martes, 25 de noviembre de 2014

Todos romanos (Necrológica de la Duquesa de Alba). Diario político y literario de FM/ T3/13 ARTÍCULO PUBLICADO EN EL PAJARITO.ES (LUNES 24 DE NOVIEMBRE 2014)



TODOS ROMANOS

(necrológica de la Duquesa de Alba)

La guerra desde tiempos antiguos forma parte de la economía: muchos pueblos organizaban su modus vivendi con base en la rapiña y la conquista. La finalidad de la guerra era obtener un botín: propiedades, objetos suntuarios y sobre todo, esclavos para trabajos duros o domésticos, para el trabajo en general, y especialmente esclavas con las que desahogarse los conquistadores. 

Aunque en la “República” platónica se prescinde de la esclavitud, Aristóteles –discípulo de Platón pero más conservador que el maestro- justifica la misma por razones que directamente remiten a la propiedad sobre el esclavo en tanto parte del botín. Para el autor de la Ética, el esclavo procedente del botín de guerra es “natural” que siga perteneciendo a su legítimo propietario; otra cosa, más discutible, es si el hijo del esclavo o el esclavo por deudas es justo que se le siga considerando cosa, y no un ser humano. Aristóteles casi concluye que solo en el primer caso está justificada la esclavitud; el mérito de su reflexión, desde el punto de vista actual, estriba en que al menos el Filósofo cuestiona la legitimidad de la esclavitud. 

Ya en Atenas, unos siglos atrás, Solón había liberado a los llamados esclavos por deudas, es decir, a la gente libre pero pobre que había perdido sus propiedades y se había endeudado con préstamos que no pudo pagar salvo con su libertad. Entonces era aun peor que hoy en día. Cuando la situación viene mal dada, en la crisis económica que padecen actualmente las clases media y baja de nuestra sociedad, los usureros nunca tienen piedad de los “afectados” y además suelen tener la ley de su parte. Pero en aquellas calendas un legislador como Solón (por otra parte, incluido en la leyenda de los Siete Sabios de Grecia) cambió las leyes del Estado de Atenas, para (entre otras cosas) poder liberar a los que las circunstancias habían hecho esclavos. De este modo se hace lo correcto, cambiando la ley cuando esta favorece y apoya una crasa injusticia. 

De los esclavos de guerra (y de sus descendientes) nadie se preocupó, porque en el fondo se pensaba igual que Aristóteles: un filósofo del sentido común de la época. Se sabía que no morir en combate, rendirse y no suicidarse antes de ser presa del botín, equivalía a asumir la condición de no hombre, por tanto, de cosa y de esclavo. Tan duro como eso. La vida a cambio de la libertad. Los romanos (pueblo que entre sus virtudes atesoraba el valor del orgullo y de la “libertas”, o sea, la libertad de no pertenecer a otro) se admiraban de los pueblos de la antigua Iberia, tales como los numantinos y astures, quienes aguaban la fiesta del botín a los conquistadores. Los legionarios de Roma se encontraban con un espectáculo “dantesco” al entrar en una plaza vencida: mujeres, niños, ancianos, hombres suicidados a pie de las murallas y en las calles de la ciudad conquistada. Así no había manera de sacar rendimiento económico a los gastos militares, y el Senado de Roma, los viejos terratenientes que impulsaban las conquistas en Iberia, se enfadarían. Con el tiempo, en parte por admiración al carácter de esos numantinos, que coincidían con el mismo espíritu de la “libertas” romana, y en parte por prevenir futuros chascos en el negocio de la guerra, el Senatus concedió a Hispania la ciudadanía de Roma. Iberia desde entonces se llamará Hispania, tan parte de Roma como el mismo Capitolio y tan ciudadanos de Roma como Cicerón llegaron a ser aquellos iberos insumisos hasta el suicidio. 

La ética, un invento de Sócrates1 en el siglo IV, luego versionada por el cristianismo y por San Agustín (siglo V de nuestra era) cambiaría algo las cosas. Formuló un sentido nuevo, una condición nueva de lo humano que convertía la libertad en otra cosa distinta a lo que fuera en la Historia antigua. La libertad desde entonces va anexa a la dignidad humana, independientemente de “libertas” antigua, de que uno tenga o no sus propios medios de vida, incluso de que sea o no ciudadano de un Estado. La libertad, en fin, pasó al terreno de la ética, y en el Cristianismo, a la teología y a la moral. Liberum arbitrium, libre albedrío se le llamará desde entonces. Es un don recibido de Dios y que nadie, ni siquiera el mismo hombre agraciado por él, puede arrancar. “Estamos condenados a ser libres”, dirá en el siglo XX Jean-Paul Sartre, ateo pero consecuente con ese sentido de la libertad constitutiva de lo humano. Así que puedo estar en la cárcel, como Miguel Hernández cuando escribía el Cancionero y Romancero de ausencias, y sentirme libre “solo por amor” (“dentro de la triste guirnalda del eslabón /alto, alegre, libre soy”). Y puede que seas pobre, mísero, esclavo incluso, pero no hay contradicción entre esto y sentirse tan libre interiormente como un pájaro.

