sábado, 7 de febrero de 2015

La llamada de la cigarra (Variación sobre una leyenda de Bécquer). Del libro El taxidermista y otros del estilo. Fulgencio Martínez/ REVISTA ÁGORA DIGITAL/ RELATOS





             
              LA LLAMADA DE LA CIGARRA

   (VARIACIÓN SOBRE UNA LEYENDA DE BÉCQUER)

                                                                para Avenio





Las cigarras masticaban a dos carrillos su pan de dulce cuando este agricultor avezado que es mi amigo saltaba de dos en dos, a doscientos kilómetros por hora, los abertales murcianos, camino de la Mancha.
Desde hacía ya tres años se había retirado de su profesión – médico de las aguas en el progresivamente modernizado y burocrático Balneario de Archena S.A.
Erixímaco – así me gusta llamar a mi amigo, por convenirle la moderación y el epíteto de sabio en la ciencia médica de ese personaje de El banquete platónico – se dedicaba a sus recreos y diversiones y a sus “experimentos botánicos” en una antigua heredad, una finca de campo, difícil de localizar, entre los términos de Fortuna y Ojós.
Las horas del día las pasaba allí, y las nocturnas en su casa de la ciudad, que contaba de rica biblioteca, tesoros de pinturas y licorería fina. Ya no era aquel galán de antaño, frisaba nuestro buen Eríximaco los sesenta; aunque parecía tener diez menos. Era alto y había sido nadador. En los meses que precedieron a la aventura que os voy a contar, había engordado un poco, mas continuaban ante él las mujeres sintiéndose cada una doña Inés. Ya no tenía clientes especiales, a las que recibía de particular, pero no había quitado aquel cartel de su puerta.
Pues ocurrió que no encontrándose solución adecuada contra cierta sarnilla que estaba radiándose por la ciudad (cuya causa quienes atribuían a una insuficiente depuración del agua, otros a una silenciada invasión de mosquitos que había asolado, a principios de ese verano, un barrio periférico próximo al río), la gente que no estaba obligada se iba, y los que veraneaban en la montaña o en la costa el calor ya los ahuyentaba de volver, ni siquiera unas horas, por aquí. En Murcia, por agosto no se puede entrar a la calle.
En otra situación las circunstancias le habrían quizá convertido en héroe a mi amigo (¡no era poco admirador de la prosa de Albert Camus!), pero instigado por cierto cansancio filosófico se acostumbró a no escapar de noche de su retiro bucólico.
Tuvo durante unos días una visita agradable, oyó mucho el cantar de los pájaros nocturnos, paseó, leyó; dormía cada vez menos.
Al cabo de dos semanas comenzó a reír continuamente. Podaba un rosal cuando la risa le goteó en las manos. Sonaba, dentro de casa, el teléfono, y esto le salvó de reparar más de la cuenta en ese asunto.

¿Así que su amiga no volvería, como le había prometido; que pasaría la última quincena del mes en Soria, con unos parientes, o quizá ha dicho con sus suegros?
¿Añadió que se encontraba ya allí, bajo una arboleda cerca del Duero? ¿Añadió que estaba desnuda, ofreciéndose al sol, mirando a lo lejos y viendo la cumbre del Moncayo, el pobre Moncayo austero y sereno los casi trescientos sesenta y cinco días del año? ¿Le invitó a ir, urgentemente, a la finca de su primo en cierta localidad soriana?

Mientras galopaba en su auto Erixímaco, repasaba esta conversación.
Improvisadamente, en su libro de ruta, había incluido Las Pedroñeras, el encuentro allí con un amigo que bajaría de Madrid para comer juntos ante una buena mesa. “No me preguntes qué quiero comer, sino con quién”. Las palabras del duque de Nocera, anfitrión y mecenas de Gracián, le venían a su ánimo, espoleándole, divirtiéndole el humor, alternándose con una variación jocosa: “No me preguntes qué lejos quiero comer, sino con quién”.
Bien provistos de mutuos deseos de suerte y de buen yantar, se despidieron los amigos. Eríxamaco volvió sobre sus pasos y, tras dejar Albacete, por Fuentelahiguera pasó al reino de Valencia. Una fuerte tormenta de verano le alcanzó cuando encaraba Alcañiz. Paró en una plaza con balcones mudéjares, y adivinó a lo lejos, en el cielo aragonés, los colores de un arco iris desvaneciéndose. El tiempo hasta Zaragoza estaba despejado.

En el altiplano de Soria la luz es una fruta de invierno, que llega muy pronto a su sazón. Las anochecidas de agosto acostumbran a ser templadas, con un punto de brisa que algún trovador ha comparado con la suave piel del mar Mediterráneo. Para su sorpresa, Eríximaco vio, en una huerta, limones verdes que apretaban su zumo en la rama.
En fin Soria le pareció familiar; el castillo más famoso, la aventura que era más digna de emprender.
Quiso cenar en la misma ciudad y perderse, luego, unas horas por sus calles de piedra. Fumar un cigarro frente a la Audiencia, seguir los pasos, lentos, de Antonio Machado.
Dejaría para mañana su encuentro con la náyade del Duero, su reloj daba las doce al unísono con el reloj de la Audiencia. Durmió plácidamente; recuperando el descanso perdido.

En la posada con repujos de hotel los desayunos se servían en una salita acristalada donde vio ya Eríximaco, al entrar, a cuatro personas sentadas. Saludó al tiempo que abría el periódico que se había llevado de un mostrador del hall. A los tipos de aquella mesa no parecía importarles que oyera él sus comentarios, pues se producían a voces, más agudas y molestas, si cabe, a esa hora prima para el viajero pacificado. Nunca Eríximaco pensó proferir una inconveniencia al rogarles “señores, por favor, pueden gritar más bajo”. Lo que sucedió fue que uno de los cuatro tenores, un vecino de Tarazona que daba dentelladas a un hojaldre, mientras rivalizaba en locuacidad con otro que parecía el Ramonet de Orihuela, se levantó con el gesto sonriente y le dijo “mucho gusto me da volver a verle, doctor”.
¿Se acordaba de aquel Matías que fue celador en los chorros cuando aún era un celemín, y al que él le daba, “como un padre”, algunos consejos y direcciones para quitarse el virgo? Ahora tendría que oír la historia del errante archenero. Rogó, otra vez, que tenía prisa.
– ¿Qué le hace a usted tener tanta aína por dejarnos, si aún no se ha desayunado?
– Mira, Matías; quizá puedas informarme. Quiero llegar a un lugar que le dicen El susto del conde. He de encontrarme allí antes de la diez y media.
– Bueno, fácil lo tiene, doctor, y difícil si vale mi creer. Está a no más de quince minutos en dirección a Ágreda, pero ha de subir la colina del Temple.
– Hasta luego, entonces, Matías.
– No vaya solo – le apretaba la mano el antiguo pupilo. Eríximaco, con un gesto de su profesión, se desprendió y escribió sobre un margen del periódico la seña recibida.
– ¿Volveremos a vernos? La zozobra del buen vecino de Tarazona no le hizo mella al emplazado, que mantenía un sereno dominio de sus expectativas. Pronto abrazaría a la libidinosa princesa del Duero… aunque se conjuraran contra él todos los demonios y todos los espectros en ayunas de los templarios.

Fulgencio Martínez
del libro inédito El taxidermista y otros del estilo

REVISTA ÁGORA DIGITAL FEBRERO 2015/ RELATOS

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