ÁGORA. ULTIMOS NUMEROS DISPONIBLES EN DIGITAL

martes, 1 de septiembre de 2026

El quimerismo poético / El extranjero: dos textos de Vasile Baghiu. Dossier dedicado al escritor y poeta rumano Vasile Baghiu. Avance de Ágora-Papeles de Arte Gramático. Nueva Col. N. 42. Otoño 2026. / Literatura rumana / Ensayo breve

 

                                              Vasile Baghiu

 

 Con este dossier reiniciamos la navegación de la revista y del blog, que avanzará, como es costumbre, las colaboraciones que se recogerán periódicamente (con tendencia bimestral) en cada uno de sus números durante el curso 2026-2027.

 

Presentamos en Ágora dos textos de Vasile Baghiu: un breve ensayo sobre el quimerismo poético, acompañado de un poema, El extranjero, que dialoga de manera directa con las ideas desarrolladas en la prosa bio-metapoética.

“He elegido este ensayo y este poema (informa su autor) pensando que a los lectores españoles podría interesarles conocer cómo la experiencia vital de un poeta del Este de Europa, en los últimos años del comunismo, pudo estimular la creación de un territorio poético que no es solamente literario, sino también existencial.

He incluido al comienzo unas breves líneas de presentación pensadas como introducción editorial.”

 

 

EL QUIMERISMO POÉTICO Y EL EXTRANJERO: DOS TEXTOS DE VASILE BAGHIU. DOSSIER DEDICADO AL ESCRITOR Y POETA RUMANO VASILE BAGHIU

 

                     1

EL QUIMERISMO O LA POESÍA COMO IDENTIDAD ALTERNATIVA

Historia de una idea poética, contada por su autor

 

El poeta y narrador rumano Vasile Baghiu, cuyos poemas ya han sido publicados en las páginas de la revista Ágora, formuló a finales de los años noventa el concepto de quimerismo poético, a partir de una experiencia literaria y biográfica iniciada una década antes, durante los últimos años del régimen comunista en Rumanía.

Siendo un joven enfermero en un sanatorio para enfermos pulmonares y viviendo en un país donde la libertad de movimiento estaba severamente limitada, Baghiu comenzó a imaginar en sus poemas una identidad alternativa, Himerus Alter, capaz de viajar libremente por espacios geográficos y épocas inaccesibles para el autor en la vida real. De esta experiencia nació poco a poco una poética en la que la literatura ya no es solo expresión de la vida vivida, sino también una posibilidad de ampliarla. El viaje imaginario, la alteridad, la enfermedad, el aislamiento y la relación entre la biografía real y la posible se convirtieron en elementos de la concepción que el autor acabaría llamando quimerismo.

Vista hoy, esta idea nacida en un espacio cerrado de Europa del Este adquiere una resonancia inesperadamente actual. La identidad móvil, las existencias paralelas y el cruce de fronteras geográficas y culturales, imaginados entonces como formas de libertad individual, entran en un diálogo natural con la experiencia del mundo globalizado de nuestros días.

En el ensayo que publicamos a continuación, acompañado de un poema ilustrativo, Vasile Baghiu reconstruye la historia de esta idea poética, desde la necesidad de libertad y la aparición de Himerus Alter hasta el momento en que los viajes imaginados en la poesía comenzaron a encontrarse, tras la caída del comunismo, con la experiencia de la vida real.

 

 

El quimerismo o la poesía como identidad alternativa

 

La necesidad de libertad

Me he preguntado a menudo por qué la poesía llegó a ocupar un lugar tan importante en mi vida. Tampoco hoy creo tener una respuesta definitiva. Pero puedo contar algunas experiencias que, vistas en conjunto y desde la distancia de los años, me ayudan a comprender por qué la escritura se convirtió para mí en algo más que una preocupación literaria y cómo nació lo que, más tarde, acabaría llamando quimerismo poético.

No empecé a escribir para crear una teoría, ni imaginé que llegaría a formular un manifiesto. La teoría vino mucho después. Al principio hubo una necesidad muy sencilla y, al mismo tiempo, muy poderosa: la necesidad de libertad.

