viernes, 14 de marzo de 2014

El ultraísmo visto desde hoy. Artículo literario de Fulgencio Martínez



                                Rafael Cansinos-Assens (Sevilla, 1883- Madrid, 1964)




                   EL ULTRAÍSMO VISTO DESDE HOY


                                                                              Por Fulgencio Martínez



El ultraísmo fue uno de los movimientos de vanguardia que se dieron en España en la primera y segunda décadas del siglo XX. El vanguardismo español lo impulsó desde Madrid Ramón Gómez de la Serna en la primera década de dicha centuria; a su estela surgió el ultraísmo de la mano de Rafael Cansinos-Assens con “Ultra”.

Hay que contextualizar el ultraísmo en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, como un movimiento fundamentalmente en el campo de la poesía, que beberá de las aportaciones de las vanguardias artísticas europeas surgidas con anterioridad:  sobre todo, del futurismo y del cubismo o simultaneísmo, e, incluso,  del dadaísmo, por lo que respecta al espíritu de juego que congenia con el espíritu ultraísta.

El crítico literario y poeta Guillermo de Torre se unió a Rafael Cansinos-Assens para lanzar, en 1918, el “Manifiesto Ultra”. El citado crítico publicó Hélices, un libro de poemas en donde puso en práctica los principios del ultraísmo. Desde entonces se convertirá Guillermo de Torre en su principal abanderado y defensor teórico.

Aunque Rafael Cansinos-Assens, su primer mentor, seguiría escribiendo una obra literaria interesante, la principal aportación de Cansinos-Assens fue una novela (El movimiento V.P.), escrita en 1921, donde da cuenta de la formación y descomposición del movimiento ultraísta.


Los poetas más destacados del ultraísmo fueron Guillermo de Torre, Gerardo Diego,  Juan Larrea y Jorge Luis Borges (a principios de los años 20), nómina en la que se puede encuadrar también al poeta Pedro Salinas de sus primeros libros.

Además del aire de ruptura antimodernista y de libertad creadora que tuvo desde su origen, el ultraísmo aportó nuevas técnicas a la poesía española. Un nuevo tratamiento de la metáfora y de la imagen, y un concepto pictórico y simultaneísta del poema, unido todo ello a un espíritu creador “joven”, jovial, lúdico, de espaldas a lo trascendente en el arte. Aparte de libros como el citado Hélices, de Guillermo de Torre, o Imagen, de Gerardo Diego, la valoración del ultraísmo ha de hacerse por la aportación de sus técnicas y poética a aquellos poetas que practicarían otros rumbos vanguardistas, como el creacionismo, en Larrea o Diego, o que las utilizaron para forjar un sistema poético personal, como el caso de Salinas y de otros poetas del 27.

Por ejemplo, Gerardo Diego se encaminó desde el ultraísmo al creacionismo de Vicente Huidobro, en la década de los 20, con una obra como Manual de espumas, donde asume el valor poético de la imagen ilógica, la ausencia de una sintaxis lógica en el poema, acorde con las propuestas ultraístas. Algo del ultraísmo se encuentra también en otros poetas de la Generación del 27: es el caso de Rafael Alberti, que en los años 20 escribe poemas de espíritu lúdico –el humor es otra gran aportación del ultraísmo, así como lo deportivo.


Pero donde más logrado se encuentra el espíritu ultraísta es en los textos del primer Pedro Salinas: poemas como “Underwood Gils”, donde se asocian las teclas de una máquina de escribir a unas muchachas con alma de vals:


Quietas, dormidas están,
las treinta, redondas, blancas.
Entre todas
sostienen el mundo.
Míralas, aquí en su sueño,
como nubes,
redondas, blancas, y dentro
destinos de trueno y rayo,
destinos de lluvia lenta,
de nieve, de viento, signos.
Despiértalas,
con contactos saltarines
de dedos rápidos, leves,
como a músicas antiguas.
Ellas suenan otra música:
fantasías de metal
valses duros, al dictado.
Que se alcen desde siglos
todas iguales, distintas
como las olas del mar
y una gran alma secreta.
Que se crean que es la carta,
la fórmula, como siempre.
Tú alócate
bien los dedos, y las
raptas y las lanzas,
a las treinta, eternas ninfas
contra el gran mundo vacío,
blanco a blanco.
Por fin a la hazaña pura,
sin palabras, sin sentido,
ese, zeda, jota, i...





Las revistas literarias como “Cervantes”, o “Ultra” fueron medios de expresión del ultraísmo. Muy leídas por la juventud de entonces, contribuyeron a que el ultraísmo cambiara el espíritu de la poesía española en la década de los años 20. De modo que no puede juzgarse al ultraísmo únicamente como un movimiento pionero en el vanguardismo literario español, sino que se ha de considerar su propuesta poética con la perspectiva de la influencia posterior.

