viernes, 29 de abril de 2016

Imágenes de la conciencia en la poesía de A. Machado. Por Fulgencio Martínez Ágora-Papeles de Arte Gramático Primavera 2016



           Imágenes de la conciencia
         
           en la poesía de Antonio Machado




Machado nos da dos imágenes alusivas a la conciencia: la conciencia es una pompa de jabón y es una mosca o mancha negra. Ambas imágenes relacionan la conciencia con el sueño y el despertar: más exactamente, con el límite de ambos mundos.

A)    La conciencia como pompa de jabón al viento:

En el poema LXII de Soledades

                                   (…) Desperté. ¿Quién enturbia

                                               los mágicos cristales de mi sueño?

                                               Mi corazón latía

                                               atónito y  disperso.

                                                      …¡El limonar florido,

                                               el cipresal del huerto,

                                               el prado verde, el sol, el agua, el iris…!

                                                    Y todo en la memoria se perdía

                                               como una pompa de jabón al viento.



 En este poema se retrata una pesadilla de despertar. Se expresa el temor a que tras el sueño de la conciencia no haya nada. Despertar es aquí un término ambiguo: “y todo en la memoria se perdía / como una pompa de jabón al viento”.  La conciencia se capta en la compañía y dimensión evanescentes del tiempo Uno, aquí aludido como “memoria”. Pero la voz que habla en el poema se yergue desde el juicio final (ante la muerte). De modo que el poema finalmente expresa, aun de forma temblorosa, una conciencia originaria más profunda –erguida desde esa voz como de queja o protesta.

La conciencia más compleja es capaz de desdoblarse y verse en el límite del sueño (memoria) y el despertar (vacío, intuición de la raíz de la conciencia: “pompa de jabón al viento”, nada). El poema retrata, usando el pretérito, ese fugaz paso de la conciencia del sueño al despertar, pero la conciencia en el poema, la  voz que da testimonio, continúa afirmando la conciencia vigilante desde el tiempo Cero del juicio.

Si el estado psíquico en este poema es el temor, porque se llega a captar mediante la imagen, la raíz de la conciencia-memoria; en otros pasajes, como en el poema XXI, hay un velo de consuelo y esperanza. Comparemos ambos poemas, el segundo de la sección “Galerías” (LXII) donde aparece la imagen de la conciencia como “pompa de jabón al viento” y este otro, el XXI, segundo poema de la segunda sección, titulada “Del camino”. Ambos poemas se sitúan en semejante orden respecto al desarrollo de sus respectivas secciones. El poema XXI, me parece, es el primer poema del primer libro de Machado en que se afronta de manera directa y personal el tema de la muerte y la nada. Este poema, por tanto, tiene el valor de ser el primer asomo de un juicio íntimo:

                                                     Daba el reloj las doce… y eran doce

                                                               golpes de azada en tierra…

                                                                     ….¡Mi hora! –grité… El silencio

                                                               me respondió: No temas;

                                                               tú no verás caer la última gota

                                                               que en la clepsidra tiembla.

                                                                    Dormirás muchas horas todavía

                                                               sobre la orilla vieja,

                                                               y encontrarás una mañana pura

                                                               amarrada tu barca a otra ribera.



Se insinúa aquí otra imagen de la conciencia: “gota” (que evoca otro poema anterior: el XIII: “¿Qué es esta gota en el viento / que grita al mar: soy el mar?”). Aquí, es la conciencia del fluir menguante del tiempo concedido a la vida; el retrato se vierte en diálogo, con el silencio, por una parte; y por otra con el sonido de las alarmas: del reloj, la azada, imágenes barrocas de progresivo temor que anuncian la hora de la muerte, imágenes finalmente internalizadas en la conciencia: “mi hora”; recordemos que esas imágenes acústicas son “golpes” en la conciencia que proceden del tiempo externo, físico, que hemos antes estudiado como fuente de subjetivación psíquica y, en poesía, como símbolos de la conciencia-duración.

El “silencio” (al que también antes nos hemos referido como interlocutor y fuente de escucha de conciencia exógena capaz de crear el movimiento de otra conciencia más profunda que se distingue de la duración psíquica), devuelve el sosiego y la razón a la conciencia alarmada. Curiosamente, el silencio utiliza el argumento epicúreo para apaciguar el temor a la muerte: “No temas; / tú no verás caer la última gota / que en la clepsidra tiembla”. No se mantiene la conciencia despierta ante la muerte; la muerte no es mientras se vive, y cuando la muerte es, ya no somos.

