viernes, 21 de diciembre de 2012

¿SABE USTED DÓNDE ESTÁ CULTURA?

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Diario político y literario de Fulgencio Matinez / 28


El asunto de la destitución de Patricio Hernández como jefe del servicio de Juventud del Ayuntamiento de Cartagena por su condición de presidente del Foro Ciudadano de la Región de Murcia, es un síntoma más de la caótica muerte de la cultura en nuestra Comunidad. El trabajo excelente de Patricio, realizado durante tantos años en la promoción de la cultura y la participación juvenil en Cartagena con eventos que han dinamizado y exportado la marca cultural de Murcia a nivel nacional e internacional, no ha merecido de la actual Alcaldía sino un despido brusco.


Patricio Hernández
Todo apunta a que, so capa de recortar dineros, se echa a la calle a un personaje molesto, que, en su condición de ciudadano, ha venido impulsando en nuestra plana Región el debate político, pidiendo transparencia a las instituciones democráticas, reclamando el derecho de los ciudadanos a la información y al control de la actividad política, como manda la Constitución.

La Constitución española protege la participación ciudadana, llama a desarrollar y fomenta la vida democrática en todos sus aspectos. Quienes entienden la democracia como una excepción que se produce cada cuatro años, durante la jornada electoral, en realidad malentienden el régimen político en que vivimos: lo hacen una dictadura interrumpida por una democracia efímera, la del día de ir a depositar el voto. Estos malos intérpretes de la democracia - que no son solo, por cierto, los del Partido Popular- consideran que haber ganado unas elecciones democráticas les da derecho a ejercer ellos una forma de gobierno dictatorial, anulando cualquier legítima participación, reclamación e iniciativa ciudadana. La cultura democrática les importa un pimiento. Ocupan las instituciones como el baño de su casa, solo ellos tienen derecho a depositar su mierda. Confunden su representación, otorgada por los votos, con una cédula de propiedad sobre el cuarto de baño, los dormitorios, el salón y aun el jardín de la casa. Ellos, en realidad, en democracia, solo son elegidos para dirigir el despacho, la zona de trabajo de la casa; pero son los demás ciudadanos los que han de ocupar y sentirse cómodos en la vivienda; es a nosotros, los votantes, a quienes nos tienen que preguntar por los problemas que detectamos en nuestra habitar cotidiano en las distintas partes de la casa, y a nosotros a quien deberían rendir cuentas.

Muy al contrario: los políticos, una vez en el cargo institucional, se envaran en él y ejercen una dictadura de facto, volviendo solo nominal la democracia y amparándose tras su cerco partidista - o en algunos casos, que los hay, dando forma a su gusto al partido político que les apoya para que ninguna voz interna ni externa les dispute.
Pedir una mirada crítica, al menos, sobre estos temas del liderazgo democrático, que tiende a necrosarse en formas que recuerdan las dictaduras personales; impulsar la participación de los murcianos y las murcianas en los flujos de ideas y en el contraste de opiniones políticas que pueden mejorar la democracia, son algunas tareas a las que se ha dedicado y dedica el Foro ciudadano,
presidido por Patricio Hernández.

Díganme cómo avanzaremos si no es por medio de personas que tienen, como él, esa inquietud por las ideas, y que saben, además, contagiarla con entusiasmo.Vale que la cultura murciana se quede sin patrimonio inmueble; al fin, ¿qué son cuatro palacios, sino ladrillo? Su venta a precio de saldo por el gobierno de Valcárcel no es un mal tan irreparable como las ideas que se pierden. Aunque nuestros descendientes no le perdonen que perdamos un bien cultural así, y sobre todo el que no se hubiera contado con ellos para su liquidación, los palacios no hacen la cultura sino los hombres de ideas que pasan por ellos. Lo único irreparable es el trabajo, la energía de entusiasmo de las personas que hacen la cultura; precisamente las más subestimadas por las autoridades políticas de esta Región. Y si no, pregúntele la opinión que tiene sobre ellos a nuestro Presidente; le dirá que él lee solo la obra literaria de Aznar, y que para preguntas de cultura, ahí tiene a su sobrino político, que hizo unas cuantas letras. Pocas o muchas, no queremos prejuzgarle su sapiencia al consejero de Cultura, pero es claro que nos cuesta mucho cada una de ellas en su sueldo. Lo mismo o incluso más que nos cuesta el sueldo de los ediles cartageneros que han puesto la cultura bajo las piedras de la ciudad, en los yacimientos arqueológicos: nada de cultura viva, actual, de la que más se puede exportar y contagiar a la juventud.

Así que, mientras sobran asesores y gastos de cultura, mantenemos una buena nómina en San Esteban, en el magnífico palacio del Ayuntamiento de Cartagena y no sé ya dónde más, porque ya no sé por dónde anda Cultura en nuestra Comunidad. Quizá, el que vende el pescado lo sepa.

Fulgencio Martínez