miércoles, 11 de diciembre de 2013

LA IRRACIONALIDAD COMO FUENTE "DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA". FRANCISCO ZARAGOZA SUCH/ en el centenario del ensayo de Unamuno/1


En el centenario de la publicación del ensayo de Miguel de Unamuno Del sentimiento trágico de la vida  (1913)


LA IRRACIONALIDAD COMO FUENTE  DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA

“Del sentimiento trágico de la vida me parece una reflexión que roza aquello que no me gusta, sobre todo la incapacidad de plantear lo que se piensa sin necesidad de arrebatos contra otras motivaciones filosóficas o científicas.        

                                                Por F. Zaragoza Such


     La primera vez que leí la obra de Unamuno, en los años 60, quedé admirado. Sentía con agrado la religión descargada de abstracciones conceptuales, motivada por sentimientos, por voluntades, por quereres concretos y absolutamente reales. Medio siglo después Del sentimiento trágico de la vida me parece una reflexión que roza aquello que no me gusta, sobre todo la incapacidad de plantear lo que se piensa sin necesidad de arrebatos contra otras motivaciones filosóficas o científicas.

La filosofía, muy generalmente, hace reflexiones a través de las cuales trata de conocer el mundo, lo que es y lo que debe ser, o lo que se debe hacer, o lo que se conoce a través de la ciencia, o lo que no es objeto científico. Y otras veces, como en el caso de Unamuno, lo filosófico aparece como manifiestamente irracional, no sólo por lo que positivamente dice, sino porque ataca a la filosofía de la razón como si fuera la filosofía de las apariencias, de las abstracciones, de la nada real. Esta lucha contra la razón filosófica y científica me parece terriblemente significativa. Es como si hubiera dos caminos: uno, el de la búsqueda racional, la capacidad de plantear racionalmente los problemas y la de procurar responder a las incógnitas planteadas; dos, querer, por encima de todo, la inmortalidad personal. Y pensar que estos dos caminos son incompatibles. O se elige el primero, racional, o se elige el segundo, irracional. No hay otra posibilidad. Esa imposibilidad es la base del “sentimiento trágico de la vida” .

Lo que quiere afirmar Unamuno es la inmortalidad del alma individual y, desde luego, su fundamento que es la existencia de Dios. Pero a Spinoza, que plantea la existencia de Dios como sustrato unitario de todo ser, y no responde exactamente a la pretensión unamuniana de inmortalidad personal, lo llama “¡Pobre hombre”!. (1) 

Unamuno pretende no eludir su problema. Lo fundamental es una cuestión de finalidad: ¿para qué es lo que es? ¿para qué es el hombre? Solo nos interesa saber, dice, de dónde venimos para saber a dónde vamos. Quiero saber si he de morir o no. Ese es el problema. Y el problema racionalmente no adquiere ninguna respuesta indudable.

El sentimiento trágico de la vida nace de la contradicción entre el pensamiento racional y el ansia de inmortalidad. La razón no da ninguna respuesta que satisfaga el ansia de inmortalidad. Las respuestas de la razón son abstracciones. La única solución es la renuncia desesperada a dar respuestas racionales y elegir la opción del sentimiento, más acá o más allá de la razón. La voluntad determina no sólo el planteamiento del problema, sino la solución. La inmortalidad es, para Unamuno, un deseo necesario. ¿Por qué tal deseo? No hay respuesta: “es (como) preguntar la razón de la razón, el fin del fin, el principio del principio”. (2) 

La voluntad de vivir eternamente se convierte en fe, pero Unamuno no quiere racionalizar la fe en las dimensiones de la teología o de la filosofía teológica, como hizo Santo Tomás asumiendo para la teología la filosofía aristotélica. No quiere racionalizar a Dios de ningún modo, ni para afirmarlo, como hace Descartes, ni para negarlo, como hace Nietszche.