El cristianismo vendió la moto de ese nuevo sentido de la libertad interior, sello de la dignidad humana en tanto somos hijos de Dios. No prometió libertas a los esclavos, les dió libertad moral. No dijo al principio que los pobres serían menos pobres ni los esclavos menos esclavos. Pero bastó eso para que pobres y esclavos se rebelaran y  para que, llenos del espíritu de libertad interior, reclamasen también la libertas que solo era patrimonio de los ciudadanos libres y, en un grado excelente, de los que tenían medios para no trabajar. 

Hoy aún no hemos terminado de reclamar esa libertas de la que hacía gala el romano. La esclavitud, afortunadamente abolida en la ley, sigue bajo mano existiendo en muchas partes del mundo; con otros nombres. Y los medios de producción y de subsistencia, la riqueza, y aun el mismo trabajo que nos haría libres, siguen en manos de unos pocos privilegiados y libres. La duquesa de Alba, recientemente fallecida (le deseo que en el otro mundo esté trabajando), era una persona muy libre2, como ha recalcado la televisión española. Claro que con la renta que tenía, ¡así cualquiera! Lo malo es que, al igual que Roma, en el siglo XXI, y en un régimen llamado democrático, o sea, donde teóricamente gobierna el pueblo y la ley es igual para todos, en este país ella y su casta tenían el privilegio de no pagar por sus propiedades: el que más tiene, menos contribuye, eso le debió decir Alfonso Guerra, su servicial 

fámulo. Cayetana debía su nobleza y privilegios a un su antepasado que salió del pueblo castellano de Alba de Tormes; aquel lugar donde nació también el Lazarillo de Tormes, ejemplo de pícaro. Su antepasado adquirió por conquista de guerra media Andalucía, entre otros lugares, la Sevilla donde ahora es llorada, a su muerte. El pobre Lázaro tuvo una historia más triste, murió ajusticiado.3 (¿No sería bonito demostrar que la obra anónima que engendró la novela picaresca fue escrita por algún secretario de la casa de Alba, y que fue un divertimiento mandado hacer por el mismísimo duque; algo así, como la historia de la otra rama –pícara- de los Alba, pues al fin toda grandeza nobiliaria se remonta al origen de un barbero, un ladrón de lavandería, un matarife de ganado?).


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Nota 1. La muerte de Sócrates en 399 aC, y cuanto supone lo narrado por Platón en "Fedón", "Critón" y "Apología de Sócrates" supone la verdadera fundación de la ética.
2. "Muy libre y valiente", le ha llamado a la mona duquesa Alfonso Guerra, político que formó parte del Gobierno socialista de Felipe González, que al parecer se olvidó de exigir a los ricos que cuidasen ellos a su costa su patrimonio sin causar perjuicio a la riqueza de todos los ciudadanos del Estado, o se olvidó de que el Estado puede expropiar al rico (no solo fincas sino también arte y palacios) cuando los ricos no atienden un patrimonio de interés nacional.
Por contra, ese Gobierno pseudodemocrático sentó la opinión de que el rico debe estar exento, o poco menos, de contribuir a la Hacienda pública por su patrimonio, sobre el que tiene la propiedad que el Estado social le otorga a condición de encargarse de su mantenimiento. Se inventó el truco de las Fundaciones no tributarias a Hacienda, como un régimen fiscal extraordinario, en perjuicio de cualquier ciudadano que posea una casa u otro bien por el que tributa obligatoriamente al fisco y a la Administración local. Con esos socialistas no se necesitaban ladrones fuera de la ley; los metieron dentro. Lo más risible y cínico es que la Duquesa mona recibió una Medalla al mérito cultural. (Como diría el filósofo Gustavo Bueno: cuantos crímenes se cometen en nombre de la Cultura).

3.  Venancio Iglesias, escritor más docto, nos puntualiza en este punto: “Hay un error. Lázaro no muere ajusticiado: es la historia de un ascenso en lo social y una degradación moral en lo privado. Casa con la amante de un arcipreste, escondiendo así el tráfico indecente del cura. ¡Cornudo consentido, vaya!”

FULGENCIO MARTÍNEZ

PROFESOR DE FILOSOFÍA Y ESCRITOR

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