miércoles, 5 de junio de 2013

"El año de la lentitud". Tratado de educación laica. Por J. L. Martínez Valero. Textos de mano.


Presentamos el texto escrito por el profesor y poeta José Luis Martínez Valero en la presentación del libro de Fulgencio Martínez, junto al comentario de un poema, "Mantra de escribir".


     EL AÑO DE LA LENTITUD

     Tratado de educación laica



                                              por José Luis Martínez Valero
                                    


Situémonos en 1598, muerte de Felipe II, nuestro primer 98, cuando comienza la decadencia, los españoles somos amnésicos, pero amantes de las fechas. Poco antes, 1584, en Algezares (Murcia) había nacido Diego Saavedra Fajardo, estudiante de leyes en Salamanca, curtido para la diplomacia por la política romana, finalmente ministro plenipotenciario de España para la Paz de Westfalia. Autor del libro Empresas Políticas, Idea de un príncipe político-cristiano, donde reflexiona sobre el poder, y lo hace en cien empresas, que comprenden desde la cuna a la sepultura. ¿Qué es una empresa?

Mario Praz en su libro Imágenes del Barroco dice: La empresa no es más que una representación simbólica…por medio de un lema y una imagen que se interpretan recíprocamente uno a otra. Dicho de otro modo: imagen con palabra, propuesta al lector con intención educativa. La imagen no es suficiente, necesita la letra y, ambas, precisan el comentario. Muchas de las fachadas de las iglesias de esa época son empresas. 

Si me preguntasen, ¿quién es Fulgencio Martínez? Diría que es hombre de empresa, de esas empresas destinadas a formar a una élite con actitud crítica, porque Fulgencio muestra toda la complejidad del mundo y lo hace con una determinada intención: sensibilizar, emocionar, informar, provocar, alertar, disuadir y divertir a los lectores. Hoy como ayer, el intelectual, advierte, no remedia.

Ayer, en el diario La opinión, publicó Fulgencio un artículo titulado: A un joven murciano en la emigración (umor sin hache para la exportación). Humor ha perdido la h, y su grafía equivale a una mueca desdentada. Esta facilidad para dar con la imagen que expresa simultáneamente emoción y concepto, tristeza y crisis, es sobre lo que quiero hablar.

Aproximémonos al libro, fijémonos en su portada, el plácido desnudo, sin cabeza, de Pepe Aledo, columpiándose sobre un mundo invertido donde aparece un mar tranquilo, cielo tormentoso, más un estrecho fragmento en rojo, y arriba como lema: El año de la lentitud. ¿Indica perplejidad? ¿Dialéctica de los espacios? La portada no podría ser mejor, resume el contenido. Por una parte esos peces que desde la noche oscura en la que viven se orientan hacia levante en busca de algo, aunque parece que se mueven en círculo. Luego están esas nubes que recuerdan los camarrupas del maestro Vicente Ros, aquel cartagenero esotérico en cuya escuela se formaron tanto pintores como ciudadanos. Esos giros elípticos que buscan un centro, han sugerido a muchos el símbolo de la eternidad. Entre ese cielo y ese mar se encuentra una estrecha banda roja, que pudiera ser la tierra, una tierra ardiente, sin hombres y sin bosques, como si quienes habitaron en ella, la hubiesen arrasado. Y sobre el cielo, sobre la tierra y el mar ese Adán desnudo sentado sobre un trono o columpio. Sin duda el hombre no es el rey de la creación, sino ese ser ajeno que se columpia sobre el abismo.

A veces los poemas de Fulgencio alcanzan esa cualidad de empresas que tanto gustaron en el XVII, por ejemplo, léanse lentamente los dos primeros versos del poema: "Invitación a la épica": 
 
           La luz rechaza ser nombrada sin energía.
          (El espíritu no se entrega en una caracola pálida)

Dibujad, aunque sea como niños, un sol antropomórfico, gran cabeza, cuya boca sostiene una caracola, de la que a modo de bocina salen unos rayos que parece se pierden sobre un mundo que apenas disipan las nubes.

Fulgencio gusta proponer enigmas, no para que sean resueltos, sino para penetrar la superficie de este estanque, y dejar al descubierto todas las perturbaciones subyacentes.

Sigamos con el principio del poema siguiente: "¡Para qué escribo!":
 
          ¡Quién pide al sueño un reloj
         Sólo con horas que no duelan!

¿Escribe para aliviar el dolor del tiempo?, ¿quizá de la vida?

Pero observad que para resumir todo eso lo sitúa en este reloj, de nuevo la empresa. Recordad que fue aquel diplomático viajero, Diego Saavedra Fajardo, quien atravesó una Europa en crisis. Y, también que la crisis, es un laberinto, no un caos.

Veamos qué queda de la gloria, leamos los tres primeros versos del poema: "Destino de lo vivo":
 
      Los viejos pedestales
         esperan bajo el mar a las estatuas,
        pero a nosotros qué nos espera.

