sábado, 14 de febrero de 2015

Francisco Giner de los Ríos. Diario político y literario de FM /T3/35



 
FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS

Como se fue el maestro, / la luz de esta mañana /me dijo: Van tres días /que mi hermano Francisco no trabaja. /¿Murió? . . . Sólo sabemos / que se nos fue por una senda clara, / diciéndonos: Hacedme /
un duelo de labores y esperanzas. // Vivid, la vida sigue, /los muertos mueren y las sombras pasan; / lleva quien deja y vive el que ha vivido. / ¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!
                                                   Baeza, 21 febrero 1915. Antonio Machado
Se va a cumplir el centenario del poema de Antonio Machado “A Francisco Giner de los Ríos” Siempre es oportuno escuchar los versos del poeta, pero quizá lo sea más en este tiempo en que se espera una regeneración del país. No viene mal oír palabras esperanzadas y contagiosas de energía, que llaman en el mismo tono al ideal ético y al trabajo honrado, tanto el intelectual como el manual; a hacer sonar los yunques, los martillos, los libros, la ciencia, el alma constructiva del pueblo. Leído desde nuestros días, el poema dice –mejor que ningún programa político- los valores del republicanismo: La idea junto a las virtudes cívicas de la generosidad y el trabajo, vivas en la mejor tradición del pueblo, del que tanto habría de revelarnos Machado en su Juan de Mairena. (Solo hay una aristocracia: la del pueblo, llegará a decir en ese libro).

En el poema el llanto por el difunto se transmuta en un elogio de los valores que inspiraron al maestro. La muerte no supone derrota sino impulso para los que continúan la labor. Francisco Giner de los Ríos sintió y enseñó la dignidad de ser pueblo: y en concreto, de un pueblo español de profundas convicciones democráticas (expresadas en el dicho castellano: nadie es más que nadie), de una también honda sed de ilustración, justicia y libertad, arraigadas en el valor del trabajo (como escribiría el mismo Machado en su “Retrato”: “a mi trabajo acudo, con mi dinero pago...”), pueblo, en fin, de una fe, generosa, profunda, de inmortalidad por el bien que has hecho y lo bueno que dejas. “Lleva quien deja y vive el que ha vivido”. Los ricos de cementerio nunca comprendieron esa fe laica, la verdadera. Lo importante no es no ser casta por cuna (como dicen quienes ahora se reivindican hijos de fontaneros o de pastores de la montaña), sino no haberse acunado en la casta de los privilegios olvidando las convicciones igualitarias del pueblo.

Necesitamos desterrar la creencia de un pueblo servil, ese del “vivan las caenas” de los que llevaron sobre sus calzones en hombros a Fernando VII. Hagámosle una higa al chanchullo, a la picaresca vida, al “si no te corrompes tú, es porque no puedes”. Esa caricatura del pueblo, que viene del antiguo régimen, sirve una coartada moral a los corruptos. Basta leer El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón. Los privilegios eran un sistema montado desde arriba, desde el alto clero y el rey hasta los funcionarios públicos, llegando a los villanos favorecidos, como el molinero de la historia (archenero indomable, por cierto; “¡a mí, que soy de Archena!”)

En este año de elecciones importa recordar los valores que representó Francisco Giner de los Ríos. La Institución Libre de Enseñanza fue un modelo de educación acorde con un país moderno, que se respeta a sí mismo. La democracia, el Estado fundado en la igualdad y la educación. El reino de los privilegios hace súbditos, no seres autónomos: Giner de los Ríos confío a la educación la tarea de asentar esta filosofía kantiana de la igualdad, nuestra asignatura pendiente. En el ámbito de la Educación es donde mayores son los disparates. Una titulación, incluso, en los niveles de ESO, se decide por los ítems que cada centro sigue, cuando el título se supone igual en todo el territorio español y por extensión, europeo. La autonomía de las Universidades y, por deriva hermenéutica, de cada colegio no se entiende en el recto sentido económico (aquí es imposible, al no haber patronazgo privado como en Estados Unidos), sino en la mala dispersión deconstructiva. Cada quien ha de amañárselas para buscarse un privilegio, un enchufe, un poco de favor a cambio de entregar su parcela de poder “autónomo”. La divisa absolutista está bien cebada en todas las capas e instituciones: Sácale partido a tu pequeña independencia, vendiéndola cara.

Para cambiar este estado de cosas, hay que apostar por una verdadera educación pública. En otros Estados, quizá lo público pueda ser un complemento a lo privado; aquí, no, porque todavía estamos en la Edad Media europea. No hemos asimilado un modelo de Estado, en España, basado en la igualdad ante la Ley y tampoco disponemos de una cultura política y ciudadana arraigadas en la igualdad y al día en la educación en altos valores comunes de humanidad y solidaridad. Ese propósito debería ser el pan que habrían de prometer todos los partidos; ¡eso sí que está a su alcance, si no lo estuviera cumplir las promesas de trabajo y felicidad económica!


Fulgencio Martínez
Profesor de Filosofía y escritor

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