Este “silencio” (físico y procedente de la conciencia-duración”) no es aún el “gran silencio” trascendente, metafísico, del verso “a orillas del gran silencio” (poema LX), expectante y receptor de escucha exógena desde la conciencia más profunda que se asume plenamente como conciencia despierta y vigilante.

El “silencio” de este poema XXI borra los ecos del temor; pero es también otro eco: por repercutir en la conciencia en sí, desde su paso por la conciencia durativa que asume los ecos de las alarmas externas, es un silencio psicológico que se resuelve en el eco de una apaciguadora esperanza: “Dormirás muchas horas todavía / sobre la orilla vieja, / y encontrarás una mañana pura / amarrada tu barca a otra ribera”.

Si comparamos con el poema XIII donde la conciencia se capta como “gota en el viento / que grita al mar: soy el mar”, vemos un radio de conciencia más corto en este poema XXI, que mantiene, al final, el mito de una esperanza sin fundamento en la conciencia última. Sin embargo, el poema en su totalidad (con ese juego de la voz última que acoge el silencio y el sonido alarmante del reloj) se puede leer como la aproximación a una conciencia que se capta en su juicio definitivo, y es este poema -como hemos visto- el primer signo de una confrontación íntima con la muerte y la nada. En este sentido, ya no actúa de intermediario la reflexión, como lo hace en el poema XIII.


En este poema XIII la “gota en el viento” de la conciencia anuncia una rebeldía desde la reflexión. Pero pronto será acallada esta rebeldía de una conciencia tan radical como en la imagen de la “pompa de jabón al viento” del poema LXII, del que arrancamos para situar el límite en el autoconocimiento de la mónada-conciencia personal. Allí, en el poema reflexivo, el “agua” con su rumor constante, la “noria” y en general el paisaje indiferente, la tarde  –“hermosa tarde, nota de la lira inmensa / toda desdén y armonía”- apaciguan y deshacen la “melancolía / de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa” (poema XIII) –, en fin, el sonido armónico de la Naturaleza es el equivalente del “silencio” apaciguador del poema XXI. Observamos cómo se truecan las funciones de los símbolos alusivos al silencio y al sonido, mientras en estos dos poemas, como en muchos, se mantiene un “bajo continuo” simbólico, que es la imagen del “camino”, otro símbolo de la conciencia; “camino” que abarca desde la presencia de un camino físico (poema XIII) hasta su re-simbolización como “clepsidra”, lote de agua en un reloj que cuenta el tiempo de la vida (poema XXI), ese mismo tiempo de la vida, y, en más radical alegorización, el límite-quicio entre el despertar y el sueño; tal en el poema LXII.


 Volviendo, pues, al principio de la imagen de la conciencia que analizamos en este poema, es en el camino y tránsito –que hacemos natural y diariamente, por cierto–entre el sueño y la vigilia, entre el dormir-soñar y el despertar, donde se capta la conciencia como “pompa de jabón al viento”.


Ese camino natural supone, en términos éticos, una vivencia del límite entre el vivir-soñar y el despertar; o sea, entre la vida atenta a sí misma, desde la conciencia durativa, y el anuncio de una interpelación que procede de un estado más profundo de despertar, de una apertura, quizá también de un seguir soñando un sueño más verdadero.

Soñar y despertar, entendidos ya como símbolos morales, contienen las preguntas éticas (por la conciencia, el otro y la verdad) que estructuran la substancia de la poesía machadiana.



B)    La conciencia como mancha o mosca negra

Esta otra imagen de la conciencia abarca y explica la genealogía de la primera. En cierto modo, es aún más radical.

“A todo despertar -decía mi maestro- se adelanta una mosquita negra cuyo zumbido no todos son capaces de oír distintamente, pero que todos de algún modo perciben. De esa pinta diminuta y sombría surge el globo total, la irisada pompa de jabón de nuestra conciencia” [3]

Oreste Macrí recoge también esta cita, en las notas que acompañan al volumen I de su edición de las “Obras completas” de Machado. En la páginas 868 y 869 de la edición que referenciamos en nuestra bibliografía, entiende las imágenes de la conciencia que venimos estudiando como ejemplificación de la angustia existencial de Machado:

“La imagen de la “pompa de jabón”, así como la de la “tarde cenicienta” de la LXXVII, fueron empleadas para ejemplificar la angustia existencial heideggeriana en el fragmento cit. en nota a la misma LXXVII”.

