Alfredo Rodríguez, en 2009. Fuente: web del autor
DIÁLOGO CON EL POETA ALFREDO RODRÍGUEZ
Parte Primera. En torno a su libro De oro y de fuego (2012)
Conversación entre Alfredo Rodríguez y Fulgencio Martínez
Quisiera, Alfredo, comenzar mi diálogo con tu obra poética (fundamentalmente) con un libro clave, De oro y de fuego (Los papeles del sitio, Sevilla, 2012), con el que cierras, según confesión propia, tu “trilogía del combate”. Según palabras recogidas también en la glosa de ese libro mencionado, y que figuran en su contraportada, la idea de “combate” es una apuesta por “la creación poética entendida como una incesante lucha del poeta contra sí mismo por trascender al tiempo.” Comparto contigo, en mi modesta opinión, esta creencia, que algunos llamarán “locura”, pero otros llamamos “razón”, razón de vida, razón vital, que diría el filósofo, o razón poética, como diría su discípula.
De esa noción de combate, tal como la defines muy bien, desglosaría al menos dos cosas: una, tu pasión por el oficio de poeta y tu entusiasmo por la esencia de la poesía, y dos, su confrontación con dos protas, el tiempo y el yo, que como dijo Jaime Gil de Biedma, son al final los únicos temas de esta poesía.
Me gustaría que explayaras esas ideas, cómo surgieron en ti, cómo han evolucionado, sigues manteniendo la misma pasión y el mismo entusiasmo, has conseguido o crees estar en camino de conseguir un equilibrio en esa lucha, un cierto entente de armonía entre esos dos temas, el tiempo, el yo, convocados en tu palabra.
Alfredo Rodríguez: Creo que nunca como ahora el tiempo fue tan demoledor ni pasó tan apresuradamente sobre el mal verso, sobre el mal poeta. Esa es la verdadera espada de Damocles del poeta, la amenaza persistente sobre sus poemas. El paso del tiempo es quien ante todo define y decide en arte, y por supuesto en poesía. Un poeta lucha incesantemente cada día contra sí mismo, o ha de hacerlo si aspira a dar testimonio de su verdad artística, lucha lo mejor que sepa y pueda por conseguir ese verso perfecto, ese poema perfecto, que le haga trascender al Tiempo, ya sabes, el deseo de permanencia a través de un buen puñado de poemas. Es una suerte de despojamiento interior que se produce cada día en su vida, en la búsqueda del poema, del oro del poema. Mantenerse en tensión. El enemigo es todo aquello que le aparta de la poesía, de su cultivo.
De oro y de fuego contiene poemas magníficos y símbolos y motivos que transforman tu poesía, más allá del documento, en una obra de arte. Cosa que, en mi opinión, no ha quedado suficientemente reflejada en el prólogo del libro: el prologuista circunscribe tu obra a una “conmovedora” muestra de “entusiasmo por la poesía”, y remite la tuya a un banal (si me lo permites) comento de la vida, lo que podría figurar en cualquier página de un diario, siempre que no esté escrito por un gran poeta.
Me gustaría que, más allá de ese prólogo (desafortunado, a mi parecer), reflexiones sobre la recepción crítica y lo importante que resulta que el poeta elabore sus propios conceptos estéticos y su filosofía poética, por así decir, o bien que los críticos coetáneos suyos se desprendan de clisés pensados en todo caso para otros y generalmente para los poetas de generaciones anteriores.
A. Rodríguez: Bueno, no hay que ser tan duros con el prologuista, hombre. Yo le estoy agradecido por haberse prestado a escribirme el prólogo. Esta gente siempre anda muy liada en mil cosas. Fue para mí un honor, porque siempre le he considerado un maestro a pesar de todo. Pero, claro, luego cada uno llega hasta donde llega, y ahí no podemos hacer nada. Desde luego, para quienes hemos hecho de la poesía un pretexto para seguir viviendo, siempre es bueno que alguien analice nuestros versos, enriqueciéndolos de algún modo con su mirada crítica. Aunque, en este caso, este hombre no supo bien, o no quiso, desplegar del todo su brillante y acerada inteligencia crítica. Igual, como dices, mi poética no encajaba en su visión o percepción. En todo caso, un poeta venturoso puede prescindir de la aprobación de la crítica, pues el agrado que nos proporciona la lectura de sus versos ha de ser irresistible y constante (como decía Borges de Wilde).
