miércoles, 15 de junio de 2016

Hacia "Todo más claro". Introducción a la poesía de Pedro Salinas. Al profesor Francisco Javier Díez de Revenga


Hacia TODO MÁS CLARO . Una introducción a la poesía  de Pedro Salinas
           
           Por Fulgencio Martínez

                            Homenaje al profesor D. Francisco Javier Díez de Revenga


Propusimos hacer una lectura de la poesía de Salinas desde hoy. De forma algo personal en la elección, enfocaré la investigación en su libro Todo más claro y otros poemas (1949). Esta obra está elegida no solo por ser la que, creo, dialoga hoy con muchas de las preocupaciones de los hombres del siglo XXI, sino también porque encierra, en su riqueza temática, un campo de estudio para el análisis del contrapunto en Salinas. De algún modo contiene la suma de todos los elementos de su poesía: los del amor y el seguro azar, de sus primeros libros, más el componente de la preocupación social, cívica, humanística, expresamente vinculado  a una poesía que reflexiona sobre el destino de la cultura.

En esta obra, en sus quince poemas (claramente individualizados cada uno de ellos, de estructura y desarrollo amplio, a veces dramatizaciones de una meditación sobre motivos e inquietudes propios del poeta y a la vez colectivos), el contrapunto hace convivir diferentes actitudes: evasión, confianza, frente a inquietud, terror incluso. Sobresale la lucha interna por aclararse el poeta sus vivencias: fluctuando entre la evasión, la sublimación y justificación, la confesión, el arrepentimiento, el perdón, la inocencia, la culpabilidad (nos referimos no solo a sus viviencias amorosas sino a su vivencia más profunda: la poesía, la dedicación y justificación de su vida, al margen de la realidad y el compromiso cívico y social); y por otro lado, la nueva actitud de compromiso, de preocupación colectiva y de arraigo de la poesía en la verdad que transforma el mundo o, al menos, mantiene un signo de esperanza.

Es cierto que en los libros anteriores a Todo más claro…podemos encontrar elementos de sensibilidad social, crítica de la cultura contemporánea, y preocupación por el destino humano.
En algunos poemas de  Largo lamento (1936-1938) aparecen ya claras huellas de  existencialismo. El libro, continuación del ciclo amoroso La voz a ti debida y Razón de amor, no fue publicado en vida de Salinas. Suponía  el broche del aquel “cancionero sentimental”, en realidad supuso un “puente” (Montserrat  Escartin[1]) a otra etapa de su obra. Largo lamento es una elegía de despedida, contenida entre un tono de reflexión existencial y los tonos típicos de Salinas de la sublimación trascendente, que justifica la experiencia del amor, cuando falta su realidad efectiva, igual que la trascendencia de la poesía; y  la espiritualización e incluso el entusiasmo vitalista, a  ráfagas, de sus anteriores libros.  Un poema como “Volverse sombra”, de honda desolación, contrasta con otro como “Los puentes”, de cierta esperanza vital cifrada en la continuidad de lo que ha dado sentido al poeta, en los puentes y su contemplación, cifras de la espiritualización del mirar sobre el sentimiento amoroso: un mirar interior, por el que pervive el recuerdo, aceptado ya como la vida verdadera del amor. Se desprende, en todo caso, una reflexión existencial sobre el fracaso humano (el hombre es una “pasión inútil”, dirá Sartre), la imposibilidad de la realización plena. 
El contemplado es un libro escrito por Salinas frente al mar de San Juan de Puerto Rico. En él se recoge el Salinas contemplativo.  Sin embargo, en una de sus últimas “Variaciones" (la Variación XII, Civitas Dei, partes II y III) encontramos  la nota discordante de la civilización moderna. “ La nada tiene prisa”. Aparecen las alusiones críticas –incluso satíricas- a la ciudad  moderna, Nueva York[2] , a la prisa, la oficina; motivos que claramente aparecerán luego en el libro Todo más claro… 