A continuación Macrí reproduce la cita de Juan de Mairena.

No entramos, por ahora, a comentar el poema LXXVII, “Es una tarde cenicienta y mustia”, donde, en efecto, Machado, retrospectivamente, en Juan de Mairena, ve un apunte o aproximación a la angustia heideggeriana, aunque, con acierto, la define como inquietud existencial (Sorge), semejante a la inquietud de la conciencia kierkegaardiana. Esto confirma la idea de referirnos a las imágenes de Soledades…, tanto del poema LXXVII, como las que venimos estudiando –“pompa de jabón al viento”, “mosca negra”– como imágenes de la conciencia en juicio.



Centrémonos, ahora, en la imagen de la conciencia como mosca negra, mancha o pinta sombría; vemos en la cita traída de Juan de Mairena una elaboración posterior, donde destacan, por un lado, el distanciamiento y la universalidad de la imagen: “todos de algún modo perciben”; por otro, la imagen se encabalga y resuelve en la otra imagen ya conocida por los poemas de Machado: “la pompa de jabón”, ahora adjetivada (“irisada”) con ese adjetivo definidor, homérico, como diría Machado. “Iris” que significa su inestabilidad, su aparencialidad y mezcla de estados contrarios (como tristeza y alegría, sol y lluvia) pero que alude también al sentido visual. Retengamos que el propio Mairena-Machado la llama “irisada pompa de jabón de la conciencia”. Es, por tanto, una figura-imagen de la conciencia humana.

A diferencia de la imagen de la mosca, la irisada pompa contiene más una referencia visual que auditiva. Incluso se hincha de color y plenitud visual para destacar más su paso a la evanescencia. Es el goce y el tormento del ojo, por excelencia. El ojo que pretende seguir viéndose, sin despertar a una visión de la conciencia más amplia, la que incluye el paso a lo heterogéneo y la visión de su nada.

En cambio, la figura-imagen de la mosca, mancha negra o pinta sombría, procede de casi un campo visual cero. Es, esencialmente, una imagen auditiva: un zumbido. Como un continuum apenas distinguible entre otros sonidos, y visualmente casi opaco, nimio. Solo que ese bajo zumbido acompaña y explica el crecimiento y el vuelo irisado de la “pompa de jabón”, prefigura el sonido explosivo de la aniquilación de la pompa, y será en esa explosión cuando figuradamente se produzca la sincronía de ambas imágenes desdobladas de la conciencia única, y se plantee el salto a la conciencia existencial kierkegaardiana: al conflicto ético del individuo frente a lo absoluto o la nada.


Pero, esta imagen de la conciencia se representa ya en un poema de Soledades – “Las Moscas”, el poema XLVIII, perteneciente a la sección “Humorismos, fantasías, apuntes”.

Volveremos sobre este poema en un desarrollo siguiente. Aquí solo queremos dejar constancia de la imagen de la conciencia planteada en él, y de su vinculación, bajo el aparente humor, con los temas metafísicos –que obseden a los apócrifos de Machado, Abel Martín y Juan de Mairena–, ya que hemos comenzado por la cita del libro atribuido a este apócrifo. “Las moscas” son imagen, en efecto, de la conciencia en juicio frente a la muerte y la pizarra negra de la nada: esa pizarra negra, sola “creación” divina, y en la que, según dirán los apócrifos, se escribe la existencia de todas las conciencias separadas. Se refuerza, en fin, la conexión originaria de la conciencia con la nada; más allá de ser “imago mortis”, las moscas traen la nada a presencia consciente, y remiten a la presentación a juicio.

Esto, en suma, conlleva un Despertar, un aumento e insistencia en la conciencia vigilante. Nos recuerda que el figurado súbito despertar del conocimiento tiene su preparación, acompañamiento y base en la conciencia temporal del tiempo Uno, en cuya meditación se prepara la conciencia despertada por el rayo del juicio final.