El mar, o el olvido, anulación de identidades, espacio en el que toda vanidad o estatua no tiene lugar. He aquí la paradoja, en el mar de la intrahistoria no existen ni estatuas ni pedestales, no obstante como nuestro conocimiento no alcanza el fondo, actuamos sobre la hipótesis de su existencia. De ahí la pregunta dirigida al yo de cada uno, qué nos espera. La respuesta es obvia. Leed todo el poema hasta los dos versos finales: nuestras interrogaciones nos siguen/ atando con viejas maromas.

Toda empresa exige atención, inteligencia, adiestra al lector, lo educa para que recele de la realidad. El mundo se ofrece como engaño de los ojos, "Tanka":
 
  La tentación
   en un jardín desnudo,
   una amapola.
   Un beso suyo
   y, después, ningún sueño.

Ya he dicho al principio, que Fulgencio es un hombre de empresa, de muchas empresas, y el corazón, sin duda, es una de ellas.

                   II

FULGENCIO EN UN POEMA
"MANTRA DE ESCRIBIR"


MANTRA DE ESCRIBIR


Un oficio que hace amigos,
como el miedo.

Un lento oficio con dura
marinería rebelde.

Sobre el almanaque del agua
se ruborizan las nubes.

Trae las piñas de los pinos,
y las picaduras del rencor.

Una cuidada excusa al aire.
Para no vivir ni echarlo de menos.

Trae el árbol de la brisa
cayendo frutos de alegría en la tierra.

Balbucea, de nuevo, pequeño niño.

Este poema, "Mantra de escribir", pertenece al libro, El año de la lentitud, obra de Fulgencio Martínez, editado por Huerga y Fierro, Madrid, 2013.

Un mantra es una oración, cuya eficacia se funda en reproducir los sonidos al modo original, para que alcancen su destinatario divino. Poseen efectos sanadores, serenan el ánimo y liberan de todo mal.

Comentaré estos mantras, sin que la lluvia, que ahora cae sobre la ciudad, se interponga, aunque debo decir que, el agua propicia la escritura, se trata de un curso que se hace discurso. El agua tras la ventana evoca para Machado la melancolía de los escolares. Para nosotros, aquí en este Sur, la lluvia, siempre ha sido una promesa, porque, de un modo o de otro, hemos sentido su poder benéfico.
 
Olvidémonos de esta circunstancia, pues todo mantra ha de liberarnos precisamente de la tiranía del aquí y ahora. Fulgencio formula así el primero:
 
   Un oficio que hace amigos,
    como el miedo.

El poeta considera que el hecho de escribir es un oficio, algo que se adquiere con la experiencia y el conocimiento, no es el pararrayos celeste, no es una excepción, ni aquel albatros. Indica que quizá podría haber sido otra cosa, pero, aunque el hubiese querido ser sólo lector, la vida lo ha convertido en escritor, trabajo que hace amigos, y quizá es verdad, he visto a muchos decir querido amigo, otros querido lector y amigo, casi todos siempre lejanos, al otro lado de la carta, o del prólogo, casi siempre de rostro borroso, no obstante, se los ha ganado, los ha hecho. Quizá han encontrado en él, su voz, y de esa identificación nace un tipo de unión al que llamamos amistad. 
 
Sin embargo, en el segundo verso, agrega: como el miedo. ¿Qué puede significar esta matización? Aquí vienen a mi memoria escenas de pánico, cuando por las bombas, terremotos, tormentas, naufragios, nos agrupamos. Pero, ahí no está la amistad, son momentos en los que se disputa un espacio que consideramos a salvo, y seríamos capaces de derribar al otro para conseguir una pequeña parte de ese lugar. Sin embargo, el miedo agrupa. El miedo altera el orden de nuestras preferencias, renunciamos a esos trazos egoístas, que a nada conducen y colocamos en primer lugar aquello que nos beneficia.
¿Hay ironía en esta imagen? Es posible, aunque sólo indica la condición del hombre, se refiere a su fragilidad, el miedo escénico, ha de recurrir a los otros, a los que llama amigos, una manera de conjurarlos a su favor, lo que se llamó captatio benevolentiae.

Pasemos al segundo:
    Un lento oficio con dura
    marinería rebelde.

Lento oficio. El año de la lentitud, llama Fulgencio al libro en el que se encuentra este poema. La lluvia cae lenta y produce serenidad, mientras un coche en la autopista no es lento. El conductor vive esa experiencia, quizá relajado, pero no sereno. Ese mismo conductor afirmará que se libera, aunque sabemos que no se refiere a esa liberación que alcanza el que pronuncia estos mantras.
 
Aparte de la lentitud que exige este minucioso proceso, también escribir está sometido a ciertas limitaciones. El texto sobre el papel, el texto bajo la mirada del lector, obligan a ir despacio, forman parte de ese ritmo, por eso este mantra ha de enunciarse con los ojos cerrados, la puerta cerrada, la voz casi muda. De ese modo la contemplación, la crítica, la autocrítica y sus correcciones, se ordenarán para obtener el resultado adecuado.
 