Pero, además es de señalar en esta Variación XII la presencia de ángulos e imágenes típicas de Pedro Salinas en su última etapa: la Variación tiene algo así como una vocación de égloga, imposible; se alude a las orillas (imposibles orillas de una ciudad donde todo sucumbe a la prisa; esas orillas, las aceras, en analogía con las riberas de un río: no hay tiempo para caminar ni para contemplar desde los márgenes; en definitiva, el poema es, en realidad, una anti-égloga, que recuerda a varios poemas de TMC (en adelante, por “Todo más claro y otros poemas”): “Hombre en la orilla” y “Nocturno de los avisos”. En la poesía del anterior ciclo saliniano, las imágenes de la torre, de las ventanas, expresaban simplemente la afición de Salinas a la contemplación. Salinas, en su correspondencia con Guillén, confiesa  su vieja querencia por las ventanas. La torre o las ventanas son símbolos de la poesía simbolista. (“Chanson de la plus haute tour”, de Rimbaud; o las ventanas en la poesía de Mallarmé). Expresan una necesidad de distancia para tener perspectiva tanto del exterior como hacia el interior. En la poesía de Salinas, de esta época, cada vez más de calado humanista, expresan -siempre bajo el signo del hombre en la orilla, bajo cierto apartamiento- una demanda y una queja profunda hacia la civilización moderna, que ha consagrado la velocidad y odia la meditación. Solo se puede tener calma, perspectiva, espacio para la conciencia humana cuando se dan previamente las condiciones: ventanas, orillas. La orilla hace al contemplador. Son, precisamente, esos orillas –torres, ventanas, puentes, etc- lo que la civilización mecánica ha absorbido, negándole su posibilidad de ser medios de realización auténtica y de contemplación. La defensa de la contemplación –frente a la acción, sobre todo, la estúpida y mecanizada- va implícita en esta crítica –satírico-moral, como acierta a ver el profesor F. J. Díez de Revenga[3] .

No hay que esperar, pues, a TMC para encontrarnos estos elementos discordantes –y al fin, contrapuntísticos, pues se subordinarán finalmente a la armonía saliniana, nunca mejor expresada que con los términos “seguro azar”, dada su condición casi “impalpable”, o a veces inaudible, en el desconcierto del mundo. Y tampoco hay que esperar a la visión satírico-moral que se halla plenamente expresa en el poema “Nocturno de los avisos”, analizado en el libro del profesor Díez de Revenga.

Antes de abandonar El contemplado, queremos anotar en Salinas una vivencia fuerte de la contemplación. Estaríamos tentados a hablar, en analogía con Unamuno, de un Salinas contemplativo. (Y a establecer, por tanto, esa especie de escisión entre hombre de acción y hombre de contemplación, que vio en Unamuno Blanco Aguinaga). Creemos que las cosas son más complejas, desde la perspectiva del contrapunto. En Salinas, la acción no siempre es mecánica y estúpida, y por tanto no se opone siempre a contemplación. Más aun: la acción es, en él, vital y la presenta, sobre todo en sus primeros libros, con un muy atractivo tono vitalista (Presagios, Seguro azar, La voz a ti debida), tono siempre presente aun en todo Salinas. Incluso, aquellas imágenes simbolistas reconvertidas en signos críticos humanistas, de la ventana, la torre, la isla, pasan a segundo plano frente a los “pronombres”, en un poema muy característico del primer Salinas: “Para vivir no quiero /  islas, palacios, nombres./ ¡Qué alegría más alta/ vivir en los pronombres”. Rechaza el poeta vitalista todo aquello (incluso el lenguaje, los nombres) que le mediatice la experiencia directa, la emoción viva, en suma, todo lo que previene o codifica el azar. Se puede decir que la contemplación solo aparece como sustituto de la viva experiencia, de esa praxis o acción vital, que intensamente se  le ofrece en el amor.



Solo cuando la acción pasa a ser vista (en el ciclo último) como mecánica y desvitalizada, se acentúa su contraste con la contemplación, después de haber transformado la espiritualización y la crítica humanista al mundo moderno las imágenes salinianas.El contemplado fue escrito en un corto espacio de tiempo (entre 1943 y 1944), años en los que también estaba Salinas escribiendo TMC. Coinciden ambos libros en el autor cuyas citas hacen de lema a ambas obras: Jorge Guillén. En El contemplado la cita guilleniana alude a palabras claves en este ciclo de Salinas: la armonía, la  luz que “guía bien”: encontraremos esa misma “luz” en la cita de TMC. Se advertirá, ahora, que desde aquí las imágenes vitalistas salinianas se harán más espirituales: el “seguro azar” será ahora la  “luz” que “guía bien”, hasta hacerle al poeta, finalmente, reencontrar su “confianza” en la armonía del mundo, como expresará en su última obra.



NOTAS

[1] Introducción a la poesía completa de Pedro Salinas. En Obras completas de Pedro Salinas I. Poesía (Cátedra).

[2] Cf. Julio Neira: Historia poética de Nueva York en la España contemporánea. (Cátedra).


[3] F. J. Díez de Revenga: Los poetas del 27, clásicos y modernos. (Ediciones Tres Fronteras. Col. Estudios críticos).

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