martes, 19 de febrero de 2013

Oído y leído con atención. Diario político y literario/37

 El nuevo papa ¿Ha de parecerse a Mourinho o a Cristiano?  Voto porque se parezca a Cristiano.

 

OÍDO Y LEÍDO CON ATENCIÓN

 

http://i2.esmas.com/2013/02/12/479944/benedicto-y-las-redes-sociales-619x348.jpg
Fuente: Televisa

 

Entre lo oído o leído, últimamente, hemos recogido dos lugares para comentar. El primero se refiere a la renuncia del todavía Papa Benedicto XVI. Sorprendente noticia, sin duda; que ha dejado un reguero de declaraciones y artículos de dudosa clasificación dentro de un determinado género oratorio o literario. Unos, a medio camino entre el panegírico, el ditirambo y la oda heroica (según el tono en que se da incienso al vivo); y otros, bordeando la oración fúnebre laudatoria (aunque, en este caso, no se dan las condiciones del tránsito o "exit" del sujeto del discurso). Alguno de esos artículos, de tono ditirámbico apenas contenido, glosa la noticia de la renuncia de Joseph Ratzinger con una ampliación del tema, y pone el foco de atención en el futuro período vaticano de "sede vacante". El articulista se plantea y resuelve él solo cuál debería ser el perfil del nuevo Papa de la Iglesia católica, o sea, universal. "Necesitamos un Papa que se parezca a Mourinho", concluye dicho articulista, un brillante escritor de este periódico ("La Opinión").
Le comentaba yo esta perla a un amigo mío, católico de base, y me respondía él, sin conseguir dominar su gesto de indignación: "Lo que necesitamos es un Papa que se parezca a Cristiano".

El otro lugar que he recogido es, en cambio, una cita oída: "No he cumplido mis promesas electorales, pero, al menos, tengo la sensación de que he cumplido mi deber". De antología, si reparamos en todo lo que manifiesta; en las palabras dichas, y también en el subtexto: lo supuesto y no expresado. Ya sabrán que me refiero a unas manifestaciones del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, habitual en estos comentarios míos como "el Imperio austrohúngaro" en la filmografía de Berlanga (el genial director de cine confesaba que no podía remediar meter esa mención al Imperio austrohúngaro en cualquiera de sus películas, viniera o no al cuento del guion).
Analizándolas, uno no puede sino admirarse de la candidez de conciencia tan laxa, que diría un moralista. Ahora, resulta que no es un deber cumplir una promesa. Consolarse de no haber cumplido una promesa por haber cumplido el deber, supone que la primera no obliga y el segundo, sí. Para cualquier persona normal, en cambio, las promesas que hace le obligan también, son asimismo deberes contraídos -por lo general, voluntariamente- hacia alguien, para quien se emite el enunciado de la promesa. La prueba de que obliga, de que el enunciado es ilocutivo, consiste en que una promesa es más que una simple palabra: implica una acción que repercute sobre el que la recibe, haciendo que éste espere y postergue su exigencia actual hasta un plazo futuro. Contraer una promesa es, por tanto, contraer un deber, porque se entiende que en ella hay un compromiso sincero por ambas partes: el emisor y el receptor; un convenio tácito en que ambos se ponen de acuerdo para adecuar sus conductas desde el momento de la promesa: quien la hace se compromete a actuar en adelante para que se pueda cumplir, y quien la recibe, a su vez, se compromete a no exigir una satisfacción inmediata, sino a postergar, como he dicho, su exigencia... en un plazo moderado, no "ad calendas graecas", o "sine die".

Ocurre, sin embargo, que no todos los deberes los podemos cumplir al mismo tiempo, y hemos de elegir cuáles cumplimos, por ser más perentorios, traernos peores consecuencias su incumplimiento, o porque sentimos que nos obligan más, muchas veces porque son deberes que no hemos voluntariamente asumido. Prometer a un amigo ir al cine podemos incumplirlo si el jefe nos obliga a trabajar esa misma tarde. Pero también puede darse lo contrario: una promesa -por ejemplo, a un ser querido, a una madre- puede mandar a paseo cualquier otro deber.

En suma, que mejor hubiera quedado nuestro Presidente si hubiera dicho: no he podido cumplir todos los deberes, pero al menos me consuela el haber cumplido alguno.

Pero, ahora que lo pienso: ¿a qué deber o deberes cumplidos se refiere? ¿No sigue apelando a la promesa de cumplirlos en un futuro? O sea, que el Presidente reconoce no haber cumplido una promesa cuando ya está vendiéndonos otra, subrepticiamente. ¡Estos políticos!

Fulgencio Martínez
Profesor de Filosofía y escritor

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