jueves, 12 de diciembre de 2013

La filosofía de Unamuno. Por Cirilo Flórez Miguel/ Centenario de la obra "Del sentimiento trágico de la vida"/3

                            



               LA FILOSOFÍA DE UNAMUNO

                                                       Por Cirilo Flórez Miguel
                                       Universidad de Salamanca

Punto de partida de la filosofía de Unamuno

El año 1913 publica Unamuno como libro un ensayo titulado Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, que durante el año 1912 había ido publicando en artículos. En él expone su filosofía, que no es otra cosa que una antropología. Pone como punto de partida de su filosofía el hombre de carne y hueso, cuyo núcleo y esencia es el instinto de vida, el conatus (palabra que toma del filósofo Spinoza) que podemos entender a la manera del filósofo francés Bergson como “elan vital”, como una fuerza que viene de lo profundo y se proyecta hacia adelante. Por eso para Unamuno el punto de partida de la filosofía, a diferencia del de Descartes, es la existencia concreta del individuo de carne y hueso, que es el verdadero sujeto de la historia.  Por eso escribe en referencia directa a Descartes: “La verdad concreta y real, no metódica e ideal es, homo sum, ergo cogito. Sentirse hombre es más inmediato que pensar”[1]. Nos experimentamos existiendo, esforzándonos en permanecer en la existencia. La filosofía de Unamuno es una antropología entendida como filosofía del espíritu que no sigue la línea del ser, sino la del espíritu. Y por eso el fundamento lógico de su filosofía no hay que ir a buscarlo en ningún principio abstracto como el Ser (metafísica antigua) o el Yo (filosofía moderna). El punto de partida de la filosofía de Unamuno ya no es el pensamiento como en el caso de Descartes, sino la experiencia inmediata de su ser, que además puede ser comunicada a través del lenguaje. El verdadero lema de su filosofía es el de construir su “ser”, su espíritu, esencializarse por medio de la acción creadora.  La antropología unamuniana tal como está formulada en Del Sentimiento es una antropología encarnada, que él ha caracterizado con su bella expresión del “hombre de carne y hueso”.
Esta filosofía del hombre concreto encuentra en el sentimiento la experiencia de su unidad, que se le da como distendida en el tiempo y en el espacio. En el espacio como ocupando un lugar desde el que experimenta el mundo; y en el tiempo como situado en un punto (presente) desde el que desciende hacia el pasado (memoria) y se adelanta hacia el futuro (esperanza). Pero todo ello lo hace desde el “cuerpo vivo”, que como dice Gabriel Marcel es el “existencial indubitable” en el que habita la conciencia con sus diferentes estados. Lo que nos da nuestra primera identidad es el cuerpo, que experimentamos como nuestro ser. En línea con este planteamiento Unamuno propone  sustituir a la razón científica, que es nihilizadora, por la razón poética, que es creadora. Miguel de Unamuno es uno de los filósofos del siglo XX que mejor explican la razón poética al unir a la razón con la vida por medio del lenguaje. Para él la esencia de la razón es el logos entendido como lenguaje, como palabra. En la palabra es donde se hace patente la verdad de las cosas. La palabra es ese espacio en el que se hace presente lo oculto de la realidad, esa realidad profunda a la que no puede llegar la razón científica, que queda atrapada en los fenómenos y apariencias de las cosas. La razón científica describe cómo son las cosas, pero no puede decirnos nada de su ser, de su esencia, cosa que sólo puede hacer la razón poética, que es la que llega hasta las entrañas mismas del lenguaje y a través de él a las entrañas mismas de la historia, a lo que Unamuno llama la intrahistoria, que en su novela: San Manuel bueno, mártir[2] él compara con un lago en el que está depositado el devenir de la historia.

