 29 de septiembre de 1864, y cuando comienza
su Cancionero el 28 de febrero de 1928, tiene ya sesenta y tres años.
Unamuno en la Universidad de Salamanca
La
obra, como es sabido, fue continuada prácticamente sin interrupción, hasta la
muerte de su autor el 31 de diciembre de 1936, cuando ya había cumplido los
setenta y dos. Por su profesión y por su actividad intelectual, y más aún por
el aspecto físico que nos ha quedado del Unamuno de esos años, a través de las
fotografías, podemos afirmar que había sobrepasado la madurez y que, a los
sesenta y cinco años, se le consideraba ya un hombre más que maduro y
extraordinariamente experimentado, en definitiva, un hombre mayor. Y sus
últimos meses de vida debieron de ser muy penosos, ya que, como es muy
conocido, el 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de
Salamanca, Unamuno protagonizó un tenso enfrentamiento dialéctico con el
general Millán-Astray durante la apertura del curso académico y Día de
la Raza, en el que clausuró el acto con un discurso espontáneo, no programado,
en el que entre sus palabras habló de vencer y convencer y otras muchas
afirmaciones que desataron la ira del general y el tumulto que tanta veces se
ha recodado. Tras lo cual fue despojado de sus funciones públicas y confinado
en su domicilio, la casa rectoral, hasta su muerte la tarde del último día del
año. Hay que tener en cuenta, en cualquier caso, que los cánones sociales y aun
biológicos de medición de la edad y de consideración del hombre mayor en la
época de Unamuno, no se corresponden con exactitud con los de nuestros días.

Unamuno, 12 de octubre de 1936, saliendo del acto de apertura del curso
Visto el Cancionero desde esta
perspectiva, hemos de poner de relieve que, en ese mundo complejo en el que
entran a formar parte todos los impulsos más variados de una vida, surgen, con
singularidad excepcional, porque solo en libros escritos en la edad mayor es
posible verlos convertidos en realidad, asuntos que consideramos propios y
específicos de senectud, que llegan a formalizar y dar representación a mundos
poéticos originales. Todos los poetas que a alta edad han llegado en activo, laborioso
y creador, insisten en parecidas inquietudes, y Unamuno, preocupado siempre por
problemas de carácter metafísico que, con frecuencia, estuvieron presentes en
otras épocas de su poesía, no fue en modo alguno ajeno a ellos. Un buen número
de poemas del Cancionero de Unamuno, escritos a partir del 29 de
septiembre de 1929 –cuando el poeta cumple sesenta y cinco años–, evidencian
claramente preocupaciones, que podríamos advertir que están inspiradas en el
arrabal de senectud, acogen una larga serie de inquietudes que van acentuándose
conforme avanza el tiempo y se hacen especialmente notables y agudas,
perceptibles e incisivas, en los años finales de su vida y, sobre todo, en los
últimos meses.
Muy
pocos días, apenas dos meses, después de cumplir Unamuno los sesenta y cinco,
el día 24 de noviembre de aquel año, el poeta deja familiar constancia en su Cancionero
del bautizo de su primer nieto, Miguel Quiroga, hijo de José María
Quiroga Pla, que evoca en una bella canción con el motivo poético de la
media luna como cuna del niño que ese día se bautiza. Pero lo más interesante,
aparte de la obligada consignación de estos no raros motivos de ternura del anciano,
ya abuelo, Unamuno, es el simbolismo de la luna que camina a luna nueva,
mutación cósmica de profundo significado, sobre la que Unamuno anota al final
del poema: «Será luna nueva el l.º de dic., dentro de seis días» (c. 1347).
