miércoles, 30 de diciembre de 2015

Discurso sobre Khôra (Una lectura de Derrida)/2. Continuación y final del capítulo ¿Qué es nombrar?. Por Fulgencio Martínez. Desde que somos una conversación. Revista Ágora-Papeles de Arte Gramático

    


                  ¿Qué es nombrar?

Extracto: Cuando se retira -o le retiramos- el ser a los nombres, al nombre y al "ser" mismo trabajamos para el olvido. Por eso, quizá, insistan tanto los filósofos, Platón, Heidegger, Derrida, en llamar siempre con el mismo nombre a lo que parece no dejarse nombrar (ni aparecer) y usan siempre el mismo nombre "especial" que ellos conocen: la Khôra, Sein (Seyn), Différance.


(Recapitulando: Hablábamos acerca de "nombrar", que ha de someterse a dos clases de condiciones o cuestionamientos: una, de orden político-práctico, y otra de tipo ontológico-gnoseológico. El problema se enriza cuando estamos tratando de nombrar la khôra platónica, que es previa a cualquier orden o clase).

La primera, que hemos mencionado al principio (si el nombre ha de salir como valedor de la cosa), en el fondo, es política: su razón de ser última se encuentra en una convivencia ordenada. La verdad (o la convencionalidad lingüística) interesa, principalmente, por una instancia práctica. La primera condición parece rebajar en exceso su rigor para, de ese modo, tener aplicación, fuerza de ley no escrita. Se cuenta con ella, se acepta tan de suyo, que la filosofía puede caer sobre ella y sacarla a la palestra de sus "juegos" -que, en el fondo, no son sino otros códigos posibles que ella permite, dado que su "necesidad" los tolera, siempre entendido el carácter de registro secundario de los mismos. Una necesidad que obliga, condiciona de esa forma tolerante, que usa su falta de rigor, su inestabilidad, para imponerse, y que permite la construcción -teórica, o de cualquier otra naturaleza- de juegos alternativos, de mundos de significado elaborados sobre la apertura, la errancia, la no conclusión de su mandato- da que pensar. 

Hemos dicho que se cuenta con ella, pero, por ello mismo, no se tiene en cuenta hasta que la filosofía (o aquí sería mejor decir: una filosofía) la hace tema; hasta que una filosofía recoge ese condicionalidad "dócil" en la que nos enlazan la verdad y el lenguaje. Sólo una filosofía que se toma en serio (a su cargo) los signos, puede jugar con ellos. 


De algún modo, esa filosofía "protege", cuida la arbitrariedad del signo (en la que hemos de vivir todos), profundizando en aquellos "márgenes" que quedan descubiertos. Y he aquí que las tres condiciones mencionadas (la del lenguaje de la verdad, la ontológica y la epistemológica; cada una de las cuales aflora un haz de cuestiones) cómo pueden juntarse y dar que pensar a un filósofo, como Platón, Heidegger, Derrida. 

Aún hay una cuarta condición a la que posiblemente deba responder un nombre, un título. Esta condición es lógica, o retórica (aquí, literaria, interna al discurso), en un primer nivel. ¿Debería el nombre o el título autoincluirse, en su señalización, o, por el contrario, permanecer mudo y limitarse a señalar aquello que nombra? En esta cuestión se halla en juego la correspondencia o similitud que supuestamente han de guardar los nombres (títulos, discursos, etc) y las cosas; o sea, aquellas condiciones mencionadas, pero sobre todo las dos fuertes, ontológica y gnoseólogica, que interesaban a los filósofos. ¿Qué tipo de correspondencia se establece?

¿Homología, heterología, analogía, etc? ¿Para todos los nombres, o para una región de nombres? La (meta)lógica pide que aclaremos esto, o al menos, lo tematicemos, y no dejemos por obvia tal relación. Si la cosa es (o es de tal manera), el nombre ¿es también, o es de idéntica manera a la cosa? 

La homología podría darse aun en el caso de que no tuvieran ser ni el nombre ni "su" cosa. O se podría buscar correspondencia en las otras categorías metalógicas de heterología o analogía, en cualquier sistema de oposición, distribución, jerarquización...

La cuarta condición es -dijimos- sólo, en apariencia, una condición lógica, o retórica, porque de tomarla en serio se vuelve enseguida ontológica, y trae como cola las otras tres condiciones, aunque reformuladas desde otro planteamiento. Si el nombre o el título deben autoincluirse -como por un lado parece exigir cierta lógica de los nombres- estamos de camino a otorgarles sustancia, entidad (independiente de lo designado por ellos). Y, de paso, estamos tentados a duplicar los entes, dándole la correspondiente sustancia a lo nombrado.