“Las Moscas” se entiende, así, como imagen ascética, de “meditatio mortis”, para aquellos –“no todos”, como dice Juan de Mairena, “capaces de oír (la) indistintamente”; pero, en otro sentido, donde, ahora sí, “todos de algún modo perciben”, se transforma en imagen existencial de la conciencia, de la “hora de todos”, que diría Quevedo. El tono humorístico, que emplea Machado en este poema, alude a la distracción, a la diversión pascaliana, que impide oír la llamada a la meditación. Machado no juzga esa diversión en que vive la mayoría, y en que vivimos todos, la mayor parte del tiempo. Le da un tratamiento, en su poema, casi a lo Villon, burlesco y serio. Pero su insistencia en la imagen sombría y funesta patentiza el revoloteo omnipresente de la nada. En tono menor deja escuchar un bordón grave.


                                                                                Fulgencio Martínez

domingo, 24 de abril de 2016

HOMENAJE AL LIBRO. Cita cervantina


EL QUE LEE MUCHO Y ANDA MUCHO VE MUCHO Y SABE MUCHO

                          MIGUEL DE CERVANTES



Ahora digo —dijo a esta sazón don Quijote— que el que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho (Quijote, 2ª Parte, Cap. XXV)






Siempre que leamos a Cervantes hemos de hacerlo advertidos de la ironía. Este escritor genial nos propone en cada paso de su obra el avivar el ingenio, desterrar tópicos y despertar sentidos nuevos o viejos. El decir cervantino "el que lee mucho y anda mucho..." ¿en qué medida es un elogio literal de la lectura, un encomio acaso de la sabiduría basada en el hombre de letras? O, por el contrario, ¿en este pasaje Cervantes se ríe de los libros, del hombre de sillón y de lectura, hace burla de la apariencia vana, quizá presuntuosa, de sabiduría extraída de la imitación, incluso de aquella imitación sabia ("imitatio sapientiae") que los nostálgicos dirigen a los modelos clásicos?


Qué poco se compadecería esa sentencia tomada en sentido literal con la ironía socrática del "oida me oida", del "he sabido que no he sabido", que el vulgo sabio traduce en el dicho: "cuanto más leo más tonto me queo". ¿Sería Cervantes políticamente correcto desde el punto de vista de nuestros comisarios culturales, a costa de ser entendido con menos sal que Sócrates, y menos que el vulgo escéptico? 


Retornemos al Quijote, y al contexto de la cita cervantina (que hay que leer más de dos líneas: dicho sea para aquellos que se toman la cita a lo barbero, recortada): "—Ahora digo —dijo a esta sazón don Quijote— que el que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho. Digo esto porque ¿qué persuasión fuera bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de la Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha estendido algún tanto en mis alabanzas; pero como quiera que yo me sea, doy gracias al cielo, que me dotó de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno."


¿Que hay monos en el mundo que adivinan? ¡Vaya fenómeno! Pero es la constatación de que ello puede ser cierto, por ser "visto ahora por mis propios ojos" lo que suscita el comentario del héroe don Quijote, ante el mono adivino de maese Pedro.

La comparación de la imitación con el simio o mono, aparece en los debates del Renacimiento en torno al arte y a la disputa entre naturaleza/imitación de los clásicos. Los Modernos reivindican, finalmente, la creación genial, la libertad de normas y modelos, y la figura del mono imitador queda rebajada a símbolo del artesano, o en el peor caso, del falso imitador.
Pero, más atrás, Platón en República se planteaba la problemática de la imitación, y en Fedro, la ambivalencia de la escritura, como un mal que es un bien o un bien que es un mal; especie de caja de Pandora.
Platón, sin recurrir a la imagen simiesca, tachaba al artista de sofista, o viceversa.
Volviendo al mono, Tertuliano, un Padre de la Iglesia, fue el primero que le otorgó al diablo condición simiesca, el demonio era el simio de Dios; su perfecto imitador; de ahí, su peligro para el ingenuo.
Esta alegoría simiesca se traspasa a la Edad Media, y en general en la tradición occidental (a diferencia de la china, por ejemplo) el mono es una figura sospechosa, un bulto nada simpático, si no maligno, falso, y a lo último grotesco.

Cervantes ya tenía, pues, en su cogote esa imagen sin tener que esperar a los contemporáneos de Darwin en el siglo XIX, quien se alarmaron ante la ascendencia simiesca del hombre que el libro del sabio inglés les revelaba; así que, sin querer deslizar aquí la interpretación naturalista de la cita, podemos sospechar que Cervantes se adelantara a quien por ahí se deslizara... Una definición grotesca del hombre como mono gramático, un mono bípedo y leído... Quién sabe...


Este artículo lo que no quiere es deslizarse a parecer un libelo contra las "frases célebres", a propósito de la frase felizmente no entendida de Cervantes que comentamos.


