miércoles, 6 de marzo de 2013

Cierra despacio al salir, libro de poemas de Víctor Angulo. Bibliotheca grammatica, cuaderno de crítica literaria /4


CIERRA DESPACIO AL SALIR

Con este su tercer poemario, publicado en la editorial Devenir, Víctor Angulo (Soria, 1978) ganó en 2012 el Premio de Poesía “Fundación cultural Miguel Hernández”. Cierra despacio al salir es ya una obra que rezuma, en sus mejores momentos, un mundo propio y una voz poética que ha tallado su primer fruto. Una poesía –como se define en la contraportada del libro- “que busca la emoción en lo esencial, que hace hincapié en el fruto donde fundamentalmente reside la belleza… en lo conciso, en lo elemental”. Salvo en algunos versos de sus poemas más discursivos, donde al autor se le va la mano en lo anecdótico, pero incluso en esos breves descansos, como luego trataremos de explicar, el poeta nos sigue transmitiendo un decir con contenido; lo cual es hoy poco frecuente en mucha escritura en forma de verso.

El libro se estructura en cinco secciones; en casi todas, se mezcla felizmente el breve poema en prosa y el poema autobiográfico, o parabiográfico, discursivo, en versículo.

En ambos géneros poéticos muestra su maestría Víctor Angulo, tanto en la fluidez de comunicación con el lector, como en el ritmo poético, el acierto semántico (con verbos y sustantivos, en muchos casos, plenos de sabor castellano, al lado de términos novi de la cultura contemporánea y de la vivencia del mundo de la juventud del autor); y ese dominio, fácil y como suave, sobre las palabras en su acuerdo exacto con lo que el poeta tiene que decir (que incluye a lo que quiere decir y al silencio que deja) está mantenido por una tensión, en todos los poemas y en cualquiera de los dos géneros aludidos, hacia y por la sinceridad. La voluntad de comunicación a tumba abierta en el poema, también de las pequeñas debilidades del poeta, a veces también de sus obsesiones absurdas, como la que siente por una marca de automóvil y por las cajeras del súper, todo ello dota al libro de un claro valor poético extraordinario. La pasión por quitarse la máscara, por el autoconocimiento, es el camino interior que recorre el libro de Víctor Angulo, y que hace valiosa en muchos quilates su belleza formal, su música tan bien tallada. Una cosa sin la otra sería un vano intento.  

Personalmente, como lector, creo que son los poemas en prosa lo mejor del libro. También, creo que son un paso más avanzado en la técnica del autor, su fruto más maduro, que ha ido esparciendo en las páginas del libro. O, quizá no sea así.*. Me parecen soberbios poemas en prosa como “Septiembre en los pies”, “La redondez de la ciruela” (de la quinta y última sección del libro, “La fruta con agobio”). Pero me admiran, además, los poemas en versículo: “Jirón de infancia”, “La extensión de las ciudades”, “Otros días, otras tardes” (de la primera sección: “Aquiescencia, espacio”). 

 Quiero detenerme aquí para comentar algo del simbolismo que se encuentra en este libro, y , un poco, de su contenido, que precisamente gira en torno a esas dos últimas palabras: aquiescencia y espacio. Brevemente, para que el lector, si quiere, siga, estas pesquisas; el discurso del libro se sostiene en una constante liza del yo entre el recuerdo y el presente (entre la búsqueda, pues, de un significado en un pasado más joven y la carencia de ese significado en el hoy, más erosionado en la cotidianidad - el presente del hoy treintañero- , por el que destila aceptación, hastío, repulsa, indiferencia); el discurso del yo poético conduce al territorio –también poético, al menos- de una verdad con la que el poeta asiente, con aquiescencia y claridad; a un espacio que une aquellos dos tiempos, y “que habitará sin ensombrecerles”; es decir, como son, sin engaños ni desengaños. (“Afirmación de confianza”, de la cuarta sección “El cuarto de invitados”).
                                                                    
                                                                                  Fulgencio Martínez (5-3-2013)


* Pues creemos que una crítica ideal habría de ser un diálogo entre el primer lector (el propio autor, que es quien mejor conoce su poema) y el segundo lector (que es la posición de cualquier lector y también del crítico); después de escrito el artículo fue enviado al poeta. Este, amablemente, nos aclaró algunos detalles que creemos importante que conozcan los lectores.
"...gracias por las palabras que me dedicas, por tu predilección por los poemas en prosa; en primer lugar estaba todo el poemario concebido como poemas en prosa; luego, algunos poemas los convertí al versículo. El poemario lo escribí hace años, y esto me permite hablar con distancia. Creo que todo él habla de la pérdida de la inocencia personal, de una crisis de adolescencia a la que uno asiste ante la perplejidad del mundo posmoderno, al capitalismo de ficción, que dice Vicente Verdú; esto hace que haya dos factores que me han señalado: la melancolía y la extrañeza. Creo que en el poemario se afianzan estos dos conceptos motivados por la perplejidad con que uno mira el mundo cuando se pierde la inocencia y mira de frente la vida.". (Víctor Angulo)




                           SELECCIÓN DE POEMAS DE
                            CIERRA DESPACIO AL SALIR


SEPTIEMBRE EN LOS PIES 


No ves que los tiempos no son propicios para tentar al disimulo, para incurrir en las prácticas hurañas del rocío, en sus represalias agraces, en los nombres que pedimos prestados. ¿No te das cuenta de que ya es tarde? ¿No ves que es inútil y, por tanto, imposible? Y sin embargo te aprietas al frío que te envuelve, al abandono contra el que no puedo hacer nada y que torna evidente la necesidad aunque no haya entusiasmos, todavía no. Cada estación es al fin, paciencia, y yo, forastero. Pero algo queda después de tantas horas perdidas pensándote de soslayo. Algo queda. Cuantas primaveras asumí, al negarme en caricia, y luego las palabras casi olvidadas y libres. Algo queda al recordar, ahora, no hace tanto, las golondrinas acordonándose en los cables de la luz al final de la tarde. Desde luego algo queda, sólo que algunas cosas se volvieron después indescifrables y lejanas y ahora no caigo. Por más que lo intento, no caigo, y estos fríos tempranos siempre vuelven.



LA REDONDEZ DE LA CIRUELA 


He vuelto al viento y al otoño, a sus sendas y a su hastío cada vez que regreso a aquel silencio con palomas vacío de murmullos y de pájaros; cada vez que reconozco los indicadores kilométricos de la carretera tantas veces contemplados desde las ventanillas delanteras del coche, y luego las primeras casas a lo lejos, o las manchas de luz en la noche cuando vuelvo de madrugada; cuando vuelvo a este disfraz de circunstancias, a la redondez de la ciruela, amable por costumbre. 
         Al menos creo que he vuelto a esto y deseo tener esa certeza. 
         Pero no siempre es así. 
        También se vuelve a la razón que astilló la quietud y a las anchas singladuras del tiempo en la memoria, sobre la que penden los signos de la belleza y la fruta con agobio.



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