Pisamos el umbral de un mundo platónico de nombres, promesas, títulos, anuncios, que se "aplicarían" a otro mundo de hechos, cosas, seres, etc. 

Y de nuevo vuelta a empezar (pero esta vez desde la escisión y la dualidad) con las condiciones que se espera ha de cumplir cualquier palabra en relación con la cosa.

Por ejemplo, si decimos un nombre -"Platón", "Timeo", "Khôra"- o anunciamos un título, como "el mundo de las Ideas", o el "discurso sobre Khôra", estamos obligados a decidir también si el título o nombre se incluye a sí mismo (y debería, por tanto, tomárselo como tal, es decir, como tal cosa o como cualquier otra cosa) o, por el contrario, no se incluye, señaliza solo el contenido que presenta. 

Nuestras expectativas, como receptores, son distintas en ambos supuestos. 

Veamos: en el primero, "Khôra" -por ejemplo-, tomado como nombre (aceptemos esto de momento), en la acepción general de producción lingüística, se refiere a un significado dentro de la lengua griega (lugar, territorio, comarca, lo externo a la polis que se incluye en ésta) y se refiere también a un "nombre" platónico (que se registra en Timeo, como un significante que alude a la "necesidad" y al "tercer género" de realidad preexistente al Cosmos "generado"). 


Como nombre-título, hace mención a un libro de Jacques Derrida: "Khôra". Si decidimos que ese nombre, o mejor, esos nombres se incluyen a sí mismos, hemos de considerarlos con categoría de seres independientes (que, a su vez, presentan sendas realidades independientes). Habría una khôra lingüística (con su doble: el "lugar de la polis"), otra khôra lingüística-filosófica (con su doble: un principio precósmico, lugar indeterminado o aporía), y una tercera Khôra, título de un texto (con su doble: el texto escrito por Derrida).

No se trataría de acepciones, sino de realidades bien diferentes. 

Peligro de ambigüedad máxima. No se las debería confundir, aunque presupongamos o busquemos sus conexiones, su parecido familiar. 

Provistos con esa precaución de no confundirlas, cuando se nos presenta un nombre así autoincluyente hemos de aguzar el oído y la vista para saber discernir y recibir desde una sintonía u otra.

En el segundo caso, cuando el nombre o título renuncia a ser autorreferente, y muestra su vocación "objetiva", se vuelve mudo, transparente, por así decir. El título se limita a presentar otros significantes y no invade la realidad ni multiplica los entes. La ambigüedad que pueda encerrar un rótulo de esa modestia ontológica, es mínima; de orden terminológico. (Mantiene un grado cero, o neutro, de correspondencia con la cosa. Es una casilla neutra que alude a la casilla marcada; esto si pensamos en una manera de seguir manteniendo la "correspondencia").

Por ejemplo: "Discurso del método" como título alude directamente, en la intención de su inventor, al método y al discurso del método cartesiano, que contiene. Es transparente. La autorreferencia -y la consiguiente deriva hacia otro referente- es posterior a las razón del título; pero le acompaña enseguida: en la mente del mismo autor y en los lectores del "libro"-cosa que menciona el título.

Difícil será, pues, que una marca, un título, un nombre se borre a sí mismo del todo, difícil que se mantenga como un nombre no autorreferente; que, en fin, los nombres no multipliquen el número de las cosas. (En términos de Derrida, difícil entender que todo lo que surge como marca, inscripción en lo real -como un gesto que se refleja en el espejo de khôra- no reclame alguna forma de realidad ni que venga por ello a cuestionar la "realidad" lógica, sustantiva, que echa lazo y trata de domesticar o expulsa esa "diferencia").

En medio de tal laberinto borgiano, de una biblioteca de nombres y de seres que se dan mutuamente identidad; frente a tal proliferación de entes, podemos sentir vértigo. Pedimos ayuda a la lógica. La lógica sale a combate contra la proliferación. Su primera estrategia consiste en reconocer la superioridad del enemigo, para vencerlo con sus armas: imponerle la proliferación, que hasta entonces, era la "ética" natural de las cosas y de los nombres, otorgándole, por lo bajo -a nuestros ojos y oídos- el apelativo de apariencia (o de no realidades tout court) tanto a las "palabras" como a las "cosas" múltiples; y en segundo lugar, determinar el espejismo de la identidad -esa ilusión- reduciendo todos los nombres a un solo tipo que se incluye a sí mismo. A tal nombre, tal individuum.