He aquí lo que yo pienso, a modo de hipótesis de interpretación de la cita, tan dada por ya sabida y pensada y acuñada en tópico:

Pienso que Cervantes, en algún lugar del mundo, después del Humanismo, que comportó también su Erasmo y su Montaigne (dos pensadores escépticos) y en el tránsito del Manierismo al Barroco, que dieron cuenta de lo complejo, artificioso y laberíntico del espectral mundo moderno, frente al sereno y claro universo renacentista, se vio abocado a reconocer (como dice en la segunda parte del Quijote) que nada es lo que parece; que el mundo moderno se ha vuelto un lugar de tan complicada lectura que nadie sobra: ni monos ni hombres, ni máquinas inteligentes ni simios adivinos. La tarea de descifrar lo real, si no se ha vuelto imposible, al menos se complica y mucho. Y en eso estamos, hoy...
Lo que es seguro es que el hombre ve en peligro su "diferencia esencial", su "primogenitura" como lector, actor e intérprete. ¿Habla la cita cervantina de un mundo dominado por ingenios no humanos? ¿Es un vaticinio? ¿Es Cervantes el padre de la ciencia-ficción?

Más que responder a esos interrogantes, me interesa terminar subrayando la confianza positiva de Cervantes en el hombre bueno, ese poso humanista que siempre tuvo al fondo el escritor y que nos transmite su héroe: como quiera que yo me sea, doy gracias al cielo, que me dotó de un ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos y mal a ninguno.



Fulgencio Martínez


Publicado en La crónica del Pajarito, domingo 1 de mayo 2016

http://www.lacronicadelpajarito.es/domingo/que-lee-mucho-y-anda-mucho-ve-mucho-y-sabe-mucho

jueves, 21 de abril de 2016

ARTÍCULO DE DIONISIA GARCÍA EN LA REVISTA MONTEAGUADO. LA POESÍA CONTENIDA DE FULGENCIO MARTÍNEZ


En este enlace puedes leer la reseña de Dionisia García sobre la poesía de Fulgencio Martínez, publicada en la revista de la Universidad de Murcia, Monteaguado. MONTEAGUADO. 3.ª Época – N.º 17. 2012 – Págs. 233-234

http://revistas.um.es/monteagudo/article/viewFile/228271/177011


LA POESÍA CONTENIDA DE FULGENCIO MARTÍNEZ 

                                  DIONISIA GARCÍA

 Para aproximarnos más a la poesía de Fulgencio Martínez, he creído conveniente traer aquí el contenido de una carta escrita al autor con motivo de la salida de su libro León busca gacela. 1 Lo escrito entonces dice así: «Todavía en el recuerdo Cosas que quedaron en la sombra, una antología nada «ficticia», sino guardada para que los lectores pudieran apreciarla en sazón, y desde ese aliento contenido tan necesario en la escritura, muy de apreciar en tu poesía. Celebré tus versos entonces y los celebro ahora. El título machadiano encierra la originalidad que necesita para ser coherente con el texto. Considero que en León busca gacela el poeta es dueño de “ese desasosiego reflexivo”, patente en gran parte de los poemas, ya se centren en los primeros años de vida (a pesar de la bocanada de aire fresco que supone), en el carpe diem o, por supuesto, en los poemas de pérdida. Ciertamente el poeta no puede permanecer ajeno al mundo que le ha tocado vivir, de ahí que sus versos sean la respuesta a esa concienciación. Cualquier tema puede ser tratado si el pulso del poeta es firme, como es el caso. Injusticias, insolidaridad, abuso de poder, maltrato de nuestra madre tierra, desprecio de las cosas altas… No falta en León busca gacela la ironía, hermanada con la inteligencia. Son páginas que invitan a pensar, oficio escaso ahora, y tan allegado a nuestra condición humana».

Esas eran las notas a una lectura de León busca gacela, libro necesario que aporta el título a El cuerpo del día, 2 a través del heterónimo Séptimo Alba. Es una celebración advertir como nuestro autor, de manera original, recupera, coge el testigo, da nombre y funda un autor. Juega así con lo real y lo fantástico. El lector, como receptor primero, queda marcado por esta novedad. El cuerpo del día contiene dos apartados, «Los grandes conciertos» y «Álbum de huellas», para finalizar con un epílogo.