Era joven en un tiempo en que la libertad misma estaba gravemente herida. En la Rumanía de los años ochenta, la última década de la dictadura comunista, la posibilidad de viajar fuera del país era casi inexistente para la mayoría de la gente. El mundo occidental que descubría en los libros, en las revistas que llegaban con dificultad hasta nosotros o escuchando emisoras de radio extranjeras parecía muy lejano. No era solo una distancia geográfica. Era la sensación de que entre uno mismo y el mundo existía una frontera que no se podía cruzar.

Para mí, esta situación tenía un significado especial, porque desde la infancia la lectura había sido una forma de viajar. Los libros me habían mostrado muy pronto que el mundo era mucho más grande que el lugar en el que vivía. Me atraían las ciudades lejanas, las personas de otros países, su manera de hablar y de organizar sus vidas, los paisajes que nunca había visto. Cuando cerraba un libro, a veces tenía la sensación de que regresaba de algún lugar. Aquel mundo no desaparecía con la última página. Permanecía en mí y modificaba, casi imperceptiblemente, el mundo inmediato.

Probablemente aquí se encuentre una de las raíces lejanas del quimerismo. La lectura me había proporcionado la experiencia de una primera identidad móvil. Podía permanecer en el mismo lugar y, sin embargo, habitar durante unas horas otro mundo. Mi propia vida parecía prolongarse en las vidas de las que leía.

Más tarde, esta disposición iba a encontrarse con la realidad de un país cerrado. Y fue precisamente entonces cuando la imaginación empezó a significar para mí algo más que ensoñación o refugio.

 

Dos círculos de aislamiento

Después de terminar el instituto tomé una decisión que iba a influir decisivamente en mi poesía: influido por lecturas centradas en la enfermedad, elegí trabajar como enfermero en un sanatorio para enfermos pulmonares.

Mirando ahora hacia atrás, me doy cuenta de que vivía dentro de dos círculos concéntricos de aislamiento. El primero era el país. El segundo, dentro de él, era el sanatorio.

Allí, el aislamiento ya no era solo político o geográfico. Era concreto, físico, existencial. Cuidaba a enfermos de tuberculosis, algunos de ellos en estado grave, y entraba diariamente en contacto con la fragilidad del cuerpo, con el sufrimiento y con la muerte. El sanatorio tenía su propio ritmo, diferente del ritmo del mundo exterior. A veces el tiempo parecía transcurrir más despacio.

Mis lecturas de aquella época, sobre todo La montaña mágica, de Thomas Mann, intensificaban la sensación de encontrarme en un espacio situado en la frontera entre dos mundos. Solo que mi sanatorio no era el de Davos, y la Rumanía de los años ochenta no era la Europa libre por la que podían circular los personajes de Thomas Mann.

Escribía un diario y poesía. Intentaba utilizar la experiencia de la enfermedad y del sanatorio como una forma de conocimiento. Pero sentía que no era suficiente. La poesía corría el riesgo de quedar también encerrada en el mismo espacio en el que yo estaba encerrado.

No me interesaba solamente describir mejor lo que vivía. Quería, aunque todavía no sabía formularlo de este modo, que la poesía me ofreciera lo que la vida no podía ofrecerme.

Y entonces se produjo un cambio.

 

21 de agosto de 1988

Puedo fechar el momento con precisión. Era el 21 de agosto de 1988. Escuchaba una emisora de radio italiana. No hubo ninguna revelación espectacular ni iluminación alguna en sentido romántico. Recuerdo más bien una decisión tranquila, casi técnica. Me dije que nada me impedía escribir desde la perspectiva de otro hombre. Un hombre con una identidad diferente de la mía, que no viviera en un país cerrado, que no necesitara la aprobación de nadie para cruzar una frontera y que pudiera viajar adonde quisiera.

Era una idea asombrosamente sencilla. Si yo no podía ir a Palermo, Roma, París, Madrid, Alejandría o Río de Janeiro, ¿por qué no podía ir quien hablaba en mis poemas?