Paradójicamente, una derrota que impone sus condiciones: la primera estrategia con la que lógica hace avanzar la uniformidad y la racionalidad. Purga de lo real una extensa niebla de nombres que eran nada, vacíos, flatus vocis, o que vagaban entre ser nombres autorreferentes o no.
 
(Algunos nombres tuvieron que reconsiderarse como autorreferentes para "salvarse". Así: "sirena" pasó a ser "animal mitológico").
 
Claro que -como hemos dicho- cierta lógica, cierta disposición retórica, pide que el nombre o título sea del primer género, autoincluyente, quizá para que de ese modo sea "algo" (o alguien) que presente a algo (o alguien). Juan- nombre presenta a Juan-persona. La lógica además se asegura- así parece- una correspondencia y la satisfacción de ciertas condiciones que han de reunir los nombres, como hemos ya mencionado. Y la retórica, por su parte, quisiera que el título o el nombre y la cosa fueran a la par, por razones de orden literario, estético, temático o tético. 

(¿Por qué el nombre de "Timeo" para el diálogo platónico que trata sobre la formación de este Universo? Porque es el principal interlocutor; relevancia que destacaría el título de la obra, y por la que éste se justifica. Volveremos a preguntarnos: ¿por qué "Khôra" -a secas, sin artículo determinativo- para el título de la obra de Derrida que nos proponemos "leer"?).
 
Pero, por otra parte, la lógica (y también la retórica que se deja conducir por ésta: el lenguaje claro, "las cosas, claras", y un gran parte del "discurso del logos", de la filosofía) "odia" la ambigüedad. De modo que tiene preparada su segunda estrategia: de nuevo, se trata de aceptar la derrota y sacar de ella partido. Como la mayor de las duplicidades y anfibologías se ampara con el nombre de lo real -la realidad es ambigua, múltiple-, la lógica generaliza el principio de economía que había servido ya al principio de individuación en primera instancia. No se trata ya de purgar de los flatus vocis la multiplicidad real (con lo que consiguió la lógica el triunfo de un mal menor), sino de que todos los nombres -y los seres- se cambian por otros, y se intercambian también nombres y seres. Este el verdadero principio de la economía de los seres y las cosas. Los nombres y títulos pueden ser, por tanto, en su totalidad, no autorreferentes, simples etiquetas a las que provisionalmente asociamos con un contenido; y pueden serlo a condición, también, de que el contenido, las cosas, puedan cambiar de nombre a conveniencia. La única cosa que queda es la mercancía; y el único nombre (y título), el precio. "Un rolex de 2000 dólares". Una cantidad (y) anuncia (nombra) cualquier ser (x). O dicho en otros términos, el número y la extensión. El antiguo discurso del logos inyectado en la ciencia moderna y en el mundo. (¿Sería posible que esta situación estuviera preparada por el Demiurgo y la Khôra?)

En el fondo, el nuevo principio rector de la lógica es un metalenguaje (de orden matemático, económico, en general) que toma decisiones ontológicas -decide lo que es o no es, y las categorías de lo real- con anterioridad a nosotros. Por tanto, delegamos en ese metalenguaje de una lógica dominante toda posible preocupación ontológica. Podemos, entonces, "vivir" sin riesgo en un plano donde los nombres están sometidos a las cosas (en función de la "verdad" de estas, de su presencia calculable). De paso reparamos en esto: si el lenguaje había desde siempre articulado en sus redes lo real, con la aparición de un metalenguaje dominante que enseñorea la clave de la economía de los seres, el lenguaje mismo pasa bajo la dominación de la representación lógica. 

Ocurre lo siguiente: en el orden de las decisiones (de un autor, de un hablante, del que pone los nombres a las cosas, y quizá también de un "Dios" o "Demiurgo" enfrentado al problema de nombrar), se puede -se suele- adoptar la menos arriesgada: seguir a la retórica, y hasta donde es posible, a la lógica. El título, el nombre es una cáscara (lógica, relevante, incluso bella) que ha de ser rota para abrir su "adentro", para llegar a su contenido. De este modo, el nombre se retira (de lo real y de la escena práctica) y pasamos a la exposición: al espacio en que las cosas presentan por fin su cara, se ex-ponen ante nosotros. Pero de este modo, sutilmente, perdemos de vista las cosas mismas, inconscientemente olvidamos esas cosas: es decir, tratamos con "naturalidad" con ellas como si fueran familiares. Olvidamos su posible ser, a la vez que no retenemos el posible ser de los nombres. Cuando se retira -o le retiramos- el ser a los nombres, al nombre y al "ser" mismo trabajamos para el olvido. Por eso, quizá, insistan tanto los filósofos, Platón, Heidegger, Derrida, en llamar siempre con el mismo nombre a lo que parece no dejarse nombrar (ni aparecer) y usan siempre el mismo nombre "especial" que ellos conocen: la Khôra, Sein (Seyn), Différance.