Así
inicia el poeta, que sufría un injusto destierro en esa fecha, una serie de
canciones en las que las diferentes mutaciones de la naturaleza revelan su
movimiento y el paso del tiempo. Tales mutaciones, que van desde los elementos
de la naturaleza hasta las de entes más abstractos, no hacen sino revelar lo
que Unamuno denomina «el infinito divino vaivén» (c. 1357), como consigna en un
poema escrito a los dos meses de haber cumplido los sesenta y cinco, cuando
reflexiona sobre los frutos que van tras las flores, los lutos tras los amores,
la partida tras la suerte y la muerte después de la vida. Todo como evidencia
del trascurso del tiempo, del paso de los días que a Unamuno preocupa
notablemente ya en estas fechas del destierro, hasta el punto de que una
semántica final (expirar, confín, tumba, enterramiento) puede llegar a
constituir la retórica de un poema conocido, como lo es la canción en la que el
ilustre desterrado oye, desde Hendaya, la campana de la iglesia de la vecina
Fuenterrabía:
Tu voz, campana de Fuenterrabía,
expira en la bahía,
mientras el sol expira en la montaña
y mi paz en España.
El agua es de su voz tumba marina,
la tierra que confina con tu cielo es de sol enterramiento;
guárdame este lamento.
No aparecerán durante
bastantes meses en el Cancionero de Unamuno inquietudes de vejez hasta
llegar al verano de 1930, cuando un nuevo grupo de poemas, bastante importante,
plantea asuntos como el paso del tiempo, el trascurrir de la vida, la presencia
de la muerte, mientras que símbolos eternos, como el reloj, el camino, el río,
el mar, van revelando la agudeza de una inquietud que se acentúa paso a paso.
El transcurrir de los días (c. 1455) se verá matizado por la presencia del
eterno retorno que supone el despertar y la presencia del nuevo día que se
repite incesantemente, eternamente. De nuevo los elementos cósmicos muestran
con su presencia ese asomo de ansiada eternidad (c. 1456):
Ceñida por las estrellas,
montaña de soledad,
el del sueño, qué sosiego;
¡qué sereno el despertar!
Despertar a vida siempre
nueva; Dios está
mirándonos la mirada,
¡y el alma vuelta a empezar!
Vuelta a empezar nueva vida,
la que acabó; el cielo va
dando vueltas; la montaña
gonce de la eternidad.
(“En una noche de luna”)
Tal motivo, el del
despertar a un nuevo día, partiendo del simbolismo del sueño, será frecuente a
partir de ahora en el Cancionero, ya sea para revelar la importancia del
significado de ese sueño previo, «y despertar, de mañana, atar los sueños / en
bandada de vuelo, / y echarlos a volar sobre la tierra madre» (c. 1599), ya sea
como evidencia de ese retorno y de la eternidad: «Respira el alba reciente, /
vuelve mi sueño a despertar; / por encima del azul naciente, / el que siempre
me está a esperar» (c. 1662). Bajo la máxima «empezar es acabar» (c. 1661), el
tránsito del sueño al despertar se convierte en imagen de la vida misma
recuperada, en el símbolo de la diaria mutación humana, de esa vuelta a empezar
que cada día inquieta aún más al Unamuno sereno de las canciones de los últimos
años. Sueño, muerte, vida, eternidad, despertar, se relacionan, al marcar con
su simbolismo el retorno de lo humano, con otra inquietud unamuniana ya del
final de sus días, provocada por la memoria, los recuerdos.