Sin embargo, los términos “vida”, “experiencia”, “conciencia”, “conocimiento”, “cultura”, etc, y otros como “testimonio”, “verdad”, “compromiso”, etc, siguen siendo términos válidos que cada poeta ha de reformular. ¿Qué opinas, teniendo como referente tu obra publicada y también tu obra a futuro?
A. Rodríguez: Pues me quedo con Vida y Cultura, en su medida mezcla, que han de ser los fundamentos de cualquier poeta que se precie. Cada poeta, como dice José María Álvarez, recorre su camino, toma una opción u otra. La poesía ha de ser un camino que has de recorrer solo y que terminas recorriendo solo. Yo soy quizá un poeta de corte antiguo. Siempre he amado esa poesía que trata de recuperar el tono antiguo, que es el tono intemporal de las cosas. Pero a la vez me interesa lo que ello conlleva de ruptura, de rebeldía. Me fascina ese estilo que inició hace ya 2500 años Píndaro, lo que se llamó el estilo de lo sublime.
DE ORO Y DE FUEGO
Es de oro y de fuego
tu corazón tan puro,
fortuna reservada
que ha borrado mi vida.
No cesa en sorprenderme, en seducirme,
que ahora ya veo en ti
una forma de vida más hermosa,
puente de amor que se alza a voluntad.
De oro y de fuego, lleva las fuerzas
del ser que representa,
su incendio y oleaje,
los hornos y las fraguas.
No hubiera sido posible mi vida,
con la nobleza de volverse antiguo,
sin haber venido al mundo la tuya.
París, 14-XI-2010
De oro y fuego, que es el título del libro pero también de ese poema central en el poemario; te lo inspiró (como dices en la “Nota” final) una exposición que visitaste en París, en el Musée de Cluny, sobre arte en Eslovaquia en el final de la Edad Media.
¿Cuánta parte de ese simbolismo asumes en la obra? ¿Qué es fuego, qué es oro?
A. Rodríguez: Ese es un poema dedicado expresamente al nacimiento de mi único hijo. Sucedió poco después de una grave enfermedad que me tuvo a las puertas de la muerte. Fíjate que no pensábamos tener hijos y, precisamente a raíz de todo aquello, quisimos tenerlo, y nació Oliver. Durante la larga convalecencia hospitalaria fueron surgiendo en mi mente buena parte de los poemas de este libro, reteniéndolos en la memoria, porque allí lógicamente no podía escribir. Al llegar a casa solo tuve que transcribirlos. Coincidió también al poco con un viaje a París y la visita casual a esa exposición sobre arte medieval en Cluny, «D'or et de feu» se titulaba. Ahí vi claro el título y claras las intenciones del libro: el oro y el fuego del poema. Es a lo que aspiro. No hay más. Quemar la vida por un buen poema. Ese es el fuego, ese entusiasmo. Y por otro lado, el oro de la literatura, el fulgor lumínico del lenguaje, la búsqueda de resplandor: lo que ha de ser la poesía cuando lo es de verdad. Que nos salve los mejores momentos de nuestra vida. Ese es el oro del poema.
De alguna manera los poemas de tu libro, De oro y de fuego, quieren ser como textos de un libro de horas iluminado. Me ha encantado esa idea, me parece genial como cauce de comunicación. (Creo que cada libro de poemas ha de encontrar un “cauce de comunicación” y, si me apuras, cada poema. Esto es, ha de dirigirse al lector a través de alguna convención compartida (cauce que puede ser carta, diario, confesión, hasta recetario, edicto o epitafio fúnebre) para que no sea solo el libro un pozo de palabras donde el lector se zambulle, ni un monólogo en voz de una picaza o de cuervo autista (en todo caso, si es monólogo que se juegue como tal); en fin, se trata de coimplicar al lector lanzándole una escala y una imagen en común.
A. Rodríguez: Sí, claro, cuando leemos un libro de poemas entramos en la intimidad intelectual de un artista, y entramos también en su sueño enloquecido de construir o destruir un mundo con las palabras.