Consideremos dos cosas, "entre nosotros": 1 .También para las personas corrientes el olvido de las cosas comienza por el olvido de los nombres. "Recuerda, Sócrates, que al fin, todos somos hombres", dice Timeo presentando de esta forma la cautela que ha de considerar el filósofo, que debe contentarse con la verosimilitud cuando se trata de indagar y exponer un asunto tan difícil como es el "tema" del origen o no origen del mundo. La verosimilitud, que implica una dosis de creencia, es para el filósofo lo que para el hombre de la calle (y también para el filósofo) es la creencia en que las cosas siguen siempre a sus nombres: aquella verdad del lenguaje que nos obligaba con una suave necesidad. (Intuimos, ya, que "khôra" tiene un amplio dominio: la lengua, igual que el olvido y la memoria, le pertenece. ¿Y, también, el nombre, y no sólo su nombre de khôra? ¿Y también un buen espacio de la verdad? ¿No entra en competencia o pone en abismo la hegemonía de aquella lógica?, se preguntaría Derrida).
 
2. Con estas "sacudidas" nos hemos metido en el asunto, y solo así podemos estar en condiciones de tratar de responder a las preguntas que iniciaron la presentación.
 
Creemos que Derrida decidió el título de su obra -Khôra- para que fijemos los ojos en un nombre, en el nombre y en un nombre concreto, Khôra, que representa todo lo que no se deja determinar, racionalizar, reducir a unidad, ni cambiar por otra cosa o nombre; que encierra la pluralidad de los nombres y de las cosas, y que da lugar y recibe esa pluralidad; sin ser el nombre por excelencia, el Nombre, ni el paradigma del nombre. 

Simplemente "nos sucede". "Khôra nos sucede, y nos sucede como el nombre" -dice Derrida en la primera frase de su libro.
 
Cualquier forma de discurso que presente eso que "nos sucede" sería valioso, sí, pero a condición de que preservara el suceso o acontecimiento que se nos da, que viene a través del nombre y anuncia el nombre. Un nombre, pues, que no se gasta en el anuncio, en su nombrarse, ¿no es un nombre de ese cariz que hemos denominado autorreferente? 

Un nombre que da espacio, motivo, pretexto a muchos discursos, explicaciones, verosímiles o sintomáticas, de lo que en él se anuncia. Que percute y mantiene su tozudo enigma, un cuerpo intraspasable pero no rígido, pues pese a mostrarse como un nombre propio no es un designador rígido ni precisa determinante identificador o presentador (artículo determinante, adjetivo demostrativo) para darse a conocer y reconocer. 

Con Platón -dice Derrida- sabemos que es una, divisible pero de algún modo siempre entera, virgen, única... una cierta Khôra.
 

Entonces, ¿por qué dijimos que no se deja reducir a la unidad? Tendríamos que rectificar:
 
1. Différance: "Esta palabra conductora" con que se asocia el pensamiento de Derrida a partir de finales de los 60 del siglo XX, y que permite la base léxica, el verbo francés "différer", en tanto "posponer" y "diferenciar", es intraducible en español. En su idioma original es un juego neológico, pero, curiosamente, esta especie de acrónimo al ser vertido al español, bien literalmente "Différance", o bien semiadaptado "Diferancia", genera en nuestros oídos la asociación con la "causa errante" del Timeo, con la Khôra, la unidad sin su nombre. (Una unidad que deje fuera su nombre, se postula también a esa "falsa" unidad que impone la lógica del logos, que procede de la pluralidad a la uno, para continuar disolviendo la unidad en la indiferente cantidad de los nombres y seres intercambiables. En la nada).
 
Khôra una parece siempre acoger la pluralidad; y en un movimiento contrario a la nada, incluso recibe un todo, un cosmos. Su nombre puede "soplar" muchas palabras, todas las palabras, nombres, lenguas, discursos, libros, cosas.
 
