sábado, 10 de noviembre de 2012

LAS INERCIAS DE LA CULTURA EN TIEMPO DE CRISIS / DIARIO POLÍTICO Y LITERARIO DE FULGENCIO MARTÍNEZ.../ 18


        DIARIO POLÍTICO Y LITERARIO DE FULGENCIO MARTINEZ, 
        DONDE SE HABLA DE LO DIVINO Y DE LO HUMANO/ 18

      LAS INERCIAS DE LA CULTURA EN TIEMPO DE CRISIS


 
 



      Los tiempos nos invitan a una reflexión sobre la cultura. Adelanto que no me parecen peores (ni mejores) que calendas pasadas. Respecto a qué es cultura, materia donde siempre hay opiniones según la posición que uno juegue, es difícil ponerse de acuerdo. Asentiría si alguien dice: es cultura todo aquello que nos hace detenernos -a pensar, admirar, compartir con los demás. Todo lo que contribuye a construir una identidad compartida por el mayor número posible de seres humanos: entendiendo dicha identidad no de una forma dogmática y monolítica -ni, por otra parte, nacionalista y discriminadora- sino crítica, autocustionable, democrática y también tensa hacia la excelencia y la superación. Es por esto que contribuir a aquella identidad consista, casi siempre, de parte de la cultura, en custionar lo dado, en estimulación del cuerpo social para que no se amodorre en una parcela trillada. Las vanguardias artísticas y, de vez en cuando, el látigo de un genio han despertado las aguas dormidas de la cultura y, por tanto, enriquecido la huella que una determinada humanidad histórica deja, al pasar, sobre el tiempo.

     Pues no otra cosa sino una huella es la identidad para la que trabaja la cultura. Tres momentos presenta la estructura de esa huella: su enlace con una tradición (momento del pasado); su barrunto y apertura a lo nuevo (momento futuro) y su morfología y carácter propio, de impronta de un presente histórico, del cual recoge sus necesidades de expresión y los medios que le ofrece el momento actual, y al cual se opone dialécticamente, si no quiere ser su simple huella mecánica, fotográfica...y trivial.

    Con estas consideraciones, nos preguntaremos cuál es la huella que imprime la cultura de nuestro momento actual, y en qué medida está afectada por la crisis económica. Hablaremos,en primer lugar, como "consumidores" de "cultura"; en último término, específicamente sobre la cultura literaria, que es la única que conocemos un poco desde dentro, como creadores y lectores.

    Es obvio que la crisis -sea lo que sea la bicha con la que los poderes globales nos domestican en esta nueva fase de proletarización generalizada y de miedo al futuro- no ha afectado al consumo y a la industrial cultural. Parece extraña esta afirmación, cuando se habla tanto del efecto negativo de la subida del IVA y cuando ayer se habló de los prejuicios económicos de la llamada piratería en Internet. Sólo se trata de cálculos cuantitativos, de ganancias y pérdidas mayores o menores, en un campo, la cultura, dominado desde hace mucho tiempo por la "industria", por sus grandes ejecutivos, sus ranking de beneficios, sus planificaciones, sus masivas redes de publicidad... y sus obreros especializados (la "sociedad de autores") cuyos honorarios pueden verse rebajados. La crisis no ha cambiado ninguna inercia.

   Basta oír en un "telediario" la información cultural que ha producido ese día correspondente a la crónica. Estrenos multinacionales de cine, no mucho mejores que los del peor cine español de todos los tiempos; de vez en cuando, la promoción de un best-seller (se sabe, de antemano, que será "otro éxito de ventas"), y por supuesto, el eterno Almodóvar que rueda nuevo bodrio. ¿Y qué me dice usted de los premios? En los premios Cervantes o Príncipe de Asturias, lo importante, para los medios, no es el premiado de turno, sino las Autoridades. No tendrían presencia mediática los émulos de Cervantes, de Ramón y Cajal, los grandes talentos de las letras o las ciencias, sino fuera el Príncipe o el Rey a presidir el "acto". La versión surrealista de ese fenómeno de convertir la cultura en acontecimiento (institucional) para que llegue a ser "noticia", se produjo en la entrega del último premio Cervantes, en la cual brilló por su ausencia el escritor premiado.

