lunes, 2 de diciembre de 2013

ANTOLOGÍA DE DAVID PUJANTE. Antología actual de poesía española/ La escritura plural /16. Revista Ágora


    ANTOLOGÍA POÉTICA DE DAVID PUJANTE
Antología actual de poesía española/La escritura plural/16


[OTRO CUERPO EN MI CAMA]



Otro cuerpo en mi cama,
producto del asedio y de las horas.
Y al fugarse el deseo,
sólo siento repudio a la pieza cobrada,
sobre el lecho tendida,
dejándose aplastar,
dejándose morder,
dejándose besar,
en silencio, distante.

No es fácil alcanzar la comprensión
de qué es lo que te ha hecho
dejarte poseer, si estaba claro
en tu rostro que no ansiabas mi cuerpo
ni había urgencia en tu piel.

En cuanto a mí, concluido
el momento de duda,
la conquista en la mano,
ni el tacto que alabé me satisface
ni la entrega indolente me seduce,
y tampoco comprendo
por qué continuar con la mecánica
del acto, hasta un final
sin grandes sensaciones.

Todo esto he conocido acostado a tu lado.
Y el saber con tu cuerpo
Me devuelve virtuoso al cuerpo del amor,
de las caricias convencidas,
de los labios sedientos.

                                   (De Con el cuerpo del deseo, 1990)





EL MAR NO ES MÁS QUE GOTAS UNIDAS

                                                                                                              A José Javier Martínez Moreno



Si en el camino lento de los años
no damos unos pasos por amor,
si en esta orilla calma no sabemos
prender su fuego un día,
habremos transitado por el mundo
sin comprender el vuelo de los pájaros,
sin oír el saludo de los árboles,
sin entender la esencia de la vida.

Pero qué sea el amor, ¿acaso lo sabemos?
En tanto que se muestra adolescente,
se nos revela como un fogonazo,
una luz que ilumina nuestra vida
con tornasol de Paraíso. Pronto,
en cambio, lo solemos confundir
con un deseo insaciable de turgencias
que habita y tiraniza nuestro cuerpo,
con la inquietud oscura
por tocar humedades aún incógnitas,
que nos embotan, que nos enloquecen,
cuando llega una tarde la primera ocasión.

¡Qué fácil el amor se muestra entonces,
y qué pronto culmina y decepciona
ese anhelo, ese celo natural!

Y después pasa el tiempo.
Bajo las canas, bajo las arrugas,
lo rodeamos de un extraño halo,
para no darle el nombre
fatídico de frustración.
                                      Decimos
que el amor, cuando vino, fue un misterio;
y, en cambio, el desear, fácil fisiología.

El hombre que desgrana
su vida en mil impulsos contrapuestos,
o el hombre que asesina
la original pasión
con el áureo puñal del egoísmo,
o el que se ata a una carne y a una sangre
para acunarse en el aburrimiento
que a la vez que lo sacia lo envenena,
siempre se justifica
con el misterio oscuro del amor.

Pero, aunque lo empleemos de coartada
para la intemperancia, para la cobardía,
en realidad todos lo concebimos
como tenue imposible,
como pura palabra
que, no obstante, hace mella en quien la empuña.

Y el amor que tocamos,
el amor de la historia cotidiana,
es tan sólo la concha
de alguna esencia huida
—hace mucho— hacia el mundo de los dioses;
es un caparazón abandonado
por un mar de deseos en la orilla
limosa del lenguaje
y convertido en obsesión del mundo.

                                   (De Estación marítima, 1996)




LEVE DON



                                      I

¡Un extraño misterio son  los dioses!
Conocemos sus hechos: sus dones y también cuanto nos niegan.
No entendemos ni lo uno ni lo otro.

Te han dado la hermosura:
una piel tersa y blanca como la alta lujuria de los sueños.

Te han concedido hablar en varias lenguas
casi perfectamente.

Y te niegan lo más habitual
entre las concesiones de los cielos.
Te niegan el lenguaje sencillo de las pieles.
Te envaran el espíritu en la noche del cuerpo.


                          II

Cuando la suave mano que pide la caricia
pasa del justo punto del pudor (invento ajeno
a la verdad del cuerpo),
una oscura serpiente en tu interior
se retuerce y se anuda
y te cierras sobre tu oscuridad.

¿Por qué (pero los dioses no contestan)
no puedo acariciar tu joven cuerpo, 
hablar con él la lengua del afecto?


                               III

Lentamente, en silencio, se conocen los hombres;
avanzando con paso, si cauto, decidido.
No me niegues la dicha de este nuevo diálogo:
Transitar por tu alma, por tu cuerpo y mi ensueño.


                              IV

En la profundidad de tu mirada
(dos negras insolencias),
las edades se agolpan.

¿Qué hiciste en otras vidas para sufrir ahora este castigo?
¿Qué no hice yo contigo, cuando nos conocimos, para este desamparo?

Llegaste un día a mi casa y te colaste
en mi coto cerrado, en mi amable reducto.
Nos miramos, nos dimos las manos y quedaron
un tiempo entrelazadas,
como cediendo al tacto ese decir
que aún no era de la boca.

¿Qué me engañó de ti, qué gesto,
qué intención aparente
que luego me negaste?