                   



La antropología unamuniana

Unamuno estructura al hombre en estratos dado que busca explicar el tiempo, que es uno de los grandes enigmas que le preocupan. Y lo va a hacer sirviéndose del concepto de “intrahistoria” que aparece en sus primeras obras y va a mantener hasta el final. Este concepto es claramente un concepto de filosofía de la historia por medio del cual pretende salvar la obra del espíritu, lo que cada uno ha hecho de sí mismo en la vida. Esa obra que el espíritu de cada individuo ha ido construyendo en el tiempo; y que con la muerte no desaparece, sino que se sedimenta en el fondo de la historia que fluye. Los espíritus de todos los que han vivido en la historia se sedimentan en la intrahistoria al ser acogidos por la comunidad en el momento de la muerte, pasando a formar la sustancia de la historia, la historia del mundo o historia universal, la historia de la humanidad.
Unamuno considera el tiempo, de modo similar a como lo hace Bergson, como duración. El tiempo vivido dura de forma estratificada. Es decir, va depositándose en la historia de cada individuo, así como en la historia de la humanidad. Una historia (la individual) que iniciamos a partir del nacimiento, a partir de la individualidad del cuerpo vivo y que se extiende hasta el momento de la muerte. En ese trayecto construimos nuestra persona, nuestro yo, nuestro espíritu, nuestro “sí mismo”. La individualidad nos la da el cuerpo, que nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte; y la persona es ese “sí mismo” que cada uno de nosotros vamos construyendo con nuestras obras y que nos diferencia como “singulares únicos” de los otros. El gran enigma que la filosofía de Unamuno tiene que resolver es el enigma de la muerte, tal como nos dice en Del Sentimiento al referirse al enigma de la esfinge. “Si al morírseme el cuerpo que me sustenta, y al que llamo mío para distinguirme de mí mismo, que soy yo, vuelve mi conciencia a la absoluta inconsciencia de que brotara, y como a la mía les acaece a las de mis hermanos todos en la humanidad, entonces no es nuestro trabajado linaje humano más que una fatídica procesión de fantasmas, que van de la nada a la nada, y el humanitarismo lo más inhumano que se conoce”[3]. Así pues, los estratos del hombre son: el cuerpo vivo, que nos individualiza; y el sí mismo o espíritu, que nos singulariza.
Al morir, los humanos almacenan los cuerpos en los cementerios; peculiaridad de la especie humana que nos diferencia de los otros animales y nos cualifica como humanos tal como explica el filósofo italiano Vico a quien Unamuno sigue en este punto. Vico encuentra el origen de la palabra “humanidad” en la inhumación de los difuntos, como se desprende de las siguientes palabras suyas: “La segunda de las cosas humanas, por la cual en los latinos, de humando, “sepultar”, primero y propiamente viene dicho humanitas, son las sepulturas”[4]; idea a la que alude Unamuno cuando escribe en Del sentimiento: “El gorila, el chimpancé, el orangután y sus congéneres deben considerar como un pobre animal enfermo al hombre, que hasta almacena sus muertos. ¿Para qué?”[5].
Después de la muerte, nuestro cuerpo que fue vivo reposa en el cementerio a la espera de la resurrección, según la creencia cristiana. Pero ¿qué ocurre con la persona, con el “si mismo” que hemos ido construyendo a lo largo de la historia? La respuesta a esta pregunta es una de las preocupaciones fundamentales que la antropología unamuniana va a intentar explicar y que le lleva a la cuestión de la inmortalidad, que ocupa el capítulo 3º de Del sentimiento.
Unamuno va pasando revista a las distintas formas de explicar la inmortalidad: la del erostratismo o la fama, la cristiana de la resurrección, la racionalista negadora de la inmortalidad y la que él denomina del “riesgo”, que es la que expone en el capítulo 6º de Del sentimiento.