Empecé a escribir como si ya estuviera allí. Este fue el momento cero del quimerismo poético, aunque el nombre y la teoría llegarían más tarde.

Al contemplar hoy aquel episodio, comprendo que no había descubierto solamente un procedimiento literario. Había encontrado una forma individual de libertad en un tiempo sin libertad. La poesía no podía abrir las fronteras de Rumanía ni cambiar el régimen político. Pero podía suspender, en el espacio de la imaginación, el poder que aquellas fronteras ejercían sobre mí.

Podía ser otro. Podía vivir en otro lugar. Podía viajar. Podía construir una biografía que las circunstancias históricas no me permitían.

El quimerismo nació, por tanto, antes que cualquier teoría literaria, como una experiencia personal de libertad en un tiempo en que la libertad estaba herida.

 

¿Quién viajaba en mi lugar?

Los primeros poemas escritos de este modo produjeron en mí una sensación que nunca antes había experimentado. El espacio se dilataba.

La vida vivida entre las paredes del sanatorio ya no estaba completamente encerrada. La poesía no solo describía un estado, sino que producía un movimiento. Con ese movimiento aparecía también un tiempo paralelo, en el que lo que no era posible en la existencia concreta se hacía posible en la imaginación.

Al principio no me hice demasiadas preguntas sobre la identidad de quien hablaba en aquellos poemas. No tenía la sensación de estar inventando un personaje. Más bien tenía la impresión de estar descubriendo otra posibilidad de ser. El hombre que viajaba por los poemas no era diferente de mí. Seguía siendo yo, pero liberado de los límites que mi vida de entonces me imponía. Poco a poco, esta identidad recibió también un nombre: Himerus Alter.

Himerus Alter no era un personaje en el sentido clásico ni tampoco un seudónimo. No debía ocultar la identidad del autor ni ofrecerle una simple máscara literaria. Era una identidad funcional, un instrumento para ampliar la biografía. Hoy formularía la diferencia de manera muy sencilla: Himerus Alter no tenía que escribir en mi lugar. Tenía que vivir en mi lugar.

Él podía ir adonde yo no podía ir, podía vivir en ciudades que yo nunca había visto, podía atravesar épocas, podía recibir y enviar cartas desde el extranjero, podía tener recuerdos que mi biografía real no contenía.

Muy pronto, esta libertad imaginaria dejó de ser únicamente geográfica. Himerus Alter podía viajar no solo de un país a otro, sino también de una época a otra. La historia se convertía también en un territorio accesible. En algunos poemas podía ser testigo de acontecimientos ocurridos siglos antes, podía caminar junto a exploradores, contemplar ciudades desaparecidas o tener recuerdos imposibles. No me preocupaba la verosimilitud biográfica en el sentido habitual. Al contrario, era precisamente esa imposibilidad lo que me interesaba: la posibilidad de que la poesía ampliara una sola vida no solo más allá de las fronteras geográficas, sino también más allá de los límites del tiempo que le había sido dado.

No inventaba solamente lugares y situaciones. Intentaba inventar, a través de la poesía, una biografía posible.

Vista desde la tradición ibérica, esta experiencia puede recordar inevitablemente a Fernando Pessoa y su extraordinaria construcción heteronímica. Pienso también en Antonio Machado, en sus voces y personajes apócrifos y en su reflexión sobre el otro. Y, naturalmente, desde otro espacio literario, en la fórmula de Rimbaud: Je est un autre.

No menciono estos nombres para establecer una filiación. Himerus Alter nació de unas circunstancias biográficas muy concretas y de una necesidad propia. Pero todas estas experiencias poéticas se encuentran en un punto importante: la desconfianza ante la suficiencia de un yo único.

Hay, sin embargo, una diferencia que hoy me parece esencial. En mi caso, la alteridad no tenía como función principal producir otra voz literaria. Lo que estaba en juego era la biografía. El otro debía ampliar el territorio de la vida.

No quería solamente escribir como otro. Quería, por medio de la poesía, poder ser también otro.

