miércoles, 23 de julio de 2014

¿Para qué sirven las fronteras? Diario político y literario de FM.

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¿PARA QUÉ SIRVEN LAS FRONTERAS?


Una razón libre de prejuicios confiscaría todas las fronteras que el miedo o la desconfianza han levantado a lo largo de la Historia. Habría de ser una revolución humanista la que trajera al orden del día, primero, la idea de una cultura global y pacífica; como teorizó el filósofo Kant en La paz perpetua. Después, el empuje, el entusiasmo, en fin la creencia en la solidaridad como arma definitiva para solucionar los problemas mundiales.  Esta reflexión trata de analizar haciendo honor a los sentimientos humanitarios que nos desgarran estos días viendo por la tele las atrocidades entre isralíes y palestinos, y lo poco que sirve a la paz el establecimiento de fronteras. Son los Estados quienes sancionaron esas rayas de demarcación entre territorios y entre poblaciones. Pero no hay un solo argumento para defender la existencia y perpetuación de los Estados que no se asiente, en el fondo, en su conveniencia con el modelo de un yo egoísta. Revisando la madeja que ha creado el plexo de intereses entre individuo y Estado, formulamos un campo de de concentración, si hablamos en términos metafísicos. 

Primero, ¿quién dio escritura de propiedad a la vida sino el Estado? Ser ciudadano y libre eran, por supuesto, las condiciones previas necesarias para dicho “honor” y derecho. En la cuneta quedaban los esclavos, que eran no gentes para el Estado, aunque estuvieran viviendo dentro de sus limes o fronteras. No gentes, y no agentes tampoco; sino cosas e instrumentos eran  para el Derecho antiguo los seres sometidos a esclavitud. Aristóteles justifica su condición de tales no por su utilidad y provecho al Estado (eso sería tener una conciencia realista históricamente; cosa imposible para un pensador político idealista como Aristóteles); ni por razones que hoy llamaríamos de tipo racista o xenófobo. Es la guerra, una situación anterior al Estado, o una excepción dentro del orden legal que este defiende, lo que sanciona la esclavitud. Los vencidos y prisioneros de guerra deben la vida al vencedor y, por tanto, pasan a su propiedad. De esto se desprende que la propiedad de la vida es la máxima riqueza del Yo, el Yo que ha establecido un pacto con otro Yo para crear el Estado. Lo que está al margen, pero en medio, atravesando todo el edificio conceptual del YO propietario-Estado, es la guerra. El Estado la deja fuera, pero también la incluye en sí mismo dadas unas condiciones excepcionales. En situación de guerra se abole provisionalmente, dentro del Estado, el derecho de propiedad a la vida que se le reconoce al Yo; es, primero, esa abolición, y solo después la abolición del derecho a la vida de los otros Yos de otros Estados. En realidad, la guerra vuelve a poner en juego la cuestión de si el Ciudadano, el Propietario de su vida, el Yo, merece serlo. Toda guerra no es otra cosa, en el fondo, que una prueba o un test sobre la ciudadanía. Se le recuerda a esta sus prerrogativas y se le advierte contra el mal mayor de decidirse por la esclavitud y, por tanto, de ser recatalogado usted como paria, como no gente y esclavo. 

Las ardientes proclamas al patriotismo, a los nacionalismos salvadores y autotélicos, no responden a otra cosa que a una nueva reasignación y recuadriculado de los derechos que el Estado puede confiscar o confirmar, retener o hacer circular entre su ciudadanía. Toda guerra está dirigida en primera intención contra el propio pueblo y le pone a este a prueba con el manifiesto argumento de la propiedad del individuo de su propia vida. Bajo la amenaza, real o ficticia, del que conspira fuera de las fronteras del Estado, como ocurre en el mundo distópico de la novela 1984 de Orwell; pero aún más, bajo el temor a que usted, ciudadano, por cobardía o insumisión a la llamada de la violencia y la lucha proclamadas por la ley legítimas, pierda su prerrogativa, sea rebajado a la condición de siervo. Las fronteras se han levantado bajo esta orden de guerra cívica y universal que el Estado ha dirigido, y dirige, a la conciencia del Yo. Por supuesto, solo valen para el fin que persigue su trazado de mente a mente, de yo a tú, de mí a ti, de extranjero a ciudadano, de hombre a cosa y esclavo. Para otros agentes, como el Dinero o Dios, y para los representantes terrenales de estos, las fronteras no existen, más que nominalmente. El mundo fantástico de la Ciudadanía global ya existe: cotiza en bolsa.

FULGENCIO MARTINEZ

                                                                   Profesor de Filosofía y escritor


ÁGORA DIGITAL JULIO 2014

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