¿La conciencia que yo soy, se pregunta Unamuno, encuentra su fundamento en una Conciencia eterna o carece de fundamento y lo mismo que emergió en un lugar y un momento desaparecerá con la muerte? La solución de este enigma no se encuentra en la razón, que se mueve, lo mismo que la conciencia, dentro de los límites del espacio y del tiempo, que siempre acompañan al cuerpo; y que ella no puede trascender sin caer en ilusiones. Esas ilusiones que Kant criticara en su primera Crítica, la Crítica de la razón pura. Y puesto que la razón no puede dar solución a ese enigma va a recurrir Unamuno a la facultad humana que puede hacerlo, y que la modernidad marginara: la imaginación, la fantasía. Por todo ello la filosofía unamuniana de la existencia va a apartarse de las modernas filosofías de la conciencia, íntimamente unidas a la razón y a la ciencia; y se va a ir acercando a un tipo de filosofías espiritualistas que podemos calificar como filosofías de la encarnación, que parten del cuerpo vivo, pero van a hacer de lo que ellas llaman “espíritu” la esencia misma de lo humano.
La explicación unamuniana de la inmortalidad sigue el camino platónico de la mitologización; puesto que la inmortalidad no puede ser explicada racionalmente, busquemos para su explicación el camino de la imaginación, el camino del mito. Para explicar todas estas ideas Unamuno va a imitar en su filosofar el camino de Platón que, trabajando como poeta, creó un Sócrates, cuyo carácter fundamental es la ironía, que alcanza su expresión más acabada en lo mítico.  Esta es precisamente la idea que Unamuno aplica tanto en su teoría de la tragedia como de la novela. De ambas podemos decir que son mitologizaciones, ficciones que pretenden desvelarnos el sentido de nuestra existencia sirviéndose de mitos, de figuras literarias, cosa que puede hacer gracias al lenguaje. Así como el agua es principio de vida, así es también el lenguaje para Unamuno. No es un espejo en el que se reflejan las cosas, sino un principio vivificador que fluye a lo largo de la historia y vivifica la vida de los pueblos. El lenguaje es la expresión del alma de los pueblos y por consiguiente su memoria eterna, en la que se conserva todo su pasado. De esa memoria del pasado que es el lenguaje, alma de los pueblos, sacan los pueblos su sustancia. El conocimiento se teje con palabras y las palabras recogen la tradición y la traen al presente al decirla. El estudio del lenguaje nos conduce a lo que Unamuno llama la intrahistoria de los pueblos, a la conciencia de lo eterno, que es la esencia del alma racional. “La metáfora es el fundamento de la conciencia de lo eterno. Y la conciencia de lo eterno, el ansia de inmortalidad, es la esencia del alma racional. Alma racional y metafórica”[6].
Si los cementerios son los lugares donde se almacenan los cuerpos de los hombres y por lo tanto el sedimento de la humanidad; uno de los lugares donde se conserva el espíritu de todos los hombres y los pueblos es el lenguaje, en el lenguaje concreto de un pueblo tal como el mismo se ha encarnado en su literatura[7]. Esa es la razón por la que Unamuno toma el Quijote como referente fundamental de su filosofía, porque es la encarnación pneumática y espiritual del espíritu del pueblo español. Un espíritu que se caracteriza por la acción creadora de Don Quijote y no por la acción fabricadora de Fausto, el personaje de una de las obras de Goethe. La filosofía unamuniana del sentimiento trágico se opone a la filosofía moderna de la razón calculadora, que ve a Don Quijote como una comedia y no llega a captar la profunda tragedia que representa[8].