                             V

Como ocurre a menudo en el amor (palabra grande,
difícil de sostener, casi siempre más allá de lo oportuno),
los afectos encuentran a sus dueños
cuando no esperan nada,
cuando van descreyendo de que un regalo nuevo les aguarde.
Gran parte de la fuerza del amor suele ser la sorpresa.


                              VI

Nada tiene futuro en esta vida, y menos esto nuestro.
Así que no pregunto, me entretengo
en mirarte a los ojos, en pasar
la mano con la mente por tus sienes,
en todo lo que sé que he de perder un día,
sin pensar nada.
Como en la vida. Sin planes.
¡Qué digo como en la vida! ¡Estúpido lenguaje!
Nada de como, es la vida
que de nuevo me sorprende
inoculándome su fuerza
tras años de espectador ansioso por tocarla.


                              VII

No estás entre mis brazos
y me parece, en cambio, que quieras formar parte de mí mismo.
Pero lo que te asombra y lo que te divierte,
lo que te gusta y te hace sonreír ¡me es tan ajeno!
Vive tu vida en gozo
y yo estaré en mi sitio.
Los días que la vida nos une
son un portento inexplicable.


                                VIII

No puedo cometer el error de cerrarte el círculo
sobre mí mismo y asfixiar tus años. 
La inteligencia también vale en el amor
y debe ser una especia que bien sazone
los ingredientes de la locura.

                                                                       (De Animales despiertos, 2013)


EL MISTERIO

(Una carta apócrifa de Luis Cernuda)



Te miro, y ¡qué belleza! Los antiguos dirían que un dios te habita. Yo te he visto y, ahora que la vida ya no me apetece como antes, he sentido correr como un torrente ascendiéndome, queriendo apuntalarme, anclarme al vivir en esta silenciosa mañana de verano, en la que has pasado por la calle, y me has adelantado sin mirar, sin darte cuenta de que yo estoy aquí y ahora tu espalda ilumina mi mirada.

            Pero el misterio no es tu belleza que me deslumbra como a los clásicos deslumbró tu antepasado bello. El misterio es que tus piernas (asentadas en la perfección de tu espalda, en la redondez de tu culo), que tu cuello, que tu cabeza rotunda como el dibujo mejor pergeñado, consigan devolverme el gusto por vivir, y den sentido a todo lo que hace unos momentos no tenía sentido; que me eleven a la luminosidad, mayor que la del sol que comienza a calentar demasiado ya tan pronto.

            ¿Cómo es posible que unas piernas tan bien entroncadas en la delicia, unas poderosas espaldas, unos hombros anchos como el deseo, una figura humana joven y hermosa, pero al fin solo eso, cumplan el milagro de mi querer permanecer en el mundo, la alegría suma y las gracias infinitas por conocer esta maravilla de una mañana más?

                                               (De La piedra de hoy, inédito, 2013)






David Pujante nació en Cartagena (1953). La propia vida (1986) fue su primer libro de poemas, considerado por L. A. de Villena como perteneciente a la tradición clásica que resurge "a caballo entre la última tensión de la Generación del 70 y las primeras apariciones de la Generación del 80". El siguiente libro fue Con el cuerpo del deseo (1990). Pedro J. de la Peña dijo en "La Esfera" (El Mundo): "En la sobriedad y en la depuración del texto se encuentran los requisitos más auténticos". El tercero fue Estación marítima (1996) donde se "ofrece una estación del exilio en la que confluyen sentimientos de distancia, soledad y desarraigo" (Javier Díez de Revenga, La Opinión). Para un selecto recuento poético-crítico de 1996, Idoia Ariznabarreta (El Correo) eligió a "David Pujante, como cartagenero que cautiva con su Estación Marítima."
Uno de sus libros publicados, La isla (2002), según el crítico Soren Peñalver, fue “uno de los más bellos libros de poesía aparecidos ese año.” (La Opinión de Murcia).

Con el título de Itinerario (2003) salió publicada, bajo los auspicios del crítico y director entonces de la Editora Regional de Murcia, Ramón Jiménez Madrid, una amplia antología de toda su poesía hasta la fecha. Tras un largo silencio de diez años, Renacimiento editó un nuevo libro de poemas de David Pujante titulado Animales despiertos (2013).


BIBLIOGRAFÍA DE DAVID PUJANTE

Libros de poesía: La propia vida (1986), Con el cuerpo del deseo (1990), Estación marítima (1996), La Isla (2002), Itinerario (2003), Animales despiertos (Ed. Renacimiento, Col. Calle del Aire, Sevilla, 2013), La piedra de hoy (inédito). 

Traducciones: Fernando Pessoa, Antinoo (1985); August von Platen, Sonetos venecianos y otros poemas (1999); Luis Antonio de Villena (compilador), Amores iguales (2002).

Libros teórico-críticos: De lo literario a lo poético en Juan Ramón Jiménez (1988),  Mímesis y siglo XX (1992),  El hijo de la persuasión (1996 y 1999), Un vino generoso (1997), Manual de retórica (2003 y 2006), Belleza mojada. La escritura poética de Francisco Brines (2004). 

Numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales.

                      REVISTA ÁGORA DIGITAL DICIEMBRE 2013

 
 

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