CERVANTES Y EL QUIJOTE: UNA LECTURA “INFINITA”
Antonio
Candeloro
Intento
contestar estas preguntas: ¿qué me enganchó tanto en la lectura del Quijote?
¿Por qué siendo un joven de veinte años intuí que ahí había algo que me atañía
y que me interrogaba?
La
novela inmortal de Cervantes me llamó inmediatamente la atención porque
contenía un prólogo que nada tenía que
ver con los prólogos. Si durante todo el Siglo de Oro hispánico el
prólogo es el lugar ideal en el que quien escribe presenta la obra al lector
intentando captar su benevolencia y subrayar su originalidad y su bondad en
cuanto a la calidad literaria, además de adelantar algo de lo que el mismo
lector va a encontrarse al empezar el acto de la lectura, he aquí que Cervantes
desmontaba todo el entramado típico para dar lugar a un “prólogo sobre la
imposibilidad de escribir un prólogo”, un “anti-prólogo”, donde ocurre
exactamente lo contrario de lo esperado y de lo esperable. En ese famoso
prólogo Cervantes arranca toda su narración con un adjetivo que contradice
inmediatamente la postura que tiene que tener quien se enfrasca en la lectura
del Quijote: “Desocupado lector”, o,
podríamos parafrasear, “lector que no tienes nada mejor que hacer” o “lector
que estás sin ocupación”, que “puede perder el tiempo”. Sigue una falsa
declaración de humildad: “sin juramento me podrás creer que quisiera que este
libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más
discreto que pudiera imaginarse”.
Cervantes
desea, quiere, espera que este libro sea así, lleno de belleza, de valentía, de
“discreción” (una palabra clave en la cultura y en la sociedad española de los
siglos XVI y XVII), pero, añade: “Pero no he podido yo contravenir al orden de
naturaleza; que en ella cada cosa
engendra su semejante”. Se trata de una teoría clásica de corte
aristotélico: de tal padre tal astilla, podríamos sintetizar recurriendo a un
refrán. Nosotros heredamos lo que nos legan nuestros padres: “Y así, ¿qué podrá
engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino la historia de un hijo
seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados
de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda
incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?”.
Hete
aquí cómo Cervantes empieza a jugar con nosotros a través de la técnica de la
ironía: en un primer momento, se presenta como alguien que tiene un ingenio
“estéril” y “mal cultivado”; seguidamente, afirma que su libro está lleno de
“pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno”: ¿puede alguien echarse
un piropo más halagador? Cervantes finge presentarse como un escritor que no
tiene estudios y no ha acudido a la Universidad; sin embargo, a quien él
presenta como su “hijo seco, avellanado, antojadizo” es, al mismo tiempo,
alguien dotado de pensamientos varios y, sobre todo, “nunca imaginados de otro
alguno”. Es como si Cervantes nos dijera: “lo que vais a empezar a leer nunca
nadie lo ha imaginado antes”. Es todo tan original, tan inédito que nadie se ha
atrevido a tanto. Ya aquí, en estas primeras líneas del anti-prólogo, vemos dos
rasgos fundamentales de la poética cervantina: la ironía de quien juega con el
lector o lo invita a jugar con el doble sentido de lo que se dice y la
exaltación de la imaginación.

Cervantes
se presenta como alguien dotado de una imaginación incomparable, una
imaginación desatada. Nadie ha escrito antes algo así. Y, en cierto sentido, no
le faltaba razón. También podríamos citar un tercer elemento importante en
relación con la trama que se irá desarrollando desde estos umbrales del texto:
Cervantes alude al hecho de que el libro nace en la cárcel. Según muchos
cervantistas, aquí el escritor estaría aludiendo o al encarcelamiento que
sufrió en Sevilla en 1597 o al que padeció en Castro del Río en 1592, cuando
era recaudador de impuestos para la Corona. Independientemente del año exacto o
del encarcelamiento real al que aquí podría estar aludiendo Cervantes, una cosa
es cierta: todavía no arranca la obra y Cervantes ya empieza a mezclar la “realidad
ficticia” con la “realidad empírica”. Es este el tercer elemento que tener en
cuenta: la mezcla constante entre hechos reales y autobiográficos y hechos
inventados. Cervantes es de esos escritores que tiende constantemente a
“ficcionalizar” la realidad, a construir y elaborar su universo narrativo a
partir de los hechos autobiográficos. Es un aspecto que podemos comprobar al
leer los demás prólogos de las demás obras de Cervantes: no hay ni una en la
que no asome el rostro verdadero y el rastro autobiográfico, por así decirlo,
del Manco de Lepanto; no hay ni una en la que no nos ofrezca (de forma
divertida y autoirónica) un autorretrato. Es como si Cervantes nos estuviera
enseñando los múltiples rasgos de su personalidad, las facetas de su carácter,
personalidad y carácter que se plasman en las dos figuras inmortales de Don
Quijote y Sancho Panza, esos dos personajes que parecen reales, como subrayó Antonio
Machado en 1915 tras leer las Meditaciones del Quijote de Ortega
y Gasset: al leer sus hazañas, sus desventuras y sus diálogos aparentemente
infinitos, todos sentimos o percibimos el deseo de hablarles y de que “nos
dijesen algo de lo que piensan mientras conversan y cabalgan”.
Y
este es un cuarto motivo por el que la lectura del Quijote me enganchó:
por primera vez, en mi experiencia de lector inquieto, me hallaba frente a dos
personajes que parecían más humanos que los humanos. Siendo la voz de Cervantes
la de un amigo al que es siempre posible acudir, para sonreír o reírnos de
nuestras glorias y de nuestras miserias. Es por eso por lo que el Quijote es
un clásico: no deja nunca de decir lo que tiene que decir; con cada nueva
lectura descubrimos matices nuevos que no habíamos notado antes. En este
sentido, podemos afirmar que el Quijote es verdaderamente un libro
“infinito”, que no se acaba nunca.
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Antonio Candeloro es Profesor Titular de Literatura Española. Sus
ámbitos de investigación van de la literatura española del Siglo de Oro (en
particular, Cervantes y las reescrituras modernas del "Quijote") a la
literatura española moderna y contemporánea. Ha publicado el estudio
monográfico Javier Marías y el enigma del tiempo (Murcia,
Editum, 2016); ha editado la recopilación de estudios Imágenes de la
violencia en la literatura y en las artes hispánicas (Siglos XX y XXI) (Madrid,
Dykinson, 2025); ha traducido al italiano las novelas El siglo
pitagórico y vida de Don Gregorio Guadaña (1644) de
Antonio Enríquez Gómez y Las harpías en Madrid (1631) de
Alonso de Castillo Solórzano, además de los microrrelatos de Manuel Moyano, Teatro
di cenere (2021) para Del Vecchio Editore. Actualmente es Presidente de la
Società Dante Alighieri para el comité de Murcia. Es colaborador del periódico La
Verdad.