domingo, 28 de junio de 2015

Metapoesía y testimonio personal en "Otra vez la luz, palomas", de Jesús Cánovas. Crítica de Fulgencio Martínez. Revista Ágora digital/Bibliotheca Grammatica






                    METAPOESÍA Y TESTIMONIO PERSONAL en OTRA VEZ LA LUZ, PALOMAS

Jesús Cánovas Martínez obtuvo este año el XIX Premio de Poesía Aurelio Guirao con un breve y delicioso poemario que lleva por título Otra vez la luz, palomas. Recientemente publicado en la colección “Acanto” - que impulsa desde Cieza el grupo poético La sierpe y el laúd - el libro es una indagación sentimental sobre el ser humano. Una pesquisa que es rememoración, iluminación, y que se dirige al centro de nuestra existencia: la infancia: “El corazón, a veces, se ilumina. / Unas latas, los restos de una hoguera, / vidrios rotos. ¿Qué queda de la infancia?” Tres hermosos endecasílabos  (del poema “Casa muerta”) nos trasmiten el empeño del poeta por re-habitar el espacio natal devastado. Como en la experiencia senequista, lo que queda tras el regreso a cualquier paraíso perdido es una impronta de muerte, y el sabor de la finitud de la vida. Pero, quizá, a diferencia del autor de las Cartas a Lucilio, la poesía de Jesús Cánovas logra también traernos una cosecha positiva. La experiencia del regreso ha servido para iluminar el corazón, quien, tras la catarsis realizada, puede elevarse “entre las torres y las nubes”, trascendiendo su carga. El “mundo”, desde esa nueva perspectiva (más serena), recobra un orden insospechado; aunque triturada, la infancia sigue dando sentido al acontecer ciego: la inocencia y la libertad del corazón es verdad que se muelen, como el grano, en el molino de las palabras y las cosas, pero el pesimismo de  Quevedo (de raíz senequista) se ve atemperado con la comprensión de “sentido” que captura la poesía de Jesús Cánovas. Donde Quevedo diría: “Azadas son la hora y el momento / que, a jornal de mi pena y mi cuidado, / cavan en mi vivir mi monumento”; Cánovas, en diálogo textual con el poeta barroco, dice: “y son golpes del ser y del sentido” los días, cada día que amanece. Reparemos, de paso, en la inmediatez sonora y emotiva de la expresión de Jesús Cánovas “golpes del ser y del sentido”; lo cual redunda en la diferencia sentimental, menos abstracta, de la poesía del autor de Otra vez la luz, palomas. (A pesar de la truculencia metáforica -“azadas”- y de la insistencia fonética de la rima quevediana, para el lector actual la expresión barroca es más mecánica y, por ende, más abstracta que la usada por un poeta de nuestros días como Jesús Cánovas, que ha aprendido armonía de Garcilaso y de Machado y sabe conjugar naturalidad en la expresión del sentimiento con inquietud filosófica). 

Precisamente aquel sintagma, “Entre las torres y las nubes”, titula otro magnífico poema del libro. Quizá, el más denso en verdad personal. “Se me acaba la vida poco a poco” (dice el poeta), “noto como se escapa / por las ventanas de mi aliento.” Uno es sensible al recurso versal sabiamente empleado para metaforizar dicha respiración: la concatenación de endecasílabos y heptasílabos que da idea de continuidad suave pero a la vez empeñada en mantenerse. Los breves momentos en que cambia y pasa a eneasílabos o pentasílabos denotan la coherencia poética de este libro de voz tan madura; en un poema significa todo, y así estos cambios sugieren, en el fluir del aliento, descensos bruscos, desmayos retardantes, u omisiones y transiciones rápidas en medio de una estrofa, o, a veces, cierres y silencios forzados al final de estrofa. 

El discurso del libro culmina en el poema “Luminosos y azules”, quizá el más vibrante y aparentemente sencillo, donde se trata el tópico del tiempo como imagen de la eternidad. “Eran los de la infancia / luminosos y azules, / tendidos bajo el sol. /Entonces era yo inocente/ y me sentía en viva comunión /con las más simples cosas, / sobre las que la luz posaba su caricia. / Y la luz era buena, y era dorada y alegre,/ y de la luz picoteaban/ los pájaros, a todas horas, a cada instante”. El texto, en su inicio, evoca el verso póstumo de don Antonio Machado: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Comparándolo, en su conjunto, con un poema de Juan Ramón Jiménez, “El viaje definitivo”, donde los pájaros, el huerto y el pozo son símbolos de aceptación serena del límite, aunque ambiguos, por significar también el desosiego del olvido y la enajenada indiferencia respecto al yo; el mensaje de Jesús Cánovas reescribe esos símbolos paradójicos, los desambigua, y consigue captar, para su lector, la “presencia” de un amor universal que ilumina la semejanza de sentido entre el humano discurrir y el orden sereno de la luz, más allá del lado en que toquen los golpes.


Fulgencio Martínez

Revista Ágora digital Junio 2015

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