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sábado, 3 de enero de 2015

El maestro soñaba un nuevo florecer de España. Diario político y literario de FM/ T3/25 ÁGORA DIGITAL



 
EL MAESTRO SOÑABA UN NUEVO FLORECER DE ESPAÑA


A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS 

Como se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió? . . . Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!
Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres (...)
. . . Oh, sí, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama (...)
    Allí el maestro un día 

soñaba un nuevo florecer de España.


Baeza, 21 febrero 1915. Antonio Machado

El profesor Francisco Javier Díez de Revenga ha tenido el acierto de felicitarme el Año Nuevo con el poema de Antonio Machado “A Francisco Giner de los Ríos”. Con la venia del sabio murciano, quisiera compartir con los lectores su salutación del 2015, justo cuando se va a cumplir un siglo de la composición de los versos del poeta. Una salutación optimista por esperanzada y contagiosa de energía: la del trabajo honrado, tanto el intelectual como el manual; una estimulante llamada a hacer sonar los yunques, los martillos, los libros, la ciencia, el alma constructiva del pueblo. “¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!”. El mejor homenaje a un pasado muerto, a una Constitución muerta y aun no enterrada, será hacerle “un duelo de labores y esperanzas”. Solo así haríamos el debido homenaje al maestro que nos dejó: continuando su sueño, su ideal. El maestro “soñaba un nuevo florecer de España” y su sueño seguirá vivo, soñándose con el nuestro. Machado nos alienta a una fe civil, republicana, que recoge la mejor tradición del pueblo, del que tanto habría de revelarnos luego a través de su Juan de Mairena. Nosotros querríamos también homenajear, de la mejor manera, al tiempo constitucional que fue. 

En este año, cuando las barracas de los partidos se han puesto a funcionar para las inminentes elecciones, no vendría mal, creo, recobrar la ilusión, la fe en valores humanos y democráticos que representó el Maestro, don Francisco. La Institución Libre de Enseñanza fue un proyecto de educación acorde a un país moderno, que se respeta a sí mismo. Hay mucha faena por hacer en este país. Muchísima labor pendiente para asentar la igualdad en un Estado moderno; aquí venimos de un antiguo régimen donde los privilegios eran muy diversos: apenas hemos entrado en la Modernidad. En el ámbito concreto de la Educación es donde mayores son los disparates. Una titulación, incluso, en los niveles de ESO, se decide por los ítems que cada centro sigue, cuando el título se supone igual en todo el territorio español y por extensión, europeo. La autonomía de las Universidades y, por deriva hermenéutica, de cada colegio no se entiende en el recto sentido económico (aquí es imposible, al no haber patronazgo privado como en Estados Unidos), sino en la mala dispersión deconstructiva. El reino de los privilegios hace súbditos no seres autónomos. Cada quien ha de amañárselas para buscarse un privilegio, un enchufe, un poco de favor a cambio de entregar su parcela de poder “autónomo”. La divisa absolutista está bien cebada en todas las capas e instituciones: Sácale partido a tu pequeña independencia, vendiéndola cara. Pero, para cambiar este estado de cosas, primero hay que realizar una auténtica educación pública. En otros Estados, quizá lo publico pueda ser un complemento a lo privado; aquí, aún no, porque todavía estamos en la Edad Media europea. No hemos asimilado un modelo de Estado, en España, basado en la igualdad ante la Ley y tampoco disponemos de una cultura política y ciudadana arraigadas en la igualdad y al día en la educación en altos valores comunes de humanidad y solidaridad. Ese propósito debería ser el pan que habrían de prometer todos los partidos; ¡eso sí que está a su alcance, si no lo estuvieran las promesas de trabajo y felicidad económica! Nos haría de cemento nacional, recargaría las pilas y desharía el entuerto (a la larga, porque el daño ha sido muy prolongado) de un Estado de gelatina en el que cada quien se agarra desde su territorio a la teta y reivindica, incluso, toda la teta para sí. Ese absurdo de que un Estado es una agregación de puntos, de territorios, ha llevado a la sensación de que no hay Ley. La descentralización cultural y administrativa, que favorecía la Constitución del 78, fue mal interpretada y generó un falso modelo de Estado donde los territorios supuestamente son soberanos o pueden decidir serlo. Hay que trabajar para asentar en la mente la idea -quizá abstracta pero muy concreta en realidad- de la igualdad de todos ante la Ley: lo propio de un Estado y una nación moderna, que sabe incluso vertebrarse administrativa y culturalmente en ámbitos, pero que protege y educa en esa igualdad que hace a un Estado moderno fuerte. No podrán darse diferencias disparatadas en sueldos y prebendas, a favor de los más poderosos; habría que olvidarse también de “gestionar” para sacar provecho propio de la ecuanimidad de la Ley. Empieza pidiendo que la Ley te trate igual; no con más derecho que el de al lado, por ser distinto, más válido o minusválido. No puede ser que en España haya más excepciones, más aparcamientos para minusválidos y “autonomías” que españoles hay. Las excepciones y los aparcamientos reservados están bien solo a las puertas de un hospital, o sea, cuando de verdad alguien lo necesite, desde la igualdad.

Fulgencio Martínez
Profesor de Filosofía y escritor

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