NATURA NATURANS
¿Qué vida no viví?
Viví la vida de un viejo eremita,
su bautismo de espíritu y de fuego,
silenciosa maravilla del cuerpo,
energía que mantiene por siempre
el orden de las cosas.
Y también la de un pájaro salvaje,
ese acercarse al sol de la verdad,
ser capaz de sostener su mirada,
la antorcha de la vida.
Llegué y arrasé tierras,
sin sentimiento ni espanto viví
la indecisa batalla.
Pérdida del equilibrio y medida,
de bravura y de magnanimidad
la que prudencia obliga.
¿Qué viva no viví?
15-XII-2010
Tu libro de horas tiene en cada texto una posibilidad de identificación con el lector. Leo uno de los poemas que más me gustan del libro: “Natura naturans”, donde están claves de filosofía panteísta y cierta evocación de vidas posibles, como en un poema extraordinario de Pessoa.
A. Rodríguez: Sí, personalmente, quizá solo admita el dios del conocimiento real e indiscutible que se llama la Naturaleza, en su más amplio y universal contenido, concepción esta tal vez un poco semejante al panteísmo.
¿Cómo “viste” el diseño del libro en su totalidad? ¿Qué significa el libro para tu desarrollo como poeta?
A. Rodríguez: El libro es la culminación de lo que yo llamo trilogía del combate, después de ‘Regreso a Alba Longa’ y ‘Ritual de combatir desnudo’, entendiendo por combate esa lucha interior del poeta contra sí mismo de que te hablaba antes. Es también una meditación continua sobre el acto de la creación poética en sí y sobre la figura del poeta como un ser tocado por un don. Por otro lado, está la poesía como defensa desesperada contra la apatía, contra la tibieza de corazón, contra el horror del mundo. También la poesía como un acto radical de libertad, como testimonio individual de la verdad artística de un hombre. En cuanto a su diseño total corrió ‒como alguna otra vez en que me ha sido posible‒ por mi parte, pues se trató de un encargo editorial expreso a Abel Feu, el editor y poeta sevillano. Y ello desde la letra Ibarra del interior, que tanto gustó, hasta la pequeña ilustración, en la portada, de Hércules venciendo al león de Nemea, el primero de sus doce famosos trabajos, que tanto simbolizaba para mí la figura del poeta.
En efecto, en consonancia con la trilogía, el libro De fuego y de oro se estructura en tres partes: Desmemoria, Fuego en el fuego, y Deriva. La primera parte, Desmemoria, busca el rostro de un héroe a través de posibles vidas (“Dicen que la vida está en otra parte”, escribes en el segundo de los poemas: “Fuente de Gargafia”). Los símbolos relativos al guerrero, alusivos al combate (espiritual, poético) son evidentes en los textos: “coraza”, “piel del león de Nemea” (alusión a Hércules), forja, escudo, iniciación, espada, lábaro, etc… Quizá sea el titulado “Anábasis del alma” el poema que contiene, en mi parecer, una clave alegórica, hermética pero alusiva en la imaginación de este lector: “como agua que trae la vida a los campos” (dice uno de sus versos, endecasílabo maravilloso, que se puede leer fluido y a la vez entender con sus pausas internas, como esa agua cadenciosa, no violenta ni destructiva, que da vida y frutos futuros).
ANÁBASIS DEL ALMA
Viéndole que temblaba,
desde que ha vuelto a mí ya lo recuerdo todo,
tomo conciencia ahora de la deuda.
Que las palabras hiciesen su asiento
en su ingenua belleza,
palabras hechas de un fuego muy puro.
Con rodillos de bronce selláronme la tumba,
desclavó con sus manos la tapa del sarcófago.
Vuelve sin vestir ni cubrir mis carnes
como agua que trae la vida a los campos,
patente de corso para asaltar.
Y al desprecio del mundo
en mí quiere entrar por donde salió.
Agosto 2010
Sería interesante que lo comentaras como autor del mismo.