 

La vida paralela

Durante un tiempo viví intensamente este desdoblamiento. No lo percibía como un problema psicológico ni buscaba justificaciones teóricas. Me interesaba saber si funcionaba. Y funcionaba. Con cada poema, la vida imaginaria se hacía más rica y más coherente. Sin darme cuenta, empezaba a vivir en dos mundos: la existencia cotidiana, con el sanatorio, los pacientes, la ciudad y el país cerrado, y la existencia móvil construida a través de la poesía.

Hoy podría decir que era una especie de second life avant la lettre. A finales de los años ochenta, esta expresión no existía en el sentido que adquiriría más tarde con internet. No existían las redes sociales, los avatares, las comunidades virtuales ni las identidades digitales. Para mí, la página era el medio en el que podía construirse una vida paralela semejante.

Visto retrospectivamente, este me parece uno de los aspectos más curiosos del quimerismo. Una idea nacida en un espacio aislado de Europa del Este, de la imposibilidad de viajar y de la necesidad de una libertad personal, acabaría encontrándose, décadas después, con un mundo en el que la movilidad, las identidades múltiples, la comunicación instantánea y la posibilidad de habitar simultáneamente varios espacios se han convertido en experiencias casi cotidianas.

No quiero decir que el quimerismo «predijera» internet o la globalización. Sería una afirmación exagerada e innecesaria. Pero hay una ironía de la historia que no puedo dejar de observar. Lo que en la Rumanía de 1988 podía parecer una fantasía compensatoria —estar aquí y, en cierto sentido, en otro lugar; construirse una identidad capaz de atravesar fronteras; habitar una biografía paralela— se ha convertido, en el mundo actual, en una experiencia reconocible para millones de personas.

Himerus Alter era un ciudadano del mundo en una época en la que yo no podía serlo.

Hoy, la idea de ser ciudadano del mundo ya no contiene la misma dosis de imposibilidad.

 

De la imaginación a la realidad

Hay otro aspecto del quimerismo que solo comprendí más tarde.

En aquellos primeros años, el mecanismo parecía bastante sencillo: la vida real alimentaba la poesía, y la poesía construía una vida alternativa. La dirección parecía ir de la realidad hacia la imaginación.

Pero, con el tiempo, observé que el movimiento podía producirse también en sentido inverso.

La identidad imaginaria empezaba a influir en la identidad real.

Si durante años escribes como alguien que viaja, que entra en contacto con otros espacios y otras culturas, que contempla el mundo con curiosidad y cierta disponibilidad para lo desconocido, esta perspectiva acaba influyendo en tu manera de vivir.

No se trataba de convertirme en Himerus Alter. Se trataba de permitir que algo de la libertad de aquella identidad imaginaria pasara a mi propia vida.

Tras 1989, cuando las fronteras se abrieron y viajar se hizo posible, ocurrió algo que todavía hoy me parece significativo. Empecé a hacer en la realidad algunas de las cosas que durante años había hecho en la imaginación.

Viajé. Viví durante períodos más largos en otros países. Conocí a escritores de otros espacios culturales. Participé en residencias literarias. La geografía imaginaria empezó a encontrarse con la geografía real. No se superponían perfectamente. Tampoco habría tenido sentido que lo hicieran. Pero entre ambas existía una continuidad.

La poesía había preparado una disponibilidad para el mundo. Y el mundo empezaba a responder.

 

La poesía que empieza a producir vida

Estamos acostumbrados a pensar la literatura siguiendo un determinado orden: primero vivimos y después escribimos sobre lo que hemos vivido. La experiencia del quimerismo me llevó a descubrir que el camino también puede recorrerse en sentido inverso.

A veces la escritura precede a la experiencia.

A veces la imaginación no solo reelabora lo que nos ha ocurrido, sino que prepara lo que podríamos llegar a ser.

