lunes, 17 de junio de 2013

El profesor Francisco Javier Díez de Revenga comenta El año de la lentitud. Artículo publicado en La Opinión





El año de la lentitud


Por FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA



Fulgencio Martínez (Murcia, 1960) acaba de publicar en Huerga y Fierro, en Madrid, su décimo libro de poesía titulado El año de la lentitud. Se trata desde luego de un nuevo encuentro con el poeta ingenioso y fértil pensador capaz de conjuntar los más enraizados sentimientos éticos y sociales con la reflexión de la mejor literatura que ha legado la historia y cuyas palabras asume como pilares de su pensamiento poético y estético: desde Fernando Pessoa a César Vallejo, desde Antonio Machado a Jules Laforgue, André Gide o al mismísimo Arthur Schopenhauer.
En la línea de su poesía anterior, con la que este libro está íntimamente cohesionado, Fulgencio reflexiona sobre el mundo y sobre la vida desde la atalaya de una madurez comprometida con los demás y consigo mismo: “La vida es una continua prueba de sabor. Tal vez llegues, un día, a saber a ti mismo”, se dice en un prefacio que ilumina el libro y lo sitúa en ese espacio del pensamiento que caracteriza la literatura de Fulgencio Martínez, entre la rebeldía y la sátira, entre la ironía y la compasión, hasta llegar a darse con su poemas contra la realidad, porque su palabra poética nunca despega de la realidad que la justifica y la confirma como una palabra destinada a descubrir un mundo ajeno y propio.

Poseen estos poemas de Fulgencio Martínez la tensión del tiempo, distendida a lo largo de ese año de la lentitud, con su invierno, con su otoño y con su verano, entre fiestas de pueblo y ritmos de lírica de tipo tradicional, desde esa primavera de muerte hasta la reflexión sobre la propia palabra, sobre la poesía como oficio peligroso, pero oficio en fin para hacer amigos. Son numerosos los poemas de este libro que manifiestan sin recato esa pasión del tiempo, que bien está expresada en la memoria de otros días y otros espacios (la obertura lisboeta del libro es espacio de recreo emotivo y entrañable) bien en el refugio constante en la lectura de los imborrables, de los de siempre: el buen Miguel de Cervantes enfrentado al poder económico, el inolvidable Francisco de Aldana (“aquel vivo morir tan claro y cierto”) y las presentes sucesiones de difunto del maestro Quevedo, que encabezan la reflexión más honda de todo el libro, porque es la reflexión del tiempo y de la muerte.

Y así, junto a la meditación del padre invierno compartirán palabra poética en este libro la misteriosa magia de una noche de San Juan con la larga sombra de un miércoles de ceniza, en la que por primera vez el poeta se siente vivo. Una frase de André Gide, recogida por el poeta al frente de una de las composiciones del libro, definirá bien al autor de El año de la lentitud y acaso revelará también el sentido de este libro: “quien se siente observado, se observa”.
Y es muy cierto que, en consonancia con otras entregas poéticas de Fulgencio Martínez, nuestro autor observa el mundo y se observa a sí mismo, porque sigue en él vigente el principio del filósofo clásico, “nosce te ipsum”, conócete a ti mismo para conocer a los demás. Porque esta poesía es, además de ironía y sátira, indagación del mundo y plasmación de su múltiple y poliédrica realidad en una palabra poética que quiere ser testimonio de un tiempo y de una verdad. Por eso no es extraño que el libro contenga un dilatado espacio metapoético, en el que el autor investiga nada menos que para qué se escribe, o, dicho de otro modo, para qué sirve la poesía o qué es la poesía. Pero no es cuestión simplemente de teorizar por el gusto de establecer una definición: es la necesidad de otorgar a la palabra poética la categoría de llegar a ser testigo de esa verdad a que antes nos referíamos. Un poema, en el que el recuerdo de Miguel Hernández, y las menciones realistas de su Viento del pueblo nos devuelven a un tiempo determinado de España, podría ser ejemplo de este nuevo sentido de la poesía que Fulgencio desarrolla entre la sátira y la ironía, como señalábamos al principio.

No hay duda de que la poesía de Fulgencio, en cada nueva entrega, aguarda sorpresas y procesos de innovación, que, sin embargo, están confirmando la fortaleza de un mundo poético firme y cohesionado en una dilatada trayectoria de poeta militante, de obrero de la palabra, que lucha porque la suya, su palabra poética, sea cada día tan innovadora como comprometida con su análisis singular del mundo y de la vida.


Artículo cedido por F. J. Díez de Revenga, publicado en el diario
La Opinión de Murcia, suplemento SINFÍN, el viernes 14 de junio
de 2013.

                              ÁGORA DIGITAL JUNIO 2013

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