A. Rodríguez: Ese poema tiene que ver claramente con la situación crítica que atravesaba. Seguramente fue creado en una de esas largas noches de hospital (la cueva de los moribundos, lo llamaba yo) escuchando los alaridos nocturnos que venían de otras habitaciones y el ir y venir de las enfermeras corriendo por los pasillos. Habla del alma de la Poesía, que se te escapa, que te abandona, porque la poesía, claro, te puede abandonar ‒de hecho algunos poetas se agotan‒, es una amante caprichosa y celosa que exige dedicación plena; si la dejas de lado por un tiempo, luego te lo hace pagar muy caro. Pero al final siempre regresa. Como me decía Antonio Colinas: «Tranquilo, Alfredo, la poesía se abre tarde o temprano paso». Era cuando ya creía que me había abandonado para siempre. Ese es el retorno perenne de un hombre a la poesía, a su suero, a su savia, a su sangre. A pesar de que todo lo que le rodea cada día en su vida cotidiana le invita a abandonar ese lugar, él desobedece, y tiene que volver allí una y otra vez, porque su corazón es un caudaloso río que le lleva hasta allí para curar sus heridas, sus dolores, sus males. Es la poesía entendida como plenitud del bien. Una especie de estado de gracia.
En otros poemas tuyos de esa sección primera, hay una experiencia de transformación que curiosamente da el resultado de un reconocimiento de la propia identidad, Así, creo, en otro poema clave: “Vanidoso como cualquier creador que sabe”. Es un poema que se puede leer también como metapoesía, o como queramos llamar, si el término está gastado, a toda reflexión consciente sobre el escribir y su efecto en el propio autor y en el lector u oyente. Y también veo en el poema, como ocurre en otros pasajes, una presencia del aforismo. Ya hace tiempo que me gusta el cauce aforístico (relevante en tu poemario, y en el de otros poetas actuales, más mayores: como Luis Alberto de Cuenca o Miguel Sánchez-Ostiz). Es un cauce sapiencial, en donde el lector se fija, extrae una “lección de vida”. Esa secuencia aforística, gnómica, puede estar incrustada en un poema, casi siempre al final del mismo, así en este poema que transcribo completo después, y que en su conjunto tiene el cauce de un epitafio (podría ser del mismo César Borgia, o de un lector que de pronto se identifique en el poema): “Que el que aprende a morir / aprende a no servir”.
VANIDOSO COMO CUALQUIER CREADOR QUE SE SABE
Aquí yace en poca tierra
el que toda le temía,
el que la paz y la guerra
en su mano la tenía.
¡Oh tú, que vas a buscar
dignas cosas de loar!,
si has de alabar al más digno
aquí para tu camino,
no cures de más andar.
EPITAFIO EN LA TUMBA DE CÉSAR BORGIA
Sin saber exacto en que año nací
ni donde fui enterrado,
durante luengos años
que con ligero movimiento pasan,
si adapté la medida de la Música
a mi respiración,
su milenaria herencia.
Mi vida y prodigios no están escritos.
Ni muerto con fama de santidad
ni oraciones por mi alma se escuchan,
pero en mi haber se cuenta una victoria,
un nombre de leyenda:
ser amante apasionado del Arte,
cuan fiel porteador a sus espaldas.
Polemista invencible,
de buen vivir y regaladamente
bien dado a los placeres epicúreos.
Que el que aprende a morir
aprende a no servir.
Es sencilla, parece, la belleza de la poesía cuando se ha penetrado en su recinto sagrado, que es el poema. Un poema conseguido, como ese. Una pregunta personal; ¿podría ser el poema un autorretrato tuyo?
A. Rodríguez: Es un monólogo dramático de los que tanto me gusta leer por ahí. Se los he leído mucho a Álvarez, o también al gran Carlos Pujol, o a Miguel Sánchez-Ostiz. Seguramente les imitaba en su estilo a alguno de ellos. ¿Qué es un poeta sin sus maestros? No sé si habla de mí en concreto, o de alguien muy parecido a mí. Amo el monólogo dramático en poesía, la proyección en el imaginario histórico, el lenguaje extremo, la poesía culturalista, como bien sabes. El culturalismo no niega el intimismo consustancial a la poesía, sino que lo afronta de otro modo. El poeta escoge instintivamente su máscara por razones de analogía vital y emocional.