En el apartado primero nos detenemos en el poema «Diario de un espectador de guerra». Sus versos denotan una mirada al mundo de nuestros días, donde la contradicción y la ironía inducen a entrar en escenarios que muestran crudas realidades. Poesía cívica. Así es nombrada en el prólogo por Luis Alberto de Cuenca. Indudablemente, es una opinión a considerar, dada la autoridad del prologuista y de los propios poemas.

En el titulado «Un mundo poco fa», uno de los fragmentos dice: «Los traficantes, y algunos Estados, / venden armas a los dos bandos. / ¿Serán agentes de la armonía / universal?». Si damos un salto hasta el poema siguiente, titulado «Terror mundi», leemos en sus últimos versos: «Las naciones civilizadas / juzgaron, en Núremberg, / ¿a todos los criminales?...». Como sabemos, la poesía cívica cuenta con poetas representativos de nuestra tradición, Núñez de Arce, Rubén Darío en El canto errante, Alberti, Cernuda, y tantos otros que dejaron huella de su conciencia crítica. En otros momentos del poema mencionado anteriormente, «Un mundo poco fa», hemos de destacar la defensa de lo cotidiano, de ese carpe diem que puede aliviar los desasosiegos («Merece la pena que recordemos / los segundos distraídos / a la guerra cotidiana, / los que nos hacen mantener / una chispa de alegría / conquistada con incredulidad, /sólo eso merece tu atención. / Lo demás pasa, como el agua»).

Digamos que la poesía de nuestro comentario ofrece al lector múltiples y variados registros, entre ellos las alusiones a la clasicidad, bien entramadas y precisas. Merece mención especial uno de los últimos poemas del libro, «Rezo en la tormenta », del heterónimo (para entendernos) Séptimo Alba. Nos dicen los primeros versos: «Dios panóptico, cárcel abierta, / asilo fugaz de un día, / sólo conozco de ti el deseo de ti…». La composición total merece un estudio detenido, como tantas otras del libro. En esta composición el poeta entra en una dimensión en torno al misterio, atraído desde el impulso consolador de la palabra, en ese ir y venir de sus versos, semejantes a los vaivenes de la propia vida. Así, en el poema titulado «Al viento interestelar», el poeta nos dice: «Voy y vengo, frente y espalda conmigo, / a rastras dentro de mi camisa…», versos estos adecuados a su poética.

En el peregrinar por El cuerpo del día solemos encontrar perlas, como el verso del poema «Defensa de los sentidos», donde el imaginario poético hace referencia a quien «no ha ido a la escuela de los abrazos». Contrasta felizmente la ternura expresiva de ese decir con el poeta cívico que es Fulgencio Martínez, enriquecido con esa mirada plural que amplía su voz y consigue universalizarla. Es obvia la aportación de un lenguaje depurado, de respeto a la palabra, en un libro que obliga a detenerse, por las sugerencias y hondura de un poeta que ha sabido conjuntar «lo antiguo con lo nuevo», en una voz inconfundible para el lector atento, buscador de la buena poesía.



1 Fulgencio Martínez, León busca gacela (Poemas de Séptimo Alba), Sevilla, Renacimiento, 2009.
2 Fulgencio Martínez, El cuerpo del día, Sevilla, Renacimiento, 2010. 3.ª Época – N.º 17. 2012 – Págs. 233-234

jueves, 14 de abril de 2016

A review of the novel "The woodworm" (La carcoma) by Venancio Iglesias Martín

A REVIEW OF A HISTORICAL THRILLER NOVEL: "THE WOODWORM" by Venancio Iglesias Martín/ "La carcoma" (Ed. Lobo sapiens, León, España)



I've read lately an interesting novel by a Spanish writer. The book's title is "La carcoma" (in Spanish-language). The book tells the story of some men who fought in the mountains for many years, after "the civil war" in Spain. Those men were called "maquis" during the military dictatorship. They lived like bandits, hidden from the law and under the danger of being captured or killed. The story is set in the forties of the twentieth century.

The writer tells us about the so difficult living conditions in what that people lived, or rather, survived. The plot is gradually thrilling. The book, step by step, approaches the end of that group of men, the last resistants to the dictatorship power. One of the last scenes is really exciting: the scene of a priest's death. But you must find out by yourself why and how that terrible crime happened. I can only tell you that that one helped to some resistants...

I recommend this book to all History lovers, and to the readers who are interested in real-life stories which can also make us feel a lot.