   Si miramos ahora, para terminar, al campo creativo de la literatura, y en especial, la poesía (algo de lo que conocemos un poco), atravesamos un momento masivo del "tiro al plato" sin precisar ninguna puntería, como por aburrimiento y petulancia narcisística. Es decir, que todo hijo de vecino "publica" en internet. Un momento que tiene una explicación, quizá psicológica, en la ausencia de perspectivas que ha traído la "crisis" -cuando hablamos de perspectivas, nos referimos también a criterios de calidad. Este momento estuvo, sin embargo, inmediatamente precedido por otro aún peor: la proliferación hasta la náusea de subvenciones a editoriales para que publicaran obras presentadas a premios literarios afines; de modo que las editoriales tuvieron ahí su modus vivendi, lo que les permitió, por otra parte, seguir insistiendo en los mismos autores consagrados que copaban todas las rutas literarias. Indirectamente, se produjo un efecto doblemente nocivo, tanto para las mismas editoriales, que perdieron su "caché", antes basado en un criterio selectivo; como para los mismos autores, los noveles beneficiados por premios afines, y los consagrados, cuyo prestigio se diluyó, al ser finalmente denunciados como los vampiros que se nutrían en ese fondo. La consecuencia de aquellas maniobras de mafia entre editoriales y concejalías de cultura, la falta de un criterio tanto para reconocer lo valioso en lo consagrado como en lo nuevo, hizo automáticamente efectiva la oportunidad del maremágnum virtual en que se diluye al extremo la cultura.

    Sin embargo, pensamos que únicamente cabe esperar de la poesía un foco de resistencia interior, y una señal de que en tiempos de miseria es posible aún la palabra no domesticada. "Ante las mismas puertas del Orco canté a la alegría/ y a las Sombras enseñé la embriaguez", dijo el poeta alemán Hölderlin.


    La poesía tiene hoy una ventaja: no está en el mercado. Por tanto, cualquiera que escriba un verso de verdad está, por ello mismo, cuestionando el sistema. La poesía hoy no es, afortunadamente, ni siquiera "cultura". No le afecta, por ejemplo, lo de la subida del IVA de la "cultura", ni ninguna de esas cantinelas, porque no se vende... Quiere esto decir que la poesía transgrede cualquier ámbito, y más aún: la separación de ámbitos -estético, político, ético, etc- que no se sabe ya en nombre de qué cultura se establecen. Incómoda a cualquier pro-grama, la poesía es la libertad de la escritura, y lo que, por definición, disuelve cualquier trazo, gramma, prefabricado. Nunca podría encontrarse en un best-seller, por ejemplo. Hoy no tiene ninguna "función" en la "cultura" que se dice en crisis, pero que sigue, con su "crisis", más egocéntrica e intolerante que nunca.

¿Qué función para la sociedad de la crisis tiene un poeta? Aunque exista aún el prestigio de los grandes poetas, y de vez en cuando a uno de ellos, a punto de morir, lo lleven a Alcalá para darle el Cervantes, o lo maltraten llevándolo a la fría Suecia para otorgarle el Nobel; esta sociedad tecnocrática, economicista, no necesita a los poetas. Ni mucho menos los necesitan los profesionales del ramo político, quienes -como los antiguos sofistas- manipulan a su antojo el lenguaje de la tribu. Ellos y los "creativos" de la publicidad: que viven de lo mismo si no son del mismo oficio. ¿Cómo va a interesarles que exista el poeta, el que cuida el lenguaje, la "casa del ser", como dijo Heidegger?

La poesía es apertura al otro, a lo otro, mientras la "cultura" se mira al ombligo de su propia crisis. No hay poesía triste o alegre, sino poesía buena o mala. Buena, donde hay algo de oro -de verdad, de autenticidad y de tensión por encontrar un sentido a lo que no lo tiene. La poesía se valora por un patrón de oro diferente al que mide la "cultura" sometida de la superestructura dominante, la que sofoca el espacio de cualquier posible cultura que trabaje para dejar huella en el tiempo.

Frente al deseo de consumir rápido que nos prefabrica la "cultura", el deseo del escritor y el del lector siguen el ciclo, más lento, de la necesidad biológica. Me siento a escribir cuando estoy atrapado por el deseo; en el acto de leer, también respondo a una cierta forma de deseo visceral. Desear es algo así como reconocerse incompleto y tender a buscar fuera lo que nos complete. Todo sistema vivo es, básicamente, deseo, por ser todo organismo no autosuficiente. El deseo de escribir no es más espiritual que el deseo de obtener comida. Igual que la lectura. Al menos, para aquellos que se resisten todavía a doblegarse a los reclamos del consumismo "cultural".

Qué buena oportunidad sería esta crisis para despaciarnos de la alienación del reflejo que nos ha creado la "cultura" autofagotizante, y revisar las inercias que encapuzan en la crisis económica la quiebra de la cultura, que ya se viene produciendo desde décadas atrás -como ha advertido Mario Vargas LLosa en uno de sus más recientes ensayos. A espera, por tanto, de la necesaria crítica exhaustiva, nosotros sólo podemos testimoniar, desde la mirada marginal de la poesía, un panorama continuista de la cultura en tiempos de crisis, con el añadido autoconservador de haberse creado un rumor de cambio.


                                                                                            Fulgencio Martínez


Fulgencio Martínez es escritor y profesor de Filosofía. Licenciado en Filosofía por la Univ. Autónoma de Madrid y en Filología Hispánica por la UNED. 
Fundó la revista Ágora-Papeles de Arte Gramático y ha publicado, en la editorial sevillana Renacimiento, tres libros de poesía: León busca gacela, El cuerpo del día, Prueba de sabor.

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