Es
el volver a ser, el revivirse en objetos o en recuerdos, que producen angustia
y recelo en el poeta final. Ese volver a ser se manifiesta en una serie de
poemas en los que la niñez lejana del autor, en donde busca su propia
identidad, en los abismos de la memoria, llegará a ser asunto inquietante hasta
el último poema. Las canciones correspondientes a noviembre de 1936 (c. 1745 y 1748)
recogen estas inquietudes que culminan en la sobrecogedora canción final. Los
recuerdos de la infancia ponen en entredicho la validez de la memoria. Un rizo
de su cabello infantil –sorprendente
intimidad del Unamuno final– revela al poeta
la verdad de la ley natural –¡tiempo que
pasa!– pero también la inutilidad del
regreso a un tiempo muerto, el pasado incapaz para lo que al poeta
verdaderamente interesa: el futuro, el devenir, el inmediato tiempo por
delante. El valor del rizo es entonces nulo: «Es la reliquia de un muerto, / náufrago
de un mar insondable; / qué misterio inabordable / el que aguarda en el puerto»
(c. 1705). Sólo la madre, ya al otro lado, puede servir al poeta, pero no su
infancia, pensamiento que reitera con asiduidad: «Pensé sacar del fondo de mí
mismo / aquel que fui yo antaño... / mas ¡ay! que no tiene fondo el abismo / y
si lo saco me ha de ser extraño» (c. 1702); comprende que es inútil, volátil e
inestable como el humo o la sombra: «¡Sombra de humo cruza el prado! / ¡y que
se va tan deprisa! / no da tiempo a la pesquisa / de retener lo pasado» (c. 1718).
Pero la ausencia de
memoria, esa dificultad de revivir un pasado, una infancia, evidencia en el
poeta un final, contrapunto de aquel comienzo, un desnacer contrapunto de aquel
nacer, simbolizado en la palabra: «La primera que pronuncié, ¿cuál fuera? / ¿Será,
en mi desnacer, acaso la última?» (c. 1744). Entre el nacer y el desnacer hay
un tiempo que trascurre y que el poeta comprende en sus finales. La agudeza de
la inquietud unamuniana se revela en la presencia de imágenes y de símbolos delatores
de lo inevitable del paso del tiempo. La imagen del río adquiere entonces
validez renovada y en un poema de verano de 1930 la encontramos como símbolo
del «resbalar de las edades / por el recuerdo infinito / sin llegar jamás al
hito / de las sumas soledades» (c. 1531), mientras que pocas fechas después, la
fluidez de los días, reflejada en el río, se confunde igualmente con la imagen
del tren, desde cuyo interior el poeta ve cómo «fluyen los campos, / viene
tierra y se va, / y vuelven los recuerdos de otros viajes / ¿otros? el mismo
siempre, / el viaje eterno» (c. 1548). Junto a la imagen del tren y el
simbolismo del viaje no falta, bien pronto, la nueva presencia de la imagen de
los ríos, esta vez los de Castilla (c. 1549),
que yéndome a la mar siempre se quedan;
ay, mi Castilla, junto al tren que pasa
los surcos del rastrojo que desfilan;
los surcos de recuerdos;
tierra de fin de estío como el pan moreno;
los surcos de los años,
y mis recuerdos hechos ya harina de flor de trigo
harina para el pan de la eternidad.
Otra vez en el tren, fluyen los campos
viene tierra y se va.
Los
«surcos de los años», los recuerdos, el afán de eternidad, pueblan esta poesía
temporal de Unamuno, en la que la imagen del campo estival castellano es descubierta
con singular simbolismo, en el tiempo, en el tiempo vivido que pesa con
especial gravedad.
Así
ocurre en el poema siguiente, también escrito en el tren, en Guipúzcoa, y en el
que la tradicional imagen del río adquiere matices renovados al reflexionar
sobre la quietud —aparente— contemplada en un río, quimera imposible de tiempo
detenido que a Unamuno despierta conjeturas interesantes: «Se va mirando el río
en las riberas; créese quieto; / también el agua sueña sus quimeras / sin más
objeto», que el poeta aplica a sí mismo y a su afán de eternidad, pasión de
triunfar sobre el tiempo: «Yo mis quimeras al mirar al río / voy anudando, / y
durará ese inmenso desvarío / no sé hasta cuándo» (c. 1549). Incertidumbre,
ignorancia, desconocimiento que suscita la pregunta varias veces reiterada: «Va
pasando; va pasando, / y no acaba de pasar... / ¿sabes, Señor, hasta cuándo, /
hasta cuándo va a durar?» (c. 1584). Cierto es que estamos ante el Unamuno,
poeta de sus últimos días.
