jueves, 29 de mayo de 2014

Lo que los poetas deben a Dante, Petrarca y Santo Tomás. (Cómo se fundó la poesía moderna). Ensayo de Fulgencio Martínez. Desde que somos una conversación/ Ágora




LO QUE LOS POETAS DEBEN A DANTE, PETRARCA Y SANTO TOMÁS

 (Cómo se fundó la poesía moderna)

Solo abriendo el cristianismo esa abundancia de la alegoría, pudo columbrarse en la época moderna el significado propio de la literatura, de los textos literarios modernos. Dante robó el fuego de la alegoría espiritual a Santo Tomás, a favor de la poesía, y Petrarca bautizó en el espíritu del fuego poético a la misma teología e incluso a todo lo que en el futuro quiera significar y ser leído más allá de la letra.



                              Por Fulgencio Martínez


I. DOCTRINA HERMENÉUTICA TOMISTA. Los cuatro sentidos de la lectura del texto: literal, alegórico; moral, anagógico.




En Quaestiones quodlibetales una de las cuestiones que se plantea Santo Tomás de Aquino es cómo se deben interpretar los textos sagrados. Síntesis madura de una tradición de exégesis bíblica, que viene de Orígenes, San Clemente de Alejandría y, sobre todo, de San Agustín, llegando a Hugo de San Víctor y la Escuela de Chartres en el siglo XII, Santo Tomás desarrolla la doctrina de los cuatro sentidos de la lectura e interpretación cristianas del Nuevo y el Viejo Testamento. Propone, en síntesis:

1) Un primer sentido (básico, y supuesto irrenunciable de los otros tres): el sentido o significado literal o histórico. El que se refiere a la verdad filológica, racional e histórica –verificable- de las letras (“litterae”) sagradas. Este sentido literal-histórico debe ser el anclaje de los demás. Supone que las palabras de la fe, bíblicas, no son un “simple” relato mítico, sino que refieren a una lengua y a unos personajes y hechos “históricos”.

2) Sentido espiritual o alegórico: Por otro lado, al envés o trasluz de la “letra”, puede leerse otro sentido espiritual o alegórico, en general. Una cosa remite a otra: como dice el significado básico de “alegoría” que ya quedó establecido por los autores paganos. Así Plutarco, que asimiló el término “alegoría” que aún en su tiempo convivía con el de “hyponoia”: sentido oculto.

Ahora, lo alegórico, para Santo Tomás, no se trata tanto de un sentido “secreto” o desconocido –pues se dispone de una clave y de un código finalista para interpretarlo.

El sentido espiritual o alegórico se basa, más bien, en una actitud o “ethos” cristiano, simbólico: en un signo de la caridad y la fe, que remite a la doble personalidad de Cristo como hombre y como Dios; aparente dualidad que se resuelve en una misma Persona divina. Esa doble clave cristológica es la que se usa para distinguir entre sentido de la “letra” y sentido espiritual o alegórico en la lectura de un texto sagrado. Santo Tomás insiste en hacer ver que este segundo sentido “se funda en el literal y lo supone”. No hay una escisión insalvable del sím-bolo.

Por otra parte, el sentido segundo, el  simbólico espiritual o alegórico, lo divide Santo Tomás en tres. Dicha división es, para el teólogo cristiano, un enriquecimiento o aumento del sentido alegórico. Este encierra un sentido tipológico o analógico (a veces, por extensión, se le llama sentido alegórico), que es propio del “tipo” o “figura”, y está basado en la referencia que el Viejo Testamento judaico (“la vieja Ley”) contiene alegóricamente al Nuevo: a la Nueva Ley, al Evangelio, al mensaje y a la doctrina ejemplares de Cristo.

3) Sentido moral o tropológico. Pero el sentido alegórico contiene, además, un sentido moral o tropológico, pues en lo narrado por la letra y la historia sagrada se puede leer una norma moral (un exiemplo, que diría el conde Lucanor), inspiración de la moral católica basada en las enseñanzas de Cristo. (Solo poseyendo, pues, esa clave o código se puede “trasladar” de la letra un sentido moral para la vida cristiana, que tiene su centro en la caridad).

Si el sentido alegórico-analógico es la respuesta a la pregunta ¿qué has de creer? (quid credas?), este tercer sentido, tropológico-moral las escuelas medievales de Teología y  de Artes lo relacionaban con la pregunta ¿qué debes hacer?, ¿cómo debes actuar? (quid agas?). (Era este sentido moral de la alegoría el equivalente –mutatis mutandis- a la Crítica de la Razón Práctica, de Kant, quien en el siglo XVIII se planteó cuestiones semejantes a las del Aquinate; la diferencia es que, para Kant, ya no hay un texto ni una alegoría cuyo código esté previamente fijado por la autoridad del texto; sino que la pregunta kantiana de cómo debo actuar –éticamente- estará en la dirección de buscar principios racionales, finalmente hallados en la ley moral o imperativo categórico de la razón práctica).

