lunes, 6 de octubre de 2014

LA SOCIEDAD DE LA INCOMUNICACIÓN. DIARIO POLÍTICO Y LITERARIO DE FM t3/3

LA SOCIEDAD DE LA INCOMUNICACIÓN
Publicado en el diario digital El Pajarito.es
http://elpajarito.es/opinion/368-agora/9561-el-tendedero.html
Miguel Hernández termina las famosas Nanas de la cebolla así: “No te derrumbes, /no sepas lo que pasa,/ ni lo que ocurre”. Vivir es posible, y hasta fácil, con los ojos cerrados. Una película española actual promociona ese lema de sabiduría de vida. Los místicos, como Juan de la Cruz, recomiendan cerrar los ojos de vez en cuando, para acostumbrarse a tomar la oscuridad como guía. Pero un poeta social como Blas de Otero se preocupa por vivir, incluso morir, con los ojos abiertos. (“ ¿Dónde está Blas de Otero? Muerto.. Con los ojos abiertos.”).

 Uno, que ya no es niño ni un joven yeyé peinado a lo Beatles, ni menos un místico, sino un ciudadano del tercer milenio, un nacional de un Estado llamado España, abierto a la circunstancia en que vive; uno piensa que no le queda más remedio que abrir bien los ojos. Estar informado, bien informado (nunca es posible del todo). Vale. Pero ¿qué demonio le manda a uno, además de estar informado, opinar, escribir, tuitear, rachear las redes sociales? Eso, la más de las veces, es mear para arriba. Perdonen el vocablo. Confieso que uno mismo no está libre, sino al contrario, de esa tentación opinadora. El hombre es un homo loquens, un animal parlante, y habría que decir: tertuliano. Las redes sociales, tipo Feisbur (lo escribo en murciano) sustituyen a las antiguas tertulias de amiguetes o afines en el café. Son el mentidero público. Se han convertido en un tendedero donde se cuelgan los monólogos más dispares, en un simulacro de comunicación que se parece mucho a esos momentos de feliz tertulia en el bar o a través de la ventana del patio vecinal donde se tiende la ropa. Es triste, quizá, que reemplacen a esos típicos lugares y situaciones de comunicación directa, más humana. Suele ocurrir que ya vamos teniendo pocos afines o contrarios con los que tertuliar, debatir, no solo en el grupo de personas más cercanas -familia, trabajo, amigos-; también en la ciudad se apagaron los fuegos de la tertulia tranquila o encendida con pasión dialéctica. Para eso se inventaron las redes sociales, para los solitarios sociales: para ti.

 En ellas, uno se informa de lo que pasa en el mundo, de lo que interesa y de lo que opina su círculo y, aún más, uno puede dar y cae en la tentación de dar gratis su parecer. Venga hacer su artículo cada día a los amigos, venga tertuliar como si en verdad estuviera con gente leal, educada como él, aunque opinen (y necesariamente ha de ser así para que haya tertulia) distinto. Pero ocurre que la mayoría de la gente que se asoma a ese tendedero de la red social tiene ideas preconcebidas de las cosas, arremete con simples etiquetas, con argumentario preñado de vaciedad ideológica o detritus de consignas, y encasilla a aquel que piensa lo que dice y dice lo que piensa. El diálogo, de suyo, es imposible; solo, como hemos ya insinuado, se dan monólogos paralelos. Hace poco expresé una opinión yo en una red, sobre el tema de Cataluña (aunque más bien trataba el tema de España en su conjunto), y enseguida alguien se apresuró a descalificarme y a otorgarme el carnet de UPyD. Parece que hay un herbario, donde cada opinión tiene adjudicada una ficha botánica previa. Me entraron ganas de contestar que yo nunca pertenecería a un partido, porque soy un entero, como decía Unamuno, ni siquiera perteneceré nunca a Podemos. Aunque modesto, me considero por formación un pensador libertario, o al menos siempre defenderé mi libertad de crítica por encima de todo. Si, además, intento, no sin orgullo de la vocación, ser escritor, lo tengo doblemente difícil, al menos más que otro homo loquens y ciudadano, porque, como dijo la filósofa María Zambrano, los escritores son los que tienen la necesidad y la posibilidad de decir algo verdadero e inesperado.



 FULGENCIO MARTÍNEZ Profesor de Filosofía y escritor

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