Si Derrida hubiera elegido, para su libro, un título más modesto y académico, más "objetivo", y no fuertemente autorreferente (la autorreferencia posterior o devenida inevitablemente a la cosa-libro escrito y publicado por Derrida pasa a muy segundo plano); un título como el cartesiano "Discurso del Método", o sea, algo así como "Discurso o Estudio o Ensayo sobre la khôra platónica"; o, concédamosle a Derrida, su indeterminación del nombre de khôra, ya que a estas alturas tendríamos que saber que khôra no necesita el determinante para ser reconocido, ese nombre de algo que es pura indeterminación, o que se determina por su indeterminación; y concedamos también que khôra no se agota en el texto de Platón; si Derrida, en fin, hubiera titulado su libro "Discurso sobre Khôra", hubiese errado (creemos) al objetivar su asunto, desplazando también el foco del lector alternativamente hacia el discurso del propio autor (Derrida, supuesto poseedor de un discurso, de un saber sobre khôra) y hacia el discurso de Platón.
 
De otro modo, al escoger un título como Khora, logra una cadena de aciertos: focaliza el nombre y la aporética entidad que anuncia; consigue proponer otros discursos -nos invita a pensar y acoge, como el personaje Sócrates del Timeo, todos los discursos y pensamientos que puedan venir después sobre el asunto, incluido este escrito nuestro; y, por último, sutilmente, dirige la atención hacia el mismo texto de Derrida e, indirectamente, hacia el texto de Platón.
 
Lo que Derrida avisa sobre el texto de Platón, que se resiste a ser comprimido en un discurso "platónico", en la abstracción de un saber resuelto, poseído, sobre algún asunto, sobre khôra, por ejemplo; eso vale para el texto derridiano. Hemos de recorrer los pliegues, junturas, puntos de fuga y avances, la compleja lengua y articulación de un texto para encontrar algunos cabos. El esfuerzo de Derrida, en su libro, se dirige, en el fondo, a llamar la atención sobre el texto de Platón: haciendo ver que "el discurso sobre la khôra", que pronuncia Timeo, está prefigurado en otros anteriores pasajes y discursos del diálogo de Platón. En realidad, no podemos atar cabos más que reconociendo esa trama de analogías.

De esta forma, finalmente, llegamos al nuestro, a nuestro discurso sobre khôra, que como un hierro trata de unirse a esos otros discursos maestros, recibir esas impresiones primeras sobre la cera virgen de khôra. Nosotros -por un momento- somos el "niño" para el cual se escribieron los discursos. Como el que aprende una lengua ha de aprenderla recibiendo una voz (o unas voces) concretas, con su particularidad de timbre y acento, mientras por algún proceso oculto capta una estructura esencial; de esa forma -esperamos- leemos nosotros el libro de Derrida (y el diálogo de Platón), oímos sus voces inmediatas mientras oímos la lengua khoral. 

"Un discurso sobre Khôra", no: hubiera sido una obviedad y vanidad nuestra. "Discurso sobre Khôra" (evidentemente, ésta es el libro de Derrida, y no es solo ese libro). 

Hemos elegido un título que nombrara una continuidad, una cadena de interpretaciones. ¿Impersonal? Nada más lejos.


                                     FULGENCIO MARTÍNEZ

Continuación y final del capítulo: ¿Qué es nombrar? Primer capítulo del ensayo "Discurso sobre Khôra", una lectura de Derrida

lunes, 28 de diciembre de 2015

La extensión política de la cultura. Diario político y literario de FM



LA EXTENSIÓN POLÍTICA DE LA CULTURA


 Uno de los grandes olvidos de los partidos políticos en España ha sido, justamente, la no consideración de la extensión política de la cultura. Se ha dejado esta extensión a las minorías políticas nacionalistas que han usado, abusado y campado a sus anchas en dicho territorio abandonado por el Estado. Incluso la educación, que salvo en su componente de instrucción en conocimientos técnicos y teóricos, entra de lleno en la dimensión política cultural en que se proyecta un Estado en cuanto acopio de valores comunes, ha sido por unos y otros minimizada.
          
Respecto a qué es cultura, materia donde siempre hay opiniones según la posición que uno juegue, es difícil ponerse de acuerdo. Asentiría si alguien dice: es cultura todo aquello que nos hace detenernos -a pensar, admirar, compartir con los demás. Todo lo que contribuye a construir una identidad compartida por el mayor número posible de seres humanos: entendiendo dicha identidad no de una forma dogmática y monolítica -ni, por otra parte, nacionalista y discriminadora- sino crítica, autocuestionable, democrática y también tensa hacia la excelencia y la superación. Es por esto que contribuir a aquella identidad consista, casi siempre, de parte de la cultura, en custionar lo dado, en estimulación del cuerpo social para que no se amodorre en una parcela trillada. Las vanguardias artísticas y, de vez en cuando, el látigo de un genio han despertado las aguas dormidas de la cultura y, por tanto, enriquecido la huella que una determinada humanidad histórica deja, al pasar, sobre el tiempo.