4) Sentido anagógico. Seguimos comentando la doctrina hermenéutica tomista. Dentro del sentido alegórico nos encontramos con un cuarto sentido, el anagógico. Este puede ser también llamado sentido místico, universal o global, tal como algunos exégetas lo entienden. Se refiere, en el texto, al significado traslaticio de un pasaje que se hace corresponder con un símbolo de “las cosas de la gloria eterna”.

En la obra Civitas Dei, de San Agustín, este significado anagógico (alegoría mística) sabríamos que se refiere a la Jerusalem triunfante, celeste, al final de la Historia en la cual luchan la voluntad humana (el poder del Hombre) y la Voluntad o Espíritu de la Providencia divina. Pero, en Santo Tomás, el sentido anagógico se refiere a las cosas de la contemplación  de Dios o “beatitudo”, como anticipaciones, o indicios de ese bien inefable y ultraterreno, que se pueden leer impresos en la letra, en la historia y naturaleza del mundo.

Tal sentido anagógico responde a la seña de “¿adónde te diriges?”



II. ALEGORÍA IN FACTIS. ALEGORÍA IN VERBIS

Hay que aclarar varios puntos interesantes para entender la exégesis bíblica medieval que practica Santo Tomás de Aquino,  pero también en relación con la poesía y la hermenéutica del texto literario.

Santo Tomás distingue, como base de la doctrina de los cuatro sentidos, entre dos maneras de “alegorizar”: “alegoría in factis” y “alegoría in verbis”. Esta última es, para Santo Tomás, la propia de la poesía. La alegoría in verbis (en la palabra, no en los hechos; en los signos no en las cosas reales) consiste en aquel sentido (alegórico) imaginativo, simbolizante, que se circunscribe a los términos verbales empleados en el texto. Parafraseando: diríamos que una palabra nos remite a otras palabras o términos, por asociación, evocación o sugerencia poética al modo simbolista-mallarmeano. La cuestión de si la poesía toca o no la realidad, los hechos reales, en su “semiosis”  o deriva alegórica (en cualquiera de sus modos de significar), eso puede o no importar; según qué poéticas. Puede el texto en su alegoría aumentar el campo significativo de lo real. O puede ser la poesía solo un barco de palabras y un viaje meramente por las palabras.

Santo Tomás no niega que la letra histórica de la poesía o del mito pueda referirse a un hecho o realidad. Está lejos el Aquinate de sostener el valor en sí del poema como universo autosuficiente y autorreferente en su significado y cualidad estética;  el poema desprendido, incluso, de su referencia “literal” a lo real, desestimada en cuanto mera anécdota, aun no esencia de lo poético, por los simbolistas.

Lo que niega Santo Tomás es que la poesía pueda en su interpretación alegórica tener acceso a la realidad de cualquier tipo que sea esta, histórica, física o espiritual. El mito y la poesía dan noticia histórica ( y a veces fabulosa) pero fuera de ese sentido literal, cuando se propone tener otro más profundo y simbólico, solo son palabras que remiten a palabras: un juego de lenguaje, diría Wittgenstein.

Pero, en la interpretación de los textos y la literatura de la Biblia, Santo Tomás se cuida bien de dotar a la alegoría de un sentido de referencia a los hechos. Para él, el sentido espiritual (alegórico) en que hay que leer las Escrituras sagradas tiene valor de “alegoría in factis”, alegoría en hechos; es decir, el sentido espiritual se refiere a cosas y se ancla en hechos de tipo, eso sí, simbólico –tanto en los aspectos de analogía, de moral y de salvación, o sea, en los tres sentidos incluidos en el sentido espiritual-alegórico. En el alegórico analógico o tipológico, se reescribe o reformula la historia bíblica del pueblo hebreo bajo una causalidad finalista o código nuevo (se lee el sentido de “cifra” o “anticipo” en la historia del Viejo Testamento, y mediante un paso atrás en la interpretación alegórica de la lectura del nuevo texto testamentario se confirma este por el otro que lo prepara, haciendo lo que podríamos llamar el doble circuito hermenéutico en la lectura). Hay que entender que el cristianismo “descubre” lo histórico como camino a Cristo, bajo el axis de la Venida del Cristo salvador, lo histórico es el espacio que se abre entre la primera y la última, al fin de los Tiempos. Bajo la “corteza” de la Biblia no hay solo “significados”, asociaciones de términos; hay una “historia”; la de la salvación, que tiene mejor expresión por la alegoría. La historia, lo que incube al sentido literal o histórico, nunca es desechado por el intérprete cristiano que es Santo Tomás. Ese sentido literal “lo supone”, como hemos dicho ya, el sentido alegórico en cualquiera de sus tres modos. De forma que la alegoría, el significado profundo y espiritual de un texto, se refiere a hechos literales, verdades históricas, en primer lugar; y en segundo lugar, a verdades y hechos también pero de un tipo más profundo y trascendente para los hombres; no son estos hechos los aparentes de la Historia (si bien siempre se reivindica la condición real de los hechos de la Historia, ya que no son aleatorios, sino marcas o signos cuando se interpretan desde su auténtico sentido, el espiritual-alegórico). En suma, San Tomás enlaza con una misma cadena la letra, lo histórico con lo alegórico-espiritual, con un segundo sentido del texto que descubre por debajo de los hechos históricos otros más significativos (el texto sagrado es alegoría in factis, se mire por donde se mire).