                
          

 
El “quijotismo” de Unamuno

Papini va a interpretar el pragmatismo del filósofo americano W. James como un “pragmatismo mágico”, que entiende la “poesía” en su sentido etimológico como creación, e interpreta la “voluntad de creer” de James en el sentido de que el hombre no solamente se mueve guiado por los fines que se propone desde la razón, sino también siguiendo las tendencias de los propios sentimientos. Esta interpretación del pragmatismo por Papini podemos atribuírsela también a Unamuno.
 Este que hemos denominado “pragmatismo mágico” es una síntesis de ideas románticas y pragmáticas, enriquecido a su vez con ideas de Bergson y con la interpretación pragmática que siguiendo ideas de Bergson hace el sindicalista Sorel de la historia. Este considera que en lo profundo del individuo, en eso que Bergson denomina el “yo profundo”, se asientan los mitos que él interpreta “como los medios de actuar sobre el presente”[9]. Mitos que pueden ser religiosos como el “mito apocalíptico”, políticos como “la huelga general” o literarios como el “mito de Don Quijote”.
Así pues, el “quijotismo” de Unamuno es un “mito literario” del que se sirve para explicar su concepción de la historia; es en ese mito donde hay que ir a buscar lo que España ha aportado a Europa, que no está en la línea de la ciencia y la técnica, sino en la línea de la literatura. Podemos hablar de dos modernidades: la de la ciencia y la técnica por un lado y la de la novela por otro tal como hace Milan Kundera en su obra: El arte de la novela[10], en la que escribe: “En efecto, para mí el creador de la Edad Moderna no es solamente Descartes, sino también Cervantes[11]. La línea de Descartes tiene que ver con la modernidad basada en la certeza; mientras que la de Cervantes con la línea basada en la sabiduría de lo incierto. “Comprender con Cervantes el mundo como ambigüedad, tener que afrontar, no una única verdad absoluta, sino un montón de verdades relativas que se contradicen…, poseer como única certeza la sabiduría de lo incierto, exige una fuerza igualmente notable”[12]. La teoría que Kundera expone en ese su libro es la misma que Unamuno defiende con su mito del “quijotismo”: que lo que España ha aportado a la modernidad europea no está en la línea de la ciencia y la técnica, sino en la línea de la literatura.
Y siguiendo esa línea él va a pensar mitológicamente y por eso los componentes fundamentales de su filosofía no son los conceptos, sino las “figuras literarias” que hacen sensibles sus ideas. Las figuras literarias de Unamuno presentan situaciones existenciales, en las que se hace presente como es la existencia de los hombres de carne y hueso en el mundo. Por eso la conclusión de Del sentimiento nos muestra la figura de Don Quijote como la expresión del pueblo español. Ella hace presente en el mundo un “modo de ser” centrado en el análisis del presente, que es el momento del tiempo que Unamuno quiere salvar. Don Quijote no recuerda, ni espera; aprehende el presente en su instantaneidad y nos lo dice. Don Quijote protagoniza simplemente acciones y aventuras, que son las que le individualizan. No mira hacia atrás, ni hacia adelante. Está en el presente. Sus aventuras son su autorretrato. No busca el tiempo perdido como el novelista francés Proust en su novela En busca del tiempo perdido, ni camina devorado por el deseo como el protagonista de La piel de zapa de Balzac. En cada una de sus aventuras Don Quijote aprehende el instante fugitivo y nos lo enseña. Ese es su destino: vivir en el presente y mostrarnos sus entrañas en el lenguaje. “El lenguaje nos da la realidad, y no como un mero vehículo de ella, sino como su verdadera carne, de que todo lo otro, la representación muda e inarticulada, no es sino esqueleto”[13]. La filosofía unamuniana, de la mano de Don Quijote, ha abandonado el espacio de la representación en el que se movió la filosofía moderna y se ha instalado en el mundo como hará Heidegger en su famosa obra: El ser y el tiempo. Don Quijote abandona sus lecturas y sale al mundo para realizarse en la acción. En él encontramos el mito y la figura literaria que mejor expresa el modo como Unamuno entiende la existencia en su famoso ensayo: Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos.


             1 Unamuno, M. Del sentimiento trágico. Edición de N. Orringer. Tecnos, Madrid, 492.

            2  Unamuno, M.: San Manuel bueno, mártir. Edición de Cirilo Flórez Miguel. Tecnos, Madrid, 2012.

             3 Unamuno, M.: Del sentimiento, 150.

             4 Vico, G.B.: Ciencia nueva. Trad. R. de la Villa. Tecnos, Madrid, 1995, & 12.

            Unamuno, M.: Del sentimiento, 122.

             6 Unamuno, M.: Paisaje teresiano. En Obras completas, I. Escelicer, Madrid, 1966, 497.

            7 Unamuno, M.: Del sentimiento, 489.

           8  Ibidem, 503.

             9 Sorel,G.: Réflexions sur la violence. E. Marcel Rivier, Paris, 1972, 152. En la biblioteca de Unamuno hay una edición italiana de este libro de Sorel con anotaciones de Unamuno.

            10  Kundera, M.: El arte de la novela. Trad. F. de Valenzuela y Mª. V. Villaverde, Tusquets, Barcelona, 1987.

          11   Ibidem, 14.

            12 Ibidem, 17.

          13    Unamuno, M.: Del sentimiento, 491.


     REVISTA ÁGORA DICIEMBRE 2013 HOMENAJE A MIGUEL DE UNAMUNO. CENTENARIO DE LA OBRA DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA




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