Junto
a la imagen de los ríos y del mar, presente aún en canciones más tardías, ya de
1934 («Los tiempos como los ríos, / la eternidad su mar...» –c. 1640–), una de
las más claras evidencias del paso del tiempo la constituye la contemplación y
reflexión de las mutaciones de la naturaleza, como ya hemos adelantado.
Su
acentuación tiene lugar en toda la parte última del Cancionero, en la
que es frecuente observar el paso de la noche a la mañana, al alba, al
despertar, el de la mañana a la tarde cuando «dejó el sol de sonreír» (c. 1576),
el de la puesta del sol y la llegada de la noche,«[...] baja / del azul
derretido unción de noche / la agonía solar, ya resignada, / a ungir en santa
paz; nace el olvido» (c. 1604), o bien del final de otoño («Pasado el otoño se
pasa la fruta / y se va cayendo de puro madura» (c. 1609). Todos son elementos
decisivos de un clima psicológico característico que podemos advertir
igualmente en la constante referencia a la dialéctica ayer-hoy-mañana,
característica del pensamiento unamuniano en este momento de 1932 (c. 1588):
Es el ayer de la muerte,
el hoy es nacimiento,
ya es ensueño el mañana;
y pues morir es suerte,
se lleva hoy al viento,
y el soñar hace gana.
El
sueño, tantas veces presente en la poesía unamuniana, es aquí lección de
futuro, mientras que en otro poema de ese mismo año se transforma en polvo que
se lleva el viento de la eternidad, con el que el agua de nieve hace légamo de
pasión para la resignación del hombre (c. 1603), cuya vida, como camino hacia
un destino irreversible, estará alimentada por el sueño de la eternidad.
Precisamente, la imagen vida-camino aparecerá también en diferentes ocasiones,
entre las que sobresale aquella en que el camino se define como celda del
destino, «de ambos lados murada; un eslabón que suelda / el todo con la nada»
(c. 1515).
Por
otro lado, también con la presencia del sueño, se nos ofrece en el último
Unamuno la concepción de la vida como esperanza sin esperanza, la vida como
espacio que se consume sin cesar mientras se sueña: «El cielo siempre risueño;
/ eterno, divino engaño; / porvenir, hijo del sueño; / todo lo otro es extraño.
/ Soñar, soñar que se sueña, / y a la esperanza esperar; / y en el vacío esta
seña: / “¡empezares acabar!”» (c. 1661).
Acaso
donde mejor se muestra esta filosofía de la vida breve, sin esperanza de
eternidad, de Unamuno, donde con mayor virtuosismo poético y una cierta
estética formal se hace realidad, es en una canción paralelística muy
interesante, en la que los elementos que se repiten y se contraponen formando
series antitéticas con corazón y sin razón, en una de esas
combinaciones seudoetimológicas típicas del anciano poeta (corazón=con
razón frente a sin razón), que van estableciendo la realidad de que
la vida es breve y el arte largo, pero que lo cierto es que de la vida brota la
muerte y que el hombre, al buscar la eternidad, no hace sino una sinrazón. Se
trata de una canción ya de agosto de 1934 (c. 1689):
Te abrasas para calentarte,
corazón;
corta es la vida y largo el arte
sin razón.
Y te vacías gota a gota,
corazón;
que de la vida muerte brota
sin razón.
Quieres clavando tus momentos,
corazón,
darle a la eternidad cimientos
sin razón.
El
día 21 de agosto de 1934, Unamuno escribe la única canción en la que aparece el
tema de la vejez como centro de un poema en el que los recuerdos del pasado –viejos como el poeta– confortan sus últimos años y le hacen
reconocer y advertir la dimensión del tiempo. La composición resulta de extremo
interés porque confirma la condición de toda la poesía a que nos venimos
refiriendo como poesía de senectud, ya que el poeta combina aquí todos los
motivos de inquietud citados –ríos, mar,
recuerdos, tiempo, eternidad, muerte– con el de la vejez, ley última de la vida, imperativo del tiempo y de la
edad (c. 1681):
Arropadme, recuerdos míos;
¡qué frío sopla la vejez!
y así que se secan los ríos,
¡ay de la desnudez!