Pues no otra cosa sino una huella es la identidad para la que trabaja la cultura. Tres momentos presenta la estructura de esa huella: su enlace con una tradición (momento del pasado); su barrunto y apertura a lo nuevo (momento futuro) y su morfología y carácter propio, de impronta de un presente histórico, del cual recoge sus necesidades de expresión y los medios que le ofrece el momento actual, y al cual se opone dialécticamente, si no quiere ser su simple huella mecánica, fotográfica...y trivial. 


Pues bien, la huella que imprime la cultura de nuestro momento actual es la de "consumidores" de "cultura". Una huella que no deja espacio para el distanciamiento crítico, sino que impone mecánicamente sus patrones. Aceptamos casi sin coerción ni reacción que la cultura sea el campo de poderes locales y globales. Con la cultura, los poderes globales nos domestican en esta nueva fase de proletarización generalizada y de miedo al futuro- los consumidores devenimos ejército de la industria cultural. En efecto, confinada a cálculos cuantitativos, de ganancias y pérdidas mayores o menores, la cultura es un campo dominado desde hace mucho tiempo por la "industria", por sus grandes ejecutivos, sus ranking de beneficios, sus planificaciones, sus masivas redes de publicidad... y sus obreros especializados (la "sociedad de autores"). La crisis no ha cambiado ninguna inercia y los debates de los partidos políticos, sobre reducir el IVA a la cultura, por ejemplo, no pasan de ser un canto al sol, paralizados como están ante las mismas premisas que deberían superar si hubieran hecho una reflexión sobre la extensión política de la cultura.

Por otro lado, los poderes locales, las nuevas castas, amueblan belicosamente el imaginario simbólico de sus huestes, un público disputado a los poderes multinacionales, al cual retienen por la mera condición territorial. La cultura, entre tanto, está secuestrada en esas autopistas globales y en estas vías muertas locales.

Aquella expresión que hemos utilizado, la extensión política de la cultura, es la antítesis de la manipulación política de la cultura, significa lo opuesto a la idea de que la cultura sea un mero reflejo pasivo de lo político. Al contrario, la cultura debería ser la palanca de la política cuando esta se entiende generosa y racionalmente, de forma tridimensional, con amplitud en el tiempo, no sólo en lo más inmediato y coyuntural. Ya que la huella cultural juega en aquellas tres dimensiones señaladas: la tradición de un pasado vivo, lo nuevo y abierto del futuro, y el presente histórico, del cual somos capaces de distanciarnos críticamente gracias a la cultura así como de implicarnos en él mediante la apuesta por los valores compartidos debajo de la superficie.
         
 Fulgencio Martínez

domingo, 27 de diciembre de 2015

DISCURSO SOBRE KHÔRA (una lectura de Derrida). Fragmento: ¿Qué es nombrar?. Por Fulgencio Martínez. Ágora-Papeles de Arte Gramático/ Desde que somos una conversación

 







DISCURSO SOBRE KHÔRA (UNA LECTURA DE DERRIDA)


                                             por Fulgencio Martínez López


                                ÍNDICE
I. ¿Qué es nombrar?
II. LA CAJA DE HERRAMIENTAS
III. COMENTARIO DE KHÔRA
PREÁMBULO
I DE LA KHÔRA A KHÔRA
II ¿Quién eres, Khôra?
III SITUAR EL DISCURSO DE KHÔRA
IV LA ESCRITURA DE PLATÓN Y LA FILOSOFÍA
IV. CONCLUSIÓN DEL COMENTARIO A KHÔRA.
EL MOMENTO DE LAS TESIS
V. BIBLIOGRAFÍA


                                          DISCURSO SOBRE KHÔRA

I.¿Qué es nombrar?
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o. Discurso sobre Khôra. ¿Por qué hemos optado por llamar de ese modo a este escrito, que trata sobre el libro Khôra, de Derrida? Y, ¿por qué eligió su autor tal título para una obra que ensaya interpretar el discurso de Platón sobre la Khora, en el Timeo?

1. Nombrar, anunciar, poner título a un escrito -como también a cualquier otra cosa, acto, hecho, ser, persona- es una decisión que ha de justificarse. ¿El nombre, anuncio, título, debe dar cuenta de aquello que pone bajo su jurisdicción, aquello de lo que, de alguna manera, se hace valedor, apadrina? Podría ser que un "rótulo" fuese falaz. Si se tratara de un veneno, una medicina, un farmakon, o de cualquier otra sustancia delicada o peligrosa, ello sería un equívoco y un potencial atentado. ¿Contra qué? En general, contra el lenguaje y contra el pacto implícito entre sus usuarios racionales. El nombre, anuncio, título, debe someterse a un compromiso de verdad, al menos lingüística: la que existe en general entre el signo y la cosa significada, o el significante y el significado.

