lunes, 15 de julio de 2013

¡Tabaco! Un relato inédito de Fulgencio Martínez. Textos de mano. Ágora digital



                                                                 ¡Tabaco!


                                                                   Por Fulgencio Martínez



Desde mis diecisiete años mis días de fumador sólo han tenido sucesivas anexiones. Noches en vela de estudiante y noches del joven aprendiz de palabras de poeta; en esas noches el cigarro, siempre cercano, era una brasa encendida a los manes, una linterna para la memoria o la inspiración de unos ojos oscuros.

La primera novela que, a mis diecisiete años, pensé redactar, la había escrito ya Jean Paul Sartre y se llamaba La náusea. En la portada de ese libro, en edición argentina de Losada, había, también, un cigarro. 

El episodio más inocente de mi emancipación de la familia sucedió la noche en que invité a Lola y al argentino Patricio a casa. Nos metimos rápidamente en mi cuarto de estudio, y entre disco y disco y lectura de poemas consumimos nuestros cigarrillos. Así que esperé a que el resto de la casa estuviera en silencio, y mis padres acostados, para rebuscar en una leja del comedor algún puro de los que mi padre se guardaba en las bodas, y que raramente encendían. Traje varios de aquellos farias secos y los fumamos. A las siete, cuando mi padre marchaba al trabajo, me despertó preguntándome qué habíamos fumado. Le dije qué, que nada. Mi padre, con humor que no terminaré de agradecer, me pidió que me levantara y mi hizo seguirle hacia aquella habitación del delito. Olía a tabacazo de puro desde todos los puntos de la casa hasta el epicentro situado en el cuarto donde se arremolinaba una densa fumata negra.


­-­ Sin papeletas; te has ido tranquilamente a dormir.


La práctica de abrir las ventanas no se nos había grabado a ninguno de los tres, que, además del humo, habíamos compartido algunos vasos de coñac hasta rendirnos.

Y luego, las noches de insomnio, de desasosiego, de perfidias cometidas por uno contra sí mismo, de resacas, abatimientos y destrozos personales y conyugales. El cigarro era último asidero.



En el bucle de los días llegaron después, últimamente, los días reflexivos, dubi, dubitantes. El comienzo de la desexcitación, los copos de nieve hechos ahora barro: el análisis de la belleza, tiempo de la autoconservación, en que nos recomendamos cuidados.

Un ligero declive del pulso es una depresión siguiente, honda caída a las llagas, cuando hemos cumplido ya los treinta y ocho.

El pito de algunas de esas alarmas, en medio de la movilización total contra los fumadores, vuelve a uno susceptible y atento al rumor. Oí contar a alguien que la Organización Mundial de la Salud ha propuesto que el tabaco se suministre con receta médica. En el peor de los casos, mientras la epidemia del tabaquismo no se erradique del todo, así se autoaislarán más los virus y los afectados, así se mueran.

Otra mañana, en el tiempo del café, en una esquina de un bar próximo al trabajo, adonde aún nos permiten fumar a los empleados, un compañero comentó sobre la guerra de Yugoslavia. La extensión posible del conflicto a escala mundial… Se irritaba contra todo… pero, sobre todo, contra la inoportunidad, para los fumadores, de que se acaben las reservas de tabaco.

Hoy es el día en que he visto, en la televisión, los efectos de los bombardeos sobre la ciudad de Belgrado. Una ciudad bombardeada desde hace casi dos meses; sin luz; atenazada por el caos de la circulación, al quedar apagados los semáforos; sin posibilidad de que algunos habitantes utilicen sus hornos eléctricos para cocinar los pocos alimentos que pueden aún encontrar en el mercado; hundida por el racionamiento de los productos más necesarios, como velas; y en medio de todo, un pobre hombre que esperaba ya cuatro días -según él mismo cuenta a la tele- en la cola del racionamiento, para conseguir tabaco.

¿Qué mal habrá hecho, ese pobre hombre? ¿Quién le devolverá los días en que no pudo fumar? ¿Quién resarcirá a víctimas así, de las que quizás no se halle el habeas corpus sino nada más que unos cuantos recortes de uñas, y una expresión de no entender nada?

Estas reflexiones, mi morbo del tabaco y tanta sensatez del mundo han estado a punto de crisparme los nervios. Añoro esos tiempos civilizados en que a los condenados a la horca o al garrote se les ponía en los labios el último cigarrillo. Dichosa edad y tiempos dichosos aquéllos, Sancho, que por comparación podríamos, hoy, llamar de oro.


6 de mayo de 1999

(Del libro inédito de relatos El taxidermista y otros relatos de 1999)



                       ÁGORA DIGITAL JULIO 2013

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