Fuego en el fuego, La segunda parte del libro (intentaré ser ya más breve) se centra en la interpretación (de signos, del propio poema, del sentido de la vida). “Qué peligroso ser / en el significado de la vida / un consumado interprete”. (dices en el poema “El conquistador del mundo”). La cita epicúrea, como en general las alusiones a textos clásicos y en especial a la filosofía, no han de embarazarnos como lectores; al contrario, son pistas añadidas, cauces, que no posibilidad aventuras textuales que podemos seguir o no. Lo importante, o lo vital y emocional del poema, está en la imagen emotiva, intelectual y estética, todo a una, que consiga despertarnos. Si además lo consigue con sugerencias para que nosotros como lectores continuemos, mejor, miel sobre hojuelas. El requisito sine qua non para todo ello, en poesía, es la música, que da el ritmo, el tono, la perspectiva de comunicación de cada poema: logrado o no.
A. Rodríguez: Sí, claro, lo importante es la mezcla de emoción y reflexión que constituye el poema. Y la música, el ritmo. Sin ritmo no hay emoción, como dice Miguel Ángel Velasco. Y, por supuesto, el diálogo con la tradición –literatura, arte, filosofía-, que conserva un depósito de siglos. La poesía requiere un lector activo y enemigo de la facilidad.
Los poemas de esta sección transforman al lector en un intérprete, consiguen persuadirlo. Hemos convocado ya, con anterioridad, el poema “De oro y de fuego”, que pertenece a este momento del libro. Otros podríamos convocar, por ejemplo:
CUATRO RAÍCES DEL TODO
No sabe nadie el alma de nadie.
SEGUNDA PARTE DEL QUIJOTE, CERVANTES
Lo esencial y perenne,
de bronce dorado, suadenti música,
que retrata la vida y la detiene
con el color de mármoles preciosos,
expandía su exquisito perfume,
estatuas y relieves
en inextricable abrazo atrapaba;
y civilizaba nuestros impulsos,
los sentidos, ingenio, la razón y memoria,
el amor que nos une,
odio que nos separa,
los cuatro elementos que somos en armonía,
sus restos incorruptos,
hasta terminar juntos lo que juntos
habíamos una vez iniciado.
28. I. 2011
Los dos versos finales -extraordinarios- me recuerdan la idea del filósofo pitagórico y médico Alcmeón de Crotona de unir el principio y el fin. Parece que ese era el secreto de la inmortalidad del alma, o al menos, de la conciencia plena conseguida tras muchísimas y dispares experiencias y vidas. Y vueltos al tema central del alma, que en tu libro aparece ya en los poemas de la primera sección, y que también aparecerá como sangre, en griego, aima, en un poema posterior al citado…
ENAIMA
(Con sangre)
Agradece vivir,
gozar la Reina de los trovadores
con el arte del amor depurado,
luego escribe sin ira
una ofrenda a los pájaros.
(fragmento).
Me gustaría que comentaras el símbolo del alma en tu poesía y en este libro en particular. O bien lo que tú quieras sobre estos y otros poemas tuyos, que me parecen hermosísimos. Cuando uno lee con el alma y la mirada abierta….
A. Rodríguez: Pero no olvides que ese alma es la propia Poesía que, como decía Baudelaire, convierte en oro el cieno de la realidad. Ese alma es el sueño de la escritura poética, intérprete del pensamiento y de las emociones, y dirigido a un destinatario incierto y de dudosa receptividad. Es el tema principal del libro: el arte poético que debe aspirar siempre a ser válido fuera de cualquier limitación temporal. Porque lo contemporáneo es un peligroso canto de sirenas, que hay que atravesar con resolución.
Deriva, la tercera parte, es para mí la más recóndita y enigmática. Más breve. Se abre con otra cita significativa, en esta ocasión del gran poeta de Oliva: Francisco Brines, que cito parcialmente: “Más allá de la luz está la sombra, / y detrás de la sombra no habrá luz / ni sombra. Ni sonidos, ni silencio”. Descubrió Nietzsche el lado “trágico” de los griegos, frente al luminoso; su pesimismo vital, pero no estoy seguro que Nietzsche le llamara “nihilista” pues este adjetivo solo tiene sentido tras el cristianismo, o al menos tras la caída del cristianismo (ahora que ha venido un papa a España, para hablar de todo, al parecer, menos de la inmortalidad del alma, de Dios y de si sobreexistiremos tras esta vida en otra, trascendente; único tema serio de la religión verdadera; estoy con Unamuno y Nietzsche en esto).