FM

viernes, 8 de abril de 2016

Nota sobre la presentación de La carcoma, de Venancio Iglesias, en la Crónica del pajarito. Por José Antonio Montesinos

http://www.lacronicadelpajarito.es/cultura/venancio-iglesias-presenta-murcia-carcoma-su-segunda-novela

Se presentó recientemente en el Casino de Murcia la segunda novela del escritor Venancio Iglesias, "La carcoma" (editoral Lobo Sapiens, León, España). Por deferencia del periodista José Antonio Montesinos, publicamos la información recogida en el diario digital La crónica del Pajarito.

jueves, 7 de abril de 2016

Cancionero y rimas burlescas

CANCIONERO Y RIMAS BURLESCAS (En papel) FULGENCIO MARTINEZ LOPEZ , RENACIMIENTO, 2014
ISBN 9788484728788
Nº de páginas: 232 págs. Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: RENACIMIENTO Lengua: CASTELLANO ISBN: 9788484728788 10385 libros de Poesía contemporánea española del XIX al XXI


Un cancionero en el siglo XXI debería parecerse a una lata de sardinas. Cuando lo abrimos nos atraerá el lomo dorado del pez nadando en escabeche, y para llegar al disfrute de su apetitoso bocado habrá que admitirle alguna raspa. So pena de destripar demasiado la rosa de Juan Ramón Jiménez, o la sardina de Acedo, la poesía no es un canto suave a la conciencia; no se olvide que la rosa tiene espinas, pero que se ofrece a ser olida y tocada con gusto de belleza natural. Los textos de Andrés Acedo, Séptimo Alba y otras criaturas de Fulgencio Martínez, junto a poemas visuales de Agustín Calvo Galán, se exponen aquí al aire de una primavera lectora. Para ti, ocupado en oír y sufrir rimas más serias: las de la cuaresma y el carnaval, hoy, de la realidad económica y política de España, por ejemplo.

TRES POEMAS DE FULGENCIO MARTINEZ EN LA REVISTA DESTIEMPOS

TRES POEMAS DE FULGENCIO MARTÍNEZ EN LA REVISTA DESTIEMPOS: "Las canciones del pueblo" "En recuerdo de José Agustín Goytisolo" "Por conocer la tristeza" "


 http://www.destiempos.com/n4/fulgenciomartinez_n4.htm



LAS CANCIONES DEL PUEBLO





                        Las canciones del pueblo

                        llevan como bastón el girasol del aire.



                        Se parece su melopea infantil

                        a las palomas y a los naipes boquiabiertos,

                        a las vecinas sentadas en la mañana,

                        a los trapos baldeados y a una guitarra

                        que toca el olvido de la faena.



                        Los poetas hablamos, hablamos

                        sin lograr coser a tiempo su melodía.



                        La tijera, el dedal, ¡de prisa!,

                        ¡el bastidor, la costura,

                        la cinta, el hilo verde!,

                        va de tornada el sol

                        y ya viene cantando

                        por la puerta de las criadas

                        esa criatura simple.



                        (…¡y apareció la aguja!)



:: 


EN RECUERDO DE JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO



           

                                  El hombre que escucha a los pájaros

                                   en el duro invierno del mar;

                                   solitario en su jornada,

                                   ni perdido ni oculto:

                                   emboscado en los vientos, emboscado

                                   y cada hora en su puesto,

                                   ese hombre entre la maleza alta,

                                   ese humano de canto terrible

                                   y ternura que da a luz

                                     al mar,

                                   y da pavor también al mar,

                                   ¡cómo se te parece!



:: 


 POR CONOCER LA TRISTEZA,

                   DESDE EL MÁS ALTO PAÍS DE LA INFANCIA


                                                        a Antonio Parra





                   En un regazo vivía sin desear el mundo,

                   que allá, muy lejos, amontonaba recuerdos

                   (como el viejo Padre tronante, las nubes).



                   Recuerdos amortecidos,

                   un domingo de harapos

                   ardiendo siempre sin consumirse,

                   tal una garbera que custodian

                   en la siesta los cerdos,

                   tendidos en su sombra,

                   atados a una estaca

                   bajo el resalte de la sombra.



                   ¿Qué puñal oculto, o unos ojos mirándome

                   bajo los días, mirándome con el filo         

                   de unas palabras rotas,

                   rasgó la bóveda donde colgaba

                   -como el pescador a la orilla de las Pléyades-

                   la alforza alta de mi vida?