¿A qué marinería se refiere el autor? ¿Estaba en algún barco? Una obra literaria puede ser comparada con un navío que, tras ser construida en los astilleros, se echa a la mar. El escritor es responsable hasta que la editorial lo deposita sobre la mesa o la estantería de una librería. A partir de ese momento no sabe adónde le llevarán las ondas. ¿Serán los lectores esa marinería? Podría ser, no obstante creo que se refiere al mismo acto de escribir, y no a esa perspectiva sociológica que supone: edición, distribución, crítica y venta.
 
El escritor se convierte en capitán de barco, cuando ha decidido realizar un poema, un cuento, una novela,… Por esa razón ha de luchar con las palabras, esa marinería mostrenca, a la que ha de adaptar a su voz, la arboladura, el casco, el golpe de timón que le llevará a puerto. Y esas palabras a las que ha de amaestrar para que entren en lo que realmente pretende decir. Se sabe que acabarán haciéndolo, pero a regañadientes, porque no quieren perder ese significado difuso con el que descansan en los diccionarios.
 
En el tercer mantra dice:
 
Sobre el almanaque del agua
se ruborizan las nubes.

El agua está sometida a un ritmo estacional, aquí, en esta tierra seca, salpicada de pequeños oasis, casi nunca llueve. Por eso, Fulgencio, ha propuesto esta imagen que, como una acuarela, serena el juicio, reposa el escritor, por un momento se siente ajeno a su angustia, a la presión continua de la marinería rebelde que le acosa, al lector distraído que no lo entenderá, a la editorial donde no interesan sus obras, al ostracismo de la crítica. 
 
Las nubes que transportan el agua, se ruborizan, quizá porque no han perdido esa sensibilidad que decimos se posa en el rostro adolescente, quizá porque descubren que no llueve a gusto de todos, y sin quererlo han provocado situaciones más o menos difíciles.
 
Llegamos al cuarto mantra:
Trae las piñas de los pinos
y las picaduras del rencor.

¿Quién trae las piñas y las picaduras? Quizá la misma escritura, porque un escrito encierra otros, tal como la piña, piñones, fruto y semilla, al mismo tiempo. Quizá es el escritor, el que provoca esas picaduras del rencor, podríamos preguntarnos sobre la causa de esas picaduras, ¿por qué, el rencor? Será porque el escritor no ha alcanzado aquello que pretendía. Y al cabo de los días vuelve a su absoluta soledad, incrementada ahora por el fracaso, ese rencor consigo mismo que le atormenta.
Este es el quinto:
Una cuidada excusa al aire.
Para no vivir ni echarlo de menos. 
 
Os acordáis, amigos lectores: Los suspiros son aire y van al aire, seguro que sí. El aire, lugar de la voz, de esas sílabas que se han hecho palabras y dicen. ¿Qué? Excusas. Pudiera ser que el escritor sólo formulase cuidadas excusas. Indica con ello que es mejor dejar las cosas como están, que ellas mismas se expresan, y que no procede estorbar esa comunicación que surge entre el mundo y los que pasamos una temporada en él, por eso se excusa, porque no ha sabido callar, y agrega ruido al ruido.
 
El segundo verso es más arriesgado, críptico, parece un mensaje de botella, en principio podríamos interpretarlo como consecuencia del primero, sería algo así como su confirmación. Sin embargo, conserva su autonomía, como si obedeciese a una causa interna, causa que no se nombra. Aquello que no se nombra, puede ser un fantasma por no conjurarlo, o puede ser ese pasado siempre presente que reside tanto en las palabras como en nosotros mismos.
Estamos en el sexto:
Trae el árbol de la brisa
Cayendo frutos de alegría en la tierra.
Oíd, ahora, el sonido vibrante de la r, suena casi en cada una de las palabras, como un aire inquieto que agitase las ramas y hace que caigan al suelo los frutos. Pero quién trae esa brisa hecha árbol. Si hay voz, hay aire, brisa, y el poeta, recordad es la voz. La imagen, que propone Fulgencio, es hermosa, la voz es árbol, y deja caer frutos de alegría sobre la tierra. Como consecuencia es el poeta el que derrama esos encuentros festivos, sobre el mundo.
 
Por último, cierra con este:
Balbucea, de nuevo, pequeño niño.

Hasta que no seamos niños, no seremos poetas, no seremos merecedores de aquello que solicitamos. Sed como niños, volved al origen, a la primera experiencia, aunque parezca vuestra voz, vuestra palabra, un simple balbuceo. Empezad por ahí, recuperemos nuestro primer contacto. Seamos torpes como niños. El poeta reconoce que sigue caminos equivocados y, por tanto, ha de volver a empezar, de ahí que necesite restaurar su voz de niño. No se refiere al balbuceo del Dadá, ese encuentro con el azar, la casualidad, como manera de exponer. No, es otra cosa, es recorrer de nuevo el paraíso, alegre o triste, de la infancia, recobrar aquella lluvia que oíamos repiquetear sobre el cristal de la ventana. 

                                       José Luis Martínez Valero 

               ÁGORA DIGITAL JUNIO 2013 

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