Después de la caída del régimen comunista, empecé a viajar. Al principio tímidamente, después cada vez más. Más tarde, los encuentros literarios y las residencias de escritores me llevaron por distintos países de Europa. El mundo que durante mucho tiempo había existido sobre todo en los libros y en mis poemas adquirió consistencia material. A veces tuve la extraña sensación de llegar a lugares en los que, en cierto sentido, ya había estado. No porque los poemas los hubieran descrito correctamente. Muchas veces no los habían descrito correctamente en absoluto. Lo importante no era la precisión geográfica, sino el hecho de que aquellos espacios se habían convertido mucho antes en parte de mi biografía imaginaria.

Los viajes reales no anulaban los imaginarios. Los continuaban.

Poco a poco comprendí que la poesía no había sido solamente un refugio. Había preparado una vida que, finalmente, se había hecho posible. No lo digo en un sentido místico. La poesía no predijo mi futuro ni hizo que las cosas sucedieran mediante un misterioso poder de materialización. La explicación es probablemente más sencilla y, precisamente por eso, más interesante.

Años de viajes imaginarios habían entrenado mi deseo de mundo. Había construido en la poesía una identidad para la que el desplazamiento, la curiosidad por otras culturas y la salida del espacio familiar eran algo natural. Cuando las condiciones históricas cambiaron y la libertad real se hizo posible, ya había en mí alguien preparado para hacer uso de ella. En este sentido, la constante simulación de viajes en los poemas acabó poniéndome en camino.

La vida empezó a seguir, sin reproducirlo, un itinerario que la poesía había trazado antes.

 

La poesía vivida y la poesía escrita

De aquí procede una distinción que ha seguido siendo importante para mí: la que existe entre la poesía escrita y la poesía vivida. No las veo como dos realidades separadas, sino como dos caras de una misma experiencia.

La poesía vivida alimenta la poesía escrita, pero también es posible el camino inverso: la poesía escrita puede volver sobre la vida, modificando la atención, las elecciones y la disponibilidad ante la experiencia. Puede contribuir, en última instancia, a la formación de un determinado tipo de persona.

En el orden de la vida, la poesía vivida me parece incluso más importante que la poesía escrita. No lo digo en un sentido didáctico ni tampoco en el lenguaje, tan extendido hoy, del «desarrollo personal». La literatura no es una receta para una vida mejor. Pero sus instrumentos —la imaginación, la capacidad de cambiar de perspectiva, la posibilidad de construir narraciones e identidades— pueden modificar la manera en que una vida es percibida y, a veces, vivida.

Por eso, el quimerismo me parece hoy más interesante como experiencia que como manifiesto literario.

Un encuentro tardío con la psicología

Mucho más tarde, al acercarme profesional e intelectualmente a la psicología, encontré ideas que me llevaron a contemplar retrospectivamente la experiencia del quimerismo desde un ángulo inesperado. La psicología y la terapia narrativa conceden una importancia especial a las historias mediante las cuales las personas organizan su experiencia y construyen su identidad. Tuve entonces una sensación de reconocimiento. La experiencia poética había tenido lugar mucho antes de que yo conociera este vocabulario; la psicología solo me ofrecía otra luz bajo la cual podía contemplar lo que había sucedido.

Comprendí entonces mejor que Himerus Alter no había sido solamente un artificio literario. Construirlo había significado también construir otra historia sobre mí mismo. En la biografía real era un joven enfermero en un sanatorio, en un país comunista, con posibilidades muy limitadas de viajar.En la biografía alternativa era un hombre que circulaba libremente por el mundo.

Con los años, la distancia entre las dos historias se fue reduciendo.

Esta me parece hoy una de las ideas más fértiles del quimerismo: la identidad no es solamente aquello en lo que nos hemos convertido por las cosas que nos han sucedido; también puede verse influida por las historias sobre aquello en lo que podríamos convertirnos.

La literatura ofrece un espacio privilegiado para este tipo de experiencias.

 

Una idea del Este en un mundo que se ha vuelto móvil

Hay para mí cierta ironía en el hecho de que el quimerismo naciera en uno de los espacios menos móviles de la Europa de entonces. Surgió en la periferia, en un país del Este, en un sanatorio, en una época en la que las fronteras eran difíciles de cruzar. Y fue precisamente allí donde imaginé una identidad para la que las fronteras geográficas y, a veces, incluso las temporales dejaban de existir.