¿Eres creyente en algo, además de en la poesía?
A. Rodríguez: Desde luego en el Dios de los católicos no. Cada vez creo menos. No sé si soy agnóstico ‒como tanto se lleva decir ahora‒ o puramente ateo. Me gustaría contestarte con versos de mi libro ‘Dragón custodiando el misterio’:
Sé bien que mi muerte no admite dudas
Su pensamiento perturba mi espíritu
Impide siempre mi serenidad
Pero también que la muerte no es nada
Que lo único importante es la vida
Flecha del Tiempo en el espacio límite
El grado cero de la libertad
Solo creo en los dioses verdaderos
En la luz del verano
En las noches paganas
En la sílaba mística el destino
Justo en el nacimiento de los límites
Donde todo es azar
Creo que el poema clave, o más accesible de esta sección, es “Molicie”, del que cito el inicio:
Lo que no puede verse
ni se puede alcanzar
con el bálsamo de la inteligencia (…)
A. Rodríguez: Es lo que creo que ha de ser la vida del poeta hasta el final. El ocio virgiliano necesario, del que tanto hablaba mi maestro José María Álvarez. Un flujo constante de dicha y placer.
Si pudieras saberlo ya, ¿cuál sería tu legado?
A. Rodríguez: Pues el de aquellos que vivieron la poesía con tal intensidad que han legado en sus versos una lección de permanencia.
Otro poema significado “Conocer, pensar y ser libres”, nos da en efecto como una cercanía con el Alfredo Rodríguez persona. Es quizá uno de los poemas más naturales y hermosos del libro.
CONOCER, PENSAR Y SER LIBRES
Era mal hábito y torpe pensar,
una rara habilidad y energía,
para vencer obstáculos;
y parecía no existir conciencia
por ser temible arma perseguida con saña (…)
(fragmento inicial)
A. Rodríguez: Creo que es un poema de rabiosa actualidad.
Te pregunto, finalmente, de manera sin duda tópica, por la función de la poesía y el arte, su sentido o falta de sentido en el mundo actual. Sobre este asunto has reflexionado ampliamente en tu diario: Días del indomable (Los papeles de Brighton, 2023).
A. Rodríguez: Nadie sabe por qué escribe poesía. Es una necesidad insondable. Desde luego no creo que su función sea reivindicar nada ni querer cambiar el mundo. Para eso existen otras vías más adecuadas. Quizá la palabra “encantamiento” responda o se acerque al sentido de la poesía. Como Stevenson dijo, o se encanta o no funciona. El poema, pues, ha de “encantar”. Pero, además, somos, en buena medida, aquello a lo que consagramos nuestra vida. La poesía, la literatura, para los escritores y los lectores verdaderos, supone una forma de vida. Uno ha de escribir ‒a pesar de todas las zancadillas diarias en contra que nos pone la vida cotidiana‒ para ser quien tiene que ser, para verse cumplido en sí mismo, para alcanzar la obra que lleva dentro.
Para mejor conocimiento de la obra y la biografía de Alfredo Rodríguez, así como de las reseñas críticas de su obra, remito a los lectores a su página web:
https://alfredorodriguez-poeta.blogspot.com/
4 de julio 2026
Entrevista de Fulgencio Martínez
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A lo largo de cuatro entregas iremos conversando con el poeta Alfredo Rodríguez, repasando algunos de sus principales poemarios. En la primera nos centramos en su libro De oro y de fuego (2012); en la segunda, en Alquimia ha de ser (2014). La tercera estará dedicada a Dragón custodiando el misterio (2024) y la cuarta a un poemario de próxima publicación, del que anticipamos en Ágora una selección de textos realizada por el propio autor.
Véase: https://diariopoliticoyliterario.blogspot.com/2026/04/tres-poemas-ineditos-de-alfredo.html
Recuperamos, de este modo, una de las secciones más antiguas y queridas de la revista: Conversaciones con…, de la que recordamos, por ejemplo, las que publicamos entre Cristina Morano y Concha García o entre Fulgencio Martínez y Guillermo Carnero.
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