Pero, además, el nombre, anuncio, título, debe plantearse (y aquí se separa de la "arbitrariedad" genérica de la relación entre la palabra y la cosa) si ha de guardar cierta similitud, correspondencia con lo que designa, con su promesa, con su asunto. Correspondencia de índole retórica -o pragmático-intencional (comunicativa)-, y hasta, quizá, ontológica. ¿El nombre, el título, ha de ser del mismo orden (o género) de ser que su designado? ¿Y ha de guardar además (o quizá independiente de la exigencia anterior) una relación gnoseólogica, una participación en un género común de conocimiento (o información) que aquello que presenta? 

Si así fuera, conociendo el nombre o el título podría alguien conocer (o tener un saber de) lo representado; y, por otra parte, a quien pone un nombre, un título que cumpliera esa segunda exigencia (un nombre o título correcto, "orthos", homólogo) le cabría la esperanza de haber presentado así su "sujeto".

Estas últimas condiciones (ontológica, gnoseológica) son de especial incumbencia al filósofo. Platón y Derrida las plantean en los libros que vamos a visitar: Timeo y Khôra.

(fragmento)

enlace con la entrega segunda y final del capítulo:

http://diariopoliticoyliterario.blogspot.com.es/2015/12/discurso-sobre-khora-una-lectura-de_30.html#links


sábado, 19 de diciembre de 2015

Nicolás Corraliza, "Viático". Mejor libro de poesía 2015, para la revista Ágora-Papeles de Arte Gramático




Muy recomendable el libro de poemas "Viático", de Nicolás Corraliza (publicado por La Isla de Siltolá, Sevilla). El libro reconcilia a este lector con la poesía. Poemas escuetos, ceñidos a un ritmo interior eficaz y firme.

LA TIERRA Y SUS SIMAS

Ocurre en los hoteles
precedido de un rodar de maletas.
Acreditarse y ser
bienvenido.
Hay un congreso de geólogos
y una convención de usureros.
La tierra y sus simas.
La mirada áspera de la codicia
reflejada en los espejos del hall.
Después de tres días,
los del tiempo del planeta celebran las conclusiones.
Los otros ya se fueron,
a implantar nuevas técnicas para incautos.


SEMEJANZA

Cuando era niño,
recuerdo a mi padre haciendo números
con una caligrafía prodigiosa.
Apenas pisó la escuela,
y sus pies se acostumbraron rápido
al aullido de los caminos donde brota el jornal.
Ya no busca nada.
Se ha sentado a esperar indiferente
el vaivén seguro de las estaciones.
 

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                                      Nicolás Corraliza

martes, 8 de diciembre de 2015

La voz y los ecos de Espronceda en "La canción del pirata". Por Fulgencio Martínez. Estudios de poesía española





LA VOZ Y LOS ECOS DE ESPRONCEDA EN “LA CANCIÓN DEL PIRATA”

Canción del pirata
 
 Con cien cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín:
bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.


La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa
y allá a su frente Stambul.


«Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza,
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.


«Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.


«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!


«Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra:
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.


«Y no hay playa
sea cual quiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.


«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!


«A la voz de «¡barco viene!»
Es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.


«En las presas
yo divido
lo cogido
por igual:
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!


«¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río:
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna antena,
quizá en su propio navío.


«Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.

«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar!


«Son mi música mejor
aquilones;
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.


«Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado.
Arrullado
por el mar.


«¿Qué es mi barco? Mi tesoro.
¿Qué es mi Dios? La libertad.
¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!
¿Mi única patria? ¡La mar! 




Hemos elegido un poema de José de Espronceda para estudiar cómo en un poema se conjugan las voces y los ecos (unas, las voces, presentadas por el autor y sus “alter ego” poéticos; y otros, los ecos, convocados por el lector y el oyente). En este caso,  gran parte del poema, en lo que más tiene de ambiguo y duradero, es construcción de los ecos.

