viernes, 29 de mayo de 2015

POEMAS DE ANDRÉS GARCÍA CERDÁN. REVISTA ÁGORA DIGITAL

 
 bibliotheca grammatica/revista Ágora-papeles de Arte Gramático
poemas de Andrés García Cerdán
 
Nada más
 
Escribir un libro que duela
como duelen las cosas más hermosas.
Que la memoria diga, al mismo tiempo,
toda la dicha y toda la nostalgia
de lo que ha sido puro. Nada más.
Mientras ladren los perros,
mientras se envuelva en seda la crisálida, 
devanar el ovillo, ir afilando
la rueca e ir tejiendo una noticia
en cuyo centro quepan los relámpagos
y el barro del camino. Solo así
será posible darles un sentido
a estas palabras broncas y deformes
con las que luchas. Solo así
conseguirás que Jano y los demás
dioses de la ciudad concedan
que en verdad has vivido
y que fue muy hermoso y que dolía.


La sangre
 
¿De la espesura
de qué orilla ha surgido el tigre?
¿De qué sombra anterior a nuestra sombra
proceden su zarpazo
brutal, su exhalación sin nombre,
las almendras salvajes de sus ojos?
¿O estuvo siempre aquí
y no supimos darnos cuenta?
Es terrible su agilidad
mientras se arquea en la amenaza.
Olemos su peligro. La inminencia
del ataque nos petrifica
y nos embriaga.
Porque hay algo más que temor
en este último desasosiego:
deseamos morir,
oh sí, cuanto antes morir
en el filo de sus colmillos agudos,
en la presión de sus mandíbulas.
Tal vez sea lo único digno de nuestras vidas
este momento.
 
Antes que escape
y otra vez sea fuego donde no lo alcancemos,
en nuestros huesos ha de crujir el rugido
inextinguible de su fuerza.
Nuestra sangre será decantación
de una única herida decisiva,
nostalgia de sus pasos fulgurantes
sobre la hierba.

 


A un árbol del polígono
 
Eres un pobre árbol del polígono.
En tu tronco persiste aún, a duras
penas, el áspero recuerdo
de lo que un día fuera corteza delicada
donde grabar un nombre.
La polución, las cicatrices,
la sequía inclemente, el abandono
y aquel accidente de coche (ardió
durante horas a tu lado
el amasijo)
han convertido en un pellejo infame
aquella piel.
En tus ramas raquíticas
no hacen nido los pájaros: ni siquiera se posan.
Algunas hojas sucias se yerguen de milagro
en la altura grisácea a la que llegas.
Las otras se dejaron arrancar
con el pretexto del otoño o del invierno
y huyeron en un soplo
hasta los descampados de la gasolinera.
No se encumbra tu savia hacia ningún lugar.
No alcanzan tus raíces tierra limpia
ni bucean en el subsuelo
a la busca de sueños minerales,
de humedades nutricias. Con esfuerzo,
ásperamente, te estiras hacia el fondo,
cayéndote, arrastrándote
entre cascotes, hormigón, desechos de obras,
bolsas de plástico,
a punto siempre de asfixiarte.
Y, sin embargo, con qué gracia cantas,
oh árbol, la arrogancia
de vivir, aunque sea en la miseria,
y de haber sido hijo de los cielos más puros.
 

Alucinaciones
 
Asistes fijamente a las formas del fuego.
Te ha parecido ver ahí un dragón,
tal vez una serpiente. A su lado,
hechizada en volutas rojas, verdes,
una tarántula destila en la profundidad
de la tierra su nido. Puede ser
que sobre las ascuas inmaculadas
salte un tigre. Puede ocurrir que llueva
dentro del fuego: larvas, proyectiles
arrebatados, vainas de sangre, incendios
mínimos dentro del incendio, llamas
que se funden sobre otras llamas.
En este arder sin fin hay un oscuro
designio: una hiena infatigable
que se alza sobre sus sucias patas
y se deja caer entre azucenas.
Sí, parece que es así. Las últimas
ficciones te entregan a un río lleno
de cocodrilos, a un tiburón,
al carbón derretido sobre un olmo.
Arden las amapolas, se consumen
las luciérnagas, un jaguar, un perro.
Y así desapareces tú también.
Entre muros que se derrumban, huyen
los últimos coyotes, las hormigas,
las harpías. En otros altos hornos
serán mañana sueño estas figuras.
Hoy son fulgor que abrasa y que se extiende
consumiéndolo todo, chupándole la sangre
a la materia, extinguiéndose en flor.
 
 
 
Contra el invierno
 
No podrás resistirte —no, al menos,
durante mucho tiempo más—
al empuje imparable de las cosas que amas.
Como una avalancha
te arrastrarán al fondo del amor,
tirarán de ti hasta dejarte al borde
del verano exquisito de tu vida.
Entrégate al rumor que traen los días
y al rumor que en ti suena.
Con la máxima fuerza salva el reino
que en tus manos acaba de caer.
Vuelve tus manos a la luz que cae:
recógela, es tuya.
Es la imagen de lo que no se rinde.
Es la imagen de aquello
a lo que no se puede renunciar.
Con el hambre entera del mundo
entrégate a este don
y levántate y mira de frente al mar y lárgate
de aquí tan pronto como puedas.
Antes que la primera sombra anuncie
el nuevo invierno, por la orilla
y por el mar de fondo márchate.
No permitas que nada ensucie este momento.
 
 

Veneno
 
No hay —escribe Fiodor Dostoeivski—
una herida más grande que el lenguaje.
En las palabras somos esa muerte
que no nos deja de ocurrir. Nos duele
con la clara mañana de los días
no saber hacia dónde nos lleva la marea,
y su rumor nos despedaza y toda
la luz es un dolor inalcanzable.
Los labios son ahora de los perros.
Respirar es ahogarse en lo no dicho.
¿Es lenguaje el silencio? A los surcos
sin sentido caemos, avanzamos
entre fuego y despojos, con el miedo
muy dentro de la carne, condolidos,
con esta herida abierta más que nunca,
como nunca doliéndonos, surcados
por un veneno hecho de venenos.
En mitad de la noche nos despierta
un terremoto: es él otra vez. Rompe
las líneas que quisieron ser rectas
y las traza indolente, insultante,
sobre el cauce salvaje de otra herida.


Kiev
 
¿Entre qué sangre caminar?
       —Arthur Rimbaud, "Mala sangre"—
 
Con la precisión de un orfebre
el francotirador descerraja un balazo
en el vientre de una embarazada,
cuyas tripas cuelgan ahora,
sangrientas,
a la vista de todos
y trazan
sobre el adoquinado de la calle,
antes de derrumbarse,
las líneas maestras
de toda la vergüenza de este mundo.

Tras el chasquido, el francotirador
cierra los ojos un momento,
satisfecho, otra gran victoria,
y aspira todo el aire que cabe en sus pulmones.
Suyo es el rostro
del esclavo que cumple con rigor su trabajo.
Con cada temblor de sus dedos
sobre el gatillo
se convierte en el animal
más infame de la maldita historia.

No huelen esa pólvora, esa sangre,
la escarcha que vidría
los ojos azules de esa mujer
los diplomáticos,
ni el que almuerza del otro lado de la pantalla.
Apenas enmudecen con desgana,
respiran en su paz innoble,
se acercan a la boca
el pan muerto de cada día.
Mastican con fruición y se abandonan
a sus esclavitudes posmodernas.
Y no lo saben, pero
sobre sus cabezas, ahora mismo,
el francotirador ha empezado a escribir
con láser, en endecasílabos,
otro poema.
 
 REVISTA ÁGORA DIGITAL MAYO 2015

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