La presencia del deseo de inmortalidad quiere verla Unamuno históricamente, como una concreción de la confluencia entre el platonismo y el judaísmo, entre la eternidad del Bien y la personificación eterna de Yahvé. Esto es lo más racional que se puede decir, lo más teórico; a partir de ahí hay que tener en cuenta que “las determinaciones de valor no sólo no son racionalizables, sino que son antirracionales”.(3) La ciencia no responde a las determinaciones de valor. Por lo tanto, Galileo, Giordano Bruno o Darwin no importan nada a la preocupación de Unamuno. “La razón se pone enfrente de nuestro anhelo de inmortalidad. Y es que, en rigor, la razón es enemiga de la vida”. (4) Unamuno alude a Epicuro, a Lucrecio y a los estoicos manifestando que los filósofos, incluso aquellos cuyo compromiso es más ético que cualquier otra cosa, no piensan en la religión como un camino de sensatez, sino como una locura.

El valor está en otra parte: “No concibo la libertad de un corazón ni la tranquilidad de una conciencia que no estén seguros de su perdurabilidad después de la muerte” (5). Esa perdurabilidad es el centro del cristianismo.  Siempre se llega a la misma cuestión: la razón no conoce sino lo que está en los parámetros en los que cabe aquello que se puede conocer. Pero lo que más importa no es lo que se puede conocer, no es el objeto de la razón, no es el objeto de ciencia. Lo que más importa es la inmortalidad del alma y, para ello, la existencia de Dios. No hay conocimiento racional que valga. Todo ello, la inmortalidad y Dios, o es objeto de fe o de voluntad, o no es nada. “La fe en la inmortalidad es irracional”.

Me parece muy importante hacer esta distinción: la fe y la voluntad tienen implicaciones diferentes. La fe manifiesta la afirmación de la existencia de Dios o de la inmortalidad del alma, de modo que para el que tiene fe, o dice tener, Dios existe y el alma es inmortal. Sin embargo, la voluntad no afirma la existencia de Dios o la inmortalidad. Solamente puede decir coherentemente que quiere que Dios exista o que el alma sea inmortal. El que tiene fe afirma (sin saber). El que recurre a la voluntad, quiere. Es una diferencia sumamente importante.

Hay un momento en que Unamuno dice algo crucial: “Creemos que Dios existe porque queremos que exista”. (6) Y más adelante escribe: “Creer en Dios es, en primera instancia al menos, querer que le haya, anhelar la existencia de Dios”. (7) “Creer en Dios es hoy, ante todo y sobre todo, para los creyentes intelectuales, querer que Dios exista” (8). Sin embargo, no siempre dice algo así. Es característico de Unamuno pensar, o “ensayar”, diversas líneas o posibilidades, como, por ejemplo, la de la fe y la de la voluntad, pero siempre como si entre ellas hubiera una interdependencia. Lástima que no abundara más en la consistencia de la segunda. Él mismo califica así su propia obra: “estas algo errabundas y a la par insistentes reflexiones” (9).

En todo caso, según Unamuno, necesitamos a Dios para darle finalidad a la existencia. Y ¿de qué Dios habla? Habla del mismo Dios paradójico de Kierkegaard: “Dios no piensa, crea; no existe, es eterno” (10). Pero, sobre todo, el Dios de Unamuno es el fundamento de la inmortalidad del alma. Y reconoce, como Kierkegaard, que Dios es “según cada uno lo siente”, porque no es una necesidad conceptual, común, racional lo que nos lleva a creer en Dios, sino la  “angustia vital”. Creer en Dios es, al final, valorar al hombre. “De la fe en Dios nace la fe en los hombres” (11). El anhelo de inmortalidad es pensar mi conciencia para siempre. No se trata de llegar al “amor intelectual” de Spinoza. Se trata de algo más simple, pero individualmente más reconfortante.