Otras hermenéuticas, como la judaica o la coránica, casi tienden a absorber, anular, o, en términos hegelianos, a hacer la “aufheben” o superación del sentido literal  e histórico por el alegórico. Pero, para Santo Tomás, tanto este como el literal se refieren a hechos, realidades históricas, psicológicas, humanas: realidades simbólicas o espirituales.

Digamos dos cosas, brevemente. Por un lado, respecto a la “hermeneusis” bíblica cristiana: con la doctrina de los cuatro sentidos, pero, sobre todo, con el carácter que da Santo Tomás a la alegoría espiritual, en suma, a la cifra y lectura alegórica como dotada de un referente en hechos, no inmanente a los “verba” o palabras, el cristianismo amplia el campo de la interpretación del texto. Evidentemente, enriquece el campo de la interpretación y la significación a la vez que, con la doctrina de los cuatro sentidos o lecturas (literal, alegórico analógica, alegórico-moral, alegórico-anagógica) acota y pone un  “límite a la interpretación”. Tema este importante hoy, y que sigue preocupando a los teóricos de la interpretación, como Umberto Eco. La plurisignificación o deriva interpretativa infinita destruye el mismo concepto de obra, de significado y de interpretación. La Deconstrucción, de Jacques Derrida, en manos sobre todo de los deconstructivistas norteamericanos ha enseñado la puesta en abismo del texto.

El cristianismo cuida bien de que el sentido básico literal permanezca como ancla. Claro que los otros sentidos espirituales dependen de ser reconocidos mediante un código o llave previamente poseída por el intérprete. Pero, como Hugo de San Víctor, Orígenes y el agustinismo medieval recuerdan, el sentido literal basta a los “sencillos” y simples cristianos. El sentido espiritual comienza a partir de enfrentarse el intérprete a pasajes oscuros –oscuros no en sentido literal o histórico, sino en el moral y teológico, es decir, cuando no se ve una armonía del sentido literal con la “caridad”; de ahí que haya que desvela el segundo sentido: el espiritual. Sin embargo, esos desfases o desacordes solo se presentan a las mentes no sencillas. Es tema para intelectuales o gente culta, y para aquellos espiritualmente más avanzados en la perfección cristiana, a quienes importa descubrir la referencia en el texto sagrado a otros “hechos”, espirituales; a otra realidad distinta a la positiva e histórica, o al significado común, convencional, de los términos. Esa realidad espiritual y realísima es “la historia de la salvación”, leída en clave de analogía hacia atrás-adelante con el Viejo Testamento; en clave, también, de código moral (historia de los méritos y pecados individuales, “la historia del almasensu cristiano), y en clave de recompensa mística, de bienaventuranza o del triunfo de la Iglesia, del cuerpo místico de Cristo.

La historia profana importa, sí; pero está trascendida por esos tres sentidos de la alegoría: que no es otra cosa que la lengua de esas tres historias, o realidades. La hermenéutica tomista da reglas de interpretación y limita la lectura del “texto” de la Historia a los cuatro sentidos en que lee la Biblia. No solo vierte ese texto sagrado sobre la Historia: hace que las mismas claves que constituyen la lectura del texto bíblico sirvan para hacer del acontecer humano un texto. Pero el “hacer de la Historia un texto” solo es posible porque se tiene una lectura, un significado para un continuum de sucesos. Y esta es una de las principales enseñanzas del tomismo, válida no solo para el texto de la Historia sino para cualquier texto. Un texto comienza a serlo cuando hay una lectura, una interpretación. No existen libros ni textos, sino interpretaciones de textos, dirán los críticos modernos más radicales.