Arropadme, recuerdos viejos,
casi tan viejos como yo;
llegáis a mí desde tan lejos...
¡ay tiempo el que pasó!
Mis recuerdos, mullid la cama,
la última en que dormiré;
de la raíz sale la rama
en que me acostaré.
Reviviré, recuerdos míos;
vuestro seno lo es de verdad;
nos vuelven de la mar los ríos,
tiempo de la eternidad.
Ese «ir muriendo poco a poco /
desde el día en que nací» (c. 1610), que inquieta al poeta en sus últimos
meses, se acentúa, como es generalmente conocido, en las tres últimas
canciones, que se constituyen en la culminación de un claro proceso de
reflexión en senectud. Las preguntas –presencia final de fray Luis de León– ante la bóveda estrellada sobre «qué habrá más allá del infinito», de la
canción escrita el 21 de diciembre de 1936; las reflexiones sobre Ronsard
y Nerval, que unen a la guerra civil de la infancia con la de la vejez,
de la canción del día de Navidad de aquel año, confluyen en las hermosas
palabras del último poema, escrito tan sólo tres días antes de morir.
La vida ya trascurrida, la muerte
y el sueño –ayer, hoy y mañana del Unamuno final–, el afán de eternidad, la
constante y angustiada pregunta, sin respuesta hasta el último verso, nutren
con su entereza la última lección de vida, muerte y más allá de Unamuno. En
estos tres poemas culmina un proceso de reflexión en senectud, definidor, como
hemos venido señalando, de un mundo poético singular. Sólo la lucidez mantenida
hasta el último momento permite la formalización de un espíritu lírico único y
la representación de unos sentimientos que sólo puede expresar aquel ser
privilegiado que ha alcanzado la senectud en plenas facultades y con el ingenio
despierto. Unamuno concibió hasta el último momento de su vida los estímulos
vitales como materia poética y con ellos construyó la gran lección de su Cancionero,
que se clausura con un soneto excepcional (c. 1755):
Morir soñando, sí, mas si se sueña
morir, la muerte es sueño; una ventana
hacia el vacío; no soñar; nirvana;
del tiempo al fin la eternidad se adueña.
Vivir el día de hoy bajo la enseña
del ayer deshaciéndose en mañana;
vivir encadenado a la desgana
¿es acaso vivir? ¿y esto qué enseña?
¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
¿Vivir el sueño no es matar la vida?
¿A qué poner en ello tanto empeño?:
¿aprender lo que al punto al fin se olvida
escudriñando el implacable ceño
-cielo desierto- del eterno Dueño?
Fechado el 28 –día de los Inocentes– de
diciembre, 1936, tres días antes de morir, iba precedido de una cita de Stendhal,
Le Rouge et le Noir, LXX, «La tranquillité»: «Au fait, se disait-il a
lui-même, il parait que mon destin est de mourir en rêvant». Y Unamuno, ese poeta de los últimos días que hemos querido evocar,
deja sentir las paradojas de su pensamiento mientras resuenan los ecos de su
admirado Calderón de la Barca (la vida es sueño) para contradecirle
con ese final stendhaliano, morir soñando, y afirmar que, por encima de todo,
la muerte es sueño, desde el ayer, al hoy y al mañana.
Francisco
Javier Díez de Revenga es Catedrático emérito de
Literatura en la Universidad de Murcia. Escritor, ensayista, autor de libros de
referencia sobre Miguel Hernández, Carmen Conde, Azorín, y sobre la Generación
del 27. Publica semanalmente un comentario sobre libros de actualidad en el
periódico La Opinión, de Murcia.