lunes, 13 de mayo de 2013

"Señales", de Dionisia García, comentado por José María Piñeiro. Ágora/Dossier Dionisia García/Bibliotheca Grammatica


Ágora-Papeles de Arte Gramatico/ Bibliotheca Grammatica/ Comentario de José María Piñeiro al libro Señales, de Dionisia García



SEÑALES, de Dionisia García
(Editorial Renacimiento)

Cada libro de poemas es un territorio de signos, una extensión precisa de emociones y revelaciones, la ocasión de percibir un mundo nuevo. Tal ocasión se ha materializado para mí con la lectura del último poemario publicado de Dionisia García, autora a la que leo por primera vez. Por ello dicha ocasión es doble: la oportunidad que el libro me ofrece tanto de disfrutar de una lectura como de descubrir a quien lo ha escrito. 
 
Se dice que la opción óptima para encarar cualquier obra artística es saber “contemporizar” el mensaje de la misma, es decir,- y ampliando pertinentes sinonimias -, contextualizar. Me ha ocurrido que, sea porque los temas a los que Dionisia alude en sus poemas son también materia de desasosiego personal, sea porque los últimos libros de poesía que he leído colindan con el tono de la poeta murciana, su libro me ha resultado curiosamente familiar, es decir, creo haber comprendido desde dónde escribe y emergen sus poemas y qué reposada, sabia disposición anímica los ha producido.

Todo poema supone un sofisticado artificio. La lógica de la sintaxis poética expone soberanamente su paradoja: la expresión de lo pasional a través de un orden. Tal orden, en el libro de Dionisia, se explica por esa transparente convergencia entre utillaje verbal y experiencia, entre madurez y emergencia natural de la palabra. No podría ser de otro modo ya que el humanismo de la autora no se detiene en otras disquisiciones que no sean dirimir el efecto del tiempo en el hombre y las cosas, reconociendo tanto la fatalidad de lo que se produjo y no se repetirá como el continuo fluir del tiempo cuyo brote renovado puede impactarnos con la emisión de mensajes originarios.

Señales consta de dos partes, Sinfonías Quebradas y Archivo inédito. Un poema precede a la primera parte, inaugurando el libro, y un epílogo lo cierra. 
 
La segunda parte, Archivo inédito viene a ser un anecdotario personal, y está surcado de recuerdos, dedicatorias, evocaciones y homenajes : García Lorca, Silvia Plath, Walter Benjamin, Dostoyevsky, Serguei Esenin, etc.

La primera parte, Sinfonías Quebradas, es la más densa y la más significativa, la que le presta y revela identidad al poemario, aunque la voz de la poeta sea siempre reconocible y atraviese ambas partes.
 
Con el tiempo uno acaba aceptando, que no comprendiendo, las paradojas que parecen tejer los eslabones de la vida. Dionisia escribe al cabo final de tales eslabones, aceptando con lucidez lo que ha finiquitado, lo que en el tiempo ha naufragado o ha sido cumplimentado, pero rechazando cualquier desencanto, pues es, precisamente, en el tiempo, en su continuo fluir, donde reside la semilla renovada de la esperanza, la posibilidad de contemplar de nuevo el mundo y las cosas. 
 
Dionisia escribe, pues, desde la madurez vital y existencial que sabe integrar en su visión poética esa naturaleza contradictoria del tiempo, trascendiéndolo, en cierta manera, ya que compensa la ineludibilidad de lo ocurrido con la generación vital que supone cada instante.

Y quizá sólo sea desde ese punto, desde esa atalaya soberana, desde donde pueda divisarse con calma la obra y el paso del tiempo, la inevitabilidad de sus efectos en el alma pero también la sorpresiva conmutación de sus términos en devenires y realidades inéditas. 
 
Dionisia radica la plenitud de la vivencia en la extensión vibratoria y puntual del presente, reivindica el ahora, el poder renovador, la posibilidad de renacer en ese manar sin límites que es el ahora, desechando embargar el alma en mitologías que sacrifiquen tal invitación continua de oportunidades: una dicha posible,/ que es hoy y no mañana.

El poemario muestra una visión sintética pero irreductible del mundo, el tiempo y los hombres, en tanto que la suprema tarea intelectual y vital es saber aceptar la naturaleza paradójica de las cosas, la intermitencia compensatoria – muerte y vida, vida y muerte – del existir (Voces posibles).

La poeta aconseja gozar del mundo antes que acotarlo intelectualmente (Lejanías) y critica las barrocas servidumbres que nos autoimponemos en nuestro trato con los demás y el mundo, aunque tales limitaciones sean innatas de la sociedad a la que pertenecemos (Cercos). Ante la brevedad de la existencia, advierte con gracia: ya sabemos la historia necesaria,/seamos poco a poco incompetentes. Es decir, desprendámonos del exceso de información, de mitologías y batallas, porque lo prioritario es disfrutar de la vida, no confinarla en esos compartimentos estancos del conocimiento que pretenden revelárnosla. 
 
Lejos del ronroneo del consejo, lo que se filtra en estos poemas es la advertencia honda de lo que ocurre, y por lo tanto el deseo de comunicar lo esencial al ocasional caminante de su lectura: lo vivido tiene que implicar positivamente la ilustración de alguna de las parcelas de la vida y por ello, ser y adquirir un valor (Edad tardía); lo único que puede sentenciarnos al olvido y a la soledad es no haber renacido a través del amor; la ubicación de la vivencia, de su significación y de la esperanza en el presente inmediato revela la naturaleza permeable, misteriosa y generatriz de la realidad (De la brevedad).
 
La cita con la que Dionisia García abre su libro - las famosas palabras de Heráclito sobre el oráculo de Delfos - no es una nota gratuita. Ilustra la razón profunda, el rumbo de su poemario, a la vez que indica la estrategia a seguir para enfrentarse a la naturaleza misteriosa del mundo, sus desolaciones y resurrecciones. Nada se dice explícitamente ni se oculta definitivamente, advierte con refinado hermetismo el oráculo. Lo que percibimos aisladamente, lo que se dispersa por el amplio espacio del universo y el mundo humano son signos y señales. Del mundo y del hombre nada sabemos, excepto los signos que se nos muestran, es decir, lo que el pensamiento puede establecer como tales para ir tejiendo-destejiendo la misteriosa urdimbre del vivir.

Tales señales son las que el poeta se encarga de rastrear, las que se encarnan a través de esos otros claros misterios que son los poemas. Asumir la dinámica de los contrarios como la naturaleza de la realidad, la coexistencia de las tinieblas y de la luz, y circunscribir el trabajo del pensamiento y la sensibilidad a la dilucidación de esos signos que a través de los más diversos motivos, nos llegan, es la misión máxima en que debe materializarse nuestra empresa vital. El aspecto paradójico del mundo, la necesidad de saber encarar ese doble sentido del universo está admirablemente expresado en los versos finales de Desasosiegos: La vida es una dádiva y un sueño/entre otros menesteres de oros y cenizas.

                                                                                                                                                                 José María Piñeiro 

                          ÁGORA DIGITAL MAYO 2013 

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