Varias décadas después, la movilidad geográfica y la movilidad identitaria se han convertido en experiencias habituales. Internet ha multiplicado la posibilidad de circular entre espacios culturales y lingüísticos y de construir diferentes versiones de nuestra propia presencia. Lo que para mí había sido en otro tiempo una solución imaginaria ante la imposibilidad de viajar entra hoy en resonancia con experiencias reconocibles para muchas personas.

Por supuesto, esta libertad tiene sus propias ilusiones y contradicciones. Una identidad alternativa puede liberar, pero también puede falsear. La movilidad puede ampliar el mundo, pero no garantiza la profundidad de la experiencia. Lo exótico puede consumirse hoy mucho más deprisa que en la época en que yo lo buscaba en las páginas de una revista Geo.

Precisamente por eso, la vieja lección del sanatorio sigue siendo válida para mí. Por muy lejos que viaje la identidad, necesita un punto de contacto con lo real.

El quimerismo no significó, en definitiva, huir de la vida. Si se hubiera limitado a eso, probablemente lo habría abandonado. Lo que lo hizo importante para mí fue precisamente su retorno a la vida. La imaginación abría el mundo y la realidad ponía siempre a prueba su consistencia.

 

Otra posibilidad de ser

Cuando formulé, a finales de los años noventa, los primeros textos programáticos sobre el quimerismo, me preocupaban, como a muchos poetas jóvenes, los manifiestos, las delimitaciones y las fórmulas literarias. Intentaba organizar lo que había sucedido intuitivamente y encontrarle un lugar en el panorama de la poesía rumana.

Hoy esta parte me interesa menos. Más de tres décadas después de aquel día de agosto de 1988, el quimerismo se me presenta más bien como una poética de la existencia.

Su idea fundamental podría formularse de manera muy sencilla: intentar vivir la vida a través de la poesía, y no solamente transformar la vida en poesía.

No creo que la literatura deba ofrecernos una existencia sustitutiva en la que escondernos de la realidad. Al contrario, la imaginación me parece fértil cuando nos devuelve a la realidad con una percepción más amplia de sus posibilidades. La vida alternativa no tiene por qué significar una huida. Puede significar una posibilidad.

Un joven que se encontraba en un sanatorio de la Rumanía de 1988, en un país del que no podía salir libremente, imaginó que era otro. Le dio a ese otro la libertad que él no tenía. Lo envió por ciudades y países que no había visto, le inventó viajes, equipajes, regresos y recuerdos. De este modo, la poesía no cambió el mundo en el que yo vivía. Cambió el mundo en el que podía vivir.

Más tarde, cuando las circunstancias históricas lo permitieron, una parte de aquel mundo posible empezó a entrar en la vida real.

Quizá sea esto lo que más me interesa hoy de mi antigua invención poética. No los manifiestos, ni la etiqueta literaria, ni tampoco su eventual posición en una historia de la poesía, sino esta capacidad de la imaginación para intervenir discretamente en una biografía.

La poesía puede hacer algo más que expresar lo que nos ha sucedido. Puede construir experiencias posibles. Puede inventar perspectivas desde las que contemplar nuestra vida. Puede crear un espacio de libertad antes de que la libertad exista en el exterior. Y puede construir, poco a poco, una identidad que no sustituye a la real, sino que la completa, la amplía y, a veces, llega a transformarla.

Esta fue, al menos, mi experiencia. Si hoy tuviera que decir, sin el vocabulario de los manifiestos de otros tiempos, qué fue para mí el quimerismo poético, diría simplemente esto: el intento de ampliar, por medio de la poesía, la biografía que me fue dada y de hacer sitio, dentro de una sola vida, a otra posibilidad de ser.

 

 

 

     2

 

EL EXTRANJERO

 

 

 

 

Pertenezco a este mundo que me empuja hacia los márgenes,

que me protege y me agrede a la vez,

mientras intento reprimir mi furia, mi indignación y mi horror

ante el oscurantismo devastador.