III. LA ALEGORÍA PUEDE DESCUBRIR SENTIDOS PROFUNDOS Y REALES DEL TEXTO SAGRADO PERO NO ASÍ DEL TEXTO LITERARIO. (Santo Tomás)



Por otro lado, mirando a otros aspectos interesantes que sugiere la hermenéutica tomista, se aprecia un tratamiento de la “alegoría” distinto al uso del mismo concepto en los intérpretes greco-romanos, quienes en general la usaron como un subterfugio o instrumento para defender la “autoridad” pedagógica de Homero (“el educador de los griegos”, como le llamó Nietzsche). La poesía homérica, frente al ataque de los primeros filósofos (Jenófanes, Heráclito, Pitágoras) y luego de Platón y de los epicúreos, se defiende con la “alegoría”. Homero, en realidad, bajo sus dioses, nombra a los elementos naturales o da un mensaje moral. Comienza así la prosificación racionalizadora de lo poético. Los filósofos se tomaban más en serio la poesía, veían en ella mayor peligro para la Ciudad: se trataba de un encantamiento que había que contener o rechazar; era una verdad mentirosa o una mentira verdadera.

Frente al uso de la alegoría por los intérpretes de Homero (que intentan urbanizar la poesía), el cristianismo asume un valor positivo de la misma. La alegoría no consiste, para el cristiano, en traducir a los dioses a fuerzas físicas o morales, históricas o psicológicas. Eso es algo así como un “induccionismo” hermenéutico. (La alegoría nació para adecentar ética y racionalmente a Homero y a los poetas griegos; solo tras su paso por las manos del cristianismo, podrá comenzar a significar un sentido nuevo y más profundo; como veremos, a partir de Dante; y desde la poética de prehumanismo italiano, ese sentido fundará la poesía moderna).




En suma, el cristianismo - la exégesis bíblica, desde los Padres apologetas hasta Santo Tomás en el siglo XIII- refuerza y explota significados nuevos de la “alegoresis” -cuadriforma el alegorizar-, siempre bajo el presupuesto de la clave cristiana y la aplicación  a los textos sagrados –pragmática del texto con miras a la utilidad cristiana.



IV.  DANTE SE IMPONDRÁ A LA AUTORIDAD DE SANTO TOMÁS AMPLIANDO ESE VALOR DE LA ALEGORÍA TAMBIÉN A LA POESÍA; POR LO QUE EL TEXTO LITERARIO TENDRÁ UN NUEVO VALOR EN SÍ MISMO, MÁS HONDO QUE EL LITERAL, Y SIN QUE EL TEXTO LITERARIO NECESITE SER TRADUCIDO A UN CÓDIGO RACIONAL Y SOMETERSE A SER DESVIRTUADO POÉTICAMENTE



Lo que importa ahora destacar para la teoría literaria, es que solo abriendo el cristianismo esa abundancia –digamos, sin complejos- de la alegoría, pudo columbrarse en la época moderna el significado propio de la literatura, de los textos literarios modernos.

Homero era valioso en cuanto algo más que poesía, como autoridad didáctica y centro de la “paideia” griega. Lo “literario” como tal, en nuestro sentido moderno, solo surge cuando dos genios. medievales aún, Dante y Petrarca, reclaman para la poesía el mismo valor que la “alegoría in factis” que tenía la alegoría bíblica para Santo Tomás.

Así, lo manifiesta en la Epístola XIII, al Can della Scala, el poeta florentino. La Divina Comedia puede ser leída en términos literales o históricos, “in factis”, como el relato de un viaje “real” (aunque hoy leamos “real” como ilusión artística, válida como en el cine o la novela de ficción, para que se dé el efecto poético, la recepción del lector apropiada al género de la obra. Ya que si no tomamos como “real” histórico el viaje de Dante a los Infiernos, al Cielo y al Purgatorio, no nos podemos en clave de sintonía con la intención del texto, su género, su historia, etc.

Pero, por otro lado, también puede ser leída la obra de Dante como una historia de hechos que tienen que ver con los méritos, virtudes y defectos del alma individual –de ahí su sentido alegórico in factis, ya no solo in verbis. Esto es, precisamente, lo que reclama Dante para su poema, y con él para la poesía moderna que abre.



Mas aún, Francesco Petrarca (en Carta a su hermano Gerardo), llega a decir que “la teología es poesía de Dios”; es decir, llega a permutar teología y poesía, reclamando, ya no solo una nueva valoración de la poesía como lengua de lo espiritual, donde los hechos significativos del mundo, la naturaleza y la historia (y también el amor y la biografía y lo personal más íntimo) se expresan, sino otorgando a la poesía la primacía de lo espiritual.

REVISTA ÁGORA DIGITAL MAYO 2014


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