A Unamuno no le interesa la filosofía entendida como desarrollo racional, como manifestación de ideas, pero tampoco acepta el panteísmo spinoziano. Sin embargo, no muy lejos de éste anda la apocatástasis de San Pablo: “Dios acaba siendo todo en todos”. El problema de Unamuno sigue siendo el mismo: hecho todo conciencia, Dios, ¿cómo queda la conciencia individual, mi conciencia?

La clave unamuniana ni es dogma formulado desde arriba, ni es verdad clara alcanzada donde estamos. Ahora bien, “¿Cuál es nuestra verdad cordial y antirracional?” Obra como si fuera verdad la inmortalidad del alma, la persistencia de nuestra conciencia. Aunque no lo deduzcamos racionalmente. Podemos no pensar, no razonar la inmortalidad o a Dios mismo. Pero “un Dios humano –el único que podemos concebir- no rechazaría nunca al que no pudiese creer en él con la cabeza” (12). Me parece muy importante subrayar  esta idea: puesto que no cabe concebir a Dios racionalmente, el querer es definitivo. Hay un antirracionalismo combinado con una apología de la voluntad.

En el capítulo XI hay una reflexión sobre un principio de la ética, que a mí me parece terrible y nada coherente, por otra parte. “El precepto que surge del amor a Dios y base de toda moral es éste: entrégate por entero.... y el entregarse supone imponerse” (13). La consecuencia moral que saca Unamuno en estas reflexiones me parece que no es congruente. En contra de Unamuno creo que se puede decir que la entrega no supone imposición.  Si hay entrega no tiene por qué haber imposición. Si hay imposición, no es por necesidad, sino, más bien, por falta de entendimiento. Este hecho, que no supone necesidad conceptual, es muy frecuente en las religiones organizadas. No veo ninguna razón, ni intelectual ni cordial, para decir que la entrega supone imposición. Como no la veo tampoco en la valoración unamuniana de la ciencia y la cultura como “nueva Inquisición”.  Es como deshacer lo andado por la razón autónoma.

La última contraposición se hace entre Don Quijote y Giordano Bruno, que simboliza el corte profundo que hace Unamuno entre lo irracional y lo racional, modificando en su propio interés la figura literaria de Don Quijote, del que dice “no cree que triunfen sus doctrinas en este mundo porque no son de él”. (Se debe advertir que éste es un Don Quijote unamuniano, no exactamente el original).

El conflicto simbolizado por Giordano Bruno y Don Quijote es el conflicto que vive trágicamente Unamuno, de modo que, y esto es lo más importante, una posición la ve como incompatible con la otra. El elige la fe y rechaza la razón. De un modo no demasiado afortunado simboliza la fe en Don Quijote y la razón en Bruno. No es afortunado el símbolo de Don Quijote, pero lo es menos la no posibilidad de conciliación entre voluntad de inmortalidad (o fe) y ciencia. Asombra el rechazo unamuniano de la ciencia, por mucha fe que quisiera tener. Lo peor de la tragedia que se inscribe en la oposición entre la fe y la razón, entre racionalidad e irracionalidad, que es la tragedia unamuniana, contrasta con la posibilidad, no extraña ni incomprensible, de la asunción serena del que ve lo que hay y lo que quiere que haya, del que piensa la compatibilidad de la realidad y el deseo. Por muy diferentes que resulten una y otro.




NOTAS.

(1)  M. de Unamuno: Del sentimiento trágico de la vida, C. Austral, 2011, pág.54
(2)  o.c. pág. 90
(3)  o.c. pág.105
(4)  o.c.pág.128
(5)  o.c. pág.109
(6)  o.c. pág. 180
(7)  o.c. pág.211
(8)  o.c. pág. 218
(9)  o.c. pág. 185
(10) o.c. pág. 183
      (11)o.c. pág. 237
(12) o. c.pág. 278
(13) o.c. pág. 290



 REVISTA ÁGORA DIGITAL HOMENAJE A MIGUEL DE UNAMUNO EN EL CENTENARIO DE LA PUBLICACIÓN DE LA OBRA DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA/ DICIEMBRE 2013

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