En Canarias añadí velas cuadras a la esbelta Niña, en Las Palmas,

y escuché a Bartolomé Tores confesar su crimen,

de cuya condena a muerte había escapado embarcándose.

Vi cómo quedaba atrás el monasterio de La Rábida,

como una señal de Dios,

con la tristeza matinal de aquella partida

envenenada por la desconfianza.

Vi calles imposibles de cruzar,

con un flujo continuo de automóviles pasando

bajo mi mirada resignada.

Extranjero, me hirieron los contrastes,

y lamenté la debilidad que nos hace quedarnos atrás,

que nos arroja al torbellino del abandono,

tanto al pie de la Acrópolis,

entre pequeñas casas, suburbio universal,

como en Veliko Tárnovo,

bajando junto a panaderías de las que

el calor llegaba hasta la acera,

tanto en la vieja Europa como en el viejo Japón,

como también en la igualmente vieja América,

rejuvenecida desde Colón con la vejez de la vieja Europa,

con el modernismo al que tanta importancia se da.

Me encogí de frío bajo la túnica de lana con capucha

y escuché el chapoteo y el oleaje, mirando nuestros pies

descalzos, tendidos

sobre la cubierta recién lavada,

y respiré el alisio.

Ahora ya no esperamos nada de la imagen de la ventana

que da al patio interior lleno de cajas,

ya no esperamos el temerario avance a través del tiempo,

tropezando en las escaleras con los niños que lloran siempre,

eternamente abandonados, de nadie.

Intento comprender la miseria en la que, sin reconocerlo,

dominados por un orgullo estúpido,

nos complacemos, abandonados.

También yo vi la niebla y las gaviotas, una ballena, pelícanos,

y un palo con incrustaciones, que nos reanimaron.

Y aquella noche de luna grité de alegría

al oír a Juan Rodríguez: «¡Lumbre! ¡Tierra!».

Este refugio, la inquietud, la tierna vacilación

ante las puertas de hierro,

preguntándote si conviene llamar, y llamando sin embargo,

pulsando tres veces, esperando que venga el criado,

que se ocupaba también de los garajes.

De nuevo lloré, aunque sabía que un hombre llorando

ofrece, sin embargo, una imagen degradante.

He vivido siguiendo una línea

de la que intenté con todas mis fuerzas

desviarme, pero mañana,

mañana estaré, espero, fuera de toda discusión.

Me maravillé con Díaz del Castillo

ante el tamaño de las bandejas de oro que nos mostraron los aztecas,

y ante los mosaicos de plumas.

Extranjero, me reencontré en días fastos,

perdiéndome después durante largos años

en una lucha absurda,

que algunos, amables, llamaban resistencia.

He visto calles llenas de hojas

y calles que máquinas especiales lavan con detergente,

pobres calles, como algunas personas,

como esta multitud hambrienta,

calles en las que te pierdes y por las que te gusta pasear,

por donde se oye siempre la sirena de una ambulancia,

eternamente perdido, con los pensamientos enredados por los anuncios

y por toda la agitación que no comprendo.

Creo que también vosotros oís en el corazón este sonido

de campana bajo el agua, la dulzura de un recuerdo

que siempre huye,

como una ardilla que una vez comió de tu mano,

en el sanatorio, en el parque con la fuente.

Y después de todo esto, bastante solo ahora,

con el recuerdo de los teocallis humeantes.

Es tonificante la manera ceremoniosa en que se te abre la puerta

que da a las luces del baile,

acostumbrado a mujeres

a las que solo la nostalgia conserva distinguidas,

como a reinas aztecas.

Creo que también vosotros sentís el anochecer en vuestros corazones,

pero no puedo resistirme al deslizamiento,

aferrándome a raíces y matas de hierba,

a piedras angulosas que me hieren dolorosamente,

como en un sueño, como en un libro

cuyo autor es un cínico sin alma y sin piedad.

Soy uno de los afortunados supervivientes

de aquella «Noche Triste»,

vi a Cortés llorando

con la frente apoyada en un árbol,

y siento, cuando respiro más profundamente,

una especie de desfallecimiento

que me derriba sobre la acera mojada después de la lluvia,

donde el grupo de curiosos me molesta,

el grupo de mujeres que me dan bofetadas, intentando

una especie de reanimación brutal, en una ciudad desconocida

de un país extranjero cuya lengua no conozco.