“La canción del pirata” pertenece a la sección titulada “Canciones” del libro de Espronceda Obras poéticas editado por Boix en 1840.  Focalizaremos el pasaje que creemos más significativo (destacado en negrita, por nosotros).
Este pasaje que comentamos empieza (“Navega, velero mío”) a presentarnos la voz del protagonista, de manera directa (en una especie de diálogo o monólogo dramático-lírico). Se sucede detrás de las dos primeras estrofas, en cuyas octavas dobles la voz enunciativa, en tercera persona, ha presentado al “velero bergantín” y al corsario y “pirata”, de forma épica el poeta nos ha sugerido la “lógica” en que esas dos figuras componen un mismo símbolo, de libertad y energía vital sin represión.
El monólogo (o diálogo con el “velero”, que personifica, en este texto, al confidente objetual –como es usual en los monólogos teatrales: véase “Hamlet”), transmite también la actitud interior del poeta, quien se identifica con su héroe y reclama la identificación del lector con el mismo.
Casi encontramos, pronto, el tono de himno y proclama que invitan al ejercicio de los valores del individuo. El estribillo (“Que es mi barco mi tesoro…”), como parte coral, añade, por otro lado, un sentido social y moral al entusiasmo, lo convierte en un canto humanitario y universal.

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Es simple decir que el tema del poema es la libertad. La pervivencia del poema en el subconsciente de los lectores enlaza con ese sentido de lo humano universal (o de lo universal humanitario), así como convoca lo universal del elemento de la naturaleza, en concreto, del mar. Podríamos resumir el tema, a la manera romántica, en “el ansia de infinito”.
Por otra parte, como forma poética, el fragmento está compuesto, básicamente, de dos series rítmicas consecutivas, de tres estrofas de diferentes metros.  La primera de cada serie es una sextilla consonante octosílaba; a excepción del segundo verso, de pie quebrado, tetrasílabo, con rima abaccb (que se repite en la otra serie: “Allá muevan feroz guerra…”).
La segunda estrofa de la serie es (en ambas series) una octava italiana tetrasílaba (con esquema  -aab-ccb).
Por último, el estribillo es un romance octosílabo asonantado, con rima aguda - al igual que la acentuación rítmica predominante en las anteriores estrofas.
La proyección anímica del entusiasmo, la intensidad vital y el brío de la voluntad libre se manifiestan al unísono con la forma rítimica punzante del poema.

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La estructura en que se desarrolla, tanto formal como temáticamente, la podemos dividir en dos tiempos (que se corresponden con las dos series versales identificadas anteriormente desde su esquema rítmico):
1.     Un tiempo de exaltación ebria del “Yo”.
2.   Otro, en paralelo temáticamente, de afirmación antisocial de los poderes del “superhombre” romántico.
El primer tiempo, más íntimo, donde el yo se victimiza y siente su libertad como conquista, desde la victoria sobre sus obstáculos pasados; o como herida aún viva. Un segundo tiempo, irónico (“allá muevan feroz guerra”), en que la libertad del yo ha sacrificado a su ídolo todo (lo feroz y lo natural).
La dialéctica interna entre esos dos momentos del Yo (que se alza sobre la naturaleza para domeñarla posteriormente) se refleja en la dialéctica de las dos series. Interiormente, el estribillo –en su función conciliadora, coral-  vuelve a unir y a separar los dos tiempos. En ese vaivén enlaza el poema con lo humano, con el fondo de todos nosotros. Una utopía del deseo, ambigua.

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Estilísticamente, comprobamos en el poema la presencia de figuras dialógicas y dialécticas, que infunden movimiento interior –no sólo exterior o rítmico.  La personificación del “barco”, al que se dirige la voz épico-dramática en una deprecación en el primer verso; hasta la definición del símbolo en las sucesivas anáforas del estribillo (“Que es… / que es…// Mi ley…// mi única…”), junto con el uso de estructuras paralelísticas (desde la sintaxis pero también desde la semántica de las palabras-símbolo: “Dios”, “patria”, “mar”).

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En conclusión, nos asomamos a ver en este poema la ambigüedad, tan atractiva, del romanticismo en general, y de la poesía romántica de Espronceda, en particular, tal como también expone en “El diablo Mundo”, y en otras canciones como “El mendigo”, “El canto del cosaco”. 

Un entusiasmo tan ingenuo hacia el vuelo libre, sin trabas sociales, de los poderes del hombre, y la duda sobre la conciliación de esa fuerza con la naturaleza y lo humano universales. El credo neoclásico e ilustrado en estos dos últimos conceptos aún gravita en el poema de Espronceda que comentamos; lo cual evita verlo como un canto antisocial y reaccionario, y es la resonancia aún en nosotros de aquel credo (quizá sentido como imposible ya), la nostalgia de la armonía absoluta de naturaleza y hombre en el absoluto del cosmos, lo que subyuga en “La canción del pirata” y lo que ha seducido a muchas generaciones, imantadas por su ambigüedad y su belleza poética.

                                    Fulgencio Martínez 


ÁGORA DIGITAL 4 DICIEMBRE 2015/ estudios de poesía española/ ensayo literario