De forma perspicaz - solo si se tiene en cuenta al público al que se dirige su obra, un público culto, más amplio que el de las minorías poéticas-, José Ortega y Gasset, en La deshumanización del arte, de 1926, hizo el diagnóstico del arte “joven”. Tomó Ortega y Gasset  al ultraísmo como ejemplo y norma de las nueva fisonomía del arte. Se tomó en serio, pues, a la altura de 1926, a un movimiento, el ultraísmo, sobre el cual ya su primer creador, Rafael Cansinos-Assens había ironizado, y al que había liquidado en su relato memorialístico El movimiento V.P.(1), de 1921. Pero acierta Ortega en señalar una dinámica que el ultraísmo había abierto, y que se prolonga más allá de sus propios iniciadores. El ultraísmo, fenecido, había calado en el espíritu de la época, los años 20.

Ese arte joven, dice Ortega, había traído un nuevo tiempo de la poesía tras el fin de las grandes ideas estéticas liquidadas con la Gran Guerra europea. Lo joven está de moda. Ya en la misma década de los 20, surgiría la “joven literatura” de la Generación del 27 (el suplemento literario murciano “Verso y prosa” del diario La Verdad, impulsado por Juan Guerrero y donde publicarían Jorge Guillén y sus amigos poetas, se autoproclamará Boletín de la joven literatura).

La Generación del 27 asumirá en parte lo que el ultraísmo supuso de atrevimiento y libertad de la imagen y la metáfora, el sentido del arte como valor autónomo, exento de lo ideológico y lo confesional o testimonial, y el valor de lo lúdico, de lo nuevo y, en algunos poetas como Alberti o Salinas, incluso la presencia de lo “futurista”, la emoción de los nombres de las nuevas realidades del progreso mecánico del siglo XX, el amor por los inventos modernos aureolados de cierto romanticismo irónico y juguetón, cauce de un sentimiento vital a veces tan poderoso poéticamente, o más incluso, que el tema del sentimiento romántico ya estereotipado en la poesía anterior. Es la vida el nuevo sentimiento que corre bajo los poemas del primer Alberti o del primer Salinas de un libro tan extraordinario como Seguro azar.

EL ULTRAÍSMO HOY DÍA 

Hoy día se reconoce más el valor que tuvo la poética ultraísta. Se valora su aportación a los grandes poetas y libros citados. Es justo, también, destacar su falta de compromiso con la realidad histórica y con el ser humano, concernido el ultraísmo a un juego con las imágenes incapaz de crear un mundo poético autorreferente, como sí hizo Góngora en sus “Soledades” (de ahí que los grandes poetas del 27 tomaran como modelo al poeta barroco).

En cuanto a su valor puramente histórico, el ultraísmo tuvo el mérito de asimilar lo más destacado de los primeros movimientos vanguardistas. Del cubismo de Apollinaire extrajo el valor poético de la yuxtaposición de imágenes sin nexo lógico, abriendo campo a la creación  de significado poético por medio del encuentro, al azar, de imágenes en el poema . “Sucesión de imágenes elocuentes”, en vez de "sucesión de sonidos elocuentes", podía haber dicho también Larrea nombrando al poema mismo. Igual que Apollinaire sugirió el término “surrealisme”, bastará con que se gire un poco la percepción y que se teorice sobre ese “encuentro” como producto de una creatividad subconsciente y no perseguida por el poeta, para que nos hallemos en el umbral del “surrealismo”. Pero ese surrealismo vendrá a España en la década de los treinta, cargado ya de otras inquietudes “impuras”, debeladoras del embeleso de la imagen y con un sentido más serio del arte que el que tuvo el parque temático ultraísta.


El ultraísmo de los primeros años de la primera posguerra europea se había inspirado en el dadaísmo para valorar lo lúdico e intrascendente –frente al arte demasiado serio y metafísico del simbolismo en su fase final.  Había recogido, también, del futurismo de Marinetti, el amor por el léxico de los inventos y realidades modernas. Esa modernidad del léxico –que denota un afán de incorporar nueva realidad a la poesía y al lenguaje poético, renovando de ese modo su arco expresivo y su bagaje ontológico, es, sin duda,  lo más valioso del ultraísmo. Cuando los neotérminos poéticos no son fruto de un pasatiempo snob o mera verbosidad sino que logran metabolizarse en la cosmovisión poética de un libro y dar vida nueva a las palabras a las que acompañan, entonces nos hallamos ante un gran logro. Como ocurre en los primeros libros de Pedro Salinas, hoy en día cada vez más valorados.


NOTAS

(1) El movimiento V.P.  Novela de Rafael Cansinos-Assens. Prólogo de Juan Manuel Bonet. Ed. Viamonte, Madrid, 1998.


REVISTA ÁGORA DIGITAL MARZO 2014/ ARTÍCULOS

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