Fui testigo cuando el Inca arrojó la Biblia ofrecida

por el padre Valverde, bajo un cielo despejado

que cualquiera, desde cualquier siglo, ha podido contemplar.

Desde entonces parece derrumbarse de verdad un muro

al que una vez nos arrimamos,

ateridos de frío, como a una estufa encendida

en la sala de espera de un apeadero solitario

rodeado de álamos plateados

que podían verse desde lejos.

Todas las cosas están revueltas y trastocadas

como después de un registro brutal,

es también vuestra pura imaginación la que os mantiene sonrientes

y ávidos de fiestas en las que olvidar.

Pero siempre hay alguien que espera,

y el tiempo es cínico, y los barcos suntuosos parten,

dejándonos soñadores en el muelle mojado.

He visto calles con la pintura de las marcas borrada

por los pasos de la multitud, multitud que a veces parece detenerse,

para escuchar alguna señal, algún badajo

con un sonido extraño y nuevo,

como el que oyes en una ciudad a la que llegas por primera vez,

en Peks o en Ruse, o incluso en el frío y coqueto Lund,

adonde me lleva el pensamiento, intentando

ir más allá de una geografía familiar.

He recorrido este mundo nuestro

y no hay nada extraño en la atemporalidad de mi actitud,

porque, de algún modo, todos estos tiempos me pertenecen,

y podría jurar que estuve allí y allí y más allá,

y podría dar testimonio del grito de dolor

de Ferdinand de Soto, a orillas del Mississippi,

antes de su muerte desconsolada.

Extranjero, me encontré enfermo, con tantas deudas encima,

con el insidioso chismorreo de los rincones tibios,

donde hierve el café de rigor.

¡Qué lujo y qué placer escribir dos versos enclenques

bajo estrellas milenarias!

Alegría fugaz de estos enfermos

que se quedaron fumando en los retretes donde

el fuerte olor de la orina te hace llorar.

Clavé clavos en las tablas del fuerte de Québec,

y pasé allí el invierno en tierra desierta,

en la isla del río James

donde ahora bulle la ciudad de Jamestown,

en la que vosotros leéis los periódicos en el parque,

vigilando a los niños ruidosos.

También yo oí con horror los gritos de los indios

que bajaban desde los Allegheny,

sus flechas me alcanzaron también a mí, el de la frontera.

¿Qué buscaba entonces?

Ni siquiera hoy conozco mi razón de ser en las calles de una ciudad

de provincias de Rumanía.

Pertenezco a este mundo policromo, a la oscuridad senil,

a esta agitación que endulza nuestra convalecencia,

por la diversidad,

por el pasado que nos lleva

con la indiferencia que nos consuela de la muerte.

 

 

Del libro Gustul înstrăinării (El sabor del extrañamiento), escrito entre finales de los años ochenta y comienzos de los noventa y publicado en 1994.

 

 

 Versiones españolas  del ensayo y del poema realizadas y revisadas por el autor con asistencia de inteligencia artificial.

 

 

Vasile Baghiu (nacido en Borlești, Rumanía, en 1965) es poeta, narrador y ensayista. Autor de varios libros de poesía, novelas, libros de relatos y ensayo. Parte de su obra ha aparecido traducida en revistas y publicaciones literarias internacionales como Acumen, Serta, Asymptote, Magma Poetry, The AALITRA Review y Cordite Poetry Review, así como en antologías publicadas en varios países. Ha participado en programas y residencias literarias en Alemania, Austria, Suiza y el Reino Unido. Es autor del concepto de quimerismo poético, formulado a finales de los años noventa y desarrollado posteriormente en poemas, manifiestos y ensayos. Sus poemas en versión española han sido publicados recientemente también en la revista Ágora. (N. 8. Verano 2026). Véase también en blog de Ágora:

https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/07/seis-